Capítulo nueve
Nora
Desde que volvimos de Seattle nos tratábamos con educación. La educación era peor que la mala educación. Con la mala educación yo sabía qué hacer.
En lo que pensaba, en cambio, era en su comida.
—No —había dicho, de espaldas a mí.
No me fui.
—No, y cierra la puerta.
La cerré conmigo dentro, cosa que él no había especificado.
Estaba sentado a la encimera comiendo de un táper de cristal con la tapa azul agrietada, con un temporizador en marcha en el móvil.
Theo me contó después que lo cocinaba a mediodía en su cocina todos los días de partido y lo traía, y que nadie había tocado ese táper en siete años.
El pollo no tenía nada de dorado, ni un borde tostado. El arroz llevaba en el táper desde mediodía y se había endurecido en las esquinas. El brócoli estaba recalentado hasta quedarse del verde grisáceo de un pasillo de hospital.
—¿Cuánto tiempo llevas comiendo eso? —le pregunté.
—Trece años.
—¿Sabe a algo?
—No tiene que saber a nada.
—Eso es un crimen contra el pollo.
Apagó el temporizador y no volvió a mirarme. Me quedé ahí hasta que quedó claro que él podía seguir sin mirarme más tiempo del que yo aguantaba de pie en una puerta, y entonces me fui. Pero no me había dicho que me fuera. Me había dicho que cerrara la puerta. Pensé en eso más de lo que debía.
El lunes despegué el pósit de DISCO del monitor, lo volví a pegar más recto y abrí el calendario.
Los Ravens recibían a Denver el martes, a las siete.
Le escribí un correo a Kelsey, la nutricionista del equipo, antes de que me fallara el valor.
Me contestó antes de comer: ¿Misma comida, mismas raciones, mismos horarios? Entonces adelante.
* * *
Le escribí el lunes por la noche, porque la regla uno de la servilleta hablaba de besos en público y en la letra pequeña no había nada sobre tenderle una emboscada a un hombre con pollo. Cada vez que le escribía notaba el bultito de la servilleta detrás de la funda del móvil.
Mañana a las 4. No te prepares el táper. Misma comida. No voy a cambiar ni un ingrediente.
Contestó rápido. No.
No te lo estoy preguntando.
Es una rutina. Una rutina no se toca.
Pollo, arroz blanco, brócoli, agua templada, limón. Tres horas antes. Estaré en la sala a las 3:55 y puedes cronometrarme.
No llegó nada. Me lavé los dientes. Miré el móvil. Y entonces:
Si me meten un gol es culpa tuya.
Si te meten un gol es culpa de Denver , escribí. Duérmete.
* * *
El martes por la mañana fui al supermercado asiático de la calle 82 a por arroz jazmín, porque con el arroz era con lo que iba a ganar.
A la una lo lavé en mi única olla buena, removiendo y escurriendo, removiendo y escurriendo, hasta que el agua salió clara.
Siete enjuagues. Mi madre no se saltaba nunca el lavado, ni siquiera después de un turno de noche.
Fue lo primero que le enseñó la tía Tess.
Cuando yo era pequeña le pregunté por qué se molestaba, y me dijo que así se notaba quién te quería.
El pollo lo puse dos horas en salmuera con agua, sal gorda y la piel de un limón, que según yo no cuenta como añadir un ingrediente porque el limón ya estaba en la lista aprobada.
Lo sequé con media bobina de papel de cocina y lo marqué en mi sartén de hierro fundido, que está curada como un secreto de familia, sin aceite, porque en su lista ponía sin aceite, hasta que por fuera tomó el color de un buen caramelo.
Después lo terminé en el horno. Lo saqué a 71 grados y lo dejé reposar tapado con papel de aluminio mientras subía los últimos tres.
El brócoli, cuatro minutos al vapor, igual que el suyo, y luego un baño de agua con hielo para que no se siguiera cociendo en el táper. Salió verde brillante y todavía crujía.
Mi piso olía a domingo, y era martes, y yo estaba cocinando para un hombre que me había dicho «no» más veces que ningún ser humano que hubiera conocido.
Dejé que todo se enfriara en la encimera, con el arroz extendido en una bandeja de horno, y lo guardé frío en dos tápers de cristal que había comprado esa mañana en Fred Meyer, con la tapa verde, porque no pensaba competir con el de la tapa azul agrietada en su propio terreno.
La comida que pasa tres horas caliente en una bolsa es la manera de acabar saliendo en las noticias locales.
Los metí en la bolsa isotérmica que antes llevaba a los rodajes, con una placa de hielo encima.
Basil arrancó al segundo intento. Me lo tomé como una señal.
* * *
Entré en la sala cinco minutos antes. Beckett ya estaba allí, sentado a la encimera con el móvil bocarriba delante, el temporizador a cero. Llevaba una sudadera negra de los Ravens con media cremallera y la cara de alguien a punto de llevarse una multa de aparcamiento.
En la sala había microondas. Le di un minuto al pollo con el arroz y veinte segundos al brócoli, porque el suyo salía gris y el mío no iba a salir así. Dejé los tápers. Dejé el termo al lado: agua templada, una rodaja de limón, nada más.
—No he cambiado nada —dije—. He cambiado el cómo.
Miró el pollo. A mí. Otra vez el pollo. Lo había cortado en contra de la fibra para que se viera el interior, pálido, jugoso y tierno, con una costra dorada en el borde.
—Esto tiene otra pinta.
—Eso se llama dorar. Es legal en los cincuenta estados.
Cogió el tenedor y lo sostuvo. Cuando sonó el temporizador a las cuatro, cortó un trozo de pollo en el mismo cuadrado pulcro que había cortado el jueves y se lo comió.
Dejó de masticar. Volvió a empezar, más despacio.
Llevaba seis años viendo a gente probar mi comida, a través de un objetivo y sin él. Tyler me decía que mirara a cámara cuando llegara el bocado, porque el público quería ver mi reacción más que la de ellos. Se me había olvidado lo que era mirar a la persona.
Beckett se comió un tenedor de arroz. Brócoli. Después dejó el tenedor y se apretó la base de la mano contra la boca.
—¿Qué le has hecho? —preguntó.
Se lo conté todo: la salmuera, la sartén sin aceite, el reposo bajo el papel de aluminio, los siete enjuagues, el baño de hielo para que el brócoli no se cociera en su propio vapor hasta ponerse gris dentro del táper. No me interrumpió ni una vez. Pensé que había dejado de escucharme.
—Siete veces —dijo.
—Hasta que el agua sale clara.
—Walt nunca lavaba el arroz.
Era la primera vez que me decía el nombre de su abuelo sin que yo le preguntara. Beckett también lo oyó. Volvió a coger el tenedor.
—¿Por qué esta comida? —le pregunté—. De todas las comidas del mundo.
Masticó. Tragó. Bebió un sorbo del agua con limón e hizo una mueca, porque yo la había puesto a la temperatura correcta y él llevaba trece años bebiéndola tibia.
—Brandon, Manitoba. Tenía dieciséis años, vivía en casa de una familia que alojaba a jugadores del equipo, primer año en la liga júnior.
La madre hacía todas las noches un guiso con crema de champiñones de lata y vomité antes de mis dos primeros partidos.
—Giró el termo un cuarto de vuelta sobre la mesa—.
En el tercer partido el equipo comió en el hotel que había al lado del Keystone.
Pollo, arroz, brócoli. Tres horas antes. Portería a cero.
—O sea que da suerte.
—Está controlado. —Señaló los tápers con la barbilla—. Yo elijo lo que entra. Yo elijo cuándo. A partir de las siete, unos tíos me tiran un disco de goma a la cabeza a ciento cincuenta kilómetros por hora durante sesenta minutos y yo no elijo nada. —Me miró—. Disco. No cubo.
—He estado practicando.
—Se nota.
Sonrió, poco, y la sonrisa le duró más de lo que esperaba. Tenía tantas ganas de coger el móvil que la mano se me fue sola hacia el bolsillo, y luego no lo saqué, y eso me sorprendió más que nada de lo que había dicho él.
Se comió hasta el último grano. Rebañó las esquinas del táper con el canto del tenedor.
Se levantó, llevó los dos tápers al fregadero y los fregó él mismo, con lavavajillas y el estropajo verde, mientras yo seguía sentada a la encimera mirándole los hombros bajo la sudadera, y los antebrazos entre la espuma, y pensando en lo que me harían esas manos si las dejara.
Me permití pensarlo durante lo que tardó en aclarar dos tápers.
Los secó con papel de cocina y me los puso delante, con la tapa puesta.
—Gracias —dijo.
Le había oído decir muchas cosas. No y perfecto y genial , los sarcásticos, y es , a oscuras en Seattle, hablando de su abuelo. Eso no se lo había oído.
—De nada. —Me salió la voz rara, demasiado suave, y carraspeé—. Es un cincuenta por ciento menos de pesadez. Yo cumplo mi parte del trato.
—Es más del cincuenta.
—¿Es una queja?
Cogió el móvil y se lo metió en el bolsillo.
—Vete a la tribuna de prensa, Quinn.
* * *
Denver marcó primero, a los ocho minutos, con un desvío en el slot , la zona de tiro justo delante de la portería, que cambió de dirección y pasó junto al guante de Beckett bamboleándose como una paloma borracha.
En la tribuna de prensa se oyó un gruñido general.
Apoyé la cabeza en la mesa al lado del portátil y dije:
—Lo he matado. Lo he matado con salmuera.
—Es un desvío —dijo el de la radio que tenía al lado, que llevaba un bigote como un cepillo de barrendero y cubría a los Ravens desde antes de que yo naciera—. No es culpa suya.
—Es culpa mía.
—Señora, usted no estaba en el hielo.
Dana subió en el segundo intermedio y se agachó junto a mi silla con el móvil en la mano.
—Kessler, del Ledger , ha pedido a Beckett para la rueda de prensa del jueves —dijo—. Le va a preguntar si eres un montaje de comunicación.
—¿Lo soy?
—Eres una productora de contenido a prueba.
—Se levantó, y le crujieron las rodillas.
Todavía llevaba en la solapa de la americana una pegatina de visitante del Providence St. Vincent—.
La rodilla nueva de mi padre —dijo, cuando me pilló mirándola, y no dijo nada más.
Volvió a ser Dana—. Yo le doy a Beckett la respuesta. Tú asegúrate de que no improvise.
A Beckett no le metieron ni uno más. Paró treinta y un tiros.
Theo marcó dos y Luke uno, y Jamie Kowalski marcó a puerta vacía a falta de cuarenta segundos y lo celebró a lo largo de toda la valla.
Cuatro a uno. En el último minuto del tercer periodo, la cámara de la pantalla gigante enfocó a Beckett agachado en su área, y estaba hablando.
La máscara se giró hacia el poste izquierdo y luego hacia el derecho.
El de la radio se rio.
—Lo hace siempre. Habla con los postes.
—Ya lo sé.
Se encogió de hombros.
—Nadie sabe qué les dice.
Vi la repetición en mi monitor tres veces y no conseguí leerle los labios a través de la rejilla.
No bajé al vestuario. Grabé desde arriba la celebración de Jamie, se la mandé a Dana, me llegó un pulgar hacia arriba en cuarenta segundos, la publiqué con un pie de foto sobre novatos que no saben disimular y recogí mis cosas.
Basil estaba en la tercera planta del aparcamiento del personal, debajo de un fluorescente que no paraba de parpadear. Tenía la llave en el contacto y la luz de techo encendida cuando alguien dio unos golpecitos en la ventanilla del copiloto, y solté un ruido del que no me siento orgullosa.
Beckett se agachó hasta el cristal con la bolsa al hombro y el pelo todavía mojado de la ducha. Los jugadores aparcaban una planta más abajo. Había subido un tramo de escaleras de hormigón para llamar a la ventanilla de un Honda Fit.
Me incliné y bajé la ventanilla con la manivela. Tardó un rato. Olía al jabón del equipo y a hormigón frío. Le cayó una gota del pelo en el asiento del copiloto, y miré la mancha húmeda en lugar de mirarlo a él.
—El jueves jugamos en casa contra Seattle —dijo—. ¿A las cuatro?
—¿Eso es un sí? ¿A lo de la comida?
—Es una pregunta.
—Entonces sí. A las cuatro.
Asintió y volvió a bajar por las escaleras.