Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 40
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Capítulo 40

Capítulo Cuarenta

Eoin

Estoy en Auckland en medio de un interrogatorio en una habitación de hotel.

Teniendo en cuenta la historia de las salas de interrogatorios, tampoco es que sea el peor sitio.

Aunque las mentitas de cortesía están un poco fuera de lugar al lado del equipo de grabación.

No hay nada que diga «vomita la verdad sobre el complot terrorista» que unos caramelos de menta envueltos de forma individual.

Scotland Yard ha ocupado una planta entera del hotel y convertido las habitaciones en salas de interrogación provisionales.

Me tienen sentado en una silla de plástico desde hace seis horas.

Tengo la voz ronca de tanto hablar, y me duele todo el cuerpo tras la locura de la huida.

También me siento mal por tener que relatar la verdad a los que casi preferirían no saberla porque les complica la existencia.

El comisario detective Martin Thornton me observa desde la pantalla del portátil con expresión más adusta que de costumbre. A su lado, en la oficina de Londres, se ubica su jefa, la comandante Helen Adebayo. Nunca la había visto tan seria.

—Entonces, si lo he entendido bien —dice Thornton por enésima vez—, ¿mantuvo relaciones sexuales con el individuo a quien debía proteger mientras investigaba un posible caso de espionaje en el equipo de protección?

—Sí, señor. —Las palabras me dejan la garganta en carne viva. No sirve de nada adornar la verdad. Lo he contado todo: cada beso, cada error de juicio, cada momento en que elegí a Nicholas por encima del protocolo.

—¿Y no se le ocurrió informar de esta… complicación?

—Lo consideré, sí. Ampliamente. Sobre todo, a las tres de la mañana, cuando no podía dormir pensando en que había fastidiado todo aquello por lo que tanto trabajé.

La comandante Adebayo levanta la vista de los papeles para mirarme. La expresión de Thornton no se altera, aunque algo en sus ojos cambia.

—Pero no lo informó —insiste.

—No, señor.

—¿Por qué?

La pregunta es como un cable tenso que cuelga desde Londres a Auckland.

¿Por qué? Porque para cuando decidí admitir ante mí mismo lo que sucedía era demasiado tarde.

Nicholas ya había atravesado hasta la última de mis defensas como si se tratase de candados que solamente él estaba destinado a abrir.

Y solo pensar que estuviera en peligro pudo más que diez años de adiestramiento y de ambiciones.

—Porque soy un imbécil, señor —contesto, por fin.

Un imbécil enamorado. Pero supongo que compartir esta información con los mandamases no me beneficia en nada.

Thornton emite un sonido que podría pasar por risa si no fuera tan tenebroso.

—Al menos es un imbécil sincero, O’Connell.

Se oye un sonido en la tablet que tiene detrás. Cuando la mira, su expresión se endurece.

—Tenemos a Pierce bajo custodia —continúa—.

Tiene varios cargos pendientes, incluidos el de conspirar en un secuestro, delitos terroristas y corrupción de un funcionario público.

El historial de su móvil refleja varias llamadas a alguien del equipo de mantenimiento del hotel donde sucedió lo de la araña, justo el día anterior.

Hay pruebas de que ha pinchado el sistema de comunicaciones de la Policía de Nueva Zelanda y de las autoridades marítimas; sospechamos que por eso dio con vuestro paradero.

Se niega a hablar, pero tenemos suficientes pruebas como para hundirlo.

El alivio me recorre el cuerpo, y a eso le sigue la pregunta que más temo hacer.

—¿Y mi hermano?

Los ojos de Thornton buscan los míos a través de la pantalla.

—Se esfumó. Para cuando la policía de Belfast llegó a su apartamento, ya no estaba. Los vecinos lo vieron marcharse hace dos días.

La noticia no me sienta bien. Por un lado, me alivia que Malachy no vaya a prisión.

Por otro, me apena que haya elegido huir, que lo más probable es que no vuelva a verlo.

Es mi hermano pequeño, ese al que llevaba a caballito por las calles de Belfast, al que le enseñé a dar y recibir puñetazos, a cuyo lado me senté en una habitación de hospital mientras nos hablaban de cosas como «incapacidad permanente».

Ha desaparecido.

—Lo siento —interviene la comandante Adebayo, y sé que lo dice de corazón.

—Fue su decisión —respondo, aunque las palabras me saben amargas.

Thornton se aclara la garganta.

—En cuanto regrese a Londres se enfrentará a medidas disciplinarias. Como mínimo, una suspensión pendiente de investigación. Posible despido, dependiendo de lo que concluya el tribunal.

Asiento. Era lo que esperaba.

—Sin embargo —continúa Thornton, y levanto la cabeza—, es verdad que sus acciones han evitado un incidente internacional.

El príncipe Nicholas está a salvo, ha salido a la luz el traidor de la RaSP, y se han destinado doce mil millones de libras a una causa legítima.

—Hace una pausa—. Buen trabajo, O’Connell.

La conexión se corta antes de que pueda responder. Me quedo observando la pantalla en blanco e intentando reconciliar ese «posible despido» con mi «buen trabajo», sin lograrlo.

Diez años construyendo una carrera. Diez años de ser el mejor en lo que hago.

Y voy y lo sacrifico todo por un hombre sarcástico con nulas aptitudes para la acampada.

No me arrepiento de absolutamente nada.

Cuando por fin salgo del interrogatorio, Davis y Singh me esperan en el pasillo como dos topes para libros que no hacen juego.

Davis no es capaz de mirarme a los ojos.

Imagino que le cuesta aceptar una relación entre el príncipe Nicholas y el hombre que se saltó todos los protocolos. A Singh se lo ve cansado.

—¿Dónde está? —pregunto sin más, porque está claro que todos saben a quién me refiero.

Davis aprieta la mandíbula.

—Su Alteza Real insistió en que lo llevemos ante él en cuanto acabase el interrogatorio.

Alzo una ceja.

—¿Insistió…?

—Exigió, más bien —suelta Singh, parco—. En repetidas ocasiones. Cada vez más alto y con mayor creatividad. En mi caso, la amenaza que más original me pareció fue la de enviarnos a vigilar los parquímetros de Slough.

A pesar de todo, esbozo una sonrisa.

—No tiene autoridad para eso —respondo.

—Intente decírselo usted. —Señala hacia el pasillo—. Vamos. Acabemos con esto antes de que empiece a amenazar con reinstaurar las torturas medievales.

Me escoltan por el hotel como si fuese un prisionero o una granada imprevisible.

Si tenemos en cuenta los últimos días, no van desencaminados.

El trayecto es silencioso, excepto por el hecho de que Davis se aclara la garganta cada treinta segundos, como si estuviera envalentonándose para decir algo que no logra sacar.

En cuanto llegamos al penthouse , antes de verlo, lo escucho. Su voz traspasa la puerta de la habitación, cortante y autoritaria, señal de que está furioso o preocupado. Puede que ambas cosas.

—… y me parece muy poco razonable que lo retengan durante seis horas. ¿Qué podrían querer saber que requiera de esa cantidad de tiempo para…?

Singh llama a la puerta. La voz se interrumpe, y se oyen pasos. La puerta se abre para dar paso a un Cavendish con expresión atormentada.

—¡Gracias al Señor! —murmura—. Hace una hora que se está paseando como león enjaulado. Iba a sugerir que le dieran un sedante.

—O’Connell acaba de terminar su interrogatorio con Scotland Yard. Hemos pensado que lo mejor para todos los involucrados era apresurar el reencuentro —responde Singh.

—Bien pensado. —Cavendish se hace a un lado para permitirme el paso, y es en ese momento cuando lo noto.

La forma en que sus ojos se encuentran con los de Singh y, por un instante, se suavizan. Luego, los dedos de Singh rozan la muñeca de Cavendish al pasar por delante de él. El instante es tan breve que el contacto casi podría ser accidental. Excepto que nada de lo que hace Singh lo es.

Vaya.

De repente, el comportamiento de Singh cobra sentido.

Fue capaz de reconocer lo que había entre Nicholas y yo porque sabe lo que es esconder tus sentimientos a plena vista. Aunque, en retrospectiva, encuentro bastante perturbador que la botella de aceite para masajes se vaciara con tanta rapidez.

—Oficial O’Connell. —Nicholas se materializa detrás de Cavendish; su voz interrumpe mi reflexión. Va impecable con su traje, a excepción del pelo, aún rubio fosforito y algo desaliñado por pasarse los dedos una y otra vez—. ¡Por fin!

Sus ojos se encuentran con los míos y ¡joder! Seis horas de interrogatorio, de revelar cada momento vivido juntos para dejar constancia en el informe oficial, y una sola mirada hace que se me acelere el pulso como si aún estuviese huyendo de los hombres de Pierce.

—Alteza Real —logro decir.

Está entero, está a salvo. Me mira con apremio, con impaciencia, e… ileso. Gracias a Dios, joder.

—Requiero un informe exhaustivo del oficial O’Connell —anuncia Nicholas ante todos los presentes—. En mi habitación. De inmediato.

Singh no logra ocultar su sonrisa. Cavendish se limita a mirar el techo como si rezara pidiendo paciencia. Davis emite un sonido ahogado.

—Señor —intenta Cavendish—, no estoy seguro de que sea…

—¿De que sea qué? ¿Apropiado? —La voz de Nicholas podría congelar hasta el infierno—.

Me han disparado, secuestrado, y me he tenido que teñir el pelo, lo que me ha convertido en una moraleja para los incautos que prueban tratamientos de belleza por su cuenta.

Como si fuera poco, durante cuatro horas he tenido que relatar mis vivencias a los oficiales de palacio.

Creo que piensan que la estabilidad de la Commonwealth depende de si me forzaron, me sedujeron o si tan solo me dio un ataque de locura al decidir jugar a Bonnie y Clyde con mi guardaespaldas.

Requeriré informes exhaustivos de quien me dé la gana, cuando me dé la gana. ¿Está claro?

—Como el agua, señor —responde Cavendish. Le echa un vistazo a Singh y se comunican en silencio—. Estaremos fuera si nos necesita.

Nicholas ya se ha dado media vuelta.

—No os necesito —informa.