Capítulo 37 #2
Acabo de caer en la cuenta de que ya le he otorgado el poder de lastimarme. La gran incógnita siempre ha sido si tengo el suficiente coraje como para confesarlo.
No hay nada como enfrentarte a la posibilidad de morir para recordar que el mejor momento para ser valiente es mientras estás vivo.
Me quedo sin tiempo para procesar este descubrimiento porque los atacantes continúan su avance.
Eoin vuelve a disparar, frenético, pero luego se detiene.
Los hombres de Pierce se aproximan con precisión calculada, con la seguridad de un depredador que ha acorralado a su presa, lo que me da a entender que saben que le quedan pocas balas.
Un hombre de apariencia distinguida y cabellos grises se asoma a la parte superior de las escaleras. Tiene pinta de abuelo bonachón.
—Eoin —dice, de forma coloquial, como si estuviésemos comiendo canapés en una gala para recaudar fondos—. Esto ya se pasa de castaño oscuro.
—Vete a la mierda, Pierce —brama Eoin.
Pierce. Su nombre es un balde de agua fría. Es él, su mentor, el cerebro de toda la operación.
Tras un suspiro, dice:
—Pensaba que verías la luz.
Les hace un gesto a sus hombres, que se despliegan aún más en abanico por los matorrales. Eoin empuña el arma alternando entre los diferentes blancos como si fuese el director de una orquesta peligrosa, pero hay demasiados instrumentos para un solo director.
—Atrapadlos —ordena Pierce sin más—. Al príncipe lo quiero ileso. Preferiría no matar a nadie, pero si O’Connell opone mucha resistencia, es prescindible.
Todo sucede en un instante. Se nos acercan a toda marcha desde varios ángulos.
Eoin intenta protegerme disparando los últimos cartuchos para obligarlos a retroceder, pero son demasiados.
Cuando uno de ellos levanta un arma y apunta hacia el lado donde Eoin está desprotegido, el tiempo se ralentiza hasta detenerse.
No. Él no. Así, no.
La veo cerca de mi pie. Es una rama gruesa como mi muñeca que cayó cuando descendíamos. Sin pensarlo, la recojo y la empuño para golpear al hombre que apunta a Eoin. La rama conecta con su brazo y la bala sale disparada en otra dirección.
—¡Corre! —le grito a Eoin mientras me giro para encarar a los otros con mi absurda e inadecuada arma.
Mis años de esgrima asoman a la superficie.
Nada de movimientos coreografiados. Me valgo de los principios básicos: mantenerse en movimiento, ser impredecible.
Amago a la izquierda, a la derecha. Esta rama es la espada más inepta del planeta.
Si logro sembrar el suficiente caos, quizás…
Pero Eoin no corre. Como era de esperar. En vez de eso, cuando un atacante esquiva uno de mis avances, se lanza hacia delante y, tras agarrarme de la muñeca, me resguarda con su cuerpo.
Por un instante, nuestras miradas se encuentran, y noto fiereza en su expresión, un orgullo casi salvaje que se mezcla con el rechazo visceral a que me sacrifique por él.
Ese es el momento en que aprovechan para apabullarnos.
Alguien me placa de costado, la rama sale volando, y ambos caemos con un fuerte golpe. Mis pulmones se quedan sin aire por culpa del impacto.
Y por más que las piedras se me clavan en las palmas, y la boca se me llena de sangre porque me he mordido la lengua, solo existe Eoin.
En este caos, lo veo luchar para llegar hasta mí, aunque lo derriban con una precisión formidable. Emite un quejido cuando le tuercen el hombro…
—¡Dejadlo en paz! —Las palabras me salen desde lo más profundo de la garganta, desesperadas, mientras forcejeo contra mis captores—. ¡No lo toquéis, hijos de puta!
Ni siquiera reparo en que me están retorciendo las manos contra la espalda. Solo puedo centrarme en lo que le sucede a Eoin.
Tras maniatarlo, uno de ellos le da un puntapié cuando Eoin intenta levantarse, por lo que cae al suelo con un golpe seco. Algo se rompe dentro de mí. Se me nubla la vista; en mí solo queda una furia incandescente como no he sentido nunca.
—¡Si le tocáis un solo pelo, os perseguiré hasta los confines de la tierra y me aseguraré de que sufráis!
—Nunca he escuchado mi voz así. Brota desde algún lugar profundo, más allá de mi pecho, más allá de mi educación o de mi crianza.
Es cruda y violenta, sin ninguna capa de refinamiento o disimulo.
En carne viva, como un nervio al descubierto.
Inquebrantable, implacable. Esto es lo que yace bajo la máscara del príncipe azul: algo primitivo y peligroso, algo que me lleva a quemar reinos por mis seres queridos—.
¡Y también os perseguiré en la ultratumba! ¿Lo entendéis?
Algunos de los hombres hacen una pausa. El que pateó a Eoin da un paso hacia atrás. Cuando levanto la vista hasta Pierce, veo que me estudia con los ojos entornados y cierto interés.
—Vaya, qué inesperado y qué fascinante —dice—. El principito consentido saca las uñas.
Le sostengo la mirada con toda la altivez aristocrática que poseo. Me arden las rodillas de tenerlas en el suelo de tierra y de las ramitas que se me clavan en la carne, pero no lo manifiesto.
—No tenéis ni puta idea de lo que puedo ser capaz si le hacéis daño.
Averiguaré vuestros nombres. Me quedaré con vuestras caras.
Sabré dónde dormís. —Bajo la voz un poco más—.
Y cada segundo que me quede en este mundo lo dedicaré a hacer que os arrepintáis de este día.
Vuestros nombres se convertirán en una fábula de esas que se cuentan en la oscuridad, entre susurros.
—Llevo la vista al que le dio el puntapié—. Empezando por ti.
La sonrisa de Pierce se transforma.
—No lo dices en vano, ¿verdad? —comenta—. Todas esas amenazas tan agradables.
—Te aseguro que no quieres ponerme a prueba —digo en tono plano.
Pierce sonríe, entretenido. Pero me observa con ojos calculadores, como si estuviera replanteándose las variables de la ecuación que tiene en mente, sea la que sea.
No le quito la vista de encima, no obstante, sigo controlando a Eoin por el rabillo del ojo.
Está consciente y respira con regularidad a pesar de que la sangre le corre por la sien.
Noto cómo flexiona los dedos contra las cuerdas en un intento por seguir dando guerra, por encontrar una ventaja.
Y me mira con una expresión que no logro descifrar.
Creo que los hombres de Pierce ahora tratan a Eoin con un poco más de delicadeza, quién sabe si por prudencia o por evitar más amenazas teatrales de venganza eterna.
Después de amordazarnos, nos llevan a rastras hasta los vehículos, unos todoterrenos negros con cristales tintados. Nos esperan en lo que debe de ser una ruta forestal con los motores en marcha produciendo un ronroneo amenazador.
Me las apaño para chocar por un instante contra el cuerpo cálido y sólido de Eoin. Ese breve contacto expresa todo lo que no puedo decir con palabras.
Juntos. Incluso ahora, una vez capturados, teniéndonos que enfrentar a lo que Pierce tenga planeado.
Juntos.