Capítulo ocho
Beckett
El vuelo a Seattle duró menos de una hora, y Nora se pasó casi todo el trayecto dormida contra la ventanilla, con la boca abierta y las dos manos sobre la cámara buena, en el regazo.
Se había sentado a mi lado porque Dana se lo había dicho.
En el chárter el personal iba delante, entrenadores, fisios y los de vídeo, y los jugadores iban detrás por antigüedad, así que una productora de contenido que pasaba de largo junto a los novatos hasta las filas de los veteranos lanzaba un mensaje, lo quisiera o no.
Theo le ofreció el asiento de al lado subiendo y bajando las cejas. Ella se sentó a mi lado y dijo:
—Órdenes de Dana. Además, tú no hablas.
Y se quedó dormida antes de que termináramos de rodar hacia la pista de despegue. Nunca había visto a nadie hacer eso. Llevaba siete años volando con este equipo y todavía me agarraba al reposabrazos en cada despegue.
En algún punto encima de Olympia, la cabeza se le fue inclinando hacia mi hombro.
Se detuvo a unos cinco centímetros y se quedó ahí, suspendida, el resto del descenso.
No moví el brazo en veintiséis minutos. Lo sé porque estuve mirando el reloj de la pantalla del asiento todo el rato, porque me dio un calambre en el hombro y porque Theo se dio la vuelta dos veces desde la fila de delante para sonreírme y yo le pedí con la mirada que volviera a mirar hacia delante.
Theo no me hizo caso. Levantó el móvil por encima del respaldo y nos hizo una foto.
* * *
El hotel del equipo era una torre de cristal frente al puerto, con un vestíbulo que olía a eucalipto y a moqueta cara y una pancarta encima de la recepción que decía BIENVENIDOS AL CONGRESO ANUAL DE LA SOCIEDAD DE ORTODONCIA DEL NOROESTE DEL PACÍFICO .
El vestíbulo estaba lleno de gente con acreditaciones colgadas que llevaban dientes estampados.
El equipo hizo el registro en bloque. Gina, la de viajes, repartía las tarjetas de las habitaciones en sobres, cada uno con un nombre. Fuera de casa, cada jugador tenía una individual, y nunca le había dado muchas vueltas salvo para alegrarme de que nadie pudiera oírme hablar solo.
Nora era la última de la cola. Gina repasó los sobres una vez, luego otra, y después se fue a la recepción a hablar con un hombre de chaleco gris, y el hombre del chaleco gris estuvo tecleando mucho rato, y Gina volvió con los labios apretados.
—Pues hay un problema —dijo Gina.
Había un problema. El hotel había cambiado de programa informático en diciembre y, en algún punto del cambio, la habitación de Nora había ido a parar a un ortodoncista de Spokane. El hotel estaba completo, y un concierto en el estadio se había llevado el resto del centro.
—Hay un Motel 6 en Tukwila —dijo Gina, leyendo del móvil—. Te pido un coche.
Se fue hacia las puertas con el móvil en la oreja.
—No pasa nada —dijo Nora—. No pasa nada en absoluto. —Ya estaba sonriendo, con la sonrisa de más dientes—. Me encantan los Motel 6. Siempre te dejan la luz encendida.
—Eso lo dice su anuncio —dije.
—Pues me la dejaré encendida yo.
—Puede quedarse con mi cama —dijo Theo detrás de mí—. Yo duermo en la bañera. O no. Lo que ella quiera.
—No —dije.
Todos los que quedaban me miraron. Theo, el hombre del chaleco gris y una ortodoncista con una etiqueta que ponía DRA. PAULA RUIZ , que estaba esperando para preguntar el horario del gimnasio. Nora me miró la última, y la que más rato.
No lo tenía previsto. Lo previsto era quedarme allí mientras Gina le pedía un coche, subir a la 1411, cenar del servicio de habitaciones y acostarme a las diez y media, como hacía la noche antes de cada partido fuera. Tenía previstas ocho horas y media.
—Quédate con mi habitación —dije—. Yo pido una cama plegable.
—No quedan camas plegables —dijo el hombre del chaleco gris, con una mueca—. Los ortodoncistas han… Este año han venido muchas familias.
—Entonces dormiré en el suelo.
—Mañana tienes partido —dijo Nora.
—He dormido en suelos.
—Mides un metro noventa y tres.
—He dormido en suelos grandes.
Miró hacia Gina, junto a las puertas, y se me acercó y bajó la voz.
—Si alguien de recursos humanos se entera de que he pasado la noche en la habitación de un jugador, estoy acabada —dijo—. A las dos semanas del periodo de prueba, acabada. Y tú vuelves a ser noticia.
—Pues que no se entere nadie.
—Gina está a seis metros.
—Dile a Gina que tienes una amiga en Ballard.
Theo se metió entre los dos.
—Yo soy su amiga de Ballard —dijo—. No he oído nada de esto. —Más bajo, con las cejas quietas por una vez—: Gina no lo va a comprobar. Ya me encargo yo de que no lo haga.
Nora me miró un buen rato, y supe que estaba sopesando lo mismo que yo: su trabajo, mi contrato, la cara de Dana si alguna vez se enteraba.
—Vale —dijo—. Pero la cama para ti y el suelo para mí.
—No.
—Ya lo discutiremos arriba.
Se fue a contarle a Gina lo de su amiga de Ballard, vi cómo Gina cancelaba el coche y, a la vuelta, Nora me quitó la tarjeta de la mano y siguió andando hacia el ascensor. Detrás de mí, Theo hizo un ruido como de tetera. No me di la vuelta.
* * *
La habitación 1411 tenía una cama de matrimonio enorme, un escritorio, un sillón que parecía que se iba a plegar si te sentabas mal y una ventana que daba a la bahía de Elliott. El agua estaba negra y llena de luces, y un ferri cruzaba hacia Bainbridge con todas las cubiertas iluminadas.
Sí que lo discutimos. Tardamos diez minutos.
Ella dijo que era más pequeña y que cabía mejor en el suelo.
Yo dije que todavía tenía el moratón de la cadera de la pista de entrenamiento y que la había visto cojear al bajar del avión.
Ella dijo que no cojeaba, que caminaba con personalidad.
Yo dije que había dormido en el suelo de un autobús en Saskatoon en plena tormenta de nieve con la bolsa de portero de almohada y que esa moqueta era una mejora.
Ella dijo que era lo más triste que había oído en su vida y que lo iba a apuntar en sus notas.
Gané porque saqué del armario la manta de repuesto y las dos almohadas de más y me tumbé en la moqueta entre la cama y la ventana antes de que pudiera impedírmelo.
La moqueta olía a champú industrial y a la colonia antigua de alguien.
El aire acondicionado de debajo de la ventana traqueteaba, se apagaba y volvía a encenderse.
Salió del baño con una sudadera gris de los Ravens tres tallas más grande y unos pantalones de pijama de franela con aguacates diminutos.
Llevaba la cara lavada y brillante, y sin maquillaje las pecas le bajaban por todo el cuello y se le metían por debajo de la sudadera.
Me quedé mirando esa línea donde desaparecían más rato del que debía.
Llevaba el pelo recogido en un moño en lo alto de la cabeza. Parecía que tuviera diecinueve años.
—No mires los pantalones —dijo.
—No los he mirado.
—Has mirado los pantalones. Me los compró Cassie. Eran de broma. —Se metió en la cama por el otro lado, el más alejado de mí, y se subió el edredón hasta la barbilla—. Me los pongo porque abrigan, no porque crea que los aguacates sean una personalidad.
Apagó la lámpara. La habitación se quedó a oscuras, salvo por la raya de luz del pasillo que entraba por debajo de la puerta y el leve resplandor del agua a través de las cortinas.
Me tumbé boca arriba y miré el techo. Justo encima de mí había un rociador antiincendios, con ocho estrías. Escuché su respiración. Demasiado rápida para estar dormida.
—¿Beckett? —dijo.
—Dime.
—¿Siempre te acuestas tan pronto antes de los partidos?
—A las diez y media.
—Son las once menos diez.
—Ya lo sé.
—Te estoy fastidiando la rutina.
—No.
—Veinte minutos de rutina —dijo—. Te estoy fastidiando veinte minutos de una rutina que llevas seis años haciendo.
—Ocho.
Se quedó callada. Oí moverse las sábanas y, cuando volvió a hablar, su voz sonaba más cerca: se había girado hacia el borde de la cama.
—Háblame de los postes —dijo—. Theo dice que les hablas.
—Theo habla demasiado.
—Theo dice que el izquierdo se llama Lefty y que al derecho le pusiste el nombre de alguien.
Volví a contar las estrías del rociador. Ocho. El aire acondicionado se apagó y la habitación se quedó en silencio.
—Earl —dije—. Por el dueño de la ferretería de Birch Lake.
Earl Pruitt. Me dejó tirar discos contra la pared de su tienda todos los días al salir del colegio durante seis años.
Nunca me dijo nada, nunca salió a mandarme a casa.
—Notaba que me escuchaba—. Así que el poste derecho es Earl. Porque siempre está ahí y no habla.
—¿Y Lefty?
—Lefty es Lefty y ya está. No todo tiene una historia.
Se rio contra la almohada, un ruidito ahogado.
—Earl se parece a ti.
—Earl deja pasar goles tontos.
—O sea, que no.
* * *
Estuvimos hablando hasta las tres.
No era mi intención. Cada vez que creía que se había dormido, decía algo más.
Me habló de su madre, Maureen, que trabajaba de noche en un hospital de Sacramento y dormía con un antifaz que ponía NO sobre los ojos, y de cómo Nora y Cassie le escribían notas en pósits y se los pegaban al antifaz mientras dormía.
Me habló del diagnóstico de Cassie, cuando Cassie tenía once años y perdió cinco kilos y medio en tres semanas y se levantaba todas las noches a las dos de la madrugada a beber del grifo del baño, y su madre estaba en el turno de noche y esa parte nunca la vio, y la pediatra dijo que era un estirón, y fue Nora la que buscó los síntomas en el móvil a las dos de la madrugada y la llevó a urgencias en coche.
Me habló del chico del sonido, Danny. Diecinueve años, una gorra de los Dodgers todos los días, se comía todas las recetas que salían mal y copiaba lo grabado cada día en su propio disco duro porque Tyler perdía archivos sin parar.
—El de la pértiga —dijo—. El único que me preguntó alguna vez si quería repetir una toma. Tyler lo despidió en agosto. Por la energía.
Me habló de la batidora KitchenAid. Había sido de su abuela, un modelo de 1987 en un color que se llamaba Almond Cream, con una abolladura en el bol de cuando a su abuela se le cayó en un incendio en la cocina.
Tyler se la había quedado. Se había quedado la cuenta, la furgoneta, las cámaras, el contrato del libro de cocina que estaban negociando y la batidora de su abuela, porque estaba en su cocina cuando cambió la contraseña, y cuando ella se la pidió le dijo que era un activo de la marca . Ahora salía de fondo en sus vídeos.
Las sábanas se movieron.
—El dinero puedo volver a ganarlo —dijo—. Pero la batidora… La usa para hacer magdalenas de proteínas.
Dije lo que pensaba.
—Yo se la robaría para devolvértela.
Se quedó callada tanto rato que pensé que había dicho algo que no debía.
—No puedes decir esas cosas —dijo al cabo de un rato, con un hilo de voz—. No a oscuras.
Le hablé de Birch Lake. Del estanque. De los doce cubos.
Le conté que el pueblo tenía un cruce con cuatro señales de stop, una cooperativa y una pista de curling, y que en invierno se oía la quitanieves desde la otra punta.
Que en enero el cielo se ponía tan frío y tan limpio que se le veía el verde, la aurora boreal, deslizándose por encima de la línea de los árboles.
Le conté que mi abuelo me llevaba de noche al estanque a mirarla, tumbados boca arriba en el hielo con los monos de motonieve.
—Decía: «Eso es Dios presumiendo». —Miré el rociador—. Era…
Me callé.
El aire acondicionado arrancó.
—Es —dijo Nora desde el borde de la cama. Lo dijo sin prisa—. Dana me dio un archivo. Antes del food truck . No lo pedí, y siento haberlo leído, y no te estoy preguntando nada. Solo te lo digo. Puedes decir es .
Me quedé tumbado con las manos cruzadas sobre el pecho. Fuera, la sirena de un ferri sonó al otro lado de la bahía, una nota larga y grave.
—Es —dije. Me salió ronco—. Es.
No preguntó. Había firmado una servilleta con un boli de zanahoria y lo había dicho en serio.
A las 2:58, su mano asomó por el borde de la cama.
La vi con la luz tenue de la ventana, pálida sobre el edredón oscuro, colgando por el lado del colchón, con los dedos sueltos.
Colgaba a unos treinta centímetros de mi cara.
A lo mejor estaba dormida. Su respiración se había vuelto más lenta, pero ya se había vuelto lenta antes y luego había dicho algo más.
Me quedé mucho rato mirándole la mano. Quería tirar, un poco, y que bajara del borde del colchón a la moqueta conmigo. Sabía cuánto de ella cabría a lo largo de mi costado. Llevaba calculándolo desde el ascensor. Lo que medía. Dónde iría su cabeza.
Entonces levanté la mano y se la cogí. No entrelacé los dedos. Le sujeté dos, el índice y el corazón, en la palma abierta, lo bastante flojo para que pudiera recuperarlos.
Sus dedos se curvaron alrededor de los míos.
—Beckett —dijo, tan bajo que casi no lo oí, ya más dormida que despierta.
—Dime.
—Earl me dejaría bajar contigo. —Una respiración larga—. Si el suelo fuera de Earl.
Su respiración se volvió lenta y regular, y siguió así, y yo me quedé tumbado en la moqueta de la habitación 1411, con el brazo dormido y el aire acondicionado traqueteando, apagándose y encendiéndose, e hice la cuenta de las cuatro horas de sueño que iba a tener antes de enfrentarme a los Ironclads, y descubrí que el número me daba igual.
Le sujeté los dos dedos hasta que la ventana se volvió gris.