Capítulo 38
Capítulo Treinta Y Ocho
Eoin
La parte trasera del todoterreno huele a aceite rancio para motor y a óxido.
Me arden los hombros por tener las muñecas amarradas en la espalda, y la mordaza sabe a algodón sucio y a derrota.
Nicholas está sentado frente a mí, y ambos vamos dando botes en cada uno de los baches habidos y por haber en Nueva Zelanda.
Su ridículo pelo tintado se ilumina con la poca luz que se filtra por las ventanillas reforzadas.
Lleva las mejillas manchadas de suciedad y la camiseta hecha jirones a la altura del hombro, lo que deja al descubierto su piel pálida.
Nicholas no le teme a nada. Bueno, quizás no es del todo así. Imagino que siente miedo; pero también es valiente. Tiene el tipo de coraje que no se enseña, que es innato.
No dejo de repetir en mi cabeza las palabras que le dedicó a Pierce y a sus hombres: «¡Si le tocáis un solo pelo, os perseguiré hasta los confines de la tierra y me aseguraré de que sufráis!».
El vehículo atraviesa otro hoyo, por lo que acabamos yéndonos de lado. A pesar de la penumbra, logra recolocarse y, tras mirarme, pone los ojos en blanco. El mensaje es claro: «Francamente, el servicio en este secuestro deja mucho que desear».
¡Jesús! Incluso maniatado y con mordaza en esta camioneta llena de terroristas sigue siendo la persona más atractiva que conozco.
No puedo estar más enamorado de este hombre, joder.
El impacto de esta epifanía me roba el poco aire que me permitía pasar la mordaza.
Si bien sospechaba que me estaba enamorando, no me había percatado de que ya lo estaba. De esto no se vuelve. No existe ningún plan de extracción capaz de liberarme del hechizo que este hombre ha lanzado sobre mí.
Mientras yo cavilo sobre mi descubrimiento, Nicholas trabaja para soltar sus muñecas de las cuerdas.
Ha notado lo que debí haber percibido de inmediato: las cuerdas de alpinismo con las que nos han amarrado son resbaladizas y, con la técnica correcta, tienden a aflojarse.
Menea los dedos de forma que utiliza el movimiento del vehículo en su beneficio. Cada bache y cada sacudida ayudan a desatar el nudo. Cuando por fin desata una mano, se la lleva de inmediato a la mordaza para bajársela; enseguida se inclina para retirar la mía.
Muevo la mandíbula, sorprendido ante la repentina libertad de poder respirar con normalidad.
—Te quiero —dejo escapar.
Ya está concentrado en liberar su otra mano, pero, ante mis palabras, levanta la cabeza con rapidez y alza las cejas a niveles imposibles, casi hasta el nacimiento de su horroroso cabello. Acto seguido, ladea la cabeza, analizándome como si fuese una pieza de arte moderno que no llega a comprender.
No digo nada. Me limito a mirar fijamente esos ojos invernales.
—Tengo la ligera sospecha de que el momento y el lugar de esta declaración romántica no son del todo adecuados —dice, por fin.
Suelto una risa ahogada porque, por supuesto, no podía responder de otra manera. Ni con sorpresa ni con rechazo, tan solo criticando el momento de mi declaración de amor.
Se mira las manos.
—Tengo cierta proclividad a compartir tus sentimientos.
—Sus dedos trabajan en el nudo por un instante antes de continuar—: Pero me siento en la obligación de señalar que estamos a merced de los que quieren utilizarme como moneda de cambio en su esquema político.
¿Te parece bien si retomamos esta conversación cuando haya menos gente empeñada en secuestrarnos o matarnos?
Me inclino y estampo mis labios contra los suyos.
Nicholas me devuelve el beso con desesperación; lleva la mano libre a mi camisa parar tirar de ella y arrimarme más a él. Noto el regusto de la sangre allí donde se ha mordido el labio, y siento un ligero temblor de sus dedos contra mi pecho.
Me besa como si fuese el último beso.
Puede que lo sea.
Cuando se aparta, traga saliva antes de alzar una ceja y decir:
—Me da la sensación de que para nosotros el peligro es un afrodisíaco. ¿Quizás también deberíamos tratar esto en el futuro?
—Claro. Lo apuntamos en la agenda —logro decir con voz áspera.
Nicholas echa un vistazo al frente, al tabique de metal que nos separa de nuestros captores.
—Necesitamos un plan —dice mientras termina de desatarse y me ayuda a hacer lo mismo—. ¿Cuánto falta para el anuncio?
Antes de comprobar mi reloj, sacudo la mano que acaba de liberarse para que la sangre comience a circular, lo que envía pinchazos por todo mi brazo.
—Veinte minutos, puede que menos.
—Entonces, hay que buscar la manera de perder tiempo. En cuanto el anuncio se haga público, tendrán lo que quieren sin necesidad de pedir rescate.
—Pierce no dejará que nos marchemos —advierto—. No le gustan los cabos sueltos.
—Pero necesitará un tiempo para planificar su próximo movimiento en cuanto caiga en la cuenta de que le hemos arrebatado toda autoridad moral.
—Me mira a los ojos—. Y, con suerte, en breve la Inteligencia británica contará con los recursos para rescatarnos.
Callum y Oliver habrán rastreado mi teléfono.
Así que tenemos que dilatar la situación lo máximo posible.
No es un gran plan, pero es el único que tenemos.
Y habrá que ponerlo en marcha pronto porque el vehículo comienza a desacelerar.
Nos recolocamos las mordazas a toda prisa y amarramos las cuerdas dejándolas flojas por si necesitamos quitárnoslas.
En cuanto las puertas se abren, Pierce nos espera con ese aspecto de líder distinguido de Scotland Yard que tanto admiré en el pasado. Detrás, una nave industrial. Por supuesto que nos meterá en una puta nave.
—Llevadlos dentro —ordena.
Nos conducen hasta un espacio industrial abandonado, fabricado en cemento y con manchas de óxido. Más figuras asoman de entre las sombras. Localizo al menos ocho y me quedo con sus ubicaciones. Es imposible salir de aquí utilizando la fuerza.
Pierce hace un gesto para que nos quiten las mordazas.
—Eoin —dice con ese tono de mentor que tanto significó para mí en cierto momento de mi vida—. Qué decepción que esto deba acabar así.
—Curioso —escupo—. Estaba pensando lo mismo.
—Esperaba que supieras de qué lado debías estar. No pensaba que fueras a olvidar tus orígenes.
—No he olvidado nada —respondo—. Pero creo en el principio moral de proteger a los inocentes, más allá de sus apellidos o de sus cuentas bancarias. Es un principio universal. Las injusticias no se solucionan añadiendo nuevas víctimas.
Pierce suspira como si yo fuese un alumno lerdo.
—Es una mera molestia temporal para una persona que representa el summum de la riqueza colonial. Solo lo utilizaremos para captar la atención del mundo entero, que vean que existen millones de personas que viven en países que aún se están recuperando de lo que sus antepasados les hicieron.
—Bueno, si tu intención es llamar la atención de la gente, con suerte, vas a lograrlo sin importar lo que pase conmigo —dice Nicholas.
Pierce se gira para encararlo.
—¿A qué te refieres con eso?
No responde de inmediato. Lo que sí hace es moverse un poco bajo las ataduras. Veo que examina a Pierce como si fuese un puzle que resolver; su mente afilada está calculando qué teclas tocar.
—Mira las noticias —dice Nicholas, sosegado—. El anuncio se hará público en cualquier momento.
Pierce da un paso hacia delante, y la sombra de su figura se plasma en el rostro de Nicholas.
—¿Qué anuncio? —pregunta.
—El que informa de la inminente creación de la Fundación Real de Reparaciones Coloniales.
La expresión de Pierce no muta, pero su mano se mueve de forma inconsciente hasta el arma que lleva en la cadera.
—Siete mil millones de libras de la fortuna personal de la familia real —continúa Nicholas—, y el compromiso de otras familias aristocráticas para hacer un total de doce mil millones.
La nave parece contener la respiración. Hasta el ruido distante del tráfico exterior se ha desvanecido.
—También se establecerá un equipo especial para que revise el Crown Estate. Su tarea es examinar qué leyes deben instaurarse en el Parlamento para que la mayor parte de esa riqueza se pueda distribuir entre las víctimas de la explotación colonial.
Durante un buen rato Pierce se limita a clavarle la mirada.
—Es mentira —dice, al fin.
—No. Yo estoy de acuerdo con vuestra causa. Si los miembros de la familia real y de otras familias nobles disfrutamos del privilegio de una riqueza adquirida de forma ilícita, hemos de hacernos responsables de lo que ello conlleva.
Nicholas hace una pausa para que Pierce procese las palabras.
—Si bien a nivel personal no he hecho nada malo, no se puede negar que me he beneficiado de las injusticias históricas que cometieron mis antepasados. —Su voz se suaviza un poco—. Y tanto mi hermano como Oliver Hartwell están completamente de acuerdo conmigo.
Pierce lo mira con los ojos entornados mientras Nicholas le devuelve la mirada con total serenidad, como si estuviese en Oxford con sus colegas y no en una nave de Nueva Zelanda con aspecto de vagabundo.
El silencio se alarga hasta que uno de los hombres de Pierce saca su móvil del bolsillo y comienza a deslizar los dedos por la pantalla con torpeza. Su rostro pasa por diversas expresiones, desde suspicacia hasta regocijo.
—¡Es verdad! —tartamudea—. Jefe, tienes que ver esto.
Le coloca la pantalla en sus narices, y el acento americano del príncipe Callum reverbera en el aire viciado de la nave: «…
y se establecerá la Fundación Real de Reparaciones Coloniales con un fondo inicial de doce mil millones de libras que se distribuirán entre las comunidades que han sido afectadas por injusticias históricas».
Pierce deja caer la mano que sujetaba el arma mientras Callum continúa su discurso con voz clara y firme: «La Corona acepta su responsabilidad por los siglos de explotación de recursos, por la esclavitud y por la destrucción cultural.
El enriquecimiento de la aristocracia del Reino Unido trajo aparejadas consecuencias devastadoras para otros países del mundo.
Somos conscientes de que los descendientes de los agraviados continúan sufriendo los efectos económicos y sociales de lo sucedido».
Contemplo a Pierce absorber la información. Esa certeza tan absoluta que mostraba hasta hace un momento se ha evaporado, y ahora su rostro se ha cubierto de dudas.
La nave se queda en silencio cuando Callum empieza a definir el marco de trabajo y el compromiso con la transparencia. Luego, es el turno de Oliver Hartwell, quien informa sobre las medidas que se adoptarán para exigir responsabilidades y garantizar un cambio sistémico.
En cuanto acaba la transmisión, Nicholas se endereza lo máximo que le permiten las cuerdas y dice:
—Ahí tienes. Has ganado. Es el reconocimiento que buscabas, y tienes un fondo para empezar a reparar los daños históricos. Y todo sin tener que pedir rescate.
Pierce se queda paralizado en el sitio, aturdido, como quien ve a su enemigo rendirse antes de que comience la batalla.
Se hace un silencio incómodo en la nave.
Los hombres de Pierce se miran los unos a los otros cual actores que han olvidado sus frases.
Uno mueve el pie, nervioso. Otro se aclara la garganta.
Al parecer, no viene en el manual de secuestros cómo actuar en caso de que los rehenes te entreguen lo que quieres antes de que se lo exijas.
—Esto… —comienza Pierce, y enseguida se detiene. Se pasa la mano por el pelo y se lo despeina—. Esto no era lo que esperaba.
Nicholas sonríe ante el comentario.
—Los cambios revolucionarios no suelen seguir un guion prestablecido.
Se hace otra larga pausa. Oigo los fuertes latidos de mi corazón en el silencio que nos rodea.
—Entonces…, ¿qué hacemos? —pregunta uno de los hombres con cara de estar perdido—. Quiero decir, parece que están de nuestro lado.
Aunque Pierce abre la boca para responder, las palabras nunca abandonan su garganta porque en ese momento se escucha un fuerte estruendo similar a un trueno, pero más metálico.
La puerta de la nave se abre como si la hubiera golpeado un ariete.
Por un segundo, nadie se mueve. Luego, unas granadas de aturdimiento ruedan por el suelo de cemento girando como mortales peonzas y escupen nubes de humo densas que vuelven el aire opaco.
Nicholas me busca con la mirada a través de la cada vez más espesa humareda y, por primera vez, percibo verdadero miedo en su rostro.
Estoy seguro de que no teme por su propia seguridad.
Sino por la mía.
Porque hay altas probabilidades de que, quien sea que esté por entrar, me tome por uno de los malos.