Un trato sin goles (Portland Ravens Hockey 1) Capítulo uno
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Un trato sin goles (Portland Ravens Hockey 1)

Un trato sin goles (Portland Ravens Hockey 1)

Por Darcy Hollis

© inepub.com

Capítulo uno

Nora

La pista olía a congelador en el que alguien hubiera guardado calcetines de gimnasio.

Lo apunté en el móvil, en una nota titulada Observaciones del primer día , porque mi terapeuta decía que escribir las cosas me ayudaría a dejar de narrar mi vida en voz alta en público.

Entre semana funcionaba. Lo que no evitó fue que me estampara contra una puerta de cristal en la entrada de personal del Foundry, y me gustaría decir que eso le pasó a otra persona.

—Esa se los lleva a todos por delante —dijo el guardia de seguridad, un hombre llamado Luis con unos antebrazos como barras de pan. Pasó mi acreditación dos veces y la luz siguió en rojo—. ¿Tú eres la nueva de redes?

—Productora de contenido.

—O sea, la de redes.

—O sea, la de redes —admití, y la luz se puso verde.

El periodo de prueba duraba ocho semanas.

Tenía ocho semanas para demostrar que los Portland Ravens no se habían equivocado al contratar a una antigua influencer de cocina que una vez preparó una lasaña de siete capas delante de la cámara en biquini para patrocinar una crema solar.

En mi defensa diré que la lasaña estaba buenísima.

En defensa de los Ravens, me lo preguntaron en la entrevista y yo contesté «crecimiento», que es la palabra que usas cuando no puedes decir «tenía que pagar el alquiler».

Ahora necesitaba algo más que el alquiler.

Necesitaba una nómina desde el primer día, porque los sensores de mi hermana pequeña y las facturas de la farmacia costaban cada mes más de lo que valía mi coche, incluso después de que el seguro de mamá pagara su parte, y Cassie tenía dieciséis años, era cabezota y estaba convencida de que podía racionarse la insulina si nadie se daba cuenta.

Yo me daba cuenta. Cada vez que iba a casa le contaba las plumas de insulina cuando no miraba.

Pues nada, ocho semanas de aire a calcetín. Peores cosas había respirado en la furgoneta de Tyler.

*  *  *

El despacho de Dana Okafor estaba al fondo de un pasillo lleno de camisetas enmarcadas. Cuando llamé estaba al teléfono, y me señaló una silla sin levantar la vista, como quien le indica a un perro bien enseñado dónde sentarse.

Me senté.

—No —dijo al teléfono—. No, no va a pedir perdón en un hospital infantil. Porque parece un vídeo de rehenes, Gary. Porque tiene cara de rehén. Sí. Luego te llamo.

Colgó y dejó el móvil bocabajo antes de mirarme. Dana rondaba los cuarenta y cinco, llevaba el pelo gris muy corto y unos pendientes de oro con forma de sticks de hockey diminutos. Más adelante descubriría que tenía un par para cada festivo, incluido el Día del Árbol.

—Nora Quinn —dijo—. Tienes ciento ochenta mil seguidores.

—Tenía.

—¿Tenía?

—Mi socio se quedó con la cuenta cuando lo dejamos. — Socio era una forma generosa de llamar a Tyler. Se quedó era una forma generosa de decir que cambió la contraseña mientras yo estaba en la sala de espera de la endocrina de mi hermana—. Estoy empezando de nuevo.

Dana me estudió.

—Bien. Entonces sabes lo que es necesitar empezar de cero. —Giró el monitor hacia mí—. Te presento a tu proyecto.

Había pausado el vídeo en el peor fotograma. Yo lo había visto en mi sofá una semana antes, junto con cuatro millones de desconocidos, y casi todos le habían puesto música triste de violín y se creían muy ingeniosos.

Beckett Shaw, portero titular, medía un metro noventa y tres y tenía una cara que parecía tallada en un acantilado por alguien que se aburrió a medio camino.

En el vídeo estaba fuera, junto a la entrada de jugadores, con una sudadera negra con capucha y el móvil pegado a la oreja, y un niño de unos diez años le tendía un programa y un rotulador.

Beckett se giraba. Movía la boca, y los subtítulos, añadidos por un desconocido muy servicial, decían: LÁRGATE DE AQUÍ.

Al niño se le descomponía la cara, y el clip volvía a empezar.

—No quiere explicarlo —dijo Dana—. No quiere pedir perdón, no quiere dar una entrevista, no nos deja darle la vuelta.

El contrato se le acaba en junio. La directiva se pregunta si compensa el dolor de cabeza, y necesito que contesten que sí antes de la fecha límite de traspasos.

—Se echó hacia atrás—. Tu trabajo es conseguir que Beckett Shaw caiga bien.

Me reí. Dana esperó a que terminara.

—Ah —dije—. Lo dices en serio.

—Antes de mediodía no hago bromas. —Miró el reloj—. Está terminando el entrenamiento. Ve a presentarte. Sé encantadora. En el vídeo de la lasaña eras encantadora.

—Eso fue en otra etapa de mi vida.

—Pues recupera esa etapa —dijo Dana, y volvió a coger el teléfono.

*  *  *

Me perdí dos veces de camino a los vestuarios.

Los Ravens habían construido el Foundry dentro de una antigua acería, lo que en la web sonaba muy romántico y en la práctica quería decir que los pasillos parecían el interior de una tubería.

Seguí el ruido de patines y de hombres pegando gritos y llegué a un largo pasillo de hormigón con alfombras de goma en el suelo y un cartel que decía SOLO JUGADORES Y PERSONAL.

Llevaba una acreditación al cuello que decía que era personal, así que entré como si aquel fuera mi sitio.

El entrenamiento había terminado unos minutos antes. El pasillo estaba lleno de hombres del tamaño de máquinas expendedoras en distintas fases de desnudez, y de repente el techo me pareció interesantísimo.

—¿Te has perdido? —me preguntó uno. Era rubio, sonreía y sujetaba una toalla a una altura que yo calificaría de optimista.

—Busco a Beckett Shaw.

La sonrisa se le ensanchó.

—Uy, suerte . —Señaló con la cabeza el fondo del pasillo—. Es el que tiene cara de querer pegarse con la pared. Dile que Theo le manda saludos. Le encanta que le mande saludos.

Encontré a Beckett en el otro extremo, sentado en un banco a la puerta de la sala del fisio, desatándose los patines con la concentración de alguien que desactiva una bomba.

Había dejado los pads de las piernas y el peto en la taquilla y había salido con una camiseta de compresión gris empapada y oscura en el cuello, esperando al fisio.

Tenía el pelo mojado y echado hacia atrás, y en persona era más grande que en vídeo, lo cual me pareció injusto para el resto de la humanidad.

—Hola —dije—. Soy Nora. La nueva productora de contenido.

No levantó la vista.

—No.

—Todavía no te he preguntado nada.

—Vas a preguntarme si puedes grabarme. —Se sacó un patín y lo dejó a su lado, paralelo al borde del banco—. No.

—Iba a preguntarte qué desayunas.

Por fin me miró. Ojos grises, una cicatriz que le partía la ceja izquierda y la expresión de un hombre al que le acababa de pedir que me explicara la declaración de la renta.

—¿Por qué? —dijo, seco, sin rastro de entonación de pregunta.

—Porque la gente se fía más de alguien cuando sabe lo que tiene en el plato. —Levanté el móvil—. Sin cámara. Solo yo. Antes hacía contenido de cocina, así que empiezo por la comida. Es toda una filosofía.

—Es una filosofía mala.

—No has oído el resto.

—No me hace falta. —Empezó con el segundo patín—. Te manda Dana.

—Dana me ha contratado.

—Dana también mandó a las dos anteriores. —Tiró de los cordones—. Una quería que adoptara un perro de una protectora delante de la cámara. La otra quería que leyera un poema.

—¿Qué poema?

Se paró y volvió a mirarme, esta vez más rato, con cara de que me había colado en una jugada que él no había diseñado.

—¿Importa?

—Un poco. Si era de Mary Oliver, estoy de tu parte. Si era de una tarjeta de felicitación, estoy de tu parte para siempre.

Se le movió la comisura izquierda de la boca, justo hacia el sitio donde iría una sonrisa si alguien le hubiera presentado alguna vez a una.

—Mira —dije, y me senté en la otra punta del banco, porque se me estaban acalambrando los gemelos de estar tan tiesa—.

No he venido a obligarte a adoptar un perro.

Tengo ocho semanas para demostrar que se me da bien mi trabajo, y ahora mismo mi trabajo eres tú.

Así que puedo darte un poco la lata todos los días durante ocho semanas, o puedes darme una cosa con la que trabajar y te doy menos la lata.

—¿Cuánto menos?

—Un cuarenta por ciento.

—Setenta.

—Cincuenta, y te traigo café.

Se sacó el segundo patín y lo alineó junto al primero.

—No tomo café antes de entrenar.

—¿Y entonces qué tomas ?

Se levantó. Ya sabía que era alto, pero saberlo y que un hombre de ese tamaño se despliegue a un metro de ti son experiencias distintas. Me levanté yo también, por puro instinto de supervivencia, y me quedé con la vista a la altura de su clavícula.

—Tú no tienes ni idea de hockey —dijo.

Tampoco era una pregunta.

—Sé algunas cosas.

—Dime una.

—El… —Rebusqué en el cerebro y encontré la palabra disco y la imagen de un castor cabreado—. El cubo de goma.

Se quedó quieto.

—Disco —dije—. Disco de goma. Sé que es un disco.

—Lo has llamado cubo.

—Estaba nerviosa. Eres muy alto. Le hace cosas raras a mi vocabulario.

Dio un paso hacia mí. No creo que quisiera.

Creo que intentaba pasar por mi lado hacia la sala del fisio, y yo estaba en medio, y ninguno de los dos se movió lo bastante rápido.

Le di con el hombro en el pecho. Olía a aire frío y a champú de supermercado, con algo cálido por debajo que me negué a analizar.

—Ahí tienes algo con lo que trabajar —dijo, en voz baja, para que solo lo oyera yo—. Tú quítate de en medio y yo no me meteré en lo tuyo. Dile a Dana que lo has intentado. Dile que soy imposible. Te creerá.

Eché la cabeza hacia atrás para mirarlo. Había mucho trecho hasta arriba.

—No creo que seas imposible —dije—. Creo que estás cansado.

Por aquella pared de acantilado corrió una grieta finísima. Se le tensó la mandíbula: tenía algo que decir y lo estaba reteniendo detrás de los dientes.

Entonces una voz gritó por encima de nosotros:

— ¡Shaw! ¡Sonríe!

Nos giramos los dos. Arriba, en la barandilla donde el túnel pasaba por debajo de la grada baja, un hombre con un gorro de los Ravens tenía el móvil levantado.

Dana ya me había avisado de los abonados que venían a ver los entrenamientos de los jueves.

Nos saludó con la mano, y ninguno de los dos le devolvió el saludo.

Beckett soltó un taco entre dientes y se apartó tan rápido que casi me caigo hacia delante, al hueco donde había estado él.

—Genial —dijo—. Perfecto.

—No pasa nada. —Me coloqué la acreditación, que se me había dado la vuelta—. Son dos personas hablando en un pasillo. A nadie le importan dos personas hablando en un pasillo.

Me lanzó otra de aquellas miradas largas, y no fui capaz de leerla en absoluto. Cogió los patines, los dos con una mano, y desapareció dentro de la sala del fisio. La puerta se cerró detrás de él.

Theo se asomó desde el vestuario, ya con pantalones, gracias a Dios.

—¿Qué? ¿Cómo ha ido?

—Le gusta Mary Oliver —dije—. Creo.

*  *  *

Pasé la tarde montando mi mesa y aprendiendo la diferencia entre un delantero y un defensa con una tabla plastificada que alguien me había dejado en el cajón.

Antes de irme escribí DISCO en un pósit y lo pegué en el monitor.

A las seis volví en coche a mi estudio de Sellwood, donde el radiador sonaba a que alguien lo estaba asesinando con una llave inglesa, y me preparé pasta con mantequilla y demasiada pimienta negra.

Cocinar era la única parte de mi antigua vida a la que Tyler no le había cambiado la contraseña.

A las diez menos trece me vibró el móvil, luego otra vez, y ya no paró.

Primero, Cassie: NORA QUÉ

Después mi madre: Cariño ¿¿¿eres tú???

Por último, Dana, todo en mayúsculas y sin puntuación: LLÁMAME YA

Abrí el enlace que me había mandado mi hermana. Una cuenta de cotilleo deportivo con dos millones de seguidores había publicado la foto de un pasillo de hormigón, borrosa por los bordes, tomada desde arriba.

En ella, Beckett Shaw se inclinaba hacia mí y yo lo miraba desde abajo. Su mano, que juro que no había estado ahí, parecía apoyada cerca de mi cintura. Desde aquel ángulo, entre nuestras caras habría cabido una carta de la baraja y poco más.

Me había pillado con la boca abierta a media frase. En la vida real, le estaba diciendo que parecía cansado. En la foto, parecía que estaba a punto de besarlo.

El pie de foto decía: ¿Quién es la pelirroja misteriosa de Beckett Shaw? 👀🔥

Cuarenta y un mil me gusta. Actualicé y ya eran cuarenta y seis.

La pasta se me enfrió en la encimera mientras el móvil sonaba y sonaba. Me quedé de pie en mi cocina diminuta y amplié la imagen sobre su cara, sobre el detalle por el que las cuarenta y seis mil personas de los comentarios habían pasado de largo.

La cicatriz de la ceja se le había levantado, la boca se le había ablandado, y me miraba desde arriba como miro yo una sartén de mantequilla tostada treinta segundos antes de que se queme.