Capítulo tres
Nora
Entre la foto y las tres de la mañana, llamé a Dana, que me dijo «Por teléfono no» y «A las ocho» y me colgó.
Llamé a mi madre en su descanso en el Sutter General y le dije que no era lo que parecía, que es lo que dice la gente cuando es exactamente lo que parece.
Leí cuatrocientos comentarios sobre mi «carita diminuta».
Hacia las tres me comí la pasta fría de pie y me fui a la cama sin lavarme los dientes.
A las ocho menos cuarto de la mañana siguiente estaba sentada en el despacho de Dana, en la misma silla que el día anterior, con mi americana buena encima de una camisa que había planchado con el vapor de la ducha y un café en la mano que no podía beberme porque tenía el estómago hecho un puño.
Dana todavía no me había mirado. Tecleaba con dos dedos a una velocidad tremenda, como un pájaro carpintero con ganas de venganza.
A las ocho menos un minuto se abrió la puerta y Beckett Shaw entró agachando la cabeza.
Tenía que agacharla. El marco no era tan bajo, pero la agachó igual, un reflejo que arrastraba desde la pubertad.
Llevaba un jersey negro de los Ravens con media cremallera, vaqueros y la misma expresión de la foto, quitando la parte blanda.
Traía un termo de acero. Cuando se sentó en la segunda silla, lo bastante cerca a mi izquierda como para que me llegara un olor a limón, se dejó el termo sobre la rodilla.
Él tampoco me miró. Empezaba a sentirme un fantasma en un edificio lleno de gente que se había puesto de acuerdo para no mencionarme.
—Bien —dijo Dana, y terminó la frase con un golpe seco en la tecla Intro—. Habéis llegado los dos puntuales. Es lo último que vais a tener en común en mucho tiempo, así que disfrutadlo.
Giró el monitor. Un gráfico llenaba la pantalla, dos líneas, una roja y una verde, que se cruzaban en el centro.
—Esto son todas las menciones públicas de Beckett Shaw en los últimos treinta días.
—Recorrió la línea roja con un boli—. Un ochenta y uno por ciento negativas.
Vídeo de rehenes, monstruo, odianiños y mi favorita, el Grinch canadiense .
—El boli se desplazó hasta donde se cruzaban las líneas—.
Esto son las diez menos trece de anoche.
Desde entonces, más de la mitad positivas.
Han llamado cuatro magacines matinales. People quiere saber cómo se llama ella.
—Me apuntó con el boli—. Y todas las cuentas de deportes con un aro de luz.
—Fue una conversación en un pasillo —dije.
—Lo sé. He visto el clip entero desde un segundo ángulo.
El hombre del gorro nos lo ha mandado a cambio de dos abonos y un stick firmado.
—Dana dejó el boli—. Tú le estabas diciendo que parecía cansado y él intentaba llegar a la sala del fisio.
Esa versión no la quiere nadie. Internet ha decidido que sois pareja, e internet no admite devoluciones.
Beckett habló por primera vez.
—Pues les decimos que no lo somos.
—Podéis. —Dana se echó hacia atrás—. Podéis publicar un comunicado.
Somos compañeros de trabajo que mantuvieron un breve intercambio profesional.
Y entonces internet vuelve a decidir que les gritas a los niños, y la directiva vuelve a preguntarse si vales lo que cuestas, y Nora vuelve a ser la chica a la que pillaron ligando con un jugador el primer día, que es una cosa muy divertida para poner en una evaluación del periodo de prueba.
Se me enfrió el café en las manos.
—O bien —dijo Dana—, le seguís el juego, y…
—No —dijo Beckett.
—No he terminado.
—Ya sé por dónde vas.
—Entonces sabrás que se acaba en abril. —Cruzó las manos sobre la mesa—.
El público os ha emparejado. Os pido que sigáis emparejados hasta el final de la fase regular.
Nora graba contenido de pareja, nada explícito, nada invasivo, unas cuantas publicaciones a la semana.
Entrenamientos, una cita o dos, tú enseñándole las reglas.
Beckett se deja grabar y no le gruñe al objetivo.
En abril rompéis como adultos y todo el mundo se va a casa con lo que vino a buscar.
—¿Y qué es? —pregunté.
—Espera. —Dana levantó un dedo—. Primero, lo que me han dicho los de jurídico a las siete de la mañana, en tres palabras.
Nada por escrito. No hay contrato, ni memorando, ni ningún correo con vuestros dos nombres en el asunto.
La cuenta del club nunca confirma nada. Si alguien pregunta, sois dos adultos que se conocieron en el trabajo, y los Ravens no hacen comentarios sobre la vida personal de sus empleados. —Bajó el dedo—. Y ahora, lo que ganáis.
Miró a Beckett.
—Tú consigues una directiva que te ve sonreír a cámara dos veces por semana antes de sentarse a hablar de números. —Me miró a mí—. Tú consigues un contrato indefinido. Te lo firmo el día que termine tu periodo de prueba, sin evaluación ni comité. Está en mi mano y te lo ofrezco.
En el despacho no se oía nada más que el zumbido del monitor. En algún punto del pasillo pitó una Zamboni, la máquina que alisa el hielo, dando marcha atrás.
Dejé el café en el borde de la mesa.
—Lo siento —dije—. No.
Beckett giró la cabeza y me miró por primera vez en toda la mañana.
—Esto ya lo he hecho —dije—. Cuatro años.
Con mi ex. Delante de la cámara. Era de verdad, y luego pasó a ser…
trabajo, supongo, y él cambió la contraseña y se quedó con todo, y me enteré por un comentario.
¿¿Dónde está Nora?? Así me enteré. —Me levanté.
Las rodillas me aguantaron, cosa que agradecí—.
Así que no. Otra vez no. Y menos con alguien a quien ni siquiera le caigo bien.
Haré que caiga bien, eso se me da bien. Vídeos patinando.
Cachorros. El poema que él quiera. Pero no voy a fingir que lo quiero.
Dana ni pestañeó. Había visto a gente más valiente salir de aquel despacho.
—La oferta sigue en pie hasta las cinco.
—Puede seguir en pie hasta abril —dije, y me fui, y esta vez esquivé la puerta de cristal por unos buenos treinta centímetros.
* * *
Basil estaba aparcado en la tercera planta del garaje del personal, entre un Tesla y una columna.
Era un Honda Fit de 2009 del color del pesto, con una abolladura en el parachoques trasero con forma de Florida y una ventanilla del copiloto que bajaba, pero solo subía si le decías por favor.
Me metí, cerré la puerta y me quedé allí sentada con las manos en el volante, respirando olor a patatas fritas viejas y al ambientador de vainilla que había muerto hacia Acción de Gracias.
Había dicho que no. Bien por mí. Mi integridad estaba intacta. Seguro que mi integridad podía pagar el alquiler.
Tenía nueve correos sin leer. Abrí el que llevaba sin abrir desde el sábado.
Valley Mail-Order Pharmacy – Extracto de cuenta.
Me sabía la cifra antes de bajar hasta ella, como sabes que a una quemadura le va a salir ampolla.
Dos mil ochocientos sesenta dólares que le debíamos a la farmacia de noviembre y diciembre: sensores, tiras reactivas, agujas para las plumas.
La insulina ya tenía un tope de treinta y cinco dólares al mes, y las noticias lo llamaban una victoria.
Las noticias no habían visto nunca una factura de sensores Dexcom.
El seguro de mamá no nos pagaba ni una caja hasta que habíamos puesto miles de nuestro bolsillo, y ese contador había vuelto a cero el 1 de enero.
Debajo del total, con una letra azul muy simpática, la farmacia me recordaba que para mantener activo el plan de pagos había que abonar un mínimo de trescientos dólares antes del día 20.
Mi nuevo sueldo lo cubriría. Mi nuevo sueldo lo cubriría durante ocho semanas, y después durante el tiempo que los Portland Ravens decidieran que todavía querían a una antigua chica de la lasaña que le había dicho que no a la cara a la jefa de comunicación en su segundo día.
Llamé a Cassie porque los viernes tenía la primera hora libre y porque soy débil.
—Hala —dijo, en vez de hola—. Vuelves a ser famosa. Mamá me ha obligado a explicarle lo del bolsillo. He tenido que explicarle lo del bolsillo , Nora.
—Lo siento.
—¿Es majo?
—No.
—¿Está bueno?
Pensé en su clavícula a la altura de mi nariz y en el olor a aire frío y a champú de supermercado.
—Es muy alto.
—Tía. Eso es un sí. Eso es clarísimamente un sí. —Oí un portazo de taquilla al otro lado y a un chico gritar algo de un examen sorpresa—. ¿Estás saliendo con él?
—No. Fue en un pasillo. Le dije una frase.
—Pues debió de ser una frase buenísima. —Se quedó callada, y Cassie no se queda callada—. Vale, no te agobies.
—Ya me estoy agobiando. Dispara.
—Ayer se me despegó el sensor en el entrenamiento.
Pero arrancado de cuajo, ¿eh? El entrenador pensó que me habían apuñalado.
Ya he rellenado el formulario de Dexcom, me mandan uno gratis, pero tarda como cinco días, y mamá dice que la próxima caja no la envían hasta que la farmacia arregle lo de la cuenta.
Así que hasta el lunes, pinchazos en el dedo.
No pasa nada. Estoy bien. Esta mañana tenía ciento veinte.
En el parabrisas, delante de mí, había una grieta en la esquina inferior izquierda que llevaba un año queriendo arreglar. La miré hasta que se volvió borrosa.
—¿Nora?
—Estoy aquí. Es un buen número.
—Ya sé que es un buen número, la del páncreas tonto soy yo.
—Sonó un timbre detrás de ella—. Además, el sábado el entrenador Pham me pone de delantera, así que tienes que ver la retransmisión, y en el grupo nadie puede sacar el tema de mi pie derecho.
Mamá ya lo ha sacado. Me tengo que ir. Dile al alto que digo que es un Grinch canadiense. Te quiero, adiós.
Colgó. Me quedé con el móvil en el regazo y volví a mirar el correo, la letra azul tan simpática, e hice las cuentas que llevaba haciendo de cabeza cada noche desde lo de Tyler: el alquiler, el seguro del coche, el mínimo de la tarjeta de crédito, el plan de pagos, la caja de sensores que no iban a mandar hasta que alguien pagara la anterior.
Debajo de todo eso estaba una chica en Sacramento pinchándose el dedo antes del entrenamiento de fútbol y diciéndome que estaba bien con la voz que ponía cuando no lo estaba.
Cosas que haría por Cassie:
1. Lo que fuera.
La lista no tenía un segundo punto.
* * *
Lo encontré en el garaje, y eso fue cosa del destino o de que los jugadores aparcaban una planta por debajo del personal.
Estaba de pie junto a una camioneta gris con óxido en los pasos de rueda, con la puerta del conductor abierta y una mano en el techo, mirando el móvil.
Se había quitado el jersey de cremallera.
Debajo llevaba una camiseta gris con un agujero cerca del bajo, ceñida en los hombros y holgada en todo lo demás, y le miré los brazos más rato del que tenía derecho a mirarlos una mujer que acababa de decirle que no. El termo estaba sobre el capó.
Oyó mis bailarinas en el hormigón y levantó la vista.
—¿Vienes a decirme que no otra vez? —preguntó.
—Tú dijiste que no primero.
—Lo dije más alto. —Se guardó el móvil en el bolsillo—. No tienes que explicarme nada. Yo también me diría que no.
Me paré a casi dos metros. El garaje olía a hormigón mojado y a los gases del tubo de escape de alguien.
—¿Por qué dijiste que no? —le pregunté.
Miró la camioneta. Miró la columna detrás de mí. Miró el termo sobre el capó. Fueron muchos sitios a los que mirar antes de contestar.
—Porque tendrías que cargar conmigo —dijo—. Dos meses. La gente diría cosas de ti. Ya las está diciendo. —Pasó el pulgar por el borde del techo, donde la pintura se había gastado hasta la imprimación—. Me da la impresión de que ya estás harta de que la gente diga cosas.
Era la segunda vez en dos días que me sorprendía, y para eso no tenía ninguna lista preparada.
—¿Por qué has cambiado de opinión? —preguntó, porque llevaba allí de pie el tiempo suficiente para que me lo leyera en la cara.
—No he dicho que haya cambiado.
—Has bajado una planta de un garaje para buscarme.
Respiré hondo y me llegó olor a tubo de escape y a limón.
—Mi hermana tiene diabetes tipo 1 —dije—.
Tiene dieciséis años. Es la persona más graciosa que conozco y se está pinchando el dedo antes de los entrenamientos de fútbol porque yo no he podido pagar a tiempo a una farmacia.
Necesito este trabajo después de marzo. Ese es mi motivo.
No es romántico y no voy a fingir que lo es.
Asintió una vez, como si le hubiera dicho el resultado de un partido, y esperó a que siguiera.
—Lo haré —dije—. Se lo diré a Dana antes de las cinco. Pero tengo tres condiciones, y no son negociables, y las quiero por escrito.
Beckett cogió el termo y lo giró en la mano, un cuarto de vuelta, y luego otro. Tenía las manos grandes y romas, con una cicatriz blanca que le cruzaba dos nudillos, y quise saber qué se sentiría con ellas en la nuca, cosa que no figuraba entre mis condiciones.
—¿Solo tres? —dijo—. Yo tengo una.
—¿Cuál?
—Que no sea en un garaje. —Tiró el termo al asiento del copiloto y sacó las llaves—. En Rosie’s. A las once y media. Tú eliges la mesa.