Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 36 #3
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Capítulo 36 #3

—No precisamente el que querías batir —respondo al tiempo que me giro para ver si nos persiguen.

—Supongo. Aunque, si nos ponemos técnicos, solo sería un robo si nos pillan. Ahora mismo, es más bien un préstamo a la fuerza con una política de devolución flexible.

Estoy casi seguro de que existe un solo hombre en este planeta capaz de hacerme reír en esta situación, y es él.

Ante el sonido de mi risa, Nicholas agacha la cabeza, pero no sin que perciba la forma en que todo su cuerpo parece ablandarse.

Aquí en el agua, con el sol iluminando la superficie del lago y las montañas que se alzan en la distancia, casi podríamos ser dos hombres cualquiera viviendo una aventura.

Vislumbrar cómo podría ser nuestra vida juntos me hace daño. Porque es lo que anhelo. Quiero vivir todas las experiencias de esta vida con él a mi lado.

Una vez hemos llegado a la mitad del lago, saca el móvil desechable.

—Tendrás que hacerte cargo —dice, y se hace a un lado—. Tengo que llamar a Callum y Oliver.

Intercambiamos posiciones en una danza extraña de codos y rodillas.

Nicholas protege el móvil para que no le entre agua mientras realiza la llamada, y yo desacelero hasta que la embarcación se queda flotando.

—¿Callum? —Su voz es algo áspera—. Sí, estamos… No, estamos bien. Hemos tenido un estimulante encuentro con las fuerzas de seguridad locales, pero…

Mientras escucha, atraviesan por su rostro una serie de emociones complicadas.

—¿Para cuándo? —Hace una pausa—. ¿Y la abuela ha aceptado? ¡Joder! Quiero decir, qué bien…

Sus ojos se encuentran con los míos, y me dedica una expresión de triunfo.

—Sí, sí, sabemos que hay que encontrar el momento oportuno.

Pero asegúrate de que el anuncio llegue a los medios principales de forma simultánea.

—Hace otra pausa para escuchar—. Me parece genial.

Y, Callum, gracias. Dile a Oliver que su talento para llegar a acuerdos está a punto de hacer historia. O sea, literal.

Otra pausa.

—Claro que me estoy cuidando. De hecho, tengo a un irlandés muy competente que se encarga de mi seguridad. Un abrazo para ambos.

Cuelga la llamada y me encara. Su rostro se ha sonrojado por la adrenalina.

—Dos horas. Lo están organizando todo ahora mismo, pero en unas dos horas anunciarán la creación de la Fundación Real de Reparaciones Coloniales.

En un principio, el fondo contará con siete mil millones de libras provenientes del Crown Estate, más el compromiso de siete familias aristocráticas, incluida la de Harry Matheson, para completar un total de doce mil millones.

¡Jesús! Mi cerebro no es capaz de computar tantos ceros. Doce mil millones. No es suficiente, nada es suficiente cuando se trata de contrarrestar siglos de extracción de recursos y de explotación. Pero es un comienzo. Un reconocimiento.

—¿Y los Preston-Alexander? —pregunto.

Su sonrisa se vuelve mordaz.

—La familia de mi madre se ha comprometido a colaborar con ochocientos millones, de momento.

Al parecer, les dieron dos alternativas: contribuir de forma voluntaria o que se publique con lujo de detalles todo su historial de rendimientos coloniales.

—Su voz denota una satisfacción perversa—.

Oliver puede ser de lo más persuasivo cuando se lo propone.

—Excelente noticia.

—¿Verdad? No puedo creer que lo hayamos logrado.

—Tú lo has logrado. Fue tu idea, tu plan.

—Lo logramos. —Me mira fijamente—. Lo logramos tú y yo juntos.

La punzada de esperanza en mi interior es casi dolorosa.

He de apartar la mirada. Me concentro en la zona en la que el lago se funde con la tierra, donde la quietud del agua refleja como un espejo los volcanes que asoman por detrás. Hasta parece un truco de la naturaleza.

Dos horas. Debemos permanecer a salvo durante dos horas y, con suerte, Pierce y los suyos aceptarán que han logrado su cometido sin tener que secuestrar a Nicholas.

Puede que entonces dejemos de huir el tiempo suficiente como para hablar de lo nuestro.

Pero en cuanto esa idea atraviesa mi mente, pillo un movimiento por el rabillo del ojo que me pone los pelos de punta.

—Nicholas —advierto, aunque él ya se ha girado a mirar.

Tres lanchas se aproximan desde diferentes direcciones moviéndose con demasiada determinación como para ser navegantes aleatorios. Aún se hallan a cierta distancia, pero el patrón en que se acercan indica coordinación.

Persecución.

—Vaya —dice Nicholas con su acento aristocrático—, supongo que era mucho pedir que esperaran hasta el anuncio oficial.

Se me hiela la sangre.

El miedo, crudo y asfixiante, me atenaza la garganta.

No por mí.

Por él.

Si hay tres embarcaciones, habrá al menos seis hombres, puede que más. Profesionales armados.

Que quieren llevarse a Nicholas.

Le doy al acelerador de la lancha, lo que provoca que dé un salto hacia adelante mientras me encamino hacia la parte más profunda del lago.

Detrás, nuestros perseguidores ajustan la velocidad, y sé con una certeza absoluta que sus embarcaciones son más rápidas, sus motores más potentes.

Nos vamos a quedar sin lago. Sin tiempo. Sin alternativas.