Un trato sin goles (Portland Ravens Hockey 1) Capítulo siete
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Capítulo siete

Nora

Dana había elegido el food truck . También había elegido la hora (las seis y media, la hora dorada, salvo que era enero en Portland, así que la hora dorada era un rumor), mi ropa ( el abrigo verde, en cámara funciona ) y los puntos clave, todo en voz alta, apoyada en el borde de mi mesa, porque nada de lo de Beckett y yo iba a ningún sitio donde el departamento legal pudiera encontrarlo.

Quería a Beckett riéndose otra vez, a Beckett comiendo algo que manchara y a Beckett siendo amable con un fan, a ser posible un niño, a ser posible a propósito . Al irse dijo:

—Mañana, Seattle. Vuelo con el equipo. Gina te ha metido en el hotel del equipo. Haz la maleta para dos noches.

Los food trucks estaban en un solar de una esquina de Southeast Division: nueve camionetas aparcadas en herradura alrededor de un patio de gravilla con estufas de exterior, mesas de pícnic y una guirnalda de bombillas en zigzag por encima.

Olía a aceite de freidora, a humo de leña y a ajo, con un fondo dulce de churros que venía de la camioneta del final.

Dana había elegido una filipina que se llamaba Lola’s Kitchen, pintada de amarillo chillón y con la carta escrita a mano, porque tenía una historia (las recetas de una abuela) y buena luz (una tira de LED a lo largo del toldo).

Beckett ya estaba allí cuando aparqué. Estaba de pie bajo el toldo de Lola’s, con las manos en los bolsillos de una chaqueta de lona, leyendo la carta con una concentración absoluta, y tres personas de una mesa de pícnic cercana ya se habían fijado en él y fingían que no.

—Llegas pronto —dije.

—Diecisiete minutos.

—¿Siempre los cuentas?

—Sí.

Lo había dicho en broma, pero él no se lo tomó así, de modo que lo archivé junto a las demás cosas que había averiguado de él y que nunca había dicho en voz alta.

Monté el móvil en el estabilizador y lo levanté. Miró el objetivo con la cara de quien tiene una avispa posada en el bocadillo.

—Haz como si fuera yo —le dije.

—Es un móvil.

—Haz como si el móvil fuera una pelirroja de un metro sesenta que te va a invitar a cenar.

Me miró por encima del móvil.

—¿Mides un metro sesenta?

—Un metro sesenta y uno.

—Con las botas.

—No me obligues a pegarte delante de la cámara. Es malo para tu marca.

*  *  *

Pedimos en la ventanilla. Lola’s Kitchen la llevaba una mujer de sesenta y tantos, tita Marisol, que tenía un lápiz detrás de la oreja, unas gafas de leer colgadas de una cadenita de cuentas y un imán de los Ravens en la ventanilla, al lado de la carta.

Cuando vio a Beckett, se quitó las gafas y lo señaló con ellas.

—El domingo —dijo—. La portería a cero. Lo vi con mi marido. Lloró.

—Gracias —dijo Beckett.

—No lloró por ti. Lloró porque había apostado por Vancouver. —Volvió a ponerse las gafas—. ¿Qué vais a querer?

Pedí para los dos, porque la noche anterior me había leído la carta tres veces en internet y porque a Beckett se le había puesto cara de pánico al oír la palabra sisig .

Adobo de panceta con arroz al ajo, una bandeja de lumpia , pollo inasal y dos halo-halo , que venían en vasos de plástico altos, por capas como un dibujo de geología: hielo picado, leche evaporada, judías dulces, tiras de coco, yaca, una bola de helado morado de ube encima y un cuadrado de leche flan en equilibrio sobre la bola.

Beckett se quedó mirando su halo-halo .

—¿Qué es lo morado?

— Ube . Es un ñame morado. Sabe a lo que saldría si la vainilla y un pistacho tuvieran un bebé.

—¿Y por qué lleva judías?

—Porque las judías son dulces. Confía en las judías.

Se había subido las mangas de la chaqueta hasta los codos para comer, y el resto de mi discurso sobre las judías se me perdió más o menos a la altura de sus antebrazos, de los tendones que se movían cada vez que levantaba la cuchara.

Me miró a mí, miró las judías y se metió una cucharada de todo a la vez, hielo, flan, ube y judías, con los ojos cerrados, como un niño tomándose el jarabe para la tos.

Le grabé la cara. Levantó las cejas. La de la cicatriz subió más que la otra.

—Anda —dijo.

—¿A que sí?

—¿Eso son las judías?

—Eso son las judías.

Se tomó otra cucharada sin decir nada más, y yo seguí grabando, y no me hizo falta la lista para saber que ya tenía el plano de comida que mancha.

*  *  *

Nos sentamos en la mesa de pícnic más cercana a la estufa. Puse el móvil en un soporte pequeño y lo dejé grabando, y a los diez minutos o así creo que se olvidó de que estaba ahí, porque descruzó los brazos y empezó a comer de verdad.

Hablé de comida. Es un acto reflejo. Le hablé del adobo, del vinagre, la soja y el laurel.

En Lola’s lo reducían hasta que la salsa se pegaba a la cuchara.

El de mi madre quedaba más suelto, con caldo de sobra para el arroz, porque lo aprendió de la tía Tess, una enfermera filipina del turno de noche del Sutter, en las comidas de las tres de la madrugada en la sala de descanso de cardiología, donde cada una llevaba un plato.

Le hablé de la cocina de mi madre en Sacramento, que medía dos metros y medio de largo y durante casi toda mi infancia tuvo un solo fuego que funcionara, y de cómo ella volvía a las siete de la mañana de un turno de noche de doce horas y nos hacía huevos fritos con puntilla antes de irse a dormir, y de cómo yo aprendí a cocinar porque quería ser la que le hiciera los huevos a ella.

—¿Cuántos años tenías? —me preguntó.

—Nueve. Quemé los cuarenta primeros. Luego ya no.

—Cuarenta.

—Más o menos. Se los comió todos y me dijo que estaban crujientes a propósito.

Le hablé un poco de Two Forks. Del final no.

Del principio, cuando éramos Tyler y yo con una cámara prestada en la cocina de su madre en Davis, haciendo una olla de pozole para un público de seis personas.

Le conté que el primer comentario que tuvimos, de una mujer de Fresno, decía la chica es mejor que el chico , y que Tyler se rio al leerlo y que yo debería haberle prestado más atención a esa risa.

Beckett escuchaba. Me miraba la cara mientras hablaba y, cuando terminé, esperó por si había algo más.

Entonces le pregunté qué comía de pequeño.

Bajó la vista a los lumpia . Cogió uno y le dio vueltas entre los dedos.

—Tortitas —dijo.

—¿Tortitas?

—Mi abuelo hacía tortitas. Ese era todo el menú.

—Dejó el lumpia sin comérselo—. Tortitas para desayunar.

Tortitas para cenar si la ruta de la quitanieves se alargaba.

En vez de azúcar le echaba a la masa una cucharada de sirope de arce.

Decía que así se hacían en Birch Lake. No creo que fuera verdad. Creo que se lo inventó.

—¿La ruta de la quitanieves?

—Conducía una quitanieves. Las carreteras del municipio. Treinta y un años para el municipio. Se le daba bien. Era capaz de atravesar un ventisquero en la carretera 10 a oscuras y dejar una línea tan recta que parecía trazada con regla.

—Qué preciso.

—Era un hombre preciso. Le gustaban las cosas bien hechas.

—Beckett volvió a coger el lumpia —. Venía a todos los partidos que jugué en Birch Lake.

Después, a todos los que jugaba en casa en Brandon, si podía llegar, tres horas de ida y tres de vuelta después de un turno.

Se ponía detrás del cristal con la chaqueta de la quitanieves, la naranja, para que yo lo encontrara.

No se sentaba. Decía que sentado no veía los ángulos.

Sonreí. Luego dejé de sonreír.

Dos días antes, Dana me había mandado un archivo.

Una página titulada ANTECEDENTES – SHAW , igual que las que me mandaba de cualquier jugador al que fuera a grabar.

Número 31. Birch Lake, Manitoba. 1,93 m, 95 kg.

Agente: Marcus Feld, Toronto. Contacto de emergencia: Marcus Feld.

Familia: Abuelo, Walter Shaw, 84 años. Riverbend Memory Care, SE de Portland.

Beckett paga los gastos. Prohibido para contenido. NO SACAR EL TEMA.

No lo había sacado. Había leído el NO SACAR EL TEMA en las mayúsculas de Dana, había cerrado el archivo y me lo había quitado de la cabeza.

Repasé sus verbos mentalmente. Hacía. Conducía. Era. Venía.

Walter Shaw estaba vivo. Tenía ochenta y cuatro años y vivía en un edificio del sureste de Portland, Beckett lo pagaba y Beckett hablaba de él en pasado.

No dije nada. No se me ocurría nada que decir que no fuera NO SACAR EL TEMA , así que alargué el brazo por encima de la mesa y le robé un lumpia de su lado de la bandeja, y él me dejó, y lo mastiqué sin notarle el sabor.

*  *  *

Empezó a llover un poco antes de las ocho, esa lluvia fina de Portland que más que caer se queda flotando en el aire, esperando a que te metas en ella. Las estufas siseaban. La gente cogía la comida y corría hacia los coches.

Un niño de unos siete años se paró junto a nuestra mesa, de la mano de su padre. Llevaba una camiseta de los Ravens que le llegaba a las rodillas, el número 31, con SHAW a la espalda en unas letras que se despegaban por las esquinas. Se quedó ahí plantado, mirando a Beckett sin parpadear.

No cogí el móvil para grabarlo. Alargué la mano y paré la grabación, porque el niño tenía siete años y nadie le había preguntado a su padre, y dejé la mano en la mesa, al lado del móvil.

Beckett se quedó inmóvil. Lo vi pasar. Subió los hombros un centímetro, apretó la mandíbula y miró al niño como mirarías un disco que ya te ha pasado. Puso las dos manos en la mesa, tomó aire y lo soltó.

—Hola —dijo—. Bonita camiseta.

El niño asintió.

—¿Juegas?

El niño volvió a asentir.

—Portero —susurró.

—¿Sí? —Beckett se agachó hasta que tuvo la cara a la altura de la del crío—. ¿Sabes qué es lo más importante de ser portero?

El niño negó con la cabeza.

—No te inmutes —dijo Beckett—. Si alguien te tira a la cabeza, lo miras como si te debiera dinero.

El niño se rio, una risita aguda y sorprendida, el padre me dijo gracias sin voz por encima de la cabeza de su hijo, y Beckett le firmó la espalda de la camiseta con mi boli de zanahoria, que yo no sabía que seguía en el bolso hasta que se lo di.

Se tomó su tiempo. Cuando el niño se fue, todavía riéndose, Beckett se echó hacia atrás y se miró las manos.

Seguía teniendo mi boli de zanahoria en una de ellas.

Tampoco dije nada sobre eso. Estaba reuniendo toda una colección.

*  *  *

Fuimos hacia los coches bajo el toldo goteante de un estudio de tatuajes cerrado.

El toldo era estrecho. Beckett iba por la parte de fuera, y hasta que no llegamos a Basil no me di cuenta de que se había colocado de forma que el agua que chorreaba del borde le cayera en el hombro a él y no a mí.

Tenía todo el lado izquierdo de la chaqueta empapado y oscuro.

—Estás mojado —le dije.

—Esto es Portland.

—Yo estoy seca.

—Bien —dijo.

Al otro lado de la calle había gente bajo una marquesina de autobús mirándonos, dos con el móvil en alto. Notaba el objetivo en la nuca. Lo miré.

—Aviso —dije—. Mano.

Me miró y me cogió la mano, y fue la primera vez que lo hacía él y no yo.

Tenía la palma áspera y fría por la lluvia, y sus dedos se cerraron del todo alrededor de los míos y no los soltaron.

Quería esa mano en mi cintura, por debajo del abrigo.

Nos quedamos así junto a Basil mientras unos desconocidos nos hacían fotos, sin decir nada ninguno de los dos.

—Buenas noches —dijo, y me soltó, y se fue hacia la camioneta gris del final de la manzana con el hombro mojado.

Me quedé sentada en Basil con el motor apagado y la lluvia repiqueteando en el techo. Seguía teniendo la mano fría donde él me la había cogido. Busqué Riverbend Memory Care en el mapa. Me había prometido que no lo haría.

A catorce minutos de mi casa.