Un trato sin goles (Portland Ravens Hockey 1) Capítulo seis
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Capítulo seis

Beckett

El saque inicial era a las siete, así que comí a las cuatro.

Lo cociné a mediodía en mi loft. Ciento setenta gramos de pechuga de pollo a la plancha, sin aceite.

Una taza de arroz blanco. Brócoli al vapor cuatro minutos.

Con cinco ya es una esponja. Cociné de pie en la encimera de la cocina, porque nunca había comprado taburetes, y la única otra superficie que tenía era un escritorio en una esquina debajo de un montón de cartas que llevaba sin abrir desde Navidad.

Todo fue a un táper de cristal con la tapa azul rajada.

Después, la sartén al lavavajillas, la tabla al escurridor y una siesta de doce y cuarenta a dos y diez en el sofá, con el móvil en el pecho y el volumen al máximo, por si llamaban de Riverbend.

Era la misma comida que tomaba antes de cada partido en casa desde hacía trece años, a las cuatro, tres horas antes del saque inicial, con un vaso de agua templada y medio limón exprimido.

En mi segunda temporada como profesional me comí un burrito antes de un partido en Denver y encajé cinco goles.

No creía en las maldiciones. Cinco goles eran datos.

A las dos y media crucé el puente de Broadway con la F-150 y la radio apagada. El río tenía el color del níquel. La lluvia entraba de lado desde las colinas del oeste y los limpiaparabrisas no daban abasto.

No pensé en el vídeo de ella en el hielo.

Lo había visto catorce veces la noche que lo publicó, había borrado la aplicación para dejar de hacerlo y la había vuelto a instalar a la mañana siguiente para ver si había contestado a mi mensaje.

No había contestado. Contestó al día siguiente con una foto de una bolsa de guisantes congelados y las palabras 20 sí, 20 no, entrenador .

Nada sobre el final del vídeo. Lo interpreté como un sí.

En el puente me obligué a pensar en Vancouver.

*  *  *

Los Tides llegaron al Foundry terceros de la conferencia, con un chaval llamado Rasmus Kjell en la primera línea que había marcado veintiséis goles antes de que acabara enero y al que le gustaba tirar arriba, por el lado del guante, en las contras.

Esa mañana me había tragado cuarenta minutos de imágenes suyas en la sala de vídeo con Mikko Salo, nuestro entrenador de porteros.

Cincuenta años, finlandés. Cuarenta minutos de vídeo, cuatro palabras.

Lo paró cuatro veces en el hombro de Kjell y cada vez dijo: «Ahí».

Yo sabía que Kjell bajaba el hombro derecho antes de tirar al palo corto y lo mantenía recto antes de tirar al largo.

Sabía que miraba la portería dos veces antes de un tiro de muñeca y una antes de un tiro de golpeo.

En el calentamiento el pabellón estaba a medio llenar y seguía llenándose, negro y verde bosque por todas partes, y alguien en el anfiteatro superior aporreaba un cencerro sin seguir el ritmo de la música.

Di dos vueltas, estiré en el área e hice lo mismo que había hecho antes de cada partido desde los once años.

Le di un toque al poste izquierdo con el stick.

—Lefty.

Le di un toque al derecho.

—Earl.

Lefty era de fiar. Había parado más tiros por mí que cualquier defensa con el que hubiera jugado, y nunca se quejaba. Earl tenía más carácter. Algunas noches Earl dejaba que las cosas entraran rebotando por dentro, y él sabía que yo lo sabía, y teníamos un acuerdo.

—Partido gordo —les dije—. Kjell va a ir a por ti, Earl. No te hagas el héroe. Tú haz que suene.

El poste no dijo nada. Earl nunca decía nada. Era casi todo lo que me gustaba de él.

Durante el himno levanté la vista una vez, hacia la tribuna de prensa. Estaba en el lado oeste del pabellón, a media altura, una franja larga de cristal con una fila de portátiles detrás y gente con acreditaciones colgadas. Si alguien preguntaba, los focos.

Estaba en la tercera ventana empezando por la izquierda, con un gorro de lana negro de los Ravens y el pelo rojo metido dentro a presión, sujetando el móvil en alto para grabar el himno.

Todavía no tenía acreditación a pie de pista, así que Dana la había aparcado allí arriba con los periodistas.

La reconocí a sesenta metros por cómo cargaba el peso en una cadera.

Me habría jugado dinero a que era la cadera sana.

Volví a mirar la bandera antes de que acabara el himno. En mi vida me había perdido el último verso de un himno.

*  *  *

El primer periodo fue bien. Catorce tiros, catorce paradas, nada por lo que tuviera que estirarme.

A mitad del periodo, Kjell me probó arriba, por el lado del guante, en un dos contra uno, y yo le había visto bajar el hombro antes de tirar, así que ya estaba ahí cuando me dio en el guante.

Theo marcó en un desvío a falta de cuatro minutos.

El de la megafonía lo alargó como siempre, número diecinueve, Theo Marchetti , y más tarde Theo lo llamaría una obra de arte .

Le entró rebotando en la espinillera. Uno a cero.

El segundo periodo fue más difícil. Nuestra defensa se quedó atrapada en su propia zona durante noventa segundos, y me llevé un tiro de golpeo en la clavícula que iba a notar por la mañana; atrapé el rechace y sonó el silbato.

Mientras cambiaban las líneas conté las respiraciones, cuatro para dentro, seis para fuera, un truco de un psicólogo deportivo de Winnipeg que cobraba doscientos dólares la hora y se los ganó una vez.

—Esa era tuya, Lefty —dije—. Buen trabajo.

Mason marcó desde la línea azul al final del periodo. Dos a cero.

Tercer periodo. Vancouver quitó al portero a falta de dos minutos, seis jugadores de pista contra mis cinco, y me tiraron todo lo que no estuviera atornillado al suelo.

Entonces Kjell se quedó con un tiro limpio desde las marcas del círculo a once segundos del final, y mantuvo el hombro derecho recto.

Palo largo.

Crucé con el pad derecho, llegué con la punta del patín y noté cómo el disco hacía sonar a Earl y salía disparado hacia la esquina.

—Gracias, Earl —dije, o creí decir.

Luego, la bocina.

Treinta y cuatro tiros. Treinta y cuatro paradas.

Los chicos saltaron del banquillo y formaron fila en el área, y alguien, Jamie seguramente, me dio un golpe en lo alto de la máscara tan fuerte que me castañetearon los dientes, y Luke me puso el guante en la nuca y dijo «Ahí está» con la voz de capitán que significaba que estaba contento.

Me subí la máscara. Después de un partido el cuerpo hace lo que lo han entrenado para hacer, y el mío estaba entrenado para mirar el marcador, el banquillo y a Halloran, por ese orden.

Miré la tribuna de prensa.

La misma ventana. Estaba de pie con las dos manos contra el cristal, el móvil olvidado en alguna parte y el gorro echado hacia atrás, así que se le había salido el pelo por los lados. Estaba demasiado lejos para leerle la cara, pero el resto sí lo podía leer. Estaba dando saltitos de puntillas.

Entonces Theo se me estampó de lado, me rodeó los hombros con los dos brazos y giró la cabeza para ver qué estaba mirando yo, y vi cómo lo encontraba, y vi cómo se le iluminaba la cara entera.

—Ay —dijo Theo—. Ay, no .

*  *  *

Me eligieron primera estrella, el mejor del partido. Salí a la pista solo, levanté el stick hacia los cuatro lados del pabellón, y la mujer de la retransmisión de televisión me cazó en la puerta del banquillo con un micrófono.

—Treinta y cuatro paradas, primera portería a cero de la temporada. ¿Qué ha funcionado esta noche?

—Los chicos han bloqueado muchos tiros.

—Y la foto del pasillo de esta semana, todo el mundo está…

—Buenas noches —dije, y me metí por el túnel.

Había seis periodistas esperándome en la taquilla.

Doug Kessler, del Ledger , estaba delante.

Me senté con el equipo puesto y les di ocho palabras: buen equipo, buenos tiros, los chicos bloquearon mucho.

Kessler preguntó si la pelirroja de la tribuna de prensa era la mujer de la foto.

Nuestro jefe de prensa dijo: «Preguntas de hockey», y Kessler le sonrió a su libreta: para él, eso ya era una respuesta.

Mikko Salo pasó por detrás de ellos, me tocó lo alto de la cabeza con dos dedos y siguió andando. Esa fue toda la valoración.

El corrillo se deshizo a los tres minutos. El vestuario olía a sudor y a ese producto de eucalipto con el que los fisios rociaban todo, y para cuando me quité los pads Theo llevaba cuatro minutos hablando sin parar.

—Yo no digo nada —dijo, de pie en medio del vestuario con la toalla—. No digo que Shawzy haya dejado la portería a cero y haya mirado al instante a la tribuna de prensa como un golden retriever esperando a que alguien vuelva a casa. Eso no lo digo. Luke, ¿lo estoy diciendo?

—Lo estás diciendo bastante alto —dijo Luke. Estaba sentado en su taquilla, quitándole la cinta al stick, sin levantar la vista.

—Lo digo a un volumen normal. Es una observación de volumen normal.

—Estaba mirando el reloj —dije yo.

—El reloj está encima del centro de la pista.

—Estaba mirando los focos.

—Los focos están en el techo, tío. Ella estaba en un lateral. Yo estaba justo ahí. Te he visto la cara. Nunca te había visto poner esa cara. Creía que solo ponías una. La de estreñido.

Jamie Kowalski, veinte años y todavía emocionado con todo, asomó la cabeza desde su taquilla.

—¿Es verdad que os conocisteis en el pasillo? ¿En el pasillo de verdad, al lado de la sala del fisio? Qué romántico.

—Gracias, Jamie —dijo Theo—. Por fin alguien en este vestuario con alma.

—No es romántico —dije—. Llamó cubo al disco.

Fue un error. Mason, que no había abierto la boca en toda la noche, se echó a reír en la esquina, Theo tuvo que sentarse y Anders dijo algo en sueco que hizo reír también al fisio.

—Un cubo —dijo Theo, secándose los ojos—. Shawzy. Es perfecta para ti. Tú odias hablar y ella no sabe cómo se llama nada.

No contesté. Me desaté los patines, los metí debajo del banco, le quité la cinta al stick en una sola tira larga y la hice una bola. Notaba a Luke mirándome desde su taquilla.

Cuando el vestuario se vació, vino y se sentó a mi lado, todavía con la ropa térmica, los codos en las rodillas.

—La gente vuelve a quererte —dijo por fin—. Dana está contenta. La directiva está contenta. Lo que sea que tengáis ella y tú, funciona.

—Bien.

—No te pregunto qué es. No es asunto mío. —Giró el cuello y le crujió—. La has mirado a ella antes que al banquillo, Becks. Llevo siete años jugando contigo. Nunca has mirado nada antes que al banquillo.

Apreté más la bola de cinta.

—Ha sido un acto reflejo.

—Ya —dijo Luke, levantándose—. Eso es lo que me preocupa.

*  *  *

Pete me esperaba junto al cuarto del material con el disco del partido. Ya había hecho lo que hacía con cada portería a cero: una tira de cinta blanca en la cara con la fecha, el resultado y el rival en su letra cuadrada y cuidadosa. 25 ENE. 2-0 VAN. 34 PARADAS.

Me lo dio sin decir nada. Le di la vuelta en la mano. Era mi primera portería a cero de la temporada. La anterior había sido en marzo, hacía mucho tiempo y un vídeo viral de por medio.

—La mayoría regala la primera del año a alguien —dijo Pete—. A la madre. A la mujer. A un hijo. —Se encogió de hombros—. Algunos las guardan en el cajón de los calcetines.

—Yo las guardo en el cajón de los calcetines.

—Ya sé dónde las guardas —dijo Pete, y volvió a meterse en el cuarto del material.

Ella me esperaba en el pasillo que daba al aparcamiento de los jugadores, apoyada en la pared de bloques de hormigón con el gorro y un plumas verde que le llegaba a las rodillas, el móvil en la mano y una acreditación al cuello que decía STAFF.

Cuando me vio, se despegó de la pared y sonrió, y era una sonrisa con menos dientes que la que usaba para las cámaras. Ya había aprendido a distinguirlas.

—Treinta y cuatro —dijo—. Las he contado.

—Las has contado.

—No me quedaba otra. No entiendo nada más de lo que pasa.

Solo te miro y cuento cada vez que atrapas algo.

Por cierto, un señor del Ledger me ha dicho que en la tribuna de prensa no se anima.

—Se echó el gorro hacia atrás—. Le he dicho que no estaba animando, que estaba contando en voz alta.

Ha cambiado el portátil de sitio. —Ladeó la cabeza—.

Dana dice que el viernes. Un food truck .

Una cita de verdad, en público, y yo grabando. Ya ha elegido el food truck .

—Vale.

—Ni siquiera has preguntado cuál.

—Me da igual cuál.

Me estudió un segundo y se acercó, lo bastante para que le oliera el champú, algo con naranja, y bajó la voz.

—¿Por qué has mirado a la tribuna de prensa después de la bocina?

—Estaba mirando el reloj.

Señaló, sin mirar, arriba a la derecha, donde se veía el marcador a través de la puerta abierta del túnel.

—El reloj está por ahí.

No tenía nada. Lo de los focos lo había gastado con Theo. Lo del reloj, también. Me quedé allí en el pasillo, con la bolsa al hombro y la boca cerrada, y ella vio que me había quedado sin nada, y la sonrisa que me dedicó fue lenta y muy satisfecha de sí misma.

—Buenas noches, Beckett —dijo—. Buen partido.

Se alejó por el pasillo hacia el aparcamiento del personal. La miré hasta que dobló la esquina y su abrigo desapareció.

Bajé la vista. Tenía la mano derecha extendida delante de mí, con la palma hacia arriba, a la altura de su mano más o menos.

El disco del partido estaba ahí, con cinta y todo.

No me acordaba de habérmelo sacado del bolsillo.

Llevaba no sé cuánto tiempo tendiéndoselo, durante toda la conversación, y ella me había estado mirando a la cara todo el rato y no lo había visto.