Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 35 #3
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Capítulo 35 #3

—Creo que acabamos de inventar una nueva delicatessen . —Levanto una salchicha cuya textura ha adquirido el nivel de roca volcánica—. La llamaremos «Misterio carbonizado con notas de líquido inflamable».

—¡Cuánta tontería tienes! —suelta Eoin, aunque se nota que lo dice con cariño—. Es lo que nos decía mi padre cuando nos quejábamos de la cena para que nos dejáramos de lloriqueos.

—Vale, calladito estoy más guapo. —A pesar de su dudoso aspecto, le doy un bocado a la salchicha. Desde que huimos de terroristas, el listón está cada vez más bajo.

Me centro en comer para evitar pensar en ese beso y en lo que significa.

Después de engullir, nos encaminamos hacia la tienda de campaña, esa que goza de estructuras sólidas gracias a la ingeniería alemana.

El interior se me hace minúsculo, sobre todo a la luz de la linterna que ilumina los ángulos del rostro de Eoin. Las sombras resaltan la línea de su mandíbula y la curva de sus labios. A pesar de haberla memorizado, no puedo dejar de observarla.

Eoin comprueba su arma una vez más y se la deja a mano.

Lo deseo.

Lo deseo como a nada.

Tanto que mi cerebro olvida todo lo demás.

Lo más sensato sería meterme dentro del saco de dormir y fingir que no percibo la tensión entre nosotros.

Pero ¿desde cuándo he tomado decisiones razonables cuando se trata de Eoin O’Connell?

—Oye, tu interpretación de un recién casado en su luna de miel es magistral —suelto mientras me deshago de la camiseta y de las bermudas—. Me interesaría saber hasta dónde llega tu compromiso con el papel…

Sus ojos se oscurecen.

—Nicholas. —Si bien lo dice con cierta ternura, su tono lleva una nota de advertencia.

Enarco una ceja y estiro los brazos; la mirada de Eoin se posa sobre mis abdominales.

—Dime, cariño mío. —Me recuesto en el saco de dormir y me apoyo sobre el codo.

—Para ya —gruñe.

—¿Parar el qué? Yo estoy aquí, tranquilito, inocente, preparándome para dormir en la tienda matrimonial.

Gira la cabeza para mirarme; incluso en la penumbra, noto en sus ojos una mezcla de exasperación y de algo más oscuro.

—Sabes muy bien lo que estás haciendo. Y también sabes por qué esta noche no puede suceder nada.

—Tu dedicación es admirable —respondo—. Pero ¿no te parece que para mantener la tapadera es necesario cierto… compromiso con la autenticidad?

—Estás jugando con fuego. —Otra vez ese tono de advertencia que provoca oleadas de calor en mi interior.

—Diría que aprovechándome de los beneficios del engaño. Las desventajas ya me las conozco de memoria, ¿no te parece?

Mis palabras flotan en el aire como un desafío, pero algo en su expresión se transforma y, de pronto, este juego ya no es tan divertido.

—¿Puedes perdonarme? —pregunta.

Para variar, Eoin va directo al grano.

Me muerdo el labio.

—No lo sé —respondo con franqueza.

Su intento de sonrisa es demasiado débil.

—Supongo que es preferible la incertidumbre a un «no» rotundo.

Nos miramos el uno al otro hasta que su sonrisa se desvanece para dar paso a un rostro serio.

—He trabajado como agente encubierto muchas veces, pero…

—¿Pero qué? —azuzo.

—Nunca ha habido tanto en juego —responde en apenas un susurro.

El corazón se me acelera. Sus ojos de color gris tormenta me escanean bajo la tenue luz como si quisieran memorizar cada detalle de mi rostro.

¿Es esto el amor? ¿Que alguien llegue a ver cada parte de ti, incluso tu egoísmo, tus asperezas, cada fracaso estrepitoso, y, aun así, se encoja de hombros y diga: «Sí, te elijo a ti»?

Pienso en cómo me sentí al verlo tan alterado a orillas del lago; prioricé reconfortarlo dejando mi enfado en segundo plano.

Eso que saca lo mejor de las personas, que hace que los cobardes se vuelvan valientes, que los mentirosos digan la verdad y que los príncipes se olviden de que son intocables.

Que te anima a reescribir tu existencia por completo para ser merecedor de esa otra persona.

Seguro, segurísimo, que debe de ser amor, ¿verdad?

La sola idea debería aterrarme; lo mucho que deseo que sea verdad, lo mucho que lo deseo a él.

En cambio, lo que más me aterra es regresar a una vida en la que tendré que fingir que este sentimiento no es real.

Pero ¿cómo puedo superar su engaño?

No se trata solo de confiar en él. Si lo hago, eso significa que tengo que confiar en mí, en mi propio criterio. Es como estar al borde de un acantilado y decidir dar un paso hacia delante en el aire.

Puede que eso sea lo que más miedo me da.

Desvío la atención hacia mi bolso y rebusco hasta dar con una camiseta para dormir; soy consciente en todo momento de que me abrasa con su mirada.

Sé que tiene razón. Añadir sexo a la ecuación, por más sexi que sea, no es la decisión correcta, para ninguno de los dos.

Me pongo la camiseta, me acuesto en el saco, y llevo la vista a Eoin.

—Necesitas dormir —susurra.

—Tú también. En un rato podemos cambiar de rol, y yo haré de vigía.

Frunce el ceño, pero le sostengo la mirada con toda la seriedad que me permite esta camiseta con el lema «Se folla guay en Hawái».

—Somos un equipo, ¿recuerdas?

Analiza mi rostro unos instantes antes de asentir.

—Te despierto en unas horas, así puedo dormir un rato.

—Hazlo, ¿eh? —Cierro el saco de dormir.

La noche nos envuelve conteniendo la respiración. Fuera se oyen los acordes poco armónicos de una guitarra y, en la lejanía, las risas de la pareja alemana. Dentro de nuestro santuario robado, Eoin permanece sentado, alerta, con el arma en la mano, y yo contemplo el juego de sombras en su rostro.

Eoin. El hombre que me besó en la caseta de mantenimiento como si fuese el fin del mundo, y entre salchichas chamuscadas como si yo representara el comienzo de uno nuevo.

El hombre al que amo con desesperación, pero en quien no puedo confiar.

El que me eligió a mí por encima de todo, pero me mintió desde el principio.

La imposibilidad de un «nosotros» duele, aunque me mantengo firme. Mientras observo a Eoin de cerca me doy a la fantasía de que el mundo aceptará a un detective irlandés y a un príncipe inglés. De que, de alguna manera, aprenderé a confiar de nuevo. De que el amor será suficiente.

Esta esperanza es una vana presunción por mi parte.

En realidad, todo mi linaje se basa en la osada creencia de que somos quienes somos por mandato divino, por lo que puede que el delirio sea genético.

No obstante, me gusta creer que la persona que enviaron para que me traicione, de alguna manera, es la única capaz de salvarme.

Si se lo permito.