Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 32 #3
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Capítulo 32 #3

Nicholas me ha enseñado que los símbolos también son seres humanos. Que el sistema puede asfixiar incluso a los que se benefician de él. Que la culpa colectiva no está por encima de la inocencia individual.

La ironía es tan sofocante que me falta el aire. Tener sentimientos por un príncipe no ha paliado mi resentimiento por el mundo que representa. Solo me ha enseñado que la justicia no puede basarse en prender fuego a un palacio con él dentro.

Eso equivale a una nueva tragedia.

Nicholas llama mi atención con unos golpecitos en la muñeca. Se me acaba el tiempo. Como estamos a poca distancia de la rotonda, se desvía para detenerse a un lado de la carretera.

Cuando nuestras miradas entran en contacto, veo una emoción indescifrable en su rostro. ¿Comprensión? ¿Resignación?

—Aún estás a tiempo de hacer lo correcto, Eoin —dice Malachy cambiando de estrategia—. Entrégalo y podrás empezar de cero donde sea. Una nueva vida con otra identidad. No le haremos daño, te lo prometo. Lo necesitamos para el trueque.

—¿Trueque? —gruño—. Es una persona, no una moneda de cambio.

—¡Jesús y la Virgen! —dice Malachy entre dientes, y lo imagino pasándose la mano por el pelo, un gesto que ambos compartimos—. Nunca pensé que vería a un O’Connell ponerse del lado de la puta Corona británica.

Me niego a reaccionar ante sus palabras, a que me abran en canal como pretende.

—Y yo nunca pensé que mi hermano planeara secuestrar a un inocente —contraataco.

—¿Inocente? Me cago en la puta. No me digas que has caído en las redes del principito azul. —Su voz rezuma displicencia a raudales.

Me estremezco. No puedo evitarlo. A mi lado, Nicholas se queda paralizado.

Malachy ríe, pero su risa no contiene ni una pizca de humor.

—Ah, ahora lo entiendo todo. Dejas que tu polla tome las decisiones en vez de honrar a tu propia gente. Joder, papá se avergonzaría muchísimo de ti.

No puedo responder. Las palabras se me atascan en la garganta, espesas, caóticas.

—Sabes que se deshará de ti en cuanto dejes de serle útil, ¿no?

—susurra destilando veneno—. ¿Crees que te ve como algo más que un juguete momentáneo?

Eres una novedad. Un obrero exótico con quien pasar el rato mientras prueba la vida de los pobres.

En cuanto esto acabe volverá a su palacio y a su preciada vida aristocrática, y a ti solo te quedará el recuerdo de haber traicionado a los de tu propia sangre.

Para él serás una historia bochornosa que contar en las cenas con amigos: «Ay, no te imaginas con quién me acosté para salvar mi noble culo… ».

Corto la llamada con manos temblorosas.

—Ya habían pasado los dos minutos —suelto, brusco, al tiempo que bajo la ventanilla para arrojar el teléfono al arcén.

Nicholas permanece sentado, observándome con los ojos muy abiertos. Le sostengo la mirada a esos ojos azules que en algún momento pensé que eran fríos como el hielo. Ahora mismo, mientras analizan mi rostro, no transmiten nada.

No sé bien qué busca en mi expresión. Tampoco sé qué es lo que ve. Mi cabeza es un caos de emociones contradictorias. Historia de Irlanda versus lealtad personal, el deber profesional contra los lazos familiares que siento como cadenas que me arrastran a una oscuridad que me niego a aceptar.

Y ese susurro emponzoñado que invita a cuestionar lo que significo para Nicholas.

¿Habré sido un entretenimiento temporal, una novedad de clase obrera a la que desechar cuando ya no le sea útil? ¿Habrá sentido algo más que el entusiasmo por romper las reglas? ¿Solo he sido una forma más de rebelarse ante la vida que le han trazado de antemano?

¿La rabia que siente es porque odia las mentiras? ¿O es algo más profundo?

Con la distancia que intenta poner entre nosotros, ¿se protege a sí mismo o es la excusa que ha encontrado para acabar con lo que sea que tengamos antes de que se vuelva demasiado complicado?

Tampoco es que hubiera pensado en un futuro juntos, ¿verdad?

Al final, da igual. No protejo a Nicholas porque me deba algo.

Lo protejo porque es lo correcto.

De repente, aparta la mirada y traga saliva antes de girar el volante para volver a la carretera.

—Entonces, tu hermano y sus amigos quieren secuestrarme para pedir rescate, intentar que mi familia pague y, de paso, sacar a la luz las atrocidades históricas que cometió la aristocracia británica, esas de las que aún nos beneficiamos.

—Es la idea en resumidas cuentas, sí. —Intento mantener un tono regular.

—Vaya, me da a mí que podría resultar un pelín… incómodo —dice con ese acento remolón y arrogante. Pero noto un leve temblor. Una vez más, se vale de su escudo aristocrático. Tal como lo he visto hacer con todo el mundo.

Vuelvo a ser «uno más» para él.

—No iba a ser una experiencia de cinco estrellas, está claro —logro responder.

Mueve sus gráciles dedos en una cadencia involuntaria dando golpecitos al volante. Incluso vestido como turista es incapaz de ocultar la elegancia en la que lo han instruido desde su nacimiento. No puedo evitar recordar cómo se sienten esos dedos sobre mi pelo, sobre mi piel.

El ruido se detiene; vuelve a dejarme en jaque con su intensa mirada.

—¿Y si les damos lo que quieren?