Capítulo 35
Capítulo Treinta Y Cinco
Nicholas
—Entonces, ¿hacia dónde nos convendría ir? —pregunto.
Acabamos de terminar de hablar con Callum y Oliver, y me tiemblan un poco las manos al guardarme el móvil desechable. Pero no de miedo.
De expectación.
Ver la expresión de Callum durante la llamada, la forma en que Oliver casi vibraba de fervor revolucionario al comprender nuestro plan de utilizar la fortuna de la esclavitud, de la pobreza sistemática y de la explotación, para invertirlo en algo positivo…
Es una locura. Una maldita locura.
Debería sentir un miedo paralizante.
Mi vida siempre se ha centrado en minimizar los riesgos. Movimientos calculados porque un paso en falso es sinónimo de titulares amarillistas e incidentes diplomáticos.
Sin embargo, aquí estoy, con la adrenalina que me recorre las venas cual champán del caro, sintiéndome más vivo que nunca. Creo que por fin he dado con la manera de canalizar esa energía que siempre bulle en mi interior.
Y Eoin… Dios. Representa un peligro de una índole muy diferente.
Se me hace imposible no querer tocarlo en cada momento. Yo lo intento. Trato de valerme de mi humor sardónico para elevar un muro entre nosotros, lo que tantas veces me ha protegido en el pasado.
Por desgracia, Eoin ha demostrado una y otra vez que me tiene calado.
Ahora, tras mirar su reloj con el ceño fruncido, responde:
—Quedan pocas horas para que anochezca. Creo que es preferible no seguir conduciendo por si el MI5 y las fuerzas policiales de Nueva Zelanda han decidido establecer controles en las carreteras. Tampoco podemos arriesgarnos a ir a algún motel.
Miro el mapa en la aplicación de mi móvil.
—Tongariro, el parque nacional de los volcanes, está a unos treinta minutos. En esta época del año imagino que estará a rebosar de turistas.
Eoin lleva los ojos al retrovisor, y yo sigo su mirada hasta dar con el equipamiento de acampada.
—Montar una tienda de campaña junto a otros turistas, cocinar en un hornillo para camping como el resto de los que van en modo ahorro…
—Mezclarnos con los ciudadanos de a pie —digo, arrastrando las palabras, pero mi mente ya va por delante—. Tendrán acentos deplorables y una higiene personal más que cuestionable, así que encajaremos a la perfección.
Su mirada se detiene en mí durante unos instantes.
—Si vamos a escondernos a la vista de todos, tendremos que camuflarte un poco mejor.
Puede que en la farmacia aceptara el plan de Eoin sin más, pero fue porque no reparé en lo que eso implicaba. En cuanto nos atrincheramos en un baño público cuasi sórdido, lo veo claro: resulta complicadísimo tintar tu propio pelo.
Intento aplicarme el peróxido como puedo, porque como Eoin me ponga las manos en el pelo, no sé si seré capaz de contenerme.
Para sorpresa de nadie, la estoy liando. Como no atino a pasarme el tinte en ciertas zonas, parezco una cebra a medio teñir.
Un aspecto que, desde luego, no invita a pasar desapercibido.
—Déjame que te ayude —dice Eoin, bajito, a lo que respondo con un «vale».
No me queda más remedio que someterme a la tortura de que entrelace sus dedos en mi pelo, de que me masajee la nuca con los pulgares. El pulso se me acelera.
Su contacto es reverente, y me obligo a cerrar los ojos para mantener las emociones a raya.
Me imagino a mí mismo como un caballero que decapita sentimientos con la espada, que mata emociones como si fueran dragones: «¡Toma, deseo! ¡Muere, ternura!».
Sin duda, la mejor manera de vencer es utilizando el humor como arma.
—Voy a parecer el retoño de un amorío entre un error de verano y un miembro fallido de una boy band —suelto.
Me retracto. Hacer reír a Eoin puede que no sea la mejor manera de lograr distancia emocional. Las vibraciones de su risa le recorren el cuerpo y se traspasan al mío.
Nos toca esperar diez minutos hasta que actúe el peróxido, por lo que experimento la tortura contraria: ahora soy yo quien toca a Eoin.
Masajeo el producto amarronado en sus raíces mientras finjo que mis manos enguantadas no están memorizando la forma de su nuca y esa zona sensible detrás de las orejas donde el pelo le crece más fino.
Intento eludir su mirada en el espejo.
Por desgracia, ser aprendiz de peluquero es ideal para que tengas que acercarte a la persona que quieres evitar.
Lo embadurno con el pringue, y volvemos a cambiar de rol para que me ayude a lavarme el pelo.
Cuando acaba, mis bucles oscuros, siempre impecables, lucen un intenso color de mantequilla en mal estado. Si añadimos las gafas con montura gruesa que Eoin adquirió en la farmacia, tengo pinta de alguien que está a punto de dar una charla sobre la elaboración sostenible de kombucha .
A Eoin también le llega el turno del enjuague. Su pelo de color castaño adorable ahora parece tierra húmeda.
—Deberías considerar hacerte peluquero —digo mientras abandonamos el baño público—. Aunque aclaro que utilizo el término «peluquero» en su versión más amplia. Si queremos ser estrictos, llamémoslo «asesino de folículos».
Su expresión es benevolente.
—Quién sabe dónde acabaré después de esto. No descarto abrir una peluquería.
De golpe, comprendo la magnitud de todo lo que Eoin está sacrificando por mí.
Scotland Yard lo ha clasificado como agente rebelde. Los terroristas quieren mandarlo a la hoguera.
Por mí. Todo lo hace por mí. Y aun así, me niego a darle cabida a los sentimientos que bullen entre nosotros.
Mejor no darle vueltas, porque ese terreno es zona de arenas movedizas. Tenemos actividades ilícitas más urgentes, como volver a cambiar de vehículo.
Es casi cómico que robar coches se haya convertido en una actividad más en mi agenda junto con «evitar ser capturados» e «intentar no morir».
Aunque he de decir que, para alguien a quien le enseñaron a no coger ni una galleta extra durante la merienda, es aterradora la forma en que me estoy volviendo un profesional para identificar coches con sistemas de seguridad deficientes.
El universo provee. En este caso, con una camioneta polvorienta en un mirador.
Los dueños se han dejado las llaves en el motor para ir a visitar la naturaleza, lo que nos resulta de lo más conveniente.
La vaciamos y apretujamos los suministros de acampada en la parte trasera, como si fuese una partida de Tetris que ha salido mal.
El camino nos lleva por una colina ventosa hasta la meseta de Tongariro y, de pronto, nos vemos rodeados de volcanes.
La aplicación identifica la montaña Ngauruhoe, que sobresale como si fuese una foto en un manual de geografía.
A un lado, Tongariro, vetusta y con cara de criticona.
Por detrás, Ruapehu se alza en la distancia.
Debería estar apreciando el esplendor de este paisaje volcánico. O centrarme en nuestra apremiante situación y en cómo sobrevivir. Sin embargo, no dejo de repetir las palabras de Eoin en mi cabeza.
Lo miro de soslayo. Incluso con un pelo que parece haber perdido la guerra contra una lata de betún, logra irradiar ese aire de masculinidad competente que hace que las funciones superiores de mi cerebro se rindan sin dar pelea.
Me obligo a apartar la mirada antes de que empiece a recitar poemas malos sobre hombres peligrosos con colores de pelo cuestionables.
—¿Crees que después de esto te despedirán? —pregunto en un susurro.
Eoin duda antes de contestar.
—No lo sé. Supongo que podría demostrar que no estaba al tanto de los planes de Pierce y Malachy.
Pero es verdad que te extraje del equipo de protección sin esperar órdenes de arriba.
Además, contigo he traspasado todos los límites a nivel profesional.
Buena suerte para el equipo ético de Scotland Yard cuando revise mi caso.
—Me dedica una sonrisa forzada—. Todo esto dando por sentado que nuestro plan funcione, claro.
—Lo siento —digo.
—¿Por qué?
Me cuesta encontrar las palabras.
—Si no hubiera coqueteado contigo…
Me mira con intención.
—Tranquilo, no fue tu coqueteo lo que me llevó a traspasar los límites profesionales.
Se me corta el aliento tan de repente que casi me ahogo.
—Entonces, ¿qué fue? —Comprendo que es una pregunta peligrosa, pero no soy capaz de contenerme.
Sus ojos grises se quedan atrapados en los míos.
—Tus «multitudes» —responde con ternura.
Aunque sus ojos alternan entre mirarme a mí y a la carretera, yo no puedo apartar los míos de él.
Luego, estira el brazo y me toma la mano antes de entrelazar nuestros dedos.
De pronto, cada terminación nerviosa de mi mano cobra vida. Por unos instantes, me permito este momento. Me permito sentir la calidez de su palma contra la mía, disfrutar de la forma en que nuestras manos encajan como si hubieran nacido para estar juntas.
Tomarse de la mano es un gesto simple, dulce.
La pasión entre ambos es del tipo que deja marcas en las paredes. Pero es esta ternura silenciosa la que me destruye por completo.
Al instante siguiente, se me viene a la mente un recuerdo: los dedos de Daniel entrelazados con los míos mientras prometía que lo nuestro era para siempre.
—No —digo con tono severo al tiempo que aparto la mano—. No puedo pensar cuando tú… —Respiro hondo, y dejo escapar el aire antes de continuar—: No lo hagas.
Percibo el dolor atravesar su rostro, aunque enseguida se recompone. Su mano regresa al volante, y los nudillos empalidecen al aferrarse a él.
Detesto provocarle dolor. Lo detesto con toda mi alma.
No volvemos a hablar en lo que queda de trayecto. Me limito a contemplar el inhóspito paisaje volcánico a través de la ventanilla. No veo árboles, tan solo matas de hierba sin fin y volcanes que se erigen como monumentos a la violencia prehistórica.
El camping es justo lo que necesitamos. Con vistas a la montaña Ruapehu, se halla arropado entre arbustos autóctonos y tiene capacidad como para una docena de tiendas de campaña. Los pocos campistas del sitio ya lo tienen todo organizado.
Por desgracia, antes de pensar en dormir en una tienda, primero tenemos que montarla.
El kit de montaje, ya de paso, podría añadir la siguiente descripción: «Requiere cierto ensamblado por parte de personas que no sean del todo inútiles».