Capítulo 32
Capítulo Treinta Y Dos
Eoin
Este hombre es increíble.
Se ha tomado la noticia de que soy el espía infiltrado en su equipo de seguridad para ayudar a los secuestradores con toda la calma del mundo. Como si fuese un escollo más en la vida de la realeza con el que debe lidiar, igual que una gala de caridad o una ceremonia de inauguración.
Me aseguró que confiaba en mí para mantenerlo con vida.
No que confía en mí a secas. Sino para mantenerlo con vida.
«Confiar». Una palabra que llevo atravesada en el pecho como una granada a punto de explotar. Fui muy consciente tanto de lo que dijo como de lo que calló.
Sus barreras vuelven a alzarse, y tengo la sensación de que está calculando la distancia entre nosotros, la cantidad de espacio que necesita para sentirse a salvo.
No de las balas.
Sino de mí.
A pesar de todo, que sea exasperantemente él me ayuda a seguir adelante, tanto que por momentos hasta logro olvidar que hicieron de mí el arma que debía apuntarle.
Mis sentimientos imposibles por él no dejan de acrecentarse y de hacerse más fuertes y aún más imposible a cada minuto que pasa.
Debo dejar a un lado lo que siento, y centrarme en mantenerlo a salvo y alejado de los que intentan secuestrarlo.
Quizás, si lo hago relativamente bien, Nicholas… ¿Qué? ¿Me perdonará? ¿Confiará en mí de nuevo? ¿Me permitirá acercarme lo suficiente como para romperle el corazón, igual que todos los demás?
Supongo que ahora eso es lo de menos.
Lo único que importa es que esté fuera de peligro. Da igual que no me vuelva a permitir ser algo más que su protector.
Primero, lo primero: robar un coche.
Me coloco en la puerta del copiloto y bloqueo con mi cuerpo mis actividades poco legales. La cerradura cede sin rechistar, lo que reafirma que estos coches familiares antiguos son igual de seguros que una caseta de jardín.
—Tú vigila —le pido tras deslizarme hacia el asiento del conductor.
Nicholas sigue mis instrucciones. Para ser alguien que se ha pasado la vida bajo vigilancia, lo de hacer de vigilante se le da bastante bien.
Se está adaptando a la vida de prófugo con una rapidez asombrosa. Y un poco perturbadora.
La columna de dirección, que se mantenía en pie gracias a la cinta adhesiva y a buenas intenciones, claudica sin aspavientos. Mis músculos conservan la memoria de los pasos a seguir: quitar el aislamiento, hacer contacto entre cobre y cobre.
Agacha su esbelta figura para meterse en el asiento del copiloto, y me observa con las cejas levantadas.
—Oye, ¿me vas a explicar de dónde sale esta inquietante habilidad de puentear coches? —pregunta.
—Me infiltré en una red de robo de vehículos que operaba entre Belfast y Dublín. Durante dieciocho meses trabajé con el equipo de Flannery. Se especializaban en exportar vehículos de lujo a Europa del Este, pero, si se daba la oportunidad, recogían cualquier cosa con cuatro ruedas.
Es extraño compartir esta información con él.
Pero también siento que necesito contarle más cosas.
Como la forma en que Jimmy Flannery evaluaba a los nuevos reclutas cuando les hacía arrancar un coche mientras él los observaba.
O que ese año pasé la Navidad en una nave llena de BMW robados jugando a las cartas con ladrones que me consideraban su amigo.
Lo duro que fue testificar en contra de algunos sabiendo que los enviaría a prisión por intentar alimentar a sus familias de la única manera que conocían.
¡Jesús! ¿Desde cuándo me he vuelto de esos a los que les gusta hablar de su vida?
Lo que pasa es que necesito que Nicholas me comprenda, que conozca mi verdadero yo, incluyendo las partes más desagradables. Aunque sea demasiado tarde. Aunque nunca vuelva a confiar en mí.
Me detengo a la salida del aparcamiento.
—¿Qué dirección cogemos?
Le echa un vistazo a la aplicación de su móvil. Cuando me enseña la pantalla, pone especial cuidado en que nuestras manos no se toquen. Es un pequeño gesto, pero siento como si levantase otra barrera.
—Hacia el este hay una sola autopista, no hay donde ocultarse. Un billete sin retorno hacia los secuestradores. En el sur, donde acaba el lago, hay más opciones. Varias carreteras, más difícil que nos sigan la pista.
—Pues hacia el sur, entonces —digo antes de hacer virar el coche para salir del estacionamiento e incorporarnos al flujo de tráfico que bordea el lago.
Por mi mente se suceden planes y rutas de escape. Pero tengo la desventaja de estar en territorio extranjero, y de que Pierce se conoce todos mis trucos. Si la mitad me los enseño él, joder.
El maldito debe de haber dibujado en una pizarra todo mi proceso de toma de decisiones.
—Estarán vigilando las salidas —murmuro, más para mí que para Nicholas—. Aeropuertos, hoteles, empresas de alquiler de vehículos. Y a estas alturas habrán alertado a las autoridades.
—Espléndido. No solo nos persiguen los terroristas, sino las fuerzas policiales. Nos falta salir en el cartelito de «se busca». Nada mal para un martes cualquiera, ¿no? —Tal parece que hablara de los planes para cenar y no de una captura casi inminente.
—Es lo que hay, sí. Y es mejor no subestimar al grupo terrorista.
Son gente con recursos, conexiones y una creencia ciega en su causa.
—Me masajeo los hombros en un intento por relajar los músculos que, al parecer, han decidido fundirse con mi espina dorsal—.
Tengo que averiguar si Malachy de verdad forma parte…
—Las palabras se me atascan como si masticase metal.
Nicholas me mira con esos ojos que ven demasiado.
—¿Y por qué no lo llamas?
Mi antiguo yo se cerraría en banda. Pero no me apetece. Si quiero volver a ganarme su confianza, tengo que ser del todo franco con él, me cueste lo que me cueste.
—Tengo miedo. —Esto es peor que una extracción de muelas—. Tengo miedo de que sea verdad. Es la única familia que me queda.
—Yo tengo un pelín de experiencia en seres queridos traicioneros —dice Nicholas en voz baja—.
Debería escribir la guía definitiva. Puede que hasta sea un éxito de ventas: Puñalada trapera para principiantes desde el punto de vista de la realeza .
—Hace una pausa y, luego, añade en un susurro—: Y, al parecer, me toca añadir un nuevo capítulo.
Sus palabras son un golpe en el estómago. Me aferro con más fuerza al volante mientras lo miro de reojo. Este hombre imposible, el que esconde sus heridas pasadas bajo prendas de Savile Row, y su dolor bajo sarcasmo refinado…
El que confió en mí desoyendo su instinto. Un instinto que, como bien me encargué de probar, estaba en lo correcto.
Sin embargo, aquí está, en un coche robado, con las prendas más «elegantes» del mercado, y confiando en que el hombre que enviaron para secuestrarlo lo mantenga con vida. Esto sí que es tener «cojones de acero».
Ya está decidido, pues. Tengo que ser igual de valiente que él.
—Hay que encontrar un lugar seguro para detenernos y que pueda llamar por teléfono —informo.
—¿Qué te parece esta idea innovadora? Te haces a un lado, cambiamos asientos, y yo conduzco mientras tú hablas con tu hermano —ofrece Nicholas.
La sugerencia me toma por sorpresa. Ni siquiera había barajado la posibilidad de que Nicholas condujera. En mi fuero interno sigue estando en la categoría de «objetivo a proteger», no en la de «participante activo en el plan de escape».
Acaba de leerme la mente porque alza una de sus cejas muy alto y dice:
—Estamos en esto juntos, ¿recuerdas? ¿Crees que me voy a quedar aquí como una planta decorativa mientras tú haces todo el trabajo?
Tiene razón, obviamente.
Es hora de reprogramar mi mente antes de que nos maten por mi culpa. Está claro que mi instinto de protección no se debe solo a mi trabajo. Ahora es algo más caótico, más personal. Tengo la necesidad de abrazarlo y no soltarlo jamás, aunque él se esté alejando de mí.
Pero tratarlo como si fuera de cristal y no de acero es justo lo que espera Pierce. Solo sobreviviremos si nos desviamos del manual.
Y debo empezar por aceptar que este príncipe privilegiado puede que sirva para algo más que recitar los títulos de la realeza europea.
—En cuanto me comunique con él, el teléfono se verá comprometido. Solo nos quedará uno para compartir entre los dos —señalo.
—Entonces, nos pegaremos como lapas. No creo que sea tan complicado. —Su voz se quiebra un poco en la última palabra.
Aun así, dudo. Esto va en contra de todos los protocolos que me han enseñado.
—Necesitas averiguar la verdad sobre Malachy —continúa. De pronto, se pone a comprobar el teléfono como todo un profesional—. Más adelante hay una rotonda que se divide en tres direcciones. Es un buen sitio para deshacernos del aparato, y que jueguen a adivinar qué ruta hemos tomado.
¿Por qué me sigue tomando por sorpresa su cerebro estratégico? Se me debe de haber quedado cara de tonto porque pone los ojos en blanco.
—Ya debatiremos en otra ocasión lo mucho que me subestimas. Ahora mismo tienes que concentrarte en tu hermano.
Es verdad. Si nos atenemos al razonamiento táctico, lo que vamos a hacer no tiene sentido: cargarnos una línea segura, propiciar que descubran nuestra ubicación, detenernos cuando deberíamos seguir en movimiento.
Pero mis manos ya están virando hacia el arcén, y los neumáticos contra la gravilla producen un sonido parecido al de pequeños petardos.
Me bajo del coche para proceder al cambio.
Al sentarme del lado del copiloto me giro para mirarlo. Creo que me lee la expresión como si viniese con subtítulos porque me frena antes de que empiece a hablar.
—No vas a poder seguir adelante hasta que sepas la verdad. —Su voz se suaviza antes de regresar a ese tono diplomático que duele más que su ira—. Es imposible procesar ese nivel de traición hasta que no reúnas todos los datos.
Sus palabras dan en el blanco, lo que me demuestra que me conoce mejor que nadie.
Como si hubiera encontrado la llave para entrar a mi cerebro y hubiera leído el manual de instrucciones que viene dentro.