Capítulo 35 #2
Está claro que eso excluye a príncipes criados con sirvientes que le atan los cordones, y a un agente encubierto cuya idea de acampada consiste en vigilar desde una furgoneta con un baño funcional.
—Lo pone ahí mismo en la bolsa: «Fácil montaje entre dos personas» —murmura Eoin mientras sujeta un palo en una curva que desafía varias leyes físicas.
—Sí, bueno, eso de «fácil» es subjetivo —respondo tras haber logrado pasar un palo por lo que espero sea la ranura correcta—. Puede que lo sea para dos personas que alguna vez en su vida han visto tiendas de campaña en un contexto diferente al de las fiestas de jardín.
Nuestros fútiles intentos de montaje han atraído público.
Una pareja de alemanes en sus sillas de acampada nos observa a dos tiendas de distancia mientras su tienda perfectamente montada nos mira con jactancia desde su solidez estructural.
Hablo alemán como para mantener una conversación, por lo que entiendo casi todo lo que dicen.
—¿Deberíamos ir a echarles una mano? —susurra la mujer a su pareja.
— Nein —responde su acompañante sin molestarse en bajar la voz—. Esto es más entretenido que la televisión.
¡Mierda! La idea era pasar desapercibidos entre los campistas, pero, de seguir así, nos haremos virales en las redes sociales por ser los idiotas que no saben montar una tienda.
Veo a Eoin arrugar la frente de forma adorable mientras intenta descifrar la diferencia entre el palo A y el B, con los débiles rayos del atardecer que se reflejan en su pelo, y tengo la repentina y humillante urgencia de allanar esa arruguita de preocupación con el dedo.
Pensamientos como estos han de ser asesinados de inmediato y enterrados en una tumba sin nombre. Protocolo de evasión activado.
Me inclino y le quito las instrucciones de la mano.
—A ver, según el diagrama B —digo—, hay que trabajar en conjunto para que se quede en posición erecta. —Hago una pausa en un intento por suprimir una sonrisa burlona—. Al parecer, esto requiere de cooperación mutua y de movimientos sincronizados.
Eoin se tensa y me echa una mirada entre exasperada y… algo más que prefiero no examinar de cerca.
—¿Eso pone en las instrucciones o te lo estás inventando?
—No pensarás que voy a crear mi propia terminología de campamento solo para entretenerme, ¿verdad? Me duele que no confíes en mi dedicación absoluta al montaje de la tienda.
—Esa habilidad de convertir el lenguaje de acampada en una constante insinuación es perturbador —dice Eoin, aunque la ligera curva de su boca me envía un mensaje distinto.
—Te lo he dicho, talento natural —respondo, solemne—. Ahora, respecto al problema de tu palo…
Un músculo de su mandíbula se tensa.
—Mi palo no tiene ningún problema —gruñe.
—Claro que no —digo, tranquilizándolo—. Tiene el tamaño correcto. Y es robusto. Todo es cuestión de encontrar la posición correcta.
Ambos nos agachamos para coger el dichoso palo, y Eoin se coloca detrás de mí mientras intentamos insertarlo en un tubo diagonal.
—Agárralo con fuerza —ordena.
—Eso hago, el que está temblando eres tú.
—No estoy temblando, solo ajusto la posición. —Sus manos, cálidas y fuertes, cubren las mías mientras sujeto el palo—. Tiene que meterse más adentro.
—La profundidad es primordial, sí —murmuro. Al notar que aprieta con más energía, me muerdo el labio.
Ay, Dios. Esto ya no es «mantener las distancias a través del humor».
Es un coqueteo en toda regla.
—No puedes soltar esas cosas sin más —dice. Al inclinarnos para guiar el palo y colocarlo en la posición adecuada, siento su cálido aliento contra mi oreja.
Me obligo a centrarme en la lona que tengo delante, pero cada una de mis terminaciones nerviosas se ha despertado ante el contacto de su pecho contra mi espalda.
—¿Cosas como cuáles? Me he limitado a darte la razón en cuanto al nivel de profundidad requerido. Por cierto, creo que se necesita más presión. Lo ponía muy claro en las instrucciones: «Mantener la presión en todo momento».
—El manual no dice nada de eso —masculla.
—Puede que haya leído entre líneas —concedo—. Pero tienes que admitir que nuestra técnica ha mejorado. Mira lo bien que entra ahora que hemos dado con el ritmo adecuado.
—Nicholas. —La forma en que lo dice, a caballo entre una plegaria y una advertencia, es suficiente para que me invada una ola de calor a pesar de nuestras circunstancias.
Me recuesto sobre él; quiero sentir la cálida firmeza de su pecho contra mi espalda.
Y, ¡Dios!, su aliento entrecortado en mi oído hace que mi polla decida saludar.
Justo lo que no necesitamos.
Doy un cauteloso paso hacia atrás, y mi talón impacta contra una piqueta de las muchas que hemos desparramado cual campo de minas.
Intento esconder cómo me afecta su cercanía agachándome para comprobar si la piqueta de la esquina está bien anclada al suelo.
—La próxima vez que huyamos de terroristas voto por ir a un hotel. Con servicio a la habitación. Y camas que no precisen de un título de ingeniería.
—Estoy de acuerdo —responde.
Veinte minutos después, hemos logrado montar algo que, con mucha imaginación, podría describirse como «similar a una tienda». Aunque se inclina peligrosamente a un lado, y es posible que la puerta esté en el techo, al menos se mantiene en pie. Más o menos.
—Hogar, dulce hogar —digo y, luego, más bajito—: Deberíamos hacer turnos de vigilia por si colapsa y morimos ahogados.
—No tenía intención de dormir mucho esta noche —responde Eoin; en ese instante se da la vuelta, y se topa con uno de los vecinos alemanes que lo observa con los ojos como platos—. Estamos de luna de miel —se apresura a aclarar—. A mi esposo le parecía romántico que acampáramos.
El vecino frunce el ceño antes de decir:
—Lo preocupante es que un matrimonio empiece con un fallo de base de esta magnitud.
Luego, saca una herramienta multifunción de uno de los mil bolsillos que lleva en las bermudas, y se lanza hacia la tienda como un cirujano que se enfrenta a un paciente en estado crítico. A los treinta segundos balbucea en alemán mientras sus manos se mueven a toda prisa recolocando palos y lona.
—Esto va aquí, no aquí —dice, tras cambiar unos ganchos de sitio que ni siquiera nos habíamos percatado de que existían—. Y este palo, ¡ ach !, ¿qué habéis hecho aquí?, este se coloca en diagonal para fortalecer la estructura.
En menos de tres minutos el adefesio de arte abstracto ha mutado en tienda de campaña.
Ambos le damos las gracias por su ayuda. En cuanto se aleja, me giro para mirar a Eoin con una ceja levantada.
—¿Luna de miel?
—¿Y qué otra excusa tenía para no querer dormir? Además, nadie esperaría que el príncipe Nicholas estuviese con un hombre, ¿no? Es una tapadera perfecta.
—Una tapadera —repito—. Ya…
Eoin se limita a clavarme la mirada.
Me aclaro la garganta al tiempo que doy un prudente paso hacia atrás; no quiero cometer alguna estupidez.
—Comida. —Que la voz solo se me quiebre un poco es motivo de orgullo—. Lo siguiente en la lista es la comida.
La zona de cocina comunitaria se compone de dos barbacoas con manchas de óxido y una mesa de pícnic astillada.
Nos dedicamos a colocar el carbón y los iniciadores de fuego debajo de la parrilla.
Es una pena que los anteriores dueños del vehículo no nos dejaran muchas opciones de cena: apenas un paquete abierto de salchichas de origen más que cuestionable, tres manzanas magulladas y una lata de alubias.
—Cocina de autor versión acampada —comento.
—En cualquier momento cae la estrella Michelín —responde Eoin, sardónico, mientras manipulo con torpeza el iniciador de fuego.
Pasados unos instantes, decide intervenir.
—Yo lo hago. No quiero que te quemes en nuestra luna de miel, cariño.
Trato de que no me afecte, pero una sensación cálida me recorre el cuerpo.
No puedo evitarlo. Me dejo llevar por este «teatro» y, tras colocar mi mano en la zona baja de su espalda, digo:
—Eres mi héroe. ¿Cómo he logrado cazar a un esposo tan competente?
Una joven pareja en la barbacoa de al lado nos sonríe con indulgencia. Las orejas de Eoin enrojecen un poco, pero me sigue la corriente. Pasa una mano por mi cintura antes de responder.
—Has tenido suerte, supongo.
Cocinar los dos de pie, cadera con cadera, se siente natural.
Pero no es real. Es solo un interludio en el que juego a que no soy un príncipe, sino un hombre enamorado en su luna de miel. En el que simulo que no se trata de otro engaño elaborado.
Aun así, no puedo evitar inclinarme hacia él y acurrucarme bajo su barbilla. La otra pareja ha regresado a su tienda, y nos hemos quedado a merced de una barbacoa que se extingue y de esta peligrosa farsa a la que hemos accedido.
—Se te da bien —murmuro contra su cuello, y noto un ligero cambio en su respiración—. Lo de jugar al maridito.
Sus dedos aprietan mi cadera casi de forma imperceptible.
—Solo sigo tu ejemplo, Al… —Se interrumpe, y el título muere en sus labios—. Nicholas.
Su boca me acaricia la frente; es apenas un suspiro de sus labios. Subo la cabeza para mirarlo a los ojos.
No puedo evitar responder al interrogante en su mirada de la forma más contundente posible.
Me estiro y acorto la distancia entre él y yo.
Es un beso tierno, de labios delicados que exploran. Desde que descubrí su verdadera identidad no habíamos vuelto a besarnos.
También es un beso lleno de anhelo, de futuros imposibles. Uno que retrata lo mucho que aún lo deseo.
No podemos esconder nada en un beso. Al menos yo no puedo.
Su mano me acaricia la nuca, y sus dedos se entrelazan con delicadeza en mi lamentable pelo químico.
Me besa como si quisiera mantenerme a salvo, como si erigiera una fortaleza a nuestro alrededor a base de labios cautelosos y manos firmes.
Por desgracia, las salchichas deciden recordarnos su existencia.
Ante el olor a carne chamuscada y a humo, nos separamos como dos adolescentes culpables, con la respiración agitada.
—Mierda. —Eoin se lanza por las pinzas mientras yo sujeto un plato; nos mantenemos ocupados intentando evitar un incendio en la zona de acampada.
Lo que me viene de maravilla para darle la oportunidad a mi pulso de que vuelva a sus cauces.