Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 36 #2
86%

Capítulo 36 #2

Y si cada vez que Nicholas me hace una pregunta inteligente se me corta un poco la respiración; si noto la forma en que aprieta las manos cuando describo las ocasiones en que me he salvado por los pelos… Bueno, ahora mismo ambos fingimos no darnos cuenta de muchas cosas.

Nicholas se recuesta en el reposacabezas.

—Te envidio —dice, bajito.

Eso me pilla desprevenido.

—¿Me envidias?

—Mi vida es un guion escrito de antemano.

—No me mira, contempla la ruta que tenemos por delante—.

Cada palabra está medida; cada aparición pública, coreografiada.

El que soy aquí y ahora, en un coche robado, con un tinte espantoso, huyendo de terroristas y secuestrado por un detective irlandés, es mi yo más auténtico en años.

—Me alegro de haber colaborado en tu camino hacia la autenticidad —respondo, seco.

—Lo digo en serio. —Me mira—. ¿Sabes lo que significa para mí hacer por fin algo que de verdad importa? Aunque al final no salga bien, al menos es algo real.

—Sí —respondo, mientras pienso en lo real que ha sido todo desde que lo conocí—. Entiendo lo que dices.

Estira la mano como si quisiera atravesar el espacio que nos divide y tocarme, pero luego parece pensárselo mejor.

La esperanza crece un poquito más en mi interior.

De pronto, un control policial se materializa en una curva con nula visibilidad: dos coches de policía en perpendicular a la autopista, oficiales con chalecos reflectantes que encauzan el tráfico para que los coches hagan fila en un solo carril. Me pongo recto contra el asiento.

—Mierda —suelto.

Nicholas también se endereza, y se le resbalan por la nariz las ridículas gafas que lleva puestas.

—¿Puede que sea un control de alcoholemia? ¿O que comprueben si las pegatinas están en orden? ¿Quizás buscan artistas circenses que se han dado a la fuga?

Su voz lleva ese tinte particular de tensión que significa que se está obligando a aligerar el ambiente. Ambos sabemos qué es esto.

Conforme a la hilera de coches que hay por delante, disponemos de unos noventa segundos. Hago un barrido para barajar opciones. Hay una pared rocosa a la izquierda, un desnivel escarpado a la derecha.

—Podríamos intentar salvarnos hablándolo por las buenas —continúa—. El acento australiano se me da de lujo: «Ey, bro , ¿te vienes a por una pinta?».

—Tu acento australiano suena como si Dick Van Dyke fuera el prota de Cocodrilo Dundee —contesto, sin apartar la vista de la escena que tengo delante. Los oficiales comprueban licencias y fisgonean dentro de los coches.

Sesenta segundos.

—Buscan algo en concreto. —Veo a un oficial hacerle señales a una familia en una autocaravana para que sigan camino—. O a alguien en concreto.

Nicholas aprieta la mandíbula.

—Vale. ¿Qué sugieres, detective?

Cuarenta segundos.

—Cuando te dé la orden, agárrate fuerte —digo, bajito, mientras pongo la marcha atrás—. Y comprueba que tienes el cinturón de seguridad bien puesto.

—Eoin…

—Confía en mí.

Veinte segundos.

Un oficial se aproxima al Toyota de delante y veo la oportunidad. Pongo la marcha atrás, y los neumáticos chirrían contra el asfalto. El oficial levanta la cabeza y lleva la mano a su radio.

—¡Agárrate! —Volteo el volante a toda velocidad y, ayudándome del freno de mano, me marco un giro en J que enorgullecería a mi profesor de conducción. Nos hemos quedado en dirección contraria. El motor ruge en cuanto piso el acelerador para regresar por el camino por el que hemos venido.

—Vaya, eso ha sido de todo menos sutil. —Nicholas se aferra al cuadro de instrumentos, pero percibo tranquilidad en su voz, lo cual es admirable.

A través del espejo, veo a los oficiales corriendo hacia sus coches, y las sirenas ya parpadean.

Los neumáticos protestan a gritos cuando viro bruscamente hacia una ruta secundaria muy estrecha.

Nicholas ya se ha hecho con el móvil, y sus dedos se mueven con rapidez por la pantalla.

—Hay un camino forestal que conecta con otra ruta. A la izquierda, en cien metros.

Sigo sus instrucciones sin rechistar; desvío el coche hacia la izquierda, y nos adentramos en un camino de grava. El «canto» de las sirenas se oye alto y claro.

Creo que nos van a alcanzar. Si son policías locales, se conocerán cada camino como la palma de la mano.

—¡Gira a la derecha, ahora! —grita Nicholas, y vuelvo a virar. Nos metemos por otro camino, si es que puede llamarse así; al instante, las ramas de los árboles arañan los cristales del coche.

La suspensión emite alaridos de protesta, pero Nicholas continúa dando órdenes, y su acento pijo se vuelve cada vez menos refinado.

—Hay un río un poco más adelante. Mierda, no sé si tiene un puente o…

Al salir de la línea de árboles nos encontramos con un cruce de hormigón por el que fluye el agua a raudales.

No hay tiempo para pensar en alternativas.

Piso a fondo el acelerador, y el agua brota a nuestro alrededor como en una peli de acción de bajo presupuesto.

Por un momento, creo que el coche se nos queda atascado, y se me paraliza el corazón; sin embargo, aunque el motor se ahoga, continúa su marcha.

—¡Pero qué pasada! —Nicholas ríe, rebelde, liberado—. ¡Locura total, pero qué pasada!

La alegría en su voz hace que le eche un vistazo, y… me está mirando como antes. Como si fuese alguien extraordinario, y no la persona que le ha hecho daño.

El coche se sacude por un bache, por lo que me percato de que echarle miraditas mientras conduzco por caminos foráneos quizás no es la mejor estrategia de supervivencia.

El sonido de las sirenas va apagándose, así que deduzco que los policías no han dado con el camino que hemos tomado.

Tengo claro que no podremos despistarlos por mucho más tiempo. En nada, todas las unidades de la zona tendrán nuestra descripción.

—Tenemos que desaparecer rápido.

—¿Y el lago? —pregunta Nicholas de pronto, al alcanzar la cima de una colina y ver el lago Taupō extenderse cual mar tierra adentro—. Pueden poner controles en los caminos, pero no pueden sitiar todo el lago.

Tiene razón. El lago debe de tener una buena cantidad de rampas para barcos y de embarcaderos privados a lo largo de la ribera.

—Nunca he robado un barco —aclaro.

—Siempre hay una primera vez para todo, detective. Entre los coches y ahora los barcos, nos estamos convirtiendo en una mafia de nivel internacional.

Cuando vuelvo a mirarlo, noto el color en sus mejillas y el brillo en sus ojos. Jesús, qué guapo es. En este momento, incluso más de lo normal. Y esa expresión salvaje en su rostro, temeraria, me da ganas de darle un beso o encerrarlo por su propio bien.

Pasados veinte minutos y tras abandonar la destartalada camioneta detrás de una tienda de pesca, nos encontramos en el puerto deportivo acechándolo como depredadores. El sitio está lleno de navegantes veraniegos, lo que juega a nuestro favor.

—¡Mira! —murmura Nicholas al tiempo que señala una modesta lancha de aluminio con motor fueraborda—. Tiene las llaves puestas.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque el dueño es ese grandísimo tonto que intenta dar marcha atrás con el remolque de la embarcación.

—Señala a un hombre con las mejillas enrojecidas que está realizando la maniobra más estúpida de su vida mientras una mujer gesticula de forma descontrolada—.

Les va a llevar como mínimo unos veinte minutos más.

Antes de que pueda responder, ya se ha puesto en marcha, derrochando seguridad con sus andares aristocráticos como si el muelle le perteneciera.

Lo sigo hacia la lancha con el corazón martilleándome.

En cuanto Nicholas sube, la embarcación se mueve por el peso, y pierde el equilibrio. Lo sujeto de inmediato; con una mano lo aferro del hombro y extiendo la otra por la zona baja de su espalda.

—Te tengo —digo.

—Lo sé —responde con voz baja.

Sus ojos azules se cruzan con los míos; por un instante, no nos movemos.

Mis manos lo agarran de la cintura en un acto reflejo, y se le corta la respiración. El sonido me recorre por entero.

¡Jesús! Pese a estar robando una lancha a plena luz del día, en lo único que puedo pensar es en lo bien que encaja su cuerpo con el mío.

Luego Nicholas parpadea, como si despertara de un trance, y da un paso atrás, cauteloso.

—Déjamelo a mí. —Se ubica en la posición del piloto.

—No creo…

Me mira con exasperación.

—Eoin, he navegado en este tipo de embarcaciones desde que tengo quince años. Ibiza, Mónaco, el lago de Como… Para los niños ricos, los barcos son casi un rito de iniciación.

Sus manos se mueven con seguridad por los controles.

El motor arranca con un rugido reconfortante, y nos alejamos del muelle poco a poco con Nicholas al mando.

A unos cien metros de distancia se oye el primer grito desde la costa. A través del espejo, veo al dueño salir disparado, mientras que su esposa sigue al lado del remolque. Pero ya estamos cogiendo velocidad, y la costa va quedando atrás en cuanto Nicholas aumenta la potencia.

El viento enmaraña aún más su pelo, que no deja de sufrir abuso tras abuso.

—Eres consciente de que hemos robado cuatro vehículos en veinticuatro horas, ¿verdad? Debemos de haber establecido algún tipo de récord de nobles en la Commonwealth.