Capítulo dos
Beckett
Walt estaba sentado junto a la ventana con una manta de cuadros sobre las rodillas.
La tele del rincón ponía un concurso de repostería sin sonido.
Alguien le había hecho la raya del pelo blanco en el lado equivocado, y se la arreglé con dos dedos antes de sentarme, como me la arreglaba él a mí antes de las fotos del colegio.
Me miró con el interés educado de quien mira una camioneta de segunda mano que a lo mejor compra si le bajan el precio.
—¿Tú eres el nuevo de la Seis?
—Sí —dije—. Empecé el lunes.
—¿Te han dado la International vieja?
—La naranja.
—La tercera se engancha. Tienes que meterla con doble embrague. —Movió el pie izquierdo debajo de la manta para enseñármelo—. No dejes que Harvey te diga que va bien. Harvey no ha acertado con un embrague en su vida.
—No le dejaré.
Rosa me había llamado a las ocho menos cuarto.
Walt estaba pasando una mala noche, me dijo, andaba por el pasillo pidiendo las llaves, y últimamente lo único que lo calmaba era tener compañía.
Ahora, cuando me llamaba, mantenía la voz ligera, y lo primero que le salía siempre era Está bien, está bien .
Se lo había enseñado yo hacía seis días sin querer.
Así que había venido en coche desde el Pearl con el pelo todavía mojado de la ducha.
El cartel de la entrada decía que las visitas terminaban a las ocho.
La familia podía tocar el timbre de noche cuando quisiera, y nunca me habían hecho esperar.
Rosa se había quedado después de acabar el turno para acompañarme por el pasillo, con el abrigo ya puesto encima de un pijama sanitario estampado con gatos de dibujos animados con gorros de fiesta, y en la puerta de la 22 me había pasado a Desmond, que llevaba la planta de ocho de la tarde a seis de la mañana.
Y ahora yo era el chaval de veintidós años que llevaba la quitanieves de la Seis, invierno de 1979. Eso sabía hacerlo.
—¿Hace frío fuera? —preguntó Walt.
—Aguanieve.
—La aguanieve es lo peor. La nieve la puedes empujar. La aguanieve se queda ahí riéndose de ti.
Me contó lo del invierno en que la nieve acumulada en la carretera 10 enterró el cartel de Birch Lake y él estuvo treinta y una horas quitando nieve a base de café y una bolsa de pipas.
Me sabía la historia. Sabía dónde iba a hacer la pausa, en el alce plantado en medio de la carretera con aires de dueño del municipio, y sabía la frase que venía después.
—El alce no se movía, así que yo no me movía. Cuarenta minutos estuvimos así. Dos cabezotas de cuidado.
—¿Quién ganó?
—El alce. —Sonrió, y por un segundo fue la sonrisa de toda mi infancia, torcida a la izquierda, donde había perdido una muela por culpa de una llave de ruedas—. Apuesta siempre por el alce.
El móvil me vibró contra las costillas. Últimamente el móvil tenía una sola regla: Riverbend entraba, todo lo demás esperaba. Volvió a vibrar, y cuatro veces seguidas, un tartamudeo largo dentro de la chaqueta.
—¿Tienes novia? —preguntó Walt.
—No.
—Pues búscate una. Quitar nieve es muy solitario. Llegas a casa a las cuatro de la mañana y quieres que alguien te haya dejado encendida la luz del porche. —Tiró de un hilo suelto de la manta—. Mi mujer la deja encendida. June. Aunque le digo que no gaste la bombilla.
June llevaba diecisiete años muerta. Yo tenía doce.
Lo vi alisarse la manta sobre la rodilla y lo dejé estar.
Lo había corregido una vez, el primer mes, y tuve que ver cómo la perdía otra vez entera en una habitación que olía a jabón de manos de lavanda y a puré de patatas de sobre.
No intentas la misma parada dos veces cuando la primera te costó un gol.
—También tengo un nieto —dijo—. Te caería bien. Ocho años y patina que parece que le arden los pies. Le riego el hielo del estanque de detrás de casa. Todas las noches, diez cubos, para que quede liso.
Doce cubos. Eran doce. Yo los contaba desde la ventana de la cocina mientras él los cargaba por el patio con el mono de motonieve, con el vapor saliendo del agua bajo la luz del porche.
—¿Y es bueno? —pregunté.
—Va a jugar en las grandes ligas. —Walt señaló con la cabeza la tele, donde una mujer lloraba por un suflé hundido—. Portero. El chaval no se inmuta. Le tiras un disco a la cabeza y lo mira como si le debiera dinero.
Después de eso me quedé mirando la aguanieve en la ventana. Era más fácil que mirarle la cara.
A las diez y cuarto Walt se quedó dormido con la boca abierta y una mano curvada sobre el reposabrazos.
Le remetí la manta alrededor de los pies y le revisé la pulsera gris del tobillo izquierdo, el sensor que haría saltar una alarma en el control de enfermería si cruzaba una puerta al exterior.
Riverbend se la había puesto la mañana después de que se escapara.
Ahora era el protocolo, decía Rosa. Yo la revisaba igualmente en cada visita.
La auxiliar que había calzado la puerta de incendios y había tapado con cinta el contacto de la alarma para salir a fumar ya no estaba allí al día siguiente por la tarde.
Una inspectora del estado se pasó dos días en el despacho de la directora con un archivador.
Yo me pasé casi uno de esos días en el aparcamiento con los formularios de alta abiertos en el móvil, dispuesto a llevármelo a cualquier otro sitio, hasta que Rosa salió bajo la aguanieve y me preguntó adónde, exactamente, y quién iba a saber allí lo de la tercera que se enganchaba.
Marcus me pregunta todos los veranos por qué Walt no está en una residencia en Dauphin. Porque yo no estoy en Dauphin. Walt tiene pasaporte estadounidense porque su madre nació en Minot, y yo lo pago todo de mi bolsillo. En Riverbend nadie me ha pedido nunca nada aparte de la tarjeta.
Desmond me esperaba en el pasillo con un vaso de café de máquina que yo no había pedido. Pasaba de los sesenta, llevaba las gafas de leer subidas en la cabeza y el crucigrama del Oregonian doblado en el bolsillo de la camisa, y lo hacía a boli.
—Contigo ha estado bien —dijo.
—Creía que yo conducía una quitanieves.
—Es un buen sitio para él. Una cabina calentita. El alce. —Me puso el vaso en la mano—. Tienes cara de no haber dormido.
—He dormido.
—Ya. —Me miró el bolsillo. Había vuelto a empezar—. Esta noche alguien tiene muchas ganas de hablar contigo.
* * *
Esperé a estar en la camioneta.
La F-150 tardó tres intentos en arrancar con el frío, y me quedé allí sentado con la calefacción a tope y los limpiaparabrisas arrastrando nieve sucia por el cristal mientras abría los mensajes.
Once de Theo. El primero decía SHAWZY . El segundo, QUIÉN ES ELLA . Los otros nueve eran un emoji de fuego cada uno, mandados de uno en uno. Estaría en el sofá, tecleando con un pulgar, riéndose solo.
Luke había mandado uno: Llama a Dana antes de que te llame ella.
Dana había llamado cuatro veces.
El último mensaje de Theo traía un enlace. Lo abrí.
El pasillo de delante de la sala del fisio. Las alfombras de goma. Mi propia espalda, encorvada hacia delante. Y ella, mirándome desde abajo, con el pelo rojo escapándose de una pinza y la boca abierta en mitad de una palabra. Yo sabía qué palabra era. Me estaba diciendo que parecía cansado.
Tenía la mano cerca de su cintura porque estaba estirando el brazo para alcanzar la puerta del fisio. Desde doce metros de altura, con aquel ángulo, el tío del gorro había borrado el espacio entre los dos.
¿Quién es la pelirroja misteriosa de Beckett Shaw?
Ciento noventa mil me gusta.
Tiré el móvil al asiento del copiloto y le di al volante con la base de la mano.
Sonó el claxon. Una enfermera del turno de noche que cruzaba el aparcamiento con una bolsa de comida dio un respingo y me fulminó con la mirada; levanté la mano para disculparme y siguió fulminándome hasta llegar a la puerta.
Seis días. Durante seis días internet me había llamado monstruo y yo lo había dejado, porque la otra opción era dar explicaciones, y dar explicaciones suponía poner el nombre de Walt al lado de la palabra fugado en un titular.
Ya me había resignado a ser el tío que le gritó a un niño.
Ahora un abonado con un móvil había metido a una mujer en el encuadre conmigo.
Ella no sabía lo que era un disco. Me había mirado desde treinta centímetros y había visto lo que yo llevaba seis días intentando que no se me notara en la cara.
Volví a coger el móvil y leí los comentarios. Error. Seguí leyendo. Error más gordo.
por fin parece un ser humano
¿¿¿cómo la mira??? ¿¿señor??
vale retiro como un 40 % de lo que dije de él
es tan bajita que se la podría meter en el bolsillo
El móvil me sonó en la mano. Prefijo de Toronto.
—Allí son las dos menos veinte de la madrugada —dije.
—Yo no duermo, facturo —dijo Marcus Feld.
Detrás de él se oía un lavavajillas en marcha, o un avión pequeño.
Marcus llevaba siete años siendo mi agente, y lo había visto en persona cuatro veces.
Casi siempre existía como una voz que me llamaba chaval y un extracto que llegaba el día uno de cada mes—. Ya lo has visto.
—Ya lo he visto.
—Bien. No hagas nada. No publiques, no comentes, no le des un puñetazo a una pared. Si le das un puñetazo a una pared, no puedo vender tu mano.
—No le voy a dar un puñetazo a nada.
—Por cómo respiras, te están entrando ganas.
—Clic de un boli. Venían números—. Vale.
A ver dónde estamos. Los Ravens no van a hablar de renovación hasta después de la fecha límite, el 6 de marzo.
Halloran, el entrenador, te quiere aquí.
Halloran no firma los cheques. A la directiva le encanta tu porcentaje de paradas y odia lo que sale cuando te buscan en Google.
—Mi porcentaje de paradas es de un 92,1 %.
—Ya sé cuál es, chaval, lo pongo en todos los correos.
También saben que el clip tuyo con el niño tiene once millones de visualizaciones.
—Clic del boli—. Esta semana dos equipos han llamado por ti a Graham Whitlock, el director general.
Minnesota y Seattle. Graham me ha llamado a mí, cosa que solo hace cuando quiere que sepa algo sin decírmelo.
Me incorporé en el asiento.
—No te emociones. Nadie ofrece nada. Han preguntado cuánto costaría hacerse contigo solo para lo que queda de temporada, y Graham ha dicho que se lo pensaría.
Y ahí quedó la cosa. Pero si acabas en cualquiera de los dos sitios, en julio te ofrecen una miseria.
Sueldo de suplente, de portero compartido, un año, a lo mejor la mitad de lo que cobras ahora.
Creen que eres radiactivo, así que se llevan un titular por el precio de un suplente.
Y el agente de Lund ya va diciendo por ahí que Lund está preparado.
Anders Lund tenía veinticuatro años, era sueco y un suplente decente que se ponía nervioso en los mano a mano y mascaba dientes de ajo crudo para el sistema inmunitario. Estaría preparado dentro de dos años. A lo mejor tres.
—O sea, que estoy barato —dije.
—Estás rebajado. Hay una diferencia. Lo barato es para siempre. —Sorbió algo—. Y ahora, la foto.
—No es nada. Es nueva. Quería grabarme y yo…
—Me da igual lo que pasara. Me importa lo que parece. ¿Sabes lo que parece? —No esperó—. Parece que Beckett Shaw tiene pulso. Parece que llega a casa y hay alguien. Llevo seis días intentando vender eso, y un tío con gorro lo ha hecho gratis.
Los limpiaparabrisas se arrastraban por el cristal. Arriba, en la segunda planta, la luz de la habitación 22 se había apagado.
—Dana me ha llamado —dijo Marcus—. Antes de llamarte a ti, porque sabe que a ella no se lo coges.
—Se lo cojo.
—La has mandado al buzón de voz seis veces desde Año Nuevo. Lleva una lista, chaval. —Otro sorbo—. Tiene una idea. A las ocho de la mañana, en su despacho. Tú y la pelirroja.
—Se llama Nora.
La línea se quedó en silencio tanto rato que me aparté el móvil para comprobar que no se había cortado.
—Vaya —dijo Marcus.
—¿Qué?
—Nada. Te sabías su nombre. —El boli hizo clic dos veces—. Dana no me ha querido contar la idea. Dice que yo te la quitaría de la cabeza antes de que ella pudiera metértela. Ha dicho, y cito textualmente: «Lo va a odiar, y va a decir que sí».
—No voy a decir que sí a nada.
—Pues ve a decir que no en persona. Quedará mejor.
—El lavavajillas, o el avión, se fue apagando—.
Escúchame. Tu contrato se acaba en junio.
Si te traspasan a Minnesota, tu abuelo se queda aquí y lo ves los días libres, si es que hay días libres.
A esas rodillas les quedarán unos cuatro años buenos si estiras y rezas.
No puedo negociar por una pared. Ve a la reunión.
Colgó sin despedirse: para él, toda la llamada había sido una frase larga y ya había puesto el punto final.
Me quedé allí sentado con la calefacción soplando y el motor haciendo tic mientras se calentaba. Abrí la foto una vez más, y esta vez pasé de ella y me miré la cara.
Esa cara la conocía desde dentro. Era la cara que pongo en el medio segundo después de que el tirador se decide, cuando he leído el ángulo y el disco todavía no ha salido de su stick, y durante un latido sé adónde va y ya me estoy moviendo para salirle al paso.
Esa cara la ponía en el área, con una máscara encima.
No se la había puesto a una persona desde que tenía ocho años, en un estanque detrás de una casa en Birch Lake, mirando a un viejo cargar el duodécimo cubo por el patio.
Metí la marcha atrás. En casa puse dos alarmas, a las seis y a las seis y diez, y dormí en el sofá con la chaqueta puesta.