Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 39
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Capítulo 39

Capítulo Treinta Y Nueve

Nicholas

De todos los momentos que podían elegir las visitas imprevistas, tuvieron que elegir el peor de todos para dejarse caer.

En cuanto las granadas hacen de la visibilidad una sugerencia más que una realidad, la nave se convierte en un caos absoluto.

En medio de la nebulosa, vislumbro a los hombres de Pierce dispersándose como palomas asustadas en un parque.

Aunque estas palomitas llevan armas automáticas y manifiestos revolucionarios.

De manera simultánea, unas figuras vestidas con equipamiento táctico aparecen entre el humo por cada una de las entradas. Sus movimientos son coordinados, con la precisión de una ofensiva coreografiada.

—¡Policía! ¡Escuadrón contra la Delincuencia Armada! ¡Al suelo, ahora!

—Agáchate. —Eoin intenta empujarme detrás de unas cajas.

—¡Agáchate tú! —contraataco mientras intento protegerlo con mi cuerpo. Lo cual, dado nuestros respectivos tamaños, es como esconder a un oso detrás de una farola.

—¡Por el amor de Dios, Nicholas! ¡El agente de seguridad soy yo!

—En realidad, en estos momentos eres una persona acusada de secuestro, así que corres peligro.

Y, así, peleamos por el codiciado papel de escudo humano, el uno tratando de ser más mártir que el otro, en lo que podríamos considerar como la partida más disfuncional de Twister.

—¡Muévete! —Eoin me agarra del brazo antes de arrastrarme hacia un sitio donde resguardarnos al tiempo que una bala impacta en el pedacito de cemento sobre el que estábamos de pie.

No tengo ni idea de si los que han disparado son los hombres de Pierce o las fuerzas policiales que vienen a rescatarme, pero tampoco es el momento de planteármelo.

Los secuestradores corren en todas direcciones, algunos contraatacan con sus propias balas mientras se dirigen a las diferentes salidas, otros se esconden detrás de lo primero que encuentran.

Nos escabullimos tras una mesa tumbada y somos testigos de cómo se trasladan a las fuerzas policiales las tácticas intimidatorias del equipo de rugby con sorprendente eficacia.

—Deja de intentar protegerme —gruñe Eoin en cuanto trato de colocarme entre él y el oficial armado más cercano.

Levanto una ceja.

—Te estás comportando como un desagradecido. ¿Tengo que añadir «no aprecia actos heroicos» en tu informe de rendimiento?

El humo comienza a disiparse, con lo cual podemos ver a una ristra de terroristas en el suelo a quienes los oficiales inmovilizan con eficiencia.

Algunos de los hombres de Pierce aún intentan escapar por diferentes salidas, y esto se transforma en una versión poco digna del juego de darle a los topos, en este caso con uniformes.

Al rato localizo a Singh, Davis y MacLeod, que emergen tras el humo como ángeles vengadores. Con las armas desenfundadas, ponen la mira en Eoin.

—Suelta las armas y apártate del príncipe —ordena Singh.

—Está de nuestro lado. Me ha mantenido con vida, y no le quedan balas —me apresuro a informar—. No tiene más armas letales. Bueno, a no ser que tengamos en cuenta su personalidad.

Mientras tanto, Eoin se ha puesto en posición de entrega, con las manos arriba, y se ha apartado de mí.

Verlo así de vulnerable mientras Singh hace amago de ponerle las esposas, y Davis le apunta con un arma, hace que surja dentro de mí un instinto primitivo, protector y posesivo.

—Si le hacéis daño, me encargaré de que los próximos informes de rendimiento reflejen al detalle cómo habéis cometido el error de confundir un rescate con un secuestro.

Me aseguraré de que todo el té de la oficina de seguridad sea descafeinado por el resto de vuestras vidas, e insistiré en que presentéis cada una de las evaluaciones de riesgos como un musical de Broadway.

Los oficiales se quedan paralizados. Es evidente que no se esperaban recibir amenazas del sujeto al que supuestamente han secuestrado.

Miremos el lado positivo: al menos no he jurado venganza eterna como prometí ante los hombres de Pierce.

Las cejas de Singh se alzan a niveles imposibles. Davis baja el arma unos centímetros, y su expresión pasa de determinación a confusión. MacLeod abre y cierra la boca como pez fuera del agua.

Se equivocan a nivel estratosférico si creen que, ahora que por fin encuentro a alguien que me ama, con lo improbable e imposible que parecía, les voy a permitir que nos separen y que se lo lleven como a un criminal.

Porque este amor que siento por Eoin no es un afecto sosegado, cortés. No tiene nada que ver con ese tipo de emociones controladas que tan bien encajan en mi agenda real.

Es caos, es desesperación, es descontrol. Es lo que me hace comprender por qué se escriben poemas, y se empiezan guerras, y se cometen tonterías. Cuando por fin encuentras a alguien que ha visto lo peor de ti, y te sigue mirando como si valiese la pena morir por ti, no lo dejas escapar.

Ni por protocolos, ni por cumplir con reglas, ni por nada.

—Con todo respeto, señor —interviene Davis con semblante serio—, pero el síndrome de Estocolmo es bastante común en estas situaciones. Ha sufrido un enorme estrés…

—¡Que no, joder! —Acorto las distancias con Singh en tres zancadas precisas. Luego, en un momento de profunda inspiración o de máxima locura, le arrebato las esposas y las llaves de la mano antes de que pueda reaccionar.

Singh, con las manos aún en el aire, pero ya sin las esposas, se halla demasiado consternado como para detenerme. Aunque el metal se siente frío y pesado en mi palma, no me tiemblan las manos. Es posible que esté por cometer la mayor tontería de mi vida, que, con mis antecedentes, es decir mucho.

Sin embargo, ser consciente de ello no me frena. Coloco una esposa alrededor de mi muñeca y la otra en la de Eoin.

Por imposible que parezca, el clic del metal resuena alto en el silencio repentino. El frío acero sobre mi piel representa un punto de no retorno.

Con la mano libre, arrojo la llave a una rejilla cercana, y la veo repiquetear contra las barras de metal hasta que desaparece, sabrá Dios dónde.

Eoin baja la vista a nuestras manos esposadas, y las mira con una expresión entre exasperada y un atisbo de ternura.

—¿En serio te acabas de esposar la muñeca a la mía?

—A veces, una acción dice más que mil palabras —informo.

Los oficiales de seguridad me miran fijamente, como si hubiera anunciado que renunciaré a ser príncipe para convertirme en artista callejero.

—Alteza Real —dice Singh en voz baja—, ¿qué está haciendo?

—Asegurarme de que no podáis separarnos. Tengo una mente brillante, ¿verdad?

—Si insiste… —responde MacLeod.

—Donde él va, yo voy —digo, y las palabras tienen forma de promesa.

MacLeod niega con la cabeza.

—Este es el ejemplo de Estocolmo más problemático que he visto nunca.

—Diría que es el ejemplo de enamoramiento más problemático que has visto nunca —murmura Singh.

La solidaridad de Singh es inesperada, y provoca que se me ponga un nudo en la garganta. A pesar de la locura de toda esta situación, comprende lo que hay entre nosotros.

No se trata del síndrome de Estocolmo. Ni de un trauma.

Solo somos dos personas que se encontraron en las peores circunstancias y decidieron aferrarse el uno al otro.

En el silencio que sigue se oyen varios vehículos que se aproximan, con motores potentes. Puede que sean los hombres de Pierce que se reagrupan, o quizás la policía local; podría ser cualquiera.

La tensión vuelve a elevarse. Todos llevan la mano a sus armas. Incluso esposado, Eoin se mueve por instinto para protegerme de lo que sea que entre por la puerta.

—Tenemos que movernos —dice MacLeod—. Ya solucionaremos esto en otro sitio más seguro. Señor, si prometemos no separarlo de O’Connell, ¿vendrá por las buenas?

Alzo nuestras muñecas.

—Creo que ya he dejado clara mi posición.

A Singh está a punto de escapársele una sonrisa.

—El coche está en esa dirección —dice—. Y, ¿O’Connell?, nada de movimientos raros. No me gustaría explicarle a Cavendish por qué el príncipe acabó con una bala mientras estaba esposado a su guardaespaldas, barra secuestrador, barra…

Se interrumpe como si buscase la palabra adecuada. Decido echarle una mano.

—Novio —ofrezco—. No te enteras, Singh.

La palabra suena extraña y maravillosa en mi boca. Novio. Un término tan común para describir algo que es todo lo contrario.

Ahora que la he dicho y ha salido a la luz, ya no puedo retractarme.

Mientras nos conducen hacia el vehículo, Eoin se me acerca.

—¿Te das cuenta de que esto lo complica todo? —comenta.

—Cariño —murmuro—, ¿desde cuándo las cosas entre nosotros han sido sencillas?

—Visto así…

Caminar esposado a otra persona requiere de una sincronización peculiar.

Hemos de ajustar los pasos, decidir cómo atravesar las puertas de lado y tener en cuenta en todo momento los tirones del metal.

Cada paso precisa de cooperación, de comunicación.

Es incómodo, nada práctico y, de algún modo, perfecto.

Casi como nuestra relación, la verdad.

Detrás de nosotros se oyen las sirenas de las fuerzas policiales que van llegando a la nave. A través de la ventanilla del coche, alcanzo a ver que a Pierce se lo llevan esposado.

En el futuro, tendré que enfrentarme a las repercusiones de lo sucedido y, casi seguro, a una crisis mediática de proporciones épicas.

Pero ahora mismo, sentado al lado del hombre que debía traicionarme, el mismo que acabó arriesgándolo todo para protegerme, no puedo evitar sonreír.

Estamos vivos. Estamos juntos.

Todo lo demás son simples detalles.