Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 40 #3
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Capítulo 40 #3

—Cosas buenas, espero. —Me observa con ojos del color del océano, labios abultados y enrojecidos, y gotas atrapadas en sus pestañas cual diamantes.

—Las mejores.

Nos besamos una vez más, ahora con lentitud, deleitándonos con el roce de nuestras lenguas y degustando la mezcla de nuestro sabor y el agua de la ducha.

Cuando por fin nos apartamos, respirando con dificultad, las piernas apenas me sujetan.

De pronto, la ducha se nos queda demasiado pequeña, demasiado limitante para lo que necesitamos. Por suerte, parece que Nicholas me lee la mente.

—A la cama —logra decir entre jadeos—. Te necesito. Ya.

Cerramos el grifo como podemos y nos hacemos con toallas, aunque apenas las usamos, deseosos de no romper el contacto. Llegamos al dormitorio a trompicones, y nos dejamos caer sobre la cama en un caos de brazos y piernas mojados.

—Mira que eres mandón —murmuro, pero enseguida vuelvo a tocarlo, incapaz de mantener las manos quietas por más de un segundo.

—Te encanta —dice con su sonrisa pícara mientras tira de mí para posicionarme encima de él.

—Sí —admito—. Pero creo que ahora me toca a mí.

Voy bajando por su cuerpo beso a beso. Me tomo mi tiempo, memorizo todo aquello que le hace gemir y arquearse debajo de mí, y persigo con mi lengua las gotas que se adhieren a su piel.

Ya no existe esa urgencia frenética, ese miedo de que alguien entre por la puerta, esos pocos momentos robados entre catástrofe y catástrofe.

Cuando me encuentro frente a su polla, subo la vista. Las puntas húmedas de su pelo se le curvan ligeramente.

—Veo que vas directo a las técnicas avanzadas —balbucea; en cuanto me la meto en la boca, echa la cabeza hacia atrás.

Me muevo con parsimonia, pero empleándome a fondo, utilizando hasta el último truco que me sé con la intención de volverlo loco.

Sus manos se aferran a las sábanas, y sus caderas intentan liberarse de las mías, que lo sujetan contra la cama.

Sus sonidos me fascinan, son pequeños gemidos y jadeos desesperados que repercuten directamente en mi polla.

—Eoin… —jadea—. Necesito… No puedo…

Me aparto lo suficiente para hablar.

—Dime lo que necesitas.

—A ti. Dentro de mí. En este segundo.

—Lo dicho, un mandón. —Pero me muevo al instante para coger el lubricante y los condones que imagino habrá rescatado de su maleta, y me embadurno los dedos—. Tienes suerte de que hoy me sienta benévolo.

—¿Y eso? —gime en cuanto le introduzco un dedo con lubricante.

—Como me lo pides tan amablemente… —Su cuerpo se prepara para recibirme de la forma más hermosa, cada músculo se relaja mientras se acomoda a la intrusión.

Lo dilato con cuidado, comprobando que su rostro no muestre señales de incomodidad.

Pero solo percibo placer en cuanto añado un segundo dedo, y cierra los ojos.

—Más —exige, empujando contra mi mano.

—Paciencia —murmuro, pero verlo tan predispuesto, la forma en que su cuerpo se abre para mí, me la pone durísima—. No te quiero lastimar.

—No me vas a lastimar. —Tira de mí para darme un beso caótico—. Confío en ti, sé que no me harás daño.

Esas palabras dan en el blanco más que cualquier declaración de amor. A este príncipe lo han traicionado casi todos sus seres queridos. Quiero ser digno de esto, de él, de la confianza que ha depositado en mí, a sabiendas de lo mucho que le cuesta.

Tras colocarme el preservativo, alineo nuestros cuerpos y me adentro poco a poco sin dejar de observar su rostro en ningún momento: cómo bate las pestañas, la forma en que, por momentos, arruga el entrecejo, el suave gemido que escapa de su boca cuando me hundo más en él.

El calor que me rodea, su estrechez, todo es perfecto y abrumador; tanto que necesito detenerme un momento para respirar, para no perder el control por completo.

Me tiembla el cuerpo entero ante el esfuerzo de ir despacio, cada terminación nerviosa se centra en los exquisitos vaivenes de carne contra carne.

—¿Estás bien? —pregunto con voz más áspera que una lija una vez he entrado por completo.

—Perfecto —susurra, y sus ojos, de un azul y una profundidad imposibles, igual que la bahía de Galway, se pierden en los míos—. Todo es perfecto. Ahora muévete antes de que me dé algo.

Comienzo despacio, saliéndome casi íntegramente de su interior antes de volver a hundirme en él, y voy creando una cadencia que nos tiene a ambos jadeando.

El roce de nuestros cuerpos es una tortura exquisita.

Nuestra piel, aún húmeda de la ducha, hace que cada movimiento sea fluido y sencillo.

Nicholas eleva las piernas un poco más, por lo que me adentro con mayor profundidad; el cambio de ángulo le arranca un grito y arquea la espalda.

—Ahí —jadea, mientras sus uñas dejan surcos en mi espalda—, justo ahí. No pares.

—No entraba en mis planes parar. —Me aseguro de seguir dándole en ese punto con cada embestida, y él echa la cabeza hacia atrás, lo que deja al descubierto su largo cuello. Me inclino hacia abajo para morderlo en la zona del pulso, y siento en mi boca el sabor de la sal junto con restos de jabón.

«Mío», clama algo primitivo en mi interior. «Mío, mío, mío».

Debe de leer la expresión de mi rostro porque me dedica una sonrisa burlona.

—Posesivo —suelta y, acto seguido, ladea la cabeza para facilitarme el acceso.

—Tú provocas esto en mí. —Deslizo la mano entre nuestros cuerpos para rodearle la polla y acariciarla al ritmo de mis embestidas. Él mueve las caderas siguiendo el mismo compás—. Solo tú.

¡Jesús, esos sonidos! La forma en que pronuncia mi nombre como si fuese una plegaria y una maldición al mismo tiempo. La sensación de sus músculos tensándose con cada caricia. Es demasiado y no es suficiente, y es todo lo que no sabía que necesitaba.

—Eoin —dice, sin aliento, y mi nombre entrecortado es como el arrullo de las olas contra las rocas. En ese momento, todo su cuerpo tiembla y sus músculos se tensan como la cuerda de un arco—. Ya casi. Estoy a punto…

—Déjate llevar —respondo—. Te tengo.