Capítulo 40 #2
Lo sigo por la suite , muy consciente de que todos nos observan. La puerta de la habitación se cierra con un clic y, por fin, estamos solos.
Nicholas y yo, y lo que sea que venga.
Se gira para quedar de frente y, de repente, su porte autoritario se desvanece. Se lo ve agotado, con ojeras imposibles de ocultar bajo sus ojos azules.
—Hola —dice a media voz.
—Buenas.
Permanecemos así, a tres pasos de distancia, y me doy cuenta de que no tengo ni idea de cómo proceder. ¿Cómo pasamos de estar esposados en la parte trasera de una camioneta a…? ¿Qué somos ahora?
—Entonces —dice Nicholas; el ligero temblor en su voz hace que quiera abrazarlo—, el informe exhaustivo. Lo quiero íntegro. Quizás deberíamos comenzar con un examen físico completo para asegurarnos de que nuestra aventura no nos haya dejado secuelas permanentes.
—¿Así lo vamos a llamar? ¿Una aventura?
—¿Preferirías llamarlo una experiencia de vida o muerte? ¿Incidente internacional? —Da un paso hacia delante—. ¿La mejor primera cita de la historia?
—¿Primera cita? —No puedo evitar reírme—. ¿Cuándo? ¿Durante el intento de secuestro? ¿O durante el secuestro propiamente dicho?
—Me refería a la acampada. —Da otro paso. Estamos lo bastante cerca como para que note las motas más oscuras de sus ojos azules—. De hecho, fuiste tú quien anunció que estábamos de luna de miel.
—Bueno, necesitábamos una tapadera —alcanzo a decir.
Mis pulmones se comportan de forma extraña en mi pecho; siento que me ahogo y respiro al mismo tiempo.
—Va en serio, ¿verdad? —La voz me sale ronca—. Lo nuestro, me refiero.
—No puede ir más en serio —responde Nicholas—. Sus dedos buscan los míos, tentativos —. Me di cuenta de que no negaste la etiqueta de «novio».
—Complicado negarlo cuando ya te había confesado lo que sentía en la parte trasera de una camioneta llena de terroristas.
Se le corta la respiración.
—Hablando de eso…
—Nicholas…
—Yo también te quiero —se apresura a decir—. Por si no estaba claro. Te quiero a pesar de que tu expresión por defecto sea la de quien se percata de que se le ha enfriado el té. A pesar de que te empecines en que no te proteja. Incluso a pesar de tu alarmante talento para robar coches.
—¿Mi alarmante talento para robar coches? —Lo acerco más a mí—. ¿Y tú qué? Te enfrentaste a un hombre con una jeringa. Te ataste las esposas delante de todos los oficiales de seguridad.
—Todas respuestas muy adecuadas dadas las circunstancias. —Coloca los brazos alrededor de mi cuello—. Volviendo a lo del examen físico que necesitamos…
No me da la oportunidad de responder porque me planta un beso.
Me besa como si tuviésemos todo el tiempo del mundo. Ya no se trata de momentos robados en situaciones de crisis, sino de algo que va a continuar.
El mundo se reduce a Nicholas y a su boca sobre la mía, tierna, exploradora y tan dulce que me conmueve.
El beso nos desestabiliza a ambos, por lo que apoyamos la frente el uno en el otro mientras el mundo vuelve a recobrar sentido a nuestro alrededor.
—Vas a acabar matándome —digo.
—Es probable —concuerda, alegre—. Pero menuda forma de irte, ¿eh?
Y luego, vuelve a besarme. Esta vez es un beso más profundo. Me olvido de las audiencias disciplinarias, de la censura de palacio y del hermano que he perdido. Me centro en el ahora, en tener a Nicholas entre mis brazos, vivo y entero, e inexplicablemente mío.
Tras un rato, se aparta.
—Imagino que necesitarás ducharte —suelta.
—Ha pasado bastante tiempo desde la última vez que la higiene personal y yo tuvimos un encuentro íntimo —admito.
—Yo lo decía más por verte desnudo, mojado y enjabonado, pero adelante, usemos la excusa de la higiene personal —responde a la par que me toma de la mano.
Río y lo sigo hacia el baño, una estancia de mármol y accesorios dorados. Nicholas pone en marcha la ducha, y el vapor comienza a empañar el espejo.
Verlo comprobar la temperatura en un gesto de intimidad tan doméstico ayuda a aflojar la opresión en mi pecho.
Cuando coloca sus manos firmes en mi cinturón para desabrocharlo, su respiración es irregular. Sus dedos abren con deliberado esmero cada uno de los botones de mi camisa mientras su pecho sube y baja, agitado.
Me quedo quieto para que el príncipe me desvista.
Desliza las manos por mis hombros para que la prenda caiga. Acto seguido, se detiene en los moratones oscuros que la patada que recibí me ha dejado en la zona de las costillas. Su caricia es ligera como una pluma, casi reverente.
En cuanto engancha los dedos en la cinturilla de mi pantalón, doy un paso hacia delante para facilitarle la tarea al tiempo que lo observo con los ojos cargados de deseo. Luego, es su turno.
Se deshace de su ropa con esa elegancia que transforma la más mundana de las labores en algo digno de admirar mientras yo no dejo de mirarlo, hipnotizado.
La luz del baño ilumina las líneas de su cuerpo y pone de relieve la curva de su columna, y el hueco de su clavícula.
Me dedico a trazar con delicadeza el contorno de un considerable moratón que asoma en su pecho.
Nicholas es el primero en colocarse bajo el chorro y echar la cabeza hacia atrás. No puedo más que seguirlo. El vapor se alza ante nosotros como si hubiésemos entrado en otra dimensión.
Mi cuerpo maltratado recibe el agua caliente como una bendición. Nicholas se coloca detrás de mí y, con suavidad, desliza las manos por mis hombros para masajearlos. Se me van aflojando músculos que ni sabía que sufrían contracturas.
Suelto un gemido ronco y echo la cabeza hacia atrás.
—¿Mejor? —murmura al tiempo que posa los labios sobre mi nuca.
—Un poco mejor, sí. —Me giro para quedar cara a cara, con el agua corriendo entre ambos—. Te toca.
Después de hacerme con el gel de baño, lo masajeo hasta hacer espuma y deslizo las manos sobre su pecho. Me hago un mapa táctil de cada uno de sus moratones y rasguños trazando el área con suavidad, memorizando las pruebas físicas de lo que hemos vivido juntos.
—Eoin. —Pronuncia mi nombre con voz ahogada en cuanto mi mano desciende por sus costillas.
Al alzar la vista, noto que me mira con ojos oscurecidos y gotas de agua pegadas a sus pestañas. El calor de su mirada no tiene nada que ver con la temperatura de la ducha.
Llevo las manos hacia arriba, hasta su rostro. Lo atraigo hacia mí para darle un beso que comienza tierno, pero que enseguida se transforma en pura ansia.
Su boca se abre bajo la mía y lo empujo contra los azulejos antes de tragarme el gemido que emite cuando su piel ardiente hace contacto con la superficie fría.
Mientras nos enfrascamos en un beso profundo y frenético, el agua cae a cascadas sobre nuestros cuerpos, que se refriegan el uno contra el otro creando una fricción deliciosa.
—Joder —jadea tras apartarse para respirar, las manos aferradas con fuerza a mi cadera.
Le dejo besos descendentes por la garganta y saboreo la mezcla de agua y piel, a la par que siento los latidos de su pulso acelerarse bajo mis labios. En cuanto continúo recorriendo el camino descendente por su columna con dientes y lengua, apoya la cabeza contra los azulejos.
—Cuando hablamos de un examen físico completo… —Gime en el segundo en que mi boca encuentra la zona donde el cuello se une con el hombro—, ¿como cuánto de exhaustivo nos referimos?
Me alejo para mirar su rostro enrojecido, anhelante; sus labios hinchados por los besos, el agua chorreando por su cuerpo.
—Muy muy completo —mascullo antes de volver a capturar sus labios.
Jadea en mi boca y me rodea la cadera para atraerme hacia sí. Esta nueva postura alinea nuestros cuerpos a la perfección. Me restriego contra él, y el roce de la piel húmeda crea una fricción que nos tiene a ambos emitiendo sonidos desesperados.
A continuación, se aparta para arrodillarse.
—Sabes que cuando se trata de cumplir con mis obligaciones aristocráticas, soy sumamente meticuloso —dice.
Ver al príncipe Nicholas arrodillado, con el agua cayéndole a borbotones sobre el cuerpo, con esos ojos de un azul imposible que me miran llenos de promesas, casi me tiene a mí cayendo también de rodillas.
Es pecado y redención a partes iguales, envuelto en papel de regalo exasperante.
—Nicholas… —No reconozco el sonido de mi voz.
—Tú sigue pronunciando mi nombre de esa manera, y voy a empezar a pensar que en realidad te gusto. —Traza un sendero de besos a lo largo de mi cadera.
—Aún no hay un veredicto claro —logro decir, aunque la voz se me quiebra en cuanto los besos descienden hasta llegar a la parte superior de mi muslo.
—Pues entonces —sonríe con picardía—, te voy a dar pruebas contundentes.
—¿A qué esperas? —Más que una orden es una plegaria.
Siento las últimas vibraciones de su risa mientras me acoge entero en su boca y, ¡Jesús, María y José!
, esa lengua pérfida es incluso más peligrosa cuando no la usa para hablar.
Me tortura con una combinación de delicadeza y ansia, y he de contenerme para no empezar a dar empellones contra ese calor acogedor.
—¡Jesús! —gimo, a la par que mis manos se aferran a su espantoso pelo—. ¿Dónde has aprendido a…? ¡Joder…!
Mis caderas se arquean de modo involuntario, pero él las mantiene a raya sujetándolas contra la pared de la ducha y continúa atormentándome con labios, lengua y algo de dientes. Con una mano, me acaricia con delicadeza la piel detrás de mis pelotas.
La sensación es abrumadora: la humedad de su boca, verlo entre mis piernas, cómo murmura de satisfacción al oír mis quejidos desesperados.
—Tu boca —digo, resollando— debería venir con una advertencia.
Se separa un poco y, con los labios brillantes e hinchados, dice:
—Ni que eso fuera una novedad para ti.
No puedo evitar tirar de él para que se levante y volver a besarlo. Saboreo el calor y la humedad de su boca, y la forma en que su lengua se desliza contra la mía me arranca un gemido. Mientras compartimos un beso profundo y sucio, enredo los dedos en su pelo para atraerlo más a mí.
—Joder —digo, respirando con dificultad—, no sabes lo que me provocas.