Capítulo 34
Capítulo Treinta Y Cuatro
Eoin
Cuando conocí a Nicholas no fui más allá de su fachada refinada, del estereotipo de príncipe playboy , y lo desprecié por la manera en que trató a su madre.
Me apresuré a clasificarlo como otro de esos ricachones parasitarios que viven entre algodones gracias a la riqueza y los privilegios heredados, y cuya única contribución es la de darle de comer a la prensa amarilla.
Dios, jamás me había equivocado tanto con una persona.
Tiene una mente brillante: cuando todos los demás apenas están aprendiendo a jugar a las damas, él juega al ajedrez a nivel profesional.
Hay compasión genuina en su interior que cubre con capas de esnobismo y protocolo.
Y, de alguna manera, ha encontrado una posible solución al dilema imposible al que nos enfrentamos.
Hace que me cuestione todo lo que creía saber sobre la forma en que el poder corrompe y el privilegio enceguece.
Estas últimas semanas, no solo ha cambiado la opinión que tenía sobre él. También ha hecho que me replantee lo que creía saber sobre mí mismo.
Solía pensar que, cuando me enamorara, ocurriría de forma progresiva, que iría conociendo poco a poco a la otra persona, que la confianza el uno en el otro se construiría cuidadosamente, ladrillo a ladrillo, hasta formar algo sólido entre ambos.
No que sería esta caída libre alocada, este infierno abrasador que destruye cada una de mis defensas casi sin darme cuenta. Esta ansia constante que me hace olvidar años de adiestramiento más rápido de lo que desaparece una pinta el día de la paga.
Me estoy enamorando a tanta velocidad que me da vueltas la cabeza. Desearía poder parar el tiempo, seguir pasando tiempo juntos, quedarnos en este coche robado para siempre suspendidos entre lo que fuimos y lo que sea que vendrá.
Pero no puedo decirle nada de esto.
No cuando cada vez que me acerco demasiado se repliega. No cuando me llama «oficial O’Connell» como si fuésemos dos desconocidos.
No cuando siento que a cada instante pierdo un pedacito más de lo que casi fuimos.
Las palabras de Malachy dan vueltas en mi mente junto con las historias de gente que quiso subir en la escala social y los bajaron de un guantazo. Detesto esta opresión en el pecho producto de las dudas cuando tengo a Nicholas a mi lado, confiándome su vida.
Pero lo que más me atemoriza no es que mi hermano tenga razón.
Es que, aun si la tiene, ya estoy perdido, lo mío no tiene solución. Porque ¿cómo podría volver a la normalidad, a mi vida cotidiana, sabiendo que Nicholas existe en este mundo?
En todo caso, ya no se fía de mí en cuestiones del corazón. Y no sé qué hacer para que eso cambie.
Mientras paso por esta crisis existencial él sigue conduciendo. La carretera se ha estrechado y nos rodean acantilados que descienden directamente a un lago. Más adelante, el paisaje se abre para dar lugar a amplias bahías rebosantes de complejos vacacionales.
¡Jesús! Hay gente por todos lados. Kiwis que disfrutan del verano sin preocupaciones, unos transportan botes y lanchas acuáticas, otros están tumbados sobre la arena con sus neveras portátiles llenas de cerveza, y los rostros hacia el sol.
Logro centrarme lo suficiente como para mirar el mapa en el móvil desechable y buscar un lugar seguro para hacer la llamada.
Encuentro un aparcamiento en la entrada a una ruta de senderismo detrás de un río que abastece al lago. Habrá suficientes coches como para camuflarnos, y consta de varias salidas por si las necesitamos.
—Sal por esta —indico.
Aunque son más de las cinco, el sol del verano pega como si quisiera vengarse de esta pobre piel irlandesa.
En cuanto nos bajamos, Nicholas se ajusta la gorra.
Parece un padre que lleva a sus hijos de acampada y, joder, me recuerda todavía más lo vulnerable que se encuentra en este momento.
Solo cuenta conmigo y con su absurdo disfraz para interponernos entre él y la gente que quiere utilizarlo como peón político.
Mis ojos rastrean el área, pero no veo nada extraño en el estacionamiento.
Nos dirigimos hacia el sendero, y luego vamos en dirección al río.
Para cualquier observador, somos una pareja de turistas llamando a nuestros familiares por videoconferencia para mostrarles la belleza del paisaje.
Nadie podría imaginar que el segundo en la línea de sucesión al trono está a punto de comunicarse con el príncipe de Gales y el príncipe consorte mientras huye de terroristas y de la Policía.
Nicholas coge el móvil, y yo me coloco a su lado. Nos quedamos muy cerca el uno del otro, con los hombros casi rozándose. Noto que se tensa, y acomoda su cuerpo para que mantengamos ese milímetro indispensable de distancia entre ambos.
El rechazo me duele más de lo que debería; el calor del verano de repente me parece frío.
Lo observo marcar. Tras unos segundos, el príncipe Callum aparece en pantalla.
—¿Nicholas? —Callum tiene el ceño arrugado—.
¡Dios! ¿Estás bien? El contacto que tiene Oliver en el MI6 nos contó que tu guardaespaldas te había secuestrado.
Las autoridades neozelandesas han pedido un embargo de noticias para mantener en secreto el incidente de Hobbiton, pero estábamos a punto de tener una reunión de emergencia con el ministro del Interior y el comisionado.
Se me acelera el pulso al escuchar a Callum confirmar lo que ya sospechaba: me he convertido en el hombre más buscado de la Commonwealth.
Espectacular. Sin palabras.
Cada agencia de Inteligencia, las fuerzas policiales, los oficiales de control de fronteras, todos habrán memorizado mi cara en pocas horas.
—Yo creo que lo describiría como unas vacaciones no planificadas con un acompañante armado. Conlleva infinitamente menos papeleo que las giras oficiales —dice Nicholas.
Callum parpadea.
—¿Cómo?
—Si nos ponemos técnicos, vale, podríamos decir que me ha secuestrado un irlandés taciturno con un temperamento de mil demonios. Saluda a Eoin. Eoin, mi hermano. —Mueve la pantalla hacia mí.
—¿Qué leches está pasando, Nicholas? —ladra Oliver. Su rostro aparece al lado del de su marido. Me encojo al ver el rostro del ex primer ministro. Acabo de recordar que hasta hace poco controlaba los servicios de Inteligencia del Reino Unido y las operaciones militares.
—Pues… que nos hemos metido en un pequeño embrollo —contesta y, a pesar de mí mismo, a pesar de todo, no puedo evitar reír por la nariz.
Este hombre siempre logrará entretenerme, divertirme, sorprenderme.
A Nicholas no le pasa desapercibida mi reacción y, por un segundo, su expresión se suaviza. Pero enseguida parece recordar que quiere mantener las distancias porque vuelve a ponerse serio.
Cuando habla, lo hace con tono enérgico.
—Aquí os va la versión resumida. El mentor de Eoin en Scotland Yard lo colocó en mi equipo de seguridad para que buscara a un traidor entre los agentes.
Pero aquí viene el giro del siglo: su mentor resultó ser el cerebro de la organización que intenta secuestrarme.
Al parecer, han estado reclutando a gente de las antiguas colonias.
A personas que tienen alguna que otra queja, legítima, todo hay que decirlo, por cómo la aristocracia británica saqueó sus países durante siglos.
Ah, y el hermano de Eoin está implicado, y tanto él como su mentor creyeron que Eoin me entregaría.
Pero se equivocaron, así que ahora nos persiguen los terroristas y las autoridades.
Solo falta que se me aparezca un hermano gemelo cuya existencia desconocía para que sea una telenovela en condiciones.
Callum se ha quedado paralizado del impacto, mientras que Oliver me mira fijamente con los ojos entornados.
—¿Qué necesitas de nosotros?
Nicholas sonríe.
—Bueno, dado que ya estoy secuestrado, por decirlo de alguna manera, he pensado que podríamos utilizarlo a nuestro favor.
Estaría bien convencer a la abuela y a la familia de mi madre de que entreguen una cantidad significativa de dinero manchado de sangre a modo de reconocimiento de las injusticias históricas cometidas.
Llamémoslo indemnización, rescate, lo que les venga mejor a los abogados.
Si transferimos unos cuantos millones de libras a los descendientes de los explotados estaríamos enviando un fuerte mensaje de disculpa, ¿verdad?
Se hace un momento de silencio perfecto antes de que Oliver suelte una carcajada de sorpresa.
—Quieres fingir tu propio secuestro… para forzar el desagravio colonial —Oliver clarifica.
—Algo de verdad hay —añade Nicholas—. Solo que el secuestrador de turno no está por la labor de seguirles la corriente a los terroristas tal como ellos pensaban.
Esperamos que, al crear ese fondo, los grupos terroristas den un paso atrás.
Y, bueno, que dejen de perseguirme como si fuera uno de esos zorros que a mis parientes tanto les gustaba cazar.
—¿Crees que tu familia materna va a aceptar algo así? —pregunta Oliver.
—Pues… ahí es donde voy a confiar en tus técnicas de persuasión.
Es mejor que a la abuela se la recuerde como la monarca que reconoció nuestro poco admirable pasado imperial en vez de aquella que se aferró a las joyas de la Corona hasta el día de su muerte.
En cuanto la familia real acepte, imagino que las demás familias aristocráticas, incluida la mía, sentirán la presión de hacer lo mismo.
Oliver se muestra contemplativo.
—Solo necesitamos que la rueda empiece a girar —dice Oliver—.
Como se trata de un fideicomiso para la nación, los monarcas no pueden tocar la mayor parte del Crown Estate.
Pero si la familia real y otras familias de la aristocracia reconocen la necesidad de desagravio, los diputados se enfrentarán a una presión enorme para elaborar una ley especial en el Parlamento que permita hacerse con parte de los activos del Crown Estate para ese propósito.
—Por tanto —contesta Nicholas—, primero tenemos que lograr el respaldo de la abuela, y luego de los Preston-Alexander y otras familias aristocráticas para llamar la atención del público.
—Creo que es viable, pero necesitaremos tiempo. ¿Corres peligro? —pregunta Oliver.
—Nos las estamos apañando —suelto, sin dejar de estudiar los alrededores, incluso mientras hablo. Si bien la orilla del río continúa desierta, cada segundo que seguimos exponiéndonos me parece tentar al destino.
—Debemos evitar que se filtre lo de tu supuesto secuestro. Tenemos todo un mantra de no negociar con terroristas que yo mismo he utilizado en varias ocasiones en el número 10 —comenta Oliver.
—Mejor aún, no permitas que nadie se entere de que intentas darles a los terroristas lo que quieren para que dejen de perseguirme —responde Nicholas.
—El jefe de la RaSP, Colin Pierce, está involucrado. Está de camino hacia aquí, y hay que neutralizarlo lo antes posible —informo.
Oliver asiente, resuelto, y dice:
—Eso déjamelo a mí.
Callum tiene el entrecejo fruncido.
—Pero ¿cómo le explicamos a la gente tu ausencia repentina en la gira real?
—Seguro que se te ocurre alguna excusa plausible —contesta Nicholas.
Callum frunce el ceño aún más.
—¿Puedes mantenerte a salvo durante veinticuatro horas mientras tratamos de organizar el comunicado sobre el fondo de desagravio?
—Lo mantendré a salvo —prometo.