Capítulo 37
Capítulo Treinta Y Siete
Nicholas
El lago, que parecía tan inmenso en la lejanía, ahora se ha convertido en una bañera con tres tiburones que dan vueltas alrededor del desagüe. La lancha robada da tumbos sobre el agua, y el motor protesta con la misma intensidad que mi pulso acelerado.
—Nos quieren acorralar —grita Eoin por encima del viento. Tiene los nudillos blancos de tanto apretar el timón—. Arrinconarnos contra la orilla este.
Me giro para mirar hacia atrás. Las tres embarcaciones se mueven como un todo compacto. Dos flanquean los costados mientras la tercera está más retrasada, lista para interceptar cualquier intento de escape. Es una emboscada profesional. Coordinada.
—¿La gente de Pierce? —pregunto, aunque sospecho cuál es la respuesta.
—Es probable. —Eoin aprieta la mandíbula de esa manera que indica que alguien va a tener un día pésimo.
Por desgracia, ese alguien somos nosotros.
—Saben muy bien lo que están haciendo.
Me quedo mirando la coordinación de los barcos con ese tipo de admiración que se tiene al ver un espectáculo de ballet ejecutado a la perfección.
Si el ballet involucrara motores de alta potencia y la promesa implícita del uso de la violencia, claro.
Los barcos de los laterales mantienen una distancia perfecta y se van ajustando a cada movimiento que hace Eoin incluso antes de que termine de maniobrar.
Nos están obligando a ir hacia la costa. Y a no ser que, por arte de magia, le crezcan ruedas a la embarcación para que podamos adentrarnos en tierra, en breve nos vamos a quedar sin sitios donde escondernos.
El barco que lidera la persecución se ha acercado lo bastante como para notar ciertos detalles. Veo dos hombres vestidos con chalecos tácticos negros.
Un estallido rasga el aire, a lo que sigue un chapoteo muy cerca de Eoin. No solo se me hiela la sangre, sino que se convierte en un témpano de hielo.
Es una bala.
Por extraño que parezca, el sonido es delicado para algo tan letal, como el de una avispa molesta, si las avispas fueran de plomo y tuvieran tendencias homicidas.
Me da un vuelco el estómago. Al girar, me encuentro a uno de los hombres de la embarcación líder con una metralleta y las piernas separadas para mantener el equilibrio, observándonos desde la mira telescópica.
No soy un objetivo para ellos. Me necesitan vivo para hacer conmigo lo que sea que tengan planeado en sus adorables cabecitas. Pero Eoin…
—Intentan borrarte del mapa —grito.
—Me he percatado —responde, sombrío, mientras vuelve a agacharse en cuanto una nueva bala le pasa por al lado—. Tiene sentido. Es más fácil capturarte si me quitan del medio.
Saber que intentan cargarse a Eoin de forma activa añade un giro siniestro a la persecución. El hielo se me cristaliza en las venas produciendo un dolor agudo, lacerante.
No es momento de entrar en pánico.
Me fuerzo a centrarme en hacer un inventario de nuestros alrededores.
—Ese puerto deportivo. —Señalo un conjunto de barcos amarrados, a unos doscientos metros—. ¿Puedes llegar hasta ahí?
Eoin no responde, se limita a acelerar. El motor tose como un fumador compulsivo que se las quiere dar de cantante de ópera, lloriqueando que da lástima, y, por fin, de alguna manera, logra arrancar.
Otro disparo. Esta vez más cercano. El mismo objetivo: Eoin. Me voy hacia él por instinto, en un intento por protegerlo, pero me quita de un codazo.
—¡No hagas el idiota! —gruñe.
—A mí no me van a disparar —explico.
—¡Que no!
—Tú deja de ser tan cabezota.
—Tú deja de querer salvarme —responde Eoin.
—Has empezado tú.
No sé si habla bien de nosotros el hecho de que estemos discutiendo con toda naturalidad cual matrimonio mientras nos están disparando.
Nos hallamos a unos cincuenta metros del puerto cuando vislumbro justo lo que necesitamos: una gasolinera flotante con tres hileras de barcos amarrados que crean un laberinto de cuerdas y fibras de vidrio.
Mi mente se apresura a calcular ángulos y potencia como si fuese un examen de física cuántica.
—Colócate entre esos dos yates —ordeno—. Y apaga el motor enseguida.
Eoin ejecuta la maniobra a la perfección porque, siendo él, no podía ser de otra manera.
Nos metemos en medio de dos embarcaciones amarradas cuyas cuerdas rozan los costados de nuestra lancha.
Mientras él apaga el motor, yo me hago con el bichero con punta de garfio y siento el frío del aluminio bajo mi mano.
El envión nos impulsa hacia delante. Inclino el cuerpo y, con el bichero extendido, me engancho a un pilote del muelle de repostaje. La física hace su trabajo, y damos un giro brusco alrededor del pilón como si estuviéramos en una peligrosa atracción de feria. Mi hombro se queja, pero funciona.
Si bien los perseguidores pasan de largo a toda máquina, uno de los tiradores tiene una visión clara de Eoin por unos segundos.
El tiempo se detiene, y el momento se alarga, cada segundo es una eternidad.
Veo al francotirador levantar el arma, a Eoin centrado en maniobrar el timón, e intuyo la trayectoria de lo que va a suceder con una claridad espeluznante.
No me lo pienso. Me muevo por inercia y me arrojo sobre Eoin al tiempo que un disparo estalla en el aire. La bala pasa por donde estaba su cabeza hasta hace solo un instante y perfora la fibra de vidrio de detrás.
—¡Jesús y la Virgen, Nicholas! —Eoin ya ha arrancado el motor y maniobra para adentrarnos aún más en el laberinto flotante—. ¿Qué acabo de decir de no hacer el idiota?
—Debo de ser un poco duro de mollera.
—Estás grillado —contesta mientras exhala, aunque noto un deje de admiración detrás de ese grito exasperado.
—Imagino que no se trata de un cumplido —logro decir entre resuello y resuello.
—Significa que estás loco. Loco de remate. —Me da un apretoncito en el hombro antes de volver a ponerse con el timón.
Se nos abre un hueco en el agua, un camino que lleva a la costa. Tenemos que aprovecharlo.
Abandonamos la protección del puerto deportivo a toda prisa, con el motor rugiendo fuerte. Detrás, las embarcaciones se vuelven a juntar. Más disparos, todos con la mira en él. Uno perfora el parabrisas, y recibimos un baño de metacrilato.
—¡Hazla encallar! —digo al tiempo que señalo una cala cercana e intento no pensar en lo mucho que esto va a doler.
Eoin le da al interruptor un segundo antes de que el casco se estrelle contra las piedras de la playa. Me voy hacia delante tras el impacto y sufro un reencuentro inoportuno con el panel, que se me incrusta en las costillas.
Tras lanzarnos por la borda de inmediato, nos movemos en dirección a la playa. Eoin me coge de la mano.
Detrás de nosotros se escuchan gritos. El sonido de las embarcaciones que han encallado se mezcla con el de mis jadeos y el de mi pulso acelerado retumbando en mis oídos.
Corremos. Los matorrales desgarran nuestras vestimentas con sus tallos espinosos y dejan su impronta marcada con sangre. Me queman los pulmones como si estuviera respirando fuego, pero no nos detenemos.
Trepamos por una cuesta aferrándonos a las raíces como asideros improvisados.
Tengo las palmas en carne viva, se me han roto las uñas y estoy seguro de que me he dejado piel en al menos un tercio de los árboles.
Por detrás, los perseguidores se abren paso entre los matorrales.
Nos están alcanzando. Es normal, estarán acostumbrados a hacer más ejercicio que el de levantar copas de champán en eventos de caridad.
En la cima de la cuesta nos topamos con un sendero que continúa por la cresta.
A ambos lados, solo hay ladera abajo. Debemos avanzar.
Me duelen las piernas; mis músculos profieren insultos en idiomas que no sabía que mi cuerpo dominaba.
Pero Eoin me apremia, y yo lo sigo, porque la alternativa es inadmisible.
De pronto, es posible descender por el sendero gracias a unos escalones irregulares incrustados en la ladera.
Nos precipitamos hacia abajo para luego darnos cuenta de que estamos en una zona sin salida: un mirador sobre un acantilado, con una barandilla de seguridad, lo único que se interpone entre nosotros y el lago, a unos quince metros de altura.
—No hay escapatoria —digo entre jadeos porque, al parecer, no se me ocurre mejor idea que gastar el poco oxígeno que me queda en soltar obviedades.
Se oyen unos pasos por encima de nosotros. Eoin prepara su arma al tiempo que me empuja detrás de él. El gesto es protector y exasperante, y me atenaza el pecho.
Asoma la cabeza uno de los perseguidores que, por supuesto, va de negro. ¿Por qué todos los malos visten de ese color? ¿Les enviarán una nota con el mismo código de vestimenta? «Atuendo malévolo: ropa semiformal en negro, sin excepciones».
Eoin dispara, no con intenciones de matar, sino para que el individuo retroceda. Deben de quedarle pocas municiones. Por la arruga en su frente intuyo que él también es consciente de ello.
Aparecen otros sujetos que se despliegan con una precisión táctica.
—Ríndete, O’Connell —grita desde arriba uno de ellos—. Ya sabes cómo acaba esto.
—Va a acabar de una sola manera —devuelve a gritos Eoin—: lo vais a tocar por encima de mi cadáver.
Se me forma un nudo en la garganta ante la certeza en su voz. Lo dice en serio. Está dispuesto a morir por mí aquí, en este mirador para turistas.
La sola idea me destroza.
Me da pavor que me vuelvan a hacer daño, otorgarle a alguien el poder de destruirme como lo hizo Daniel.
Sin embargo, ahora, al ver la expresión en su rostro, todas mis barreras, mi cinismo protector, el miedo a que me tomen otra vez por tonto…, nada de eso importa.
Me mintió, sí. Pero también me eligió por encima de su carrera, del deber y de su propia seguridad.
Daniel me vendió a cambio de dinero.
Eoin está dispuesto a morir por mí.
Y aunque cualquier oficial de protección lo haría, estoy seguro de que no se les quebraría la voz al decir esas palabras. No tendrían ese deje de furia apremiante.
No se trata del deber. Es más que eso.