Capítulo 33
Capítulo Treinta Y Tres
Nicholas
Mis palabras reverberan en el coche por unos instantes; luego, la expresión de Eoin se vuelve feroz.
—¡No pienso entregarte! —Su tono es puro acero.
Se me corta la respiración ante la vehemencia de sus palabras, ante su absoluta certeza. Daniel me vendió por cincuenta mil libras. Lo lógico sería que su hermano, su mentor y ochocientos años de historia irlandesa lo arrastraran a la traición.
Sin embargo, me elige a mí.
Me doy cuenta de la ironía que subyace a todo esto: mientras que él me ha elegido por encima de todo, yo soy incapaz de dejar que se acerque por miedo a que me vuelvan a herir.
Menudo cobarde estoy hecho.
Eoin demuestra quién es con cada acción, con cada decisión, y yo sigo calculando la distancia entre nosotros como general que planifica su estrategia defensiva.
Por primera vez en esta vida sé lo que se siente al tener a alguien de mi lado. No la lealtad que se finge ante las cámaras o la de alguien que busca el beneficio de codearse con la realeza. Este cabezota me ha escogido a mí por encima de todo lo que más le importa.
Me aterra y me entusiasma a partes iguales vislumbrar un posible futuro donde alguien que conoce todos mis defectos, mis rincones más oscuros, elige quedarse conmigo.
Detesto no ser lo bastante valiente como para contemplar esa posibilidad.
Es igual. Ahora no es momento de centrarme en esto. Debo enfocarme en lo importante o acabaré cometiendo la estupidez de estirar la mano para tocarlo.
—¿No te parece que es la mejor solución? Quiero decir, no creo que me hagan daño. Me necesitan con vida. Y podrías reunirte con tu hermano. Empezar una nueva vida con una identidad diferente. Lo entendería.
Estoy poniéndolo a prueba, lo sé.
Una emoción le atraviesa el rostro. ¿Dolor? ¿Rabia?
—¿Eso piensas de mí? ¿Que te vendería así, sin más?
—Todo el mundo tiene un precio —digo en voz baja.
—Y una mierda —responde, y la certeza en su voz hace que algo se rompa dentro de mí. Es una pequeña grieta en el muro que he erigido.
No puedo darme el lujo de que se haga más grande.
Finjo comprobar los espejos en un intento por tranquilizarme antes de que note lo que sus palabras provocan en mí.
Cuando me he recompuesto lo suficiente, vuelvo a hablar.
—Vale, si no me vas a entregar, ¿por qué no les damos a los terroristas lo que quieren, pero evitando lo de la captura y el rescate?
Entorna los ojos.
—¿Cómo haríamos eso?
—Todo apunta a que la situación ha dado un giro inesperado. Porque ¿quién iba a pensar que estaríamos de acuerdo con lo que reclaman estos aprendices de secuestradores? Increíble, ¿verdad? —Desacelero al acercarnos a una curva.
—¿A qué te refieres con que estamos de acuerdo?
—Obviamente, sus métodos dejan mucho que desear, digo, lo de utilizarme como un vale para canjear por un desagravio.
De hecho, me tocaría montar el espectáculo más absurdo del planeta, y el vídeo se haría viral: «Hola, abuela, no me tengas en cuenta el comunicado antiimperialista que te voy a leer mientras me apuntan con un arma a la cabeza, eso sí, perfectamente repeinada».
Eoin suelta una carcajada, y al responder, lo hace con incredulidad.
—¿Cómo cojones es posible que me hagas reír?
—Talento natural. Emplear el humor en situaciones de crisis viene en el manual para nobles: «En casos de terrorismo preocupantes, uno ha de hacer de tripas corazón, y recurrir al ingenio sardónico».
Creo que lo pone en la sección cuarta, párrafo siete, justo después del capítulo sobre qué tenedores usar en las cenas con dictadores.
La expresión de diversión y afecto en su rostro… Dios, me hace desear cosas que no puedo tener. Quisiera detenerme en el arcén, estirarme hacia su asiento en este coche robado y besarlo hasta olvidar por qué he decidido mantener las distancias.
Me obligo a centrarme en el asunto que nos atañe.
—Volviendo a las verdades incómodas, estos terroristas, en parte, llevan razón.
A nadie le cabe duda de que mis antepasados, a ambos lados de mi familia, escribieron la guía de cómo robar recursos, esclavizar a la población y enviar la riqueza de las colonias a sus cuentas bancarias.
Y a pesar de los documentos que prueban que estas prácticas dejaron en la pobreza a una infinidad de naciones alrededor del mundo, no han intentado compensarlos.
Y esas familias siguen conservando una fortuna incalculable.
—Por más que un grupo terrorista tenga motivos genuinos que se basan en injusticias históricas, eso no justifica un secuestro. La violencia perpetúa el ciclo de opresión, solo que con distintos protagonistas —dice Eoin.
—¿Y qué alternativa tienen? ¿Enviar una carta en términos muy contundentes al palacio de Buckingham? Te apuesto mi fideicomiso que ya lo han intentado por la vía diplomática. Habrán recibido una respuesta agradeciéndoles su interés.
Eoin aprieta la mandíbula.
—Quizás deberíamos dejar para otro momento esta discusión filosófica de si es mejor hacer justicia cambiando las instituciones desde dentro o haciendo que salten por los aires.
Para cuando no estemos huyendo de terroristas y de las fuerzas de seguridad, ¿vale?
Ahora mismo, ¿qué te parece si me cuentas qué tienes en mente?
Pongo los ojos en blanco con toda intención, aunque mi expresión no lleva el acostumbrado veneno.
Sobre todo porque me estoy conteniendo para no acariciar su mandíbula y aliviar su tensión. Dios, cómo me exaspera desearlo tanto.
Problema de mi yo futuro. En este momento me centro en contarle mi idea.
—Vamos a ver. Tú y yo sabemos que no me has secuestrado. Pero las autoridades deben de estar pensando que me tienes maniatado en algún sótano oscuro, a pan y agua, y torturándome con baladas irlandesas tradicionales.
Frunce el entrecejo.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que mi familia, los Preston-Alexander, no saben que no estoy a merced de un irlandés encolerizado.
Por supuesto, tendré que poner al tanto de nuestro plan a Callum y Oliver.
Sin su ayuda no podremos llevar a cabo este pequeño engaño.
A lo que vamos: una vez me ponga en contacto con ellos, les explicamos todo, y pueden hacer como que están «negociando» con mi «secuestrador» para que me libere.
El objetivo es que ambos lados de mi familia suelten una buena cantidad de dinero.
De ser así, el grupo terrorista dejará de insistir en secuestrarme porque habrá logrado lo que se proponía, ¿no crees?
La frente de Eoin se ha arrugado de tal manera que sus líneas de expresión podrían competir con las del metro de Londres.
—¿De verdad crees que es posible convencerlos para que entreguen una parte significativa de riqueza? ¿Y que tu hermano y su marido nos van a ayudar sin más?
—Sabes quién es Oliver, ¿verdad? Fue el primer ministro más antimonárquico desde Cromwell.
¿Cuánto nos apostamos a que tenía un cuaderno con el título «Operación comerse a los ricos» cuando llegó al número 10?
De hecho, yo creo que fue una broma macabra del destino hacer que se enamorara hasta las trancas del príncipe de Gales.
Sé que la fortuna de nuestra familia le parece insultante, y él y Callum han hablado de cómo redistribuirla cuando la hereden.
—¿Pero no es la reina la que tiene el control?
—Ahí es donde han de obrar su magia. En cuanto la abuela se entere de que piensan vaciar los cofres de la familia real de todos modos, puede que prefiera hacerlo ella misma.
No querrá que los libros de historia la pongan como la reina que dejó en manos de su nieto solucionar siglos de saqueo colonial, ¿no crees?
Si lo hace en vida, su imagen se verá enaltecida.
—O sea, ¿tu abuela estaría dispuesta a deshacerse alegremente de millones de libras solo para controlar lo que se diga sobre su legado? —La voz de Eoin rebosa escepticismo.
Doy golpecitos en el volante.
—Mi abuela puede ser muchas cosas, pero en relación con su fortuna no es nada sentimental.
Gran parte de la riqueza real es intocable porque pertenece al Crown Estate, y además tampoco es que puedas ir a un cajero y retirar un par de castillos.
Pero ¿el estipendio real? ¿Su dinero personal?
Eso es otra cosa. Creo que Callum y Oliver podrían convencerla para que ocupe un sitio preponderante en los libros de historia como la monarca que reconoció las injusticias coloniales, y no la que las ignoró hasta el día de su muerte.
Como no asoman curvas en la carretera me permito echarle una mirada furtiva.
Craso error. Noto las motas doradas en sus ojos grises, y las zonas exactas en su mandíbula donde se asoma la barba. Me cosquillean los dedos ante el recuerdo de haberlo acariciado allí.
Trago saliva y me obligo a volver a fijar la mirada en la ruta y a continuar con la tarea de persuadirlo.
—Tiene noventa años, Eoin. En este momento le preocupan más las entradas en la Wikipedia que la cartera de inversión.
Además, no se trata solo de dinero. Creo que esta gente, más que la compensación económica, busca que se reconozca la injusticia histórica.
Quieren que alguien con corona salga a decir: «Sí, os robamos sin miramientos, y construimos nuestros palacios con vuestros recursos».
—A ver si lo estoy entendiendo… —Su voz sigue cargada de incredulidad—.
Quieres negociar tu propio rescate, y convencer a tus parientes aristocráticos de que se deshagan de una parte de la fortuna que han amasado durante siglos.
Que la envíen a un fondo de reparaciones por las injusticias coloniales.
Ah, y todo esto mientras huimos de los terroristas y de las fuerzas de seguridad.
—Cuando lo dices así, supongo que suena demasiado ambicioso.
—Suena a puta locura —farfulla, pero estoy casi seguro de que hay una nota de admiración en su voz.
—Como todos los mejores planes —respondo—. Y que me haya «secuestrado» un irlandés taciturno le añade a la situación un cierto aire dramático.
—No soy taciturno —refunfuña.
—Mírate ahora mismo: mandíbula apretada, entrecejo fruncido, ese deje de melancolía. Un irlandés taciturno de manual.
Curva la comisura de su boca mientras lucha por mantener a raya la sonrisa.
Por un momento, volvemos a ser nosotros. No el príncipe y el mentiroso; no el protegido y el protector. Tan solo Nicholas y Eoin, y, ¡por Dios!, ¡cómo me gustaría anclarme a este instante! Olvidarme de todo lo demás, y ser este Nicholas.
Pero no puedo.
Finjo interés por la ruta que tengo por delante y resisto la tentación de volver a mirarlo.
—¿Cómo vamos a contactar con tu hermano sin que Pierce intercepte la llamada? —pregunta Eoin.
—Con el móvil desechable que nos queda. Callum tiene un teléfono que se supone que es imposible de hackear, y solo yo tengo el número. Es un sistema de emergencia que establecimos hace unos años cuando la prensa amarilla se dedicó a hackear mensajes de audio de medio mundo.
—Vale. Entonces tendremos que encontrar un lugar seguro para llamarlo.
—¿Por qué no buscas en el mapa algún sitio que sea bonito? Si voy a orquestar el desmantelamiento de siglos de riqueza colonial, al menos que sea con buenas vistas —declaro.
Por desgracia, ni la mejor de las vistas hará que olvide nuestra triste realidad.
Que somos dos personas que se encontraron la una a la otra en el peor momento, y de la peor manera.