Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

Me trago el deseo desesperado por alargar el brazo, por demostrar a través del tacto lo que mis palabras no logran transmitir. Básicamente, que aunque todo lo demás fuera mentira, lo que siento por él nunca lo fue.

Pero tiene razón. Ahora mismo, lo que necesito es hablar con mi hermano.

—No puedo alargarlo mucho —digo—. Cada segundo incrementa las posibilidades de que triangulen. Rastreo básico. Avísame cuando pasen dos minutos.

—Te aviso —promete mientras se incorpora al tráfico. Sus manos sobre el volante transmiten tranquilidad, pero hay tensión en sus hombros. No sé si por conducir en carreteras extranjeras o por mí.

Es probable que sea lo segundo.

Aparto la vista de él para llamar a Malachy.

Este número de teléfono ha sido un salvavidas en cada misión, cada ascenso que me alejó más de Belfast, cada noche en la que sentía a Londres como una prenda de vestir que no era mía.

En las llamadas de borracho contento, en las de borracho triste, en las que hacía a las tres de la madrugada completamente sobrio cuando alguna misión salía mal.

Era el ancla que me devolvía a la realidad.

Es curioso que un ancla también pueda arrastrarte al fondo del mar.

—¿Hola?

—Mal. —Apenas logro sacar su nombre por la garganta.

—Hola, Eoin. —Me hacen falta solo dos palabras para saber que todo es verdad. No hay sorpresa en su voz. No hay confusión. Es el tono de alguien que esperaba la llamada.

Cada órgano de mi cuerpo se remueve.

—¿Cómo has podido? —Es una pregunta ahogada, como si las palabras la emprendieran contra mí.

—¿Cómo he podido unirme a los que buscan desquitarse de las sanguijuelas que se enriquecieron a costa de destruir medio mundo?

¿A personas alrededor del mundo que por fin exigen que alguien se haga cargo de siglos de explotación?

¿A la gente a la que los aristócratas británicos le han robado recursos, arrasado sus culturas, explotado, para hincharse de dinero a base de sangre colonial?

—Su voz va cobrando ímpetu con cada palabra—.

¿Debo estar del lado de los de clase alta, como nuestro casero?

¿Ese que contabilizaba el dinero de la indemnización del seguro mientras yo aprendía a mear en una bolsa?

Lo que tendrías que pensar es cómo es posible no unirse al pedido de justicia.

—¿Y esperabas que… os secundara sin más? —La pregunta me escuece en la garganta.

—Creía que estabas de acuerdo con el reclamo de justicia, sí.

Justicia. Esa palabra de nuevo.

—Nicholas no ha hecho nada. No merece que lo secuestren.

—Los tres millones de bengalíes que murieron de inanición en la Segunda Guerra Mundial mientras Gran Bretaña exportaba sus cereales tampoco se lo merecían.

Ni los millones de esclavos o los miles de víctimas de la masacre de Amritsar.

O los mineros africanos que murieron para que los señores principitos pudieran tener otro castillo.

—Se toma un respiro, como para recargar pilas—.

El príncipe Nicholas vive en palacios construidos con sangre, Eoin, y sus parientes continúan sin reconocer su culpa.

Ahórrame la cantinela sobre lo que merece.

Joder.

—Lo que no entiendo es por qué te pones en plan caballero andante —continúa—. Aunque estuvieras ardiendo, el príncipe ni se molestaría en mearte encima.

Las palabras son un puñetazo en el estómago. No puedo evitar mirar de soslayo a Nicholas, y por la expresión en su rostro sé que lo ha escuchado. Por supuesto que lo ha escuchado.

Esta es la cuestión: si no hubiera empezado a sentir algo por él como un maldito héroe trágico de novela romántica, ¿estaría del lado de Malachy ahora mismo?

El interrogante arde más que el whisky asqueroso que solíamos mangarle a papá.

La rabia de Malachy también forma parte de mi ADN. La heredé junto con la vena cabezota de los O’Connell y la tendencia a guardar rencor hasta la muerte.

Cada recuerdo se repite en mi mente igual que un álbum de grandes éxitos de la desidia aristocrática: el techo con filtraciones tan bestiales que nos tocó colocar palanganas en el salón; las manos de papá, agrietadas y ensangrentadas por el trabajo en la construcción mientras lord Fulanito tomaba el sol en Mónaco; mis propias manos escarbando entre los escombros mientras el polvo del hormigón me machacaba los pulmones; el doctor pijo explicándole a mi hermano que se le habían jodido las piernas para siempre al tiempo que los abogados del casero se aseguraban de que no hubiera consecuencias para él.

Yo reencaucé toda esa rabia y me convertí en policía. Era un imbécil inocente que creía que podría cambiar las cosas desde dentro, como si fuese una serie policial o algo.

Y si bien Nicholas no le ha hecho daño a nadie, se beneficia del sistema.

Duerme en palacios construidos con riqueza colonial.

Asiste a ceremonias donde lleva medallas que conmemoran conquistas imperiales.

Representa a una institución que a nivel histórico ha aplastado como cucarachas a gente como Malachy y como yo.

Si no viera más allá de la Corona, si no conociera al hombre complicado y contradictorio que se oculta debajo…, ¿hubiera ayudado a secuestrarlo? ¿Lo vería como un símbolo de lo que representa y, por ende, canjeable a cambio de justicia?

El estómago se me revuelve como si hubiera chupado ácido.