Capítulo 36
Capítulo Treinta Y Seis
Eoin
Algo no va bien.
Me despierto sobresaltado, con esa sacudida que el subconsciente reserva para los momentos en que sabe que algo malo ha pasado antes que el cerebro.
La tienda está vacía.
Aún no me he despertado por completo, pero llevo la mano al arma con la adrenalina fluyendo a tope por mi cuerpo. Veo la camiseta con la que ha dormido Nicholas perfectamente doblada sobre el saco de dormir, no así a su dueño.
Fue una noche tranquila. Observé a Nicholas dormir durante gran parte de ella, preguntándome cómo cojones pasamos de una gira de la realeza a una acampada de fugitivos en menos de cuarenta y ocho horas. También, qué tendría que hacer para transformar ese «no lo sé» en un «sí, te perdono».
Jugar a los esposos al lado de la parrilla resultó una bendición y una tortura al mismo tiempo. La forma en que se recostó sobre mí, las caricias casuales, ese beso que me supo a posibilidades hasta que acabó igual de chamuscado que las salchichas.
¿En qué estoy pensando? Incluso si me perdonara, ¿luego qué?
Vivimos en galaxias diferentes. Él, con sus palacios y sus protocolos, y una vida trazada en oro. Yo, con un estudio en Londres y una carrera profesional a punto de terminar.
¿Qué futuro podríamos tener?
Jesús, no puedo ser más patético. Me estoy enamorando de alguien tan inalcanzable que me sería más fácil tocar las estrellas.
Aunque al pasar tiempo con él también me he dado cuenta de que, si le quitas las capas externas de tontería, las coronas y los títulos, tiene sentido que estemos juntos. Trabajamos bien en equipo. Nos compenetramos de forma instintiva a un nivel que no he experimentado con otra persona.
Estar alejados de nuestra realidad diaria, de nuestros papeles habituales, me ha ayudado a desvelar una verdad subyacente: somos dos hombres que, por raro que parezca, encajamos como piezas del mismo puzle a pesar de venir de cajas diferentes.
Confío en él más que en cualquier otra persona.
Como esta mañana, cuando se despertó a las cuatro de la madrugada y me insistió para que descansara unas horas.
Después de que prometiese que me avisaría si escuchaba algún ruido, cedí el control e intenté cerrar los ojos porque necesitaba descansar. Para mi sorpresa, logré dormir.
No obstante, al encontrarme la tienda vacía, no puedo más que arrepentirme.
Las lonas se ciernen sobre mí mientras mi mente idea todo tipo de escenarios: la gente de Pierce nos ha encontrado. Se lo ha llevado mientras yo dormía como un puto novato…
Por suerte, el ruido de una cremallera interrumpe mis pensamientos.
Nicholas entra a la tienda, y la sensación de pánico en el pecho se suaviza durante exactamente tres segundos, momento en el que noto su expresión.
—Tenemos un pequeño… problemita —dice.
—¿Qué pasa?
Me muestra el móvil.
La pantalla contiene una miríada de titulares, cada uno más original y catastrófico que el anterior.
El Daily Chronicle anuncia a gritos: «¿DÓNDE ESTÁ NICHOLAS?
La gira real se malogra por la alocada desaparición del príncipe».
Entre las especulaciones dispares se hallan la de una boda secreta y una crisis nerviosa.
The Celestial , siempre con su habitual sutileza, declara: «¡LA FUGA DE NICHOLAS EL TRAVIESO!
», y acompaña la publicación con flechas que apuntan a un mapa de Nueva Zelanda junto con varios signos de interrogación.
En un recuadro lateral se aprecia el siguiente titular: «Historia de rebeliones en la realeza».
Mi favorito es el artículo de Talker , una revista de Nueva Zelanda: «¿El príncipe británico se va de excursión no autorizada con los hobbits ?», y la foto con Photoshop donde se ve el cuerpo de Frodo con la cabeza de Nicholas.
—Todos los aprendices de paparazzis de este país intentarán encontrarme —comenta Nicholas, sombrío.
—¿Crees que esto es cosa de Pierce o lo habrán ideado así Callum y Oliver para que palacio explique por qué has cancelado la programación oficial? —pregunto.
—Para mí, es cosa de Pierce. Si me persiguen como locos todos los paparazzis aficionados, eso juega a su favor, ¿no crees?
Escribe algo con rapidez en el móvil.
—Parece que palacio ha hecho un comunicado oficial donde se explica que tuve que cancelar mis compromisos por enfermedad, pero el mensaje ha caído en el olvido después de que una fuente anónima declarara que estoy perdido en combate.
—Tenemos que movernos. ¡Ya! —digo.
Mientras guardamos lo poco que hemos podido recuperar del material de acampada, la pareja de alemanes se nos acerca.
—¡Un drama! —exclama la señora blandiendo su móvil como un trofeo—. Desaparece el príncipe inglés. Como David Copperfield en modo realeza.
Nicholas la mira con confusión en el rostro.
—¿Quién ha desaparecido?
Gesticulando y con entusiasmo, la mujer relata la historia junto con al menos tres teorías conspiranoicas que ha leído en las redes.
—Todos piensan que se trata de un escándalo sexual. —Se inclina hacia delante, con complicidad—. La gente de la realeza siempre tiene de esos. Pero ¿y si son los alienígenas?
A Nicholas se le escapa un sonido similar al de un gato al que acaban de pisarle la cola que intenta cubrir con una tos.
—¡Fascinante! Aunque no me creo que los alienígenas tengan tan mal gusto como para abducir a la monarquía británica.
—¿Será que ha descubierto Tinder? —La alemana mueve las cejas a modo de insinuación—. Hizo match con un granjero, se enamoró, se fue a vivir en mitad de la montaña, y ahora hace quesos.
—Puede —responde Nicholas—. Bueno, ha sido un placer conoceros, mil gracias nuevamente por ayudarnos con la tienda.
—Sois adorables juntos —dice la mujer—. Así deberían ser todos los recién casados. Os auguro una larga vida juntos llena de felicidad.
Nicholas se tensa.
—Eh…, gracias. Somos muy felices. —Su voz se quiebra en la última palabra.
—Que disfrutéis lo que os queda de luna de miel —nos desea el hombre con una sonrisa.
Mientras nos alejamos en el coche ambos estamos un poco incómodos. Intento conducir a la velocidad de dos recién casados que en absoluto son el príncipe desaparecido y su errante oficial de seguridad.
Cuando llegamos a una intersección, hago una pausa.
—¿En qué dirección deberíamos ir?
Nicholas analiza el mapa en su móvil.
—Creo que deberíamos volver hacia el norte. La ruta del sur se apoda Carretera del Desierto, así que imagino que por ese lado no hay mucha cosa. Además, seguro que creen que vamos hacia el sur, ¿no? Si nos dirigimos de nuevo hacia el lago Taupō iremos en una dirección que no se esperan.
Su mente estratégica no debería sorprenderme a estas alturas. Pero la forma tan casual en la que analiza los patrones de pensamiento de nuestros enemigos mientras se ajusta, inconsciente, esas gafas espantosas aviva la necesidad de darle un beso.
Al parecer, tengo un tipo: príncipes pijos capaces de superar en astucia a unos terroristas, y a quienes los ha peinado un hurón borracho.
Es la misma mente que propuso convertir su propio secuestro en un medio para compensar las injusticias coloniales; que vio una oportunidad donde yo solo veía desastres.
Dejé que mis prejuicios me cegaran durante mucho tiempo, y no supe ver la mente brillante que había debajo de los trajes de diseñador y de ese humor irónico.
Nicholas se remueve en el asiento de al lado y, al mirar de reojo, lo veo contemplar la carretera con cierta indiferencia. El sol de la mañana ilumina su espantoso color de pelo haciéndolo brillar cual material radiactivo.
—Pierce ha hecho acopio de recursos durante años —comento; necesito llenar el silencio con algo que no sea todo eso que callamos—. Ha ido construyendo una red de contactos mientras esperaba el momento oportuno.
—Un plan a largo plazo —responde Nicholas.
—Siempre se le ha dado bien. Es de los que visualizan los siguientes diez movimientos cuando los demás aún estamos acostumbrándonos al tablero.
Nicholas se queda callado por un momento, y luego pregunta:
—¿Era eso lo que te atraía de trabajar como agente encubierto? ¿Que fuera como un juego de ajedrez?
—En parte —admito—. Es interesante convertirte en una persona completamente distinta. Aprender sus patrones, sus señales. Compenetrarte tanto con una tapadera que casi hasta te olvidas de quién eras antes.
—Un poco solitario —dice.
—A menudo. No puedes permitir que nadie se te acerque demasiado.
Ni formar lazos con nadie porque todo se basa en una mentira.
—La ironía no se nos escapa a ninguno de los dos—.
Pero también sientes… No sé. Como que tienes un propósito.
Eres la única persona que se interpone entre los civiles y la gente que quiere hacerles daño.
—El protector —murmura Nicholas casi para sí mismo—. Siempre colocándote entre el peligro y los demás.
—Alguien tiene que hacerlo.
Se gira para hacer contacto visual, y dobla una pierna antes de sentarse encima de ella. Un gesto casual, como quien conversa con normalidad y no está huyendo para salvar su vida.
—¿Y tú, qué? ¿Quién protege al protector?
Mantengo la vista puesta en la carretera.
—Eso no funciona así.
—Pues debería… —susurra, y algo en su voz me oprime el pecho.
Antes de que se me ocurra una respuesta, ya ha vuelto a la postura de mirar por la ventanilla.
—Cuéntame cuál ha sido la misión más peligrosa como agente encubierto —dice, llevándonos de nuevo a territorio seguro—. La que hizo que te dieras cuenta de que valías para esto.
Lo miro de reojo; comprendo su evasiva. Es una forma de continuar la conversación sin adentrarnos en el campo de minas de lo que somos el uno para el otro.
Por eso le cuento sobre Belfast, sobre el equipo de Flannery y esos seis meses en los que viví al límite. En la vida real sobrevivía a cenas de microondas en mi estudio y acompañaba a Malachy al fisioterapeuta los martes a las tres.
Para mí, trabajar como agente encubierto era una experiencia inmersiva, una manera de escapar de la realidad de mi vida.