Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Epílogo
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Epílogo

Nicholas

Un año después

Hintze Hall, la sala principal del museo de Historia Natural, se alza ante nosotros imponente como una catedral; no obstante, el esqueleto de ballena que pende del techo observa con indiferencia a la élite londinense.

Digamos que no es el museo más glamuroso de esta ciudad, pero en estos momentos ningún museo británico me tiene demasiada simpatía.

Y todo porque, no hace mucho, sugerí que lo de «cuidamos de vuestros objetos por vosotros» dejó de ser convincente hace doscientos años.

Que, más bien, se podrían dedicar a comenzar una nueva tendencia llamada «arqueología invertida», donde los objetos aparecen por arte de magia en sus países de origen.

La gala de la Fundación Real está en pleno apogeo. Observo a embajadores y ejecutivos de empresas orbitar los unos alrededor de los otros como planetas con trajes de lujo, cuando Callum aparece a mi lado, exhausto.

—¿Estás bien? —pregunto—. Tienes aspecto posapocalíptico.

—A Georgia le está saliendo un diente —responde, como si eso fuera explicación suficiente.

Aunque supongo que a estas alturas lo es, cuando en solo seis meses mi hermano ha pasado de ser un heredero casi normal y competente a alguien que charla sobre los movimientos intestinales de infantes en los banquetes de Estado.

—¿De nuevo? —pregunto—. ¿No le salió uno el mes pasado?

—Al parecer, a los bebés les siguen saliendo nuevos —comenta Oliver tras unirse a nuestra charla.

Su expresión es la de alguien que ha estado durmiendo un promedio de tres horas por noche—.

Nadie te lo advierte. En los libros te hacen creer que el periodo de dentición es una vez, y luego ya está. Mentira. Todo mentira.

Callum saca su móvil y se mete en la aplicación de fotos rápidamente.

—¡Pero mírala esta mañana! Agarró la corbata de Oliver en el desayuno y…

—Se negó a soltarla durante toda la videoconferencia con el primer ministro canadiense —termina Oliver—. Por suerte, fue muy comprensivo.

Ambos están agotados, no paran de quejarse, pero también se los ve del todo embobados. Es tan adorable que da asco.

Hablando de esas cosas que convierten a un hombre en un bobalicón, veo a Eoin al otro lado de la sala con un esmoquin entallado que le queda como un guante.

Se mueve entre la multitud con esa determinación en su andar que le viene de vivir siempre en alerta, buscando cada salida, cada posible amenaza, cada persona que podría no ser lo que parece.

El traje formal resalta sus hombros amplios, y su cabello caoba brilla como cobre pulido bajo la iluminación del museo.

Cuando sus ojos se cruzan con los míos, cambia de dirección y sortea a un grupo de diplomáticos como si nada.

—Altezas Reales —saluda, formal, al llegar hasta nosotros, para luego arruinarlo con una sonrisa—. Jesús, Callum, parece que te hubiera pasado una apisonadora por encima.

—Los dientes —responden Callum y Oliver al unísono.

—¿De nuevo? —Eoin hace una mueca de empatía—. Pobre Georgia, y pobres de vosotros.

—¿Quieres verla? —Callum ya está enseñando más fotos—. Aquí la tienes con Sophie, la jirafa…

Y, así, mi novio, compañero, amante, conspirador en la aventura del Grand Theft Auto , o lo que sea que queramos llamarlo esta semana, se convierte en un irlandés blandito. Su expresión entera se suaviza en cuanto mira, embobado, a mi sobrina de seis meses babeando sobre sus juguetes de goma.

—Mira esos mofletes. —Va pasando las fotos y las estudia como quien analiza las pruebas de un crimen—. ¿Ya ha empezado a gatear?

—Casi —comenta Oliver—. Acaba de descubrir la marcha atrás, y casi mejor que se quede quieta, créeme.

—Ayer acabó debajo del sofá —añade Callum.

No puedo evitar sonreír al ver a Eoin absorber cada detalle sobre los últimos hitos de Georgia. El hombre que una vez se infiltró en redes de traficantes en Belfast se vuelve un blandengue cuando se trata de mi sobrina. Lo tiene comiendo de su regordeta mano desde el primer momento.

La semana pasada estuvimos en Sandringham por Navidad, y Eoin se ofreció a cuidarla por la mañana para que Callum y Oliver pudieran levantarse más tarde.

Cuando salí de la cama, me lo encontré en una salita de estar conversando con la bebé sobre las diferentes técnicas de vigilancia mientras ella le babeaba el hombro.

Una vez Eoin ha apreciado unas diecisiete fotos de Georgia intentando comerse el pie, alza la vista para mirarme, y su expresión se transforma.

El cambio es tan sutil que a cualquiera le pasaría desapercibido, pero me he vuelto algo así como un experto en leer la topografía de su rostro.

Ahora mismo, percibo una perspicacia particular que es sinónimo de trabajo, no de placer.

—Si me disculpáis —digo con diplomacia—, necesito robarme a Eoin un momento. Cuestiones de seguridad.

Callum y Oliver se miran con complicidad.

—Cuestiones de seguridad —repite Oliver, irónico—. ¿Ahora lo llamamos así?

—Casi mejor que el «análisis exhaustivo de amenazas» —añade Callum—. ¿Lo recordáis? Desaparecisteis tres horas durante la ceremonia de la Orden de la Jarretera.

—Fue un análisis completísimo —respondo con dignidad al tiempo que comienzo a desplazarme—. Disculpad.

Eoin me sigue a una distancia prudencial a través de la multitud hasta llegar a una de las salas de reuniones privadas del museo. Tras comprobar que se halla vacía, lo empujo hacia dentro.

Para cualquier observador, lo que sucede a continuación es un encuentro clandestino entre amantes.

Eoin me aprieta contra la puerta, y su cuerpo está lo bastante pegado como para sentir los latidos de su corazón bajo la tela del elegante esmoquin.

Sus labios rozan mi oreja, y reprimo un escalofrío que poco tiene que ver con la información que está a punto de compartir conmigo.

—Lord Pemberton —murmura con voz profesional a pesar de nuestras posturas—. Tres reuniones con nuestro amiguito de Hong Kong esta última semana. Las transferencias coinciden con el patrón.

Ladeo levemente la cabeza y mordisqueo su mandíbula.

—¿Los contratos de transporte?

—Se están revisando ahora mismo. Se subdividieron entre compañías más pequeñas, es más difícil de rastrear.

Para hacerlo aún más real, deslizo la mano dentro de su chaqueta, hago contacto con el arma oculta en su cadera y palpo la correa de sujeción a lo largo de sus costillas. Se le corta la respiración, aunque no sé muy bien si se trata de una respuesta instintiva o ensayada.

—¿Marco temporal?

—Dos semanas. Puede que tres. Los chinos se están impacientando.

Me aparto lo suficiente para mirarlo a los ojos.

—Entonces, tenemos que actuar rápido.

Me sostiene la mirada y, por un momento, la fachada profesional se agrieta. Levanta la mano para tomarme de la cara y me acaricia la mejilla con el pulgar.

—Te eché de menos esta semana —admite en un susurro.

—Yo también. —Dejo que su caricia me envuelva—. ¿Qué tal en Belfast?

Una sombra oscurece su rostro.

—Bien. Fui a la tumba de mis padres. Por el cumpleaños de mi padre.

Desde lo que sucedió en Nueva Zelanda, Eoin ha mantenido contacto con el resto de sus familiares. Parecen haberse tomado nuestra relación bastante bien. Pero la ausencia de Malachy es una herida que nunca sanará.

—Siento no haber podido acompañarte —digo.

—Tenías que asistir al banquete de Estado. El deber llama. —Traza mi mandíbula con el pulgar—. Además, hay cosas que es mejor hacerlas solo.

Nos apartamos en cuanto oímos el ruido de la puerta al abrirse. Eoin comprueba su arma de forma automática mientras yo me aliso la chaqueta.

Aquí no hay nada que ver, tan solo el reencuentro de dos hombres.

Excepto… que es mucho más que eso.

Tras la audiencia disciplinaria, a Eoin lo despidieron de Scotland Yard oficialmente, a pesar de haber movido hasta la última de mis influencias aristocráticas, lo que nunca creí que acabaría haciendo.

En cuanto la prensa anunció la noticia de mi relación con mi guardaespaldas, era imposible que Eoin continuara trabajando para la Policía metropolitana.

Sin embargo, a la semana siguiente, un invitado inesperado se presentó en palacio para pedir una reunión extraoficial. Henry Stewart, jefe del MI6, llegó con una propuesta para nosotros.

—He leído los informes sobre lo sucedido en Nueva Zelanda y me da la sensación de que trabajáis bien juntos —dijo—. O’Connell tiene el adiestramiento y la experiencia de un agente encubierto. El príncipe tiene acceso a círculos en los que nunca podríamos entrar.

Y así fue como nos convertimos en los dos agentes de Inteligencia más improbables del MI6.

El príncipe sustituto y el exdetective que utilizan los compromisos reales como tapadera para recabar información en la alta sociedad.

Aunque parezca mentira, la gente es capaz de confesar cualquier delito si te creen demasiado esnob como para comprender de lo que hablan.

El que ha entrado por la puerta ahora mismo no es ninguno de los posibles implicados, sino Singh, quien nos dedica una mirada de hastío.

Puedo afirmar sin miedo a equivocarme que estoy entre los individuos más complicados que la RaSP ha tenido que proteger.

—Solo quería asegurarme de que el nivel de amenaza de esta sala no haya excedido los parámetros aceptables. —Escanea la estancia.

—Gracias, Singh, pero tenemos todo bajo control —responde Eoin.

—Me quedo muchísimo más tranquilo. Informaré al equipo de gestión de crisis que permanezcan a la espera —contesta con frialdad.

—Informa solo a Cavendish —sugiero, inocente—. Eso suponiendo que no esté ocupado demostrando las posiciones defensivas. Esos ejercicios de adiestramiento que os pillé practicando en el castillo de Windsor parecían muy… intensos.

Singh se sonroja.

—Eran procedimientos estándar, señor. Ahora, si ya habéis terminado, ¿podemos volver a la sala principal?

—Claro —respondo con tono alegre.