Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 40 #4
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Capítulo 40 #4

Se corre con mi nombre en sus labios. Al ver su rostro, al sentir cómo sus músculos me aprietan al contraerse, no puedo más que seguirlo. Se me nubla la vista mientras me vacío en su interior. El placer me recorre entero en oleadas que parecen eternas.

Nos derrumbamos con la respiración desacompasada y nuestros cuerpos aún unidos. Su corazón late contra mi pecho, acelerado, real, una prueba de que sobrevivimos y estamos aquí. Le doy besos perezosos en el hombro a la par que sus dedos se enredan en mi pelo húmedo.

—Somos malísimos en esto de mantener las distancias profesionales —murmura pasado un rato, con voz ronca, satisfecha.

—Los peores —coincido, retirándome con cuidado. Me deshago del condón y voy en busca de pañuelitos para limpiarnos—. Aunque tú no te has quejado.

—Jamás. —Me mira con los ojos entornados, el pelo enmarañado, los labios hinchados y las marcas de este encuentro que empiezan a hacerse visibles. Es la viva imagen de la depravación—. Ven aquí.

Me coloco a su lado y lo atraigo contra mi pecho. Sus dedos se deslizan sobre mis cicatrices como si intentara memorizarlas.

—¿Le has contado todo a Scotland Yard?

—Sí.

—¿Toda la verdad?

—Mentir no tenía sentido.

Se apoya sobre un codo y me mira con sus ojos de color azul imposible.

—¿Te arrepientes?

Pienso en los años invertidos en mi carrera y en forjarme una reputación, y la forma en que se ha ido todo al traste. Luego, lo miro a él, a quien hizo que me replanteara todo lo que creía saber de mí mismo, a la persona más extraordinaria que conozco.

Al hombre que «contiene multitudes».

—Ni por asomo —contesto con sinceridad.

Nos quedamos así, arropándonos el uno al otro. Fuera, las luces de la ciudad lo tiñen todo de un ligero tono dorado, y por primera vez en días, puede que en semanas, experimento cierta serenidad.

—¿Y ahora qué? —pregunto al rato—. Supongo que me despedirán, y tú volverás a tu vida de noble. Y dudo mucho de que palacio apruebe…

—¿El qué? ¿Que el príncipe sustituto se enamore del hombre que le salvó la vida en numerosas ocasiones?

—Nicholas se sostiene apoyando el codo, y sus ojos brillan, rebeldes—.

Acabo de orquestar la mayor redistribución de riquezas en la historia británica para pagar por los crímenes cometidos.

Creo que me he ganado el derecho a tomar mis propias decisiones en el amor.

—No es tan fácil. Tu familia…

—¿Sabes qué le dije a Callum cuando me preguntó por qué insistía tanto en quedarme a tu lado?

—interrumpe Nicholas en voz baja. Busca mis dedos para entrelazarlos con los suyos—.

Que eras la primera persona que, cuando me miraba, veía simplemente a Nicholas.

No al sustituto, no al emblema, no al intérprete. A mí.

Trago saliva ante la sinceridad descarnada de su voz.

—Vale la pena luchar por algo así —continúa—.

Vale la pena enfrentarnos a lo que sea. Tendremos que hablarlo, es posible que te obliguen a pasar por un adiestramiento mediático brutal, porque lo de fruncir el ceño no queda bien en las fotos.

Pero Eoin… —Me coge de la cara con ambas manos—.

¿Todas esas reglas contra las que me he rebelado?

Eso no es nada en comparación con lo que estoy dispuesto a hacer para pelear por esto, para pelear por ti.

—Ya solo el asunto de los medios de comunicación será una pesadilla —advierto.

—Acabamos de sobrevivir a terroristas, a la traición de Pierce, a mis nefastas habilidades de acampada y a una huida en lancha. Creo que podemos sobrevivir a los fotógrafos y a unos pocos funcionarios que nos miren con mala cara.

Me duele el pecho del amor que siento por este hombre. Pienso en cómo es capaz de hacerme reír en cualquier situación, y que es la persona más frustrante y, al mismo tiempo, la más fascinante que he conocido.

—Tus habilidades de acampada definitivamente son deplorables —contesto, por fin.

—Intentaba darles un toque de originalidad a las instrucciones. —Sonríe contra mi boca—. Por suerte, me quieres de todas formas.

—Que Dios nos pille confesados, porque así es.

Volvemos a besarnos, profunda y lentamente, el tipo de beso en el que se te olvida hasta el nombre y que te realinea el ADN.

—Tu hermano entrará en razón —dice Nicholas bajito tras separarse—. En cuanto vea los logros del fondo de reparaciones, cuando comprenda…

—Puede. —No lo creo, pero aprecio sus buenas intenciones.

Se acomoda en el hueco bajo mi brazo con un suspiro. Permanecemos en esa postura en silencio, cómodos. Luego, Nicholas se remueve, señal de que su mente inquieta sigue activa.

—¿Sabes…? —pregunta con voz inocente mientras me acaricia el pecho con un dedo—.

Ahora que has criticado mis habilidades para acampar, siento la necesidad de probar que valgo.

Sobre todo, a la hora de tratar con los palos.

—Su dedo continúa su viaje descendente—.

Hay ciertas teorías en relación con las técnicas de inserción que me gustaría comprobar de inmediato.

—Tu compromiso con el mundo del camping es admirable —logro responder.

—Siempre me tomo muy en serio mis investigaciones.

Acto seguido, me demuestra lo muy en serio que se las toma.