Capítulo cinco
Nora
La semana entre la servilleta y los patines fue así.
El sábado, Dev publicó una foto en la cuenta de Rosie’s: mi mano sobre la de Beckett, el bollo entre los dos, ambos mirando hacia la ventana, con el pie de foto clientes habituales .
La cuenta de los Ravens no la compartió ni le dio a me gusta.
Dana dijo que en eso consistía toda la estrategia.
El domingo, mi cuenta había pasado de un par de miles de seguidores a casi diez mil, una mujer de Ohio había montado un vídeo de fan con la foto y una versión triste a piano de una canción de ruptura, y yo lo había visto cuatro veces en el baño del trabajo con el sonido quitado.
No escribió nada más. No le hacía falta. Miré esa foto más veces que el vídeo de la fan.
Ese mismo lunes, Dana nos llamó a su despacho y cerró la puerta, y nos sentamos en las mismas dos sillas que el viernes anterior. No abrió el portátil.
—Nada por escrito, acordaos —dijo—. Así que contádmelo en voz alta.
Le recité la regla uno y la regla dos. Beckett dijo que tenía una propia y que era suya, y Dana se lo quedó mirando un segundo y lo dejó estar.
—¿Y cómo termina? —preguntó.
—Ruptura amistosa en abril —respondí, y Beckett asintió.
La servilleta se quedó en la funda de mi móvil, detrás de los ojos bizcos de Cassie, y Dana no apuntó ni una palabra. Dijo «abril» una vez, para sí, como quien marca una fecha en un calendario mental, y nos mandó de vuelta al trabajo.
* * *
La pista de entrenamiento estaba detrás del pabellón principal: una superficie de hielo más pequeña, con unas gradas bajas a un lado y una fila de ventanas en lo alto del otro.
A las siete de la mañana del viernes olía exactamente igual que la cámara frigorífica del restaurante de Davis donde trabajé el verano que cumplí diecinueve: frío húmedo y metal, ese que te sube por las suelas de los zapatos y ya no se va.
Pete me esperaba junto al banquillo con los patines en una mano y la tapa de un termo llena de café en la otra.
Tenía setenta años, un bigote blanco que se le rizaba en las puntas y una rebeca mal abotonada encima de un polo de los Ravens, y me miró igual que miraba mi abuela el plato que otra persona había traído a la cena de Acción de Gracias.
—Siéntate —dijo—. Pie.
Me senté. Le di el pie. Me desató él mismo la zapatilla, me metió el patín y lo apretó tanto que noté el pulso en el tobillo.
—¿Demasiado apretado?
—No me siento los dedos.
—Bien. No los vas a necesitar. —Hizo lo mismo con el otro—.
Los afilé anoche. Me lo pidió Beckett. Me dijo: «Ni muy afilados ni muy romos, que no ha pisado el hielo en su vida».
—Pete remató el segundo cordón con un nudo doble y me dio unas palmaditas en la bota—.
Siete años lleva cruzando mi puerta, niña.
Nunca me había pedido que le afilara los patines a nadie.
Metió la mano debajo del banco, sacó un casco blanco con una pegatina de los Ravens despegándose por un lado y me lo puso él mismo.
—La correa —dijo—. Abróchala. Nadie que no esté en la plantilla sale ahí sin casco. No es norma mía. Es de los del seguro.
Me la abroché. Me dio el café y volvió al cuarto del material, y yo me quedé allí sentada, con la tapa del termo de un desconocido en la mano y un casco que olía al pelo de otras personas.
Beckett salió del túnel unos minutos después con pantalones negros de entrenamiento, una sudadera de los Ravens y patines, sin nada del equipo que yo le había visto en la tele.
Ni pads , ni máscara, ni guante gigante.
Sin todo eso parecía más pequeño, lo cual es ridículo de decir de un hombre que mide un metro noventa y tres, pero era verdad. Parecía una persona y no un muro.
Vio mis patines y asintió una vez.
—¿Te los ha preparado Pete?
—Me los ha preparado Pete. Pete también me ha dicho que nunca le habías pedido que afilara nada para nadie.
Beckett miró la puerta del cuarto del material. La puerta tenía una ventanita y en la ventanita estaba el bigote de Pete, que desapareció.
—Pete habla mucho —dijo Beckett.
—Pete habrá dicho unas treinta palabras.
—Eso es mucho para Pete.
Monté el móvil en un trípode pequeño sujeto con una pinza a lo alto de la valla, enfocando hacia la pista, y comprobé el encuadre dos veces.
También me había traído el estabilizador, pero iba a necesitar las dos manos para la valla y probablemente para conservar la dignidad.
La luz era horrible, azul y de fluorescente. Ya la arreglaría en la edición.
—Grabando —dije, y le di a grabar—. Día uno. Soy Nora, no me he puesto unos patines en la vida y este es mi profesor, que quiere que todo el mundo sepa que no se ofreció voluntario.
—No me ofrecí voluntario —le dijo Beckett al móvil.
—En persona es muy cariñoso.
Abrió la puerta de la valla y pisó el hielo sin mirar abajo. Se dio la vuelta y me tendió las dos manos.
Me levanté. Se me doblaron los tobillos hacia dentro. Di un paso sobre la alfombrilla de goma, luego otro, y entonces la cuchilla izquierda tocó el hielo y el hielo se llevó mi pie izquierdo a un sitio que yo no había autorizado.
Me agarré a la valla. Me agarré con las dos manos, un codo y posiblemente la barbilla.
—Estás bien —dijo Beckett.
—Soy un gato colgado de una cortina de ducha.
—Estás en el hielo. Ese es el primer paso.
—¿Y el segundo?
—Soltar la pared.
—Ni de broma.
Esperó. Tenía una forma de esperar que te hacía sentir que tenías todo el tiempo del mundo y, a la vez, que él podía seguir así hasta julio.
Solté una mano. Como él seguía con la suya tendida, se la di, y después la otra, y él patinó hacia atrás, despacio, tirando de mí mientras mis piernas hacían algo que solo puedo describir como una jirafa recién nacida intentando bailar claqué.
—Mírame a mí —dijo—. No a los pies.
—Es que el problema está en los pies.
—Los pies van adonde van los ojos. Si miras abajo, te vas abajo.
Así que lo miré. Era raro hacerlo a propósito, tanto rato, con una cámara apuntándonos.
De cerca, con aquella luz azul, sus ojos eran del gris de una acera mojada, la cicatriz que le cruzaba la ceja era más clara que el resto de la piel, y se concentraba en mí con la misma cara que había puesto con los cordones de los patines el primer día, la de desactivar una bomba.
Bajo mis guantes, sus manos estaban firmes y eran tan grandes que las mías desaparecían dentro, y el calor de sus palmas atravesaba dos capas de forro polar.
Se había ajustado tan bien a mi velocidad que durante unos segundos se me olvidó que me estaba moviendo.
—Lo estás haciendo —dijo.
—Lo estoy haciendo.
—Dobla las rodillas.
—Están dobladas.
—No lo están.
—Están dobladas en espíritu.
Me soltó una mano y me tambaleé, y él me sujetó del codo hasta que recuperé el equilibrio, y también me soltó el codo.
Me deslicé. Quiero que conste en acta. Durante un segundo y medio me deslicé sola por el hielo, con los brazos abiertos, como una mujer en un anuncio de perfume.
Entonces el patín derecho decidió irse a Canadá y el izquierdo decidió quedarse en Oregón, y el resto de mí se fue directo al suelo.
Caí sobre la cadera, después sobre el codo y por último sobre la parte de atrás del casco, por ese orden, con un crujido que noté en los dientes.
Resbalé de espaldas como un metro y me quedé quieta mirando al techo, donde una pancarta que decía PORTLAND RAVENS CAMPEONES DE LA LIGA DE DESARROLLO 2017 colgaba unos grados torcida.
Beckett ya estaba allí. Hincó una rodilla a mi lado y tenía la mano detrás de mi cabeza antes de que yo terminara de resbalar, con la palma sujetando la parte de atrás del casco, y la cara se le había puesto de un color que yo no le había visto nunca.
—No te muevas —dijo—. ¿Te has dado en la cabeza? Nora. Mírame. ¿Cuántos dedos?
Levantó dos.
—Dos —dije—. Quiero poner una reclamación.
—¿A quién?
—Al hielo. El hielo y yo ya no nos hablamos. —Levanté un brazo y lo dejé caer otra vez—. Dile a mi hermana que la quise. Dile a Dana que morí haciendo contenido.
Hubo una pausa, con su mano todavía bajo mi cabeza y su cara suspendida sobre la mía.
Y entonces Beckett Shaw se rio.
Le salió de golpe. Se dobló hacia delante sobre mí, con una mano aún bajo mi cabeza y la otra apoyada en el hielo, y le temblaban los hombros, y el sonido rebotó en la valla y en las gradas vacías y subió hasta las vigas.
Era una risa grave, áspera y un poco ronca, como un motor que nadie ha arrancado en todo el invierno, y duró más de lo que él habría querido.
Lo sé porque intentó parar dos veces y no pudo.
Se me olvidó que estaba tumbada en el hielo. Se me olvidaron la cadera, la cámara y la pancarta torcida. Me quedé allí mirando cómo un hombre al que conocía desde hacía ocho días se deshacía encima de mí.
Cuando paró, se secó un ojo con el dorso de la muñeca y me miró, y parecía avergonzado, y joven, y no se parecía en nada al fotograma que Dana había congelado en su monitor.
—Perdona —dijo.
—Ni se te ocurra pedir perdón.
Me pasó el brazo por debajo de los hombros y me incorporó hasta sentarme, y luego hasta ponerme de pie.
No me soltó hasta que tuve las cuchillas planas.
Me quedé contra su pecho, con su brazo cruzándome la espalda, tan cerca que lo notaba respirar fuerte, y le miré la boca, todavía medio abierta de reírse, y pensé en besarla con una cámara grabando a tres metros.
—Luego Raj te mira esa cabeza —dijo—. Con casco o sin casco. ¿Otra vez?
—Otra vez —dije, y me caí cuatro veces más antes de las ocho.
* * *
Edité el vídeo esa tarde en mi mesa, debajo del pósit que decía DISCO , con una bolsa de guisantes congelados de la cocina del personal pegada a la cadera.
Lo dejé en cincuenta y ocho segundos. El gato en la cortina de ducha.
La jirafa recién nacida. Están dobladas en espíritu .
El deslizamiento, a cámara lenta y con una pista orquestal grandilocuente, de broma.
La caída, desde el ángulo del trípode, que era una obra maestra de la comedia física si no tenías que vivir en el cuerpo que la había protagonizado.
Mi reclamación al hielo. Un corte seco a mí en el banco, después, desatándome los patines y diciendo: Día uno: he sobrevivido. El hielo, no .
No usé la risa.
La tenía. Estaba ahí, en el material en bruto, once segundos desde el momento en que empezaron a temblarle los hombros hasta que se secó el ojo.
El móvil lo había pillado todo, los dos en el encuadre, su mano bajo mi cabeza.
Era lo mejor que había grabado en mi vida.
Era justo lo que Dana me había contratado para conseguir, lo único que, según ella, internet necesitaba ver, y si lo hubiera publicado, creo que mi cuenta habría doblado sus seguidores antes de la cena.
Lo vi dos veces. Lo saqué de la línea de tiempo, lo guardé en el móvil en una carpeta para él solo, sin ponerle nombre, y publiqué los cincuenta y ocho segundos sin él.
Me dije que era estrategia. Tu mejor plano no lo gastas en la segunda semana.
A la una le mandé el montaje a Dana. Todo lo que grababa en el hielo del club pasaba por ella antes de ir a ningún sitio, y me devolvió una sola nota, Quita el rótulo del principio , y un pulgar arriba.
Se publicó a las dos en mi cuenta, etiquetando a los Ravens, y una hora después la cuenta del club lo compartió con un emoji de patín y ni una palabra.
A la hora de cenar, la cuenta de cotilleos con dos millones de seguidores lo había republicado con el texto LE ESTÁ ENSEÑANDO A PATINAR 😭 , y los comentarios habían dejado de llamarlo el Grinch canadiense y habían empezado a llamarlo Coach Daddy , cosa que no pensaba contarle bajo ningún concepto.
A medianoche había pasado del millón de reproducciones, @noraquinncooks tenía cuarenta y un mil seguidores y Dana me había escrito una sola palabra, AHÍ , seguida de un GIF de una mujer tirando billetes al aire.
Estaba tumbada en la cama de mi estudio con la bolsa de guisantes, ya descongelada, empapándome el pantalón del pijama. El moratón de la cadera empezaba a salir, morado en el centro.
Abrí la carpeta sin nombre y volví a poner los once segundos, con el volumen bajo. La risa llenó mi piso, áspera y sorprendida.
La puse una tercera vez, y una cuarta.
El móvil me vibró en la mano a mitad de la quinta, y el clip se detuvo en su cara, en plena risa, con los ojos cerrados.
BECKETT: Hielo en la cadera. 20 minutos sí, 20 no.
Le sonreí al techo. Antes de que pudiera escribir nada, volvieron a aparecer los puntitos, desaparecieron y aparecieron otra vez.
BECKETT: El vídeo está bien. Has cortado el final.
BECKETT: ¿Lo has guardado?
Escribí No .
Lo miré. Lo borré.
Escribí Sí .
También lo borré.