Epílogo #2
Abandono la sala primero, con Singh pisándome los talones como el buen agente de seguridad que es. Cuando vuelvo a la sala principal, veo que lord Pemberton conversa animadamente cerca de la barra. Su rostro se está tiñendo de ese tono morado tan característico que produce el exceso de alcohol.
—¡Alteza Real! —saluda a viva voz tras gesticular para que me acerque—. Le estaba contando a Ashworth sobre mi nuevo emprendimiento en la industria del transporte. Pronto nos expandiremos al sudeste de Asia, ¿sabe? Ahí hay muchas oportunidades.
—Qué interesante —respondo antes de aceptar la copa que deposita en mi mano—. Cuénteme más.
Veinte minutos después, he logrado las suficientes confesiones de un semiborracho como para justificar que se lleve a cabo una investigación.
Al otro lado de la sala, Eoin charla con total inocencia con otros invitados, pero lo pillo observándome con esa sonrisa de satisfacción característica asomando a sus labios.
Y esta es la forma particular en que llevamos a cabo nuestra cuota de servicio público.
Yo interpreto el rol del sustituto inofensivo y encantador entre copa y copa de champán, mientras él trabaja en la sombra.
Juntos hemos destapado redes de tráfico de personas que utilizaban de tapadera organizaciones benéficas, blanqueo de dinero en subastas de obras de arte y hasta un negocio sórdido de venta de armas a través de exportaciones agrícolas.
Es peligroso. Es excitante.
Es también una prueba de que esa vena temeraria que llevó a mi padre a la tumba también corre por mis venas.
Pero, mientras que mi padre permitió que dirigiera su vida, que lo absorbiera hasta llevarlo al escándalo y a la ruina, yo he encontrado otra vía de escape.
La búsqueda de emociones fuertes está ahí, solo que ahora la pongo al servicio de algo más que la gratificación individual.
Como me dijo Eoin una vez, vamos descubriendo quiénes somos con cada decisión que tomamos.
Trabajar con el MI6 también me ha ofrecido algo que no me esperaba: un propósito.
Uno real, tangible, en el que utilizo todas las habilidades que he desarrollado a lo largo de los años.
Por ejemplo, saber leer a las personas o desenvolverme con soltura en situaciones sociales complejas.
En definitiva, he logrado convertir en un arma poderosa los privilegios que antes me parecían grilletes de oro.
Y todo esto junto al hombre que amo.
La velada llega a su fin. Me disculpo poniendo como excusa un compromiso mañanero y me dirijo a la salida, donde Eoin me espera con mi chaqueta en la mano.
Mantenemos las distancias profesionales hasta sentarnos en el asiento trasero del coche con el panel de privacidad subido. A través de la ventanilla, vemos Londres pasar en haces de luz.
—No hay duda, Pemberton es el hombre que buscamos —confirmo tras aflojarme la corbata—. Tres cargamentos programados para el mes que viene, todos a través de empresas que solo existen sobre el papel.
—Necesitaremos pruebas —responde Eoin, y enseguida se hace con su teléfono seguro, los dedos deslizándose por la pantalla a toda velocidad—. Llamaré a Henry, que el equipo intensifique la vigilancia.
—Mañana —lo disuado, quitándole el móvil de las manos—. Esta noche eres mío.
Levanta las cejas.
—¿Cómo es eso?
—Tómalo como un informe de rendimiento, pero con mucha menos ropa e infinitamente más entusiasmo que los que tenías en Scotland Yard. Y mañana, cuando termines de hablar con Henry, podemos desayunar en la cama.
—Cuidado, suena demasiado doméstico —responde, aunque sonríe.
—Alguien me dijo no hace mucho que tengo que lograr un equilibrio en mi vida.
—Me acerco para acurrucarme contra él—. Aunque teniendo en cuenta que ese alguien también me enseñó tres maneras diferentes de desarmar a un atacante con un tenedor de postre, creo que no es quién para juzgar lo que es el equilibrio.
—En realidad, fueron cuatro —corrige Eoin—. Pero para la cuarta se necesita otro tipo de tenedor.
—Ya, claro.
Nos sumimos en un silencio confortable mientras Londres pasa ante nosotros.
Me rodea con un brazo, y me dedico a respirar el aroma a colonia de pino que me es tan familiar.
Hace un año mi vida peligraba y no sabía si tenía el coraje suficiente para volver a confiar en otra persona.
Ahora planifico investigaciones con mi pareja, con la persona que me eligió por encima de todo.
—¿Sabes de qué me di cuenta esta noche? —susurro.
—¿De qué?
—Antes odiaba este tipo de eventos. Hacer contactos, las sonrisas falsas, las eternas charlas insustanciales…
—Trazo círculos en su rodilla, distraído—.
Ahora se han convertido en mi actividad preferida.
Porque ya no es solo cortar la cinta en una ceremonia de apertura y soltar un discurso insulso. Estoy haciendo algo importante.
—Tú siempre has sido importante —dice Eoin con voz firme—. Solo que ahora lo eres de otra manera.
Pienso en lord Pemberton y sus cargamentos, en el momento en que se haga justicia tras sacar a la luz sus actividades.
Sobre la Fundación Real, que ya ha redistribuido treinta mil millones de libras para compensar a la gente afectada por el legado del colonialismo, incluida una buena cantidad de organizaciones benéficas LGBTQ+.
En Georgia, quien crecerá en un mundo un poco más equitativo y justo porque nos atrevimos a ser valientes.
En el hombre que tengo a mi lado, que hace que cada día sea una nueva aventura digna de ser vivida.
—Hacemos un buen equipo —digo.
Me da un beso en la sien antes de responder.
—El mejor.
—Quizás no tanto cuando dejas las toallas mojadas en el suelo del baño.
—Fue solo una vez —protesta Eoin—. Y creo recordar que me distrajo alguien que insistía en mostrarme las diecisiete formas en que podía zafarse de unas bridas.
—Si no me falla la memoria, más tarde hicimos un uso bastante creativo de ellas que ni de lejos figuraba en los manuales de Scotland Yard.
La risa de Eoin reverbera en su pecho, y la noto en cada punto de contacto entre nuestros cuerpos.
El coche atraviesa las calles de Londres en dirección a York House, el sitio que se ha convertido en nuestro hogar.
Mañana seguiremos pistas, dejaremos expuestos a los corruptos, salvaremos vidas y arriesgaremos la nuestra.
Lidiaremos con los protocolos de palacio, los procedimientos policiales y el eterno conflicto entre la Corona y la conciencia.
Pero esta noche somos Nicholas y Eoin y, de alguna manera, esa es la única identidad que nos importa a ambos.
Las luces de la ciudad pasan tras el cristal como estrellas fugaces, y cierro los ojos para sentir el latido regular de su corazón bajo mi palma.
En los cuentos de hadas, los miembros de la realeza se salvan gracias al beso del amor verdadero.
Nadie menciona que, a veces, la verdadera magia no está en el rescate, sino en lo que sigue. Incluidos esos momentos de tranquilidad entre aventura y aventura cuando eres consciente de que no solo has encontrado el amor, sino también un compañero en todos los sentidos de la palabra.
—Ya estamos en casa —dice Eoin cuando el coche desacelera.
—Lo sé —respondo.
Por la forma en que mira, sé que comprende que me refiero a algo más que una dirección.