Un trato sin goles (Portland Ravens Hockey 1) Capítulo cuatro
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Capítulo cuatro

Beckett

Nora pasó de largo y se sentó en la mesa del escaparate.

—La gente tiene que vernos —dijo, cuando me quedé de pie a su lado con el termo sin sentarme—. Esa es la gracia. Si nos escondemos en una esquina, parece una aventura.

—Son las once y media de un viernes. No mira nadie.

Señaló el mostrador con la cabeza. El barista, un chaval que se llamaba Dev, con un aro en el tabique nasal y un tatuaje de los Ravens en el antebrazo, había dejado de calentar leche para mirarnos.

Una mujer junto a la vitrina de los dulces sujetaba el móvil a la altura del pecho, convencida de que así era invisible.

Me senté.

—¿Qué quieres? —preguntó Nora—. Invito yo. Sale de mi presupuesto de contenido.

—Esto no es una cita.

—Mi presupuesto dice que es contenido de cita. Tengo una hoja de cálculo. —Ya se estaba levantando—. ¿Qué quieres?

—Agua caliente. Con una rodaja de limón.

Se me quedó mirando.

—Has entrado en una cafetería para pedir lo que te dan cuando estás resfriado.

—Tengo un termo lleno. Lo quiero recién hecho.

—Claro —dijo, con un tono que quería decir que lo estaba apuntando en algún sitio de la cabeza, y se fue al mostrador.

Antes de pagar ya tenía a Dev riéndose. Volvió con mi agua caliente en un vaso de papel, un café con leche de avena y un bollo de cardamomo del tamaño de un pomelo, que dejó en el centro de la mesa sobre una servilleta. Lo partió por la mitad y me empujó la mitad más grande.

—No me lo puedo comer —dije—. Entreno a la una.

—No tienes que comértelo. Tiene que estar en tu lado de la mesa para la foto. —Le dio un mordisco al suyo—. Bueno. Condiciones.

Sacó una segunda servilleta del servilletero, la alisó con el canto de la mano y sacó un boli del bolso. El boli tenía forma de zanahoria. Se dio cuenta de que lo miraba.

—Venía de regalo con un kit de comida a domicilio —dijo—. Escribe bien. No juzgues a la zanahoria.

—No he dicho nada.

—Tu ceja ha dicho algo. —Le quitó el capuchón con los dientes—. Regla uno.

Escribió con una letra pequeña y redonda, apretando para que la tinta no se corriera: 1. Nada de besos en público sin avisar.

Lo leí del revés. Lo volví a leer.

—Besos —dije.

—Dana va a querer uno. A lo mejor más. En cada partido en casa hay kiss cam , la cámara que saca a dos del público en la pantalla gigante para que se besen, y ya está repasando el calendario con cara de elegir menú.

—Nora no apartaba los ojos de la servilleta.

Se le habían puesto rosas las puntas de las orejas—.

Prefiero planearlo a que me pille por sorpresa.

Si vas a hacerlo, me avisas antes. La misma regla para mí.

—¿Con cuánta antelación?

—La suficiente para retocarme el pintalabios.

Bebí agua. Demasiado caliente. Me quemé el paladar y no moví ni un músculo de la cara.

—Regla dos. —Escribió: 2. A la familia no se le miente —. Mi madre y mi hermana saben la verdad. No pienso mirar a mi madre a los ojos delante del jamón de Navidad y decirle que estoy enamorada de un jugador de hockey. Es enfermera de noche. Huele una mentira a través de una mascarilla quirúrgica.

—Vale.

—¿Y la tuya?

—Mi familia es mi abuelo.

Levantó la vista y esperó con el boli suspendido sobre la servilleta, igual que en el garaje. No te llenaba los silencios.

—No va a preguntar —dije.

Me sostuvo la mirada un segundo más. No escribió nada más y pasó a lo siguiente.

—Regla tres. — 3. Ruptura amistosa en abril —. Elegimos una fecha después de la fase regular. Publicamos algo bonito. Nos hemos distanciado, siempre seremos amigos, por favor, respetad nuestra intimidad. Nadie es el malo.

—Yo ya soy el malo.

—En abril no lo serás. En eso consiste el trabajo. —Subrayó amistosa dos veces—. Lo quiero por escrito porque ya he pasado por la otra clase de ruptura, y me gustaría probar una en la que nadie cambie una contraseña.

—Dana ha dicho nada por escrito.

—Dana se refería al club. —Dio unos golpecitos en la servilleta con la zanahoria—. Esto no es del club. Nadie en el Foundry lo va a ver nunca.

Giró la servilleta y la deslizó por la mesa hacia mí con el boli de zanahoria encima. Tres líneas en tinta morada. Una mancha de grasa del bollo en una esquina.

—Te toca —dijo—. Dijiste que tenías una.

Cogí el boli. Pesaba menos de lo que parecía. La mujer de la vitrina fingió leer la pizarra con los precios.

Lo escribí debajo de lo suyo, en mayúsculas, porque mi letra nunca se recuperó del año en que aprendí a escribir con guantes: 4. NUNCA PREGUNTES POR EL VÍDEO.

Le di la vuelta.

Lo leyó. Yo estaba preparado para la cara compasiva, para el si alguna vez quieres hablar , para la pregunta que me había hecho cada periodista durante una semana. Tenía una parada lista para cada una.

—Vale —dijo.

Esperé a que siguiera.

—¿Ya está? —pregunté.

—Lo has escrito en mayúsculas. Sé leer mayúsculas. —Cogió el café—. Es lo tuyo. Te toca una. Yo he puesto tres, así que diría que eres generoso.

Dio un sorbo, se le quedó una raya de espuma en el labio de arriba y no se dio cuenta, y yo me quedé allí sentado con la mano en la mesa y dejé que se la quedara.

*  *  *

—Bueno. Preguntas —dijo, después de limpiarse la espuma con el dorso de la mano—. Sobre el trabajo. Tu trabajo. Si voy a ser tu novia delante de la cámara, no puedo seguir llamándolo el cubo de goma.

—Por favor, no.

—Anoche vi tres partidos tuyos. Bueno, trozos. —Levantó un dedo—. Uno. ¿Qué es una portería a cero? Sonaba a que os quitan la portería y jugáis sin ella.

—Cero. El otro equipo marca cero.

—¿En todo el partido?

—En todo el partido.

Se lo pensó.

—O sea, que tu trabajo, durante sesenta minutos, consiste en que algo no pase.

—Sí.

—Es el trabajo más triste del que he oído hablar. —Lo dijo con una compasión total, como si le hubiera contado que trabajaba de noche en una morgue—. No lo ve nadie. Si lo haces perfecto, no pasa nada. Eres el que revisa los detectores de humo.

Llevaba veintiún años jugando de portero. Me habían entrevistado, me habían dedicado reportajes, y una vez un periódico de Calgary me describió como una puerta cerrada con forma de hombre . Nadie lo había dicho nunca así.

—Dos —dijo—. Antes de que empiece el partido vas y tocas los dos postes con el stick. Primero el izquierdo, luego el derecho. En los tres partidos. ¿Compruebas que siguen ahí?

—Algo así —dije, y lo dejé ahí. El resto no era conversación para una cafetería.

Lo dejó estar.

—Tres. Los periodos. ¿Por qué hay tres? ¿El del medio es la media parte? ¿Puede haber media parte si hay tres?

—No hay media parte.

—¿Y cómo se llama la pausa?

—Intermedio.

—Como en un musical —dijo, encantada—. Practicas un deporte con intermedios.

Apreté la lengua contra la quemadura del paladar y la dejé ahí, porque si lo soltaba iba a ser una carcajada, y yo no me reía en Rosie’s a las doce menos veinte de un viernes, delante de un barista con un móvil debajo del mostrador.

Lo vio igual. Ladeó la cabeza y me estudió la boca.

—Te hago gracia —dijo.

—Lo que creo es que no tienes ni idea de hockey.

—Es otra frase, y pones la misma cara. —Firmó al pie de la servilleta, Nora Quinn , con un lazo debajo de la Q, y me tendió la zanahoria—. Firma.

Firmé. B. Shaw . Y debajo del nombre, el treinta y uno, por costumbre.

Dobló la servilleta por la mitad y otra vez por la mitad, le quitó la funda al móvil y metió la servilleta detrás de una foto que ya estaba allí, una tira de fotomatón: una chica de unos quince años con las pecas de Nora, aparato en los dientes y un balón de fútbol bajo el brazo, poniéndole bizcos a la cámara.

No pregunté. No venía en la servilleta, pero me pareció que debería venir.

—Regla dos —dijo, al pillarme mirando. Volvió a encajar la funda con un clic—. La familia.

Me vibró el móvil en la mesa. El suyo vibró un segundo después. Mismo remitente.

DANA OKAFOR: ¿Y bien?

Nora tecleó algo. Mi móvil volvió a vibrar.

DANA OKAFOR: Bien. Primer vídeo el viernes que viene, a las 7 de la mañana, pista de entrenamiento. Beckett le enseña a Nora a patinar. Pete tiene patines de alquiler. Usa un 38.

Nora lo leyó y metió el móvil debajo del servilletero, por si estallaba.

—No sé patinar —dijo.

—¿Nada?

—Una vez me caí de una bici estática. Estaba atornillada al suelo. —Empujó su mitad del bollo por la servilleta—. Además, ¿cómo sabe Dana qué número calzo?

—Dana sabe lo que calza todo el mundo.

La mujer de la vitrina tenía ya el móvil a la altura de los ojos. Dev había apoyado el suyo contra la cafetera. Un hombre de traje se había parado en la acera con el café a medio camino de la boca.

Nora los captó a todos sin girar la cabeza. Alargó el brazo por encima de la mesa y puso la mano sobre la mía, que seguía en la madera al lado del bollo que no me iba a comer.

Tenía la mano pequeña y caliente del café, y un poco pegajosa del azúcar de cardamomo.

Se me quedaron quietos todos los músculos del brazo. Había parado discos a ciento sesenta kilómetros por hora con menos esfuerzo del que me costó no darle la vuelta a la mano y agarrarme a la suya.

—La regla uno habla de besos —dijo, en voz baja, sonriendo hacia el escaparate—. No dice nada de las manos.

—Pues añádelo.

—No puedo. —Dio unos golpecitos en la funda del móvil con la otra mano, donde la servilleta estaba doblada detrás de los ojos bizcos de su hermana—. La tinta ya está seca.

Dejó la mano donde estaba. Detrás del mostrador, el móvil de Dev destelló dos veces contra la cafetera, y la jarra que había dejado en el vaporizador empezó a chillar.