Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 31
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Capítulo 31

Capítulo Treinta Y Uno

Nicholas

Eoin se ha quedado paralizado. Su rostro ha perdido todo el color, como si alguien le hubiera abierto una vena y drenado de todo elemento vital. El teléfono satelital se escurre entre sus dedos para caer sobre la hierba con un golpe seco.

Mi primer impulso es reconfortarlo. Me adelanto y levanto el brazo antes de recordar que estoy furioso con él. El sentido de supervivencia entra en guerra con algo más urgente, más primitivo, mientras lo observo quebrarse ante mis ojos.

—¿Qué sucede? Dime qué sucede.

Alza la vista para mirarme con ojos vacuos, como si le hubiesen arrancado todo menos el dolor, y solo quedaran las terminaciones nerviosas expuestas, en carne viva.

Me recuerda a mi reflejo en el espejo al enterarme de la traición de Daniel. Al descubrir que, lejos de lo que pensaba, el suelo no era una superficie sólida bajos mis pies, sino apenas una fina capa que ocultaba una caída libre infinita.

Hombros caídos, manos sin fuerza que cuelgan a los lados, dedos apenas curvados en un intento de cerrar el puño, como si hubiese olvidado cómo hacerlo correctamente. Veo al hombre que vive reprimiéndose derrumbarse ante mis ojos.

Un escalofriante nudo de pánico me oprime el pecho.

Se escucha una voz a través del teléfono satelital, pero no presto atención, me centro en Eoin.

Me arrimo a él más de lo prudente en un intento por descifrar la expresión de devastación en su rostro.

Tiene los ojos desorbitados como nunca los he visto, ni siquiera al volar las balas en Hobbiton.

—Era yo —susurra—. Siempre he sido yo.

—¿El qué?

—El traidor.

Sus palabras carecen de sentido. ¿Eoin se autoproclama traidor? ¿Qué significa eso?

Pero lo que ha dicho sumado a la expresión espeluznante de su rostro me envían señales de que el nudo de mi pecho está lejos de desaparecer.

—Eoin. —La voz del teléfono es, al tiempo, impaciente y divertida—. No compliques las cosas. No hagas que me cuestione la lealtad de los O’Connell.

Me agacho para cogerlo, pero Eoin me agarra del brazo.

—No. No le hables. Tenemos que ponernos en marcha. —Se pasa la mano por el pelo, con los ojos aún desorbitados—. Dios, ¡tengo que llevarte a un sitio seguro!

Escucho la voz del aparato con claridad desde su ubicación en el suelo.

—Eoin, Scotland Yard ya está al tanto de que te he dado autorización para llevarte al príncipe saltándote el protocolo.

Si cometes una estupidez, informaré a todas las autoridades desde Londres hasta la Antártida de que un guardaespaldas corrupto ha secuestrado al príncipe Nicholas.

Os perseguirán los cuerpos policiales y nuestro grupo.

Eoin cierra los ojos mientras su pecho sube y baja, agitado. Como si se ahogara a pesar de no estar en el agua.

No puedo evitar tocarlo. Porque ahora mismo me necesita más de lo que yo necesito aferrarme a mi rabia.

Apoyo la mano en su espalda, y el calor de su cuerpo traspasa la ridícula camisa hawaiana.

Siento la rigidez en sus músculos, como cables de acero a punto de soltarse.

Su cuerpo tiembla bajo mi palma, por lo que ejerzo más presión.

Extiendo los dedos para abarcar más de él, para intentar ser su cable a tierra, su pilar.

Cuando abre esos ojos color gris tormenta para mirarme, su cara muda de la consternación a un instinto protector feroz que me deja sin aliento.

Es como ver a alguien recalibrando toda su existencia en pocos segundos.

Se agacha a recoger el teléfono. Termina la llamada, y lo apaga. Aún le tiemblan los dedos cuando se lo guarda en el bolsillo.

—Tenemos que irnos. Necesitamos otro vehículo. Sabrán nuestras coordenadas exactas por el teléfono satelital, así que hay que poner la mayor distancia posible.

Parece como si se hablara a él mismo. Sus ojos escanean los alrededores con rapidez.

—Hay que buscar un sitio sin cámaras, medios de transporte que no se esperen, hay que…

Lo sujeto y clavo mis dedos en sus antebrazos obligándolo a que me mire.

—Eoin, tienes que decirme qué está pasando.

Lleva su mirada a mi cara.

—Te lo explicaré, pero no aquí. Necesitamos ponernos en marcha. Nos persiguen.

—¿Quién nos persigue?

—Los terroristas. Y en breve también la policía de Nueva Zelanda, tu equipo de seguridad y todos los agentes de los que disponga Scotland Yard en este país.

Me cuesta comprender lo que dice. ¿Por qué de repente además de los terroristas también nos persiguen las autoridades locales?

Definitivamente, algo no va bien, me queda claro por lo poco que escuché de su conversación telefónica.

—Te lo contaré todo, pero primero tenemos que largarnos de aquí. —Sus ojos me observan con una intensidad que parece una caricia—. ¿Confías en mí?

¿Confías en mí?

Confías en mí.

Confías en mí…

Las palabras se repiten en mi cabeza.

Son las mismas que utilizó Daniel justo antes de descubrir que había aceptado el soborno de mi madre.

«Confía en mí, Nicky», susurró contra mis labios en mi habitación de Oxford mientras sus manos acunaban mi cara con una ternura del todo convincente. «Lo que siento por ti es real».

A los tres días, con voz clínica y distante, mi propia madre me dio la cifra exacta de lo que valía para él mi corazón.

Cincuenta mil libras, la cantidad que uno podría pagar por un coche medianamente bueno.

Yo hubiera creído que el corazón de un príncipe al menos merecería estar al nivel de un vehículo de lujo, pero, al parecer, estaba entre un BMW y un Ford un pelín ambicioso.

Un golpe tremendo para el ego, la verdad.

Daniel; mi madre; mi hermana Amelia.

Creía conocerlos, y traicionaron la fe que tenía en ellos. Mi vida ha sido una lección magistral sobre el engaño.

Mientras lo observo, Eoin permanece inmóvil en una pose casi antinatural, cada músculo en su sitio, como si cualquier movimiento pudiese influenciar mi respuesta.

¿Confío en él para que me mantenga con vida?

Sí.

Sé que el oficial O’Connell me protegerá con cada célula de su cuerpo. Lo vi en sus ojos, en Darwin, en Hobbiton. Puede haber mentido en otras cosas, pero su instinto protector es real.

¿Confío en él para entregarle mi corazón?

Esa es otra cuestión.

Ahora mismo lo importante es que tiene que mantenerme con vida.

Necesito tenerlo lo bastante cerca como para que me proteja, pero no tanto como para que me destruya.

—Sí, confío en ti para que me mantengas a salvo —respondo.

Se le corta la respiración con un sonido agudo. Esos ojos que me han mirado con distancia profesional, con irritación, con deseo, ahora lo hacen con una emoción que no sé bien cómo describir, quizás esperanza con una dosis de dolor.

No le ha pasado desapercibido lo que no he dicho en voz alta.

Cuando por fin abre la boca, su tono tiene tintes ásperos, parecido al papel de lija sobre madera sin pulir.

—Si es así, nos tenemos que ir. Ahora mismo —dice.

Asiento.

Su mano va a parar a la zona baja de mi espalda, y me guía mientras nos movemos por la muchedumbre. Es un contacto profesional, protector, pero mi cuerpo responde como si tuviera fuegos artificiales bajo la piel.

Me adelanto un paso para interponer distancia sin que sea evidente. Lo suficiente para que su mano se aparte. Su rostro se ensombrece.

—Entonces, ¿qué? ¿Me vas a decir qué está pasando? —pregunto en voz baja una vez hemos dejado atrás a la masa de turistas.

—Pierce forma parte del grupo terrorista —explica Eoin con voz lúgubre—. Él me reclutó en Belfast. Fue mi mentor en Scotland Yard. Yo creía que tenía que encontrar a un traidor, pero era una trampa. Y Pierce contaba con que yo te entregara.

Parpadeo.

—¿Por qué creía que harías algo así?

—Porque supuestamente mi hermano también es parte de la organización. —Hay un ligero quiebre en su voz—. Al parecer fue él quien sugirió que me asignaran la misión.

Siento un peso muy frío asentándose entre mis costillas.

Recuerdo la voz de Eoin cada vez que me ha hablado de Malachy, la culpa que arrastra por no haber estado presente cuando el edificio se derrumbó. La piedra angular de su existencia acaba de hacerse añicos, y conozco de primera mano cómo se siente.

—Joder —digo, exhalando, mientras me paso una mano por el pelo—. Tu hermano… Es… —Me interrumpo porque, por desgracia, todo lo que diga será insuficiente.

Comprendo cómo se debe sentir.

Pero, con solo un vistazo al dolor lacerante que atraviesa su rostro, sé que ahora mismo no precisa de mi compasión. Necesita que sea su sostén para que no se derrumbe.

Así que me limito a hacer lo que mejor se me da: evitar una emoción que me desborda valiéndome del sarcasmo. Le ofrezco la dignidad que brinda una cierta normalidad cuando su mundo se está yendo a pique.

—Primero, guardaespaldas. Luego, agente encubierto de Scotland Yard.

Ahora resulta que eres un espía terrorista.

Todos estos cambios de identidad me dejan estupefacto.

Lo próximo será enterarme de que en tu tiempo libre eres mimo o que te dedicas a tejer fundas para teteras. A estas alturas ya nada me sorprende.

Se le escapa una risa ahogada, aunque enseguida se recompone. Aun así, me observa con una mezcla de exasperación y cariño.

Lo que me hace desear desesperadamente que las cosas entre nosotros vuelvan a estar como hace apenas unas horas.

Pero no puedo darle eso. Ya no.

—No te preocupes —continúo—. Mi historial familiar incluye reinas decapitadas, monarcas exiliados y, de paso, una hermana que ha intentado matar a su hermano, así que no me voy a asustar por un improvisado agente terrorista.

Es fascinante lo rápido que uno reevalúa las expectativas cuando el punto de partida es «mi hermana intentó matar a mi hermano por un sombrero con brillantitos».

No veas cómo lo pone todo en perspectiva.

La cadencia familiar de mi vena evitativa y de mi humor negro se extiende entre nosotros como un lenguaje compartido. Parte de la tensión de sus hombros se relaja.

Es lo que se me da bien, al parecer. Enfrentar situaciones imposibles con una ligereza de lo más inapropiada.

Incluso cuando todo lo demás entre nosotros es ahora territorio desconocido.

La respiración de Eoin se vuelve más regular, y lo veo ir recomponiéndose. Ya no parece que se esté dejando arrastrar a ese sitio oscuro al que estaba a punto de caer.

Es como ver a alguien que acaba de recordar cómo sentirse cómodo consigo mismo.

—Pierce tiene conexiones en la RaSP —dice, por fin—. Como jefe de la Royalty and Specialist Protection controla todo el aparato de seguridad. No tengo idea de quién más podría estar metido en esto.

Una familia joven cuyos pequeños dan lengüetazos a sus helados pasa por nuestro lado. No dejo de pensar en diferentes posibilidades mientras caminamos hacia la zona más alejada del lago.

—Tenemos que ir directo a los de arriba. Hay que llamar a mi hermano. Callum y Oliver pueden poner en marcha recursos sin pasar por la RaSP.

Eoin duda y flaquea un poco.

—Es mi palabra contra la de Pierce. Ya le comunicó a la RaSP que tenía autorización para llevarte conmigo saltándome el protocolo. Ahora me dejará como el villano que te ha secuestrado.

—Entonces hay que reunir pruebas para determinar su objetivo final —digo.

—Yo lo que necesito es que estés a salvo —dice Eoin—. Te dejaré en algún sitio seguro, y luego…

—Estamos en esto juntos.

Sus ojos se entornan, y aparece esa expresión obstinada de su mandíbula.

—Nicholas, esta gente es peligrosa. Pierce tiene conexiones en todos los sitios. Necesito…

—No, oficial O’Connell. —La formalidad de la frase desciende entre nosotros como una piedra lanzada en aguas mansas. Noto su mueca de dolor, pero continúo—. Tú solito no vas a hacer nada. Estamos en esto juntos. Igual que tú me pides que te confíe mi vida, tú también debes confiar en mí.

Por fin llegamos al estacionamiento, que, por suerte, en esta zona delantera del lago está desierto.

Eoin se detiene para mirarme a los ojos.

—Confío en ti, sí —dice.

Trago saliva.

—Hay que encontrar otro coche —dice de repente, haciendo un barrido del aparcamiento.

Enseguida descubro un vehículo tipo familiar algo antiguo al final del estacionamiento. Lleva equipamiento de acampada atado al techo y en el maletero. Práctico. Anónimo. Perfecto.

—Ese. —Lo señalo con la cabeza—. Ya es oficial: mi gran gira aristocrática ha mutado a Grand Theft Auto: Edición Nueva Zelanda . Mi madre estará muy orgullosa de mí.

Eoin mira en la dirección indicada, y evalúa el vehículo con ojos profesionales.

—Nos vale.

—De comitivas reales a vehículos familiares robados. Si esto sigue así, la semana que viene ya me veo huyendo en una bicicleta oxidada, sin timbre —suelto.

—Primero centrémonos en mantenerte con vida hasta la semana que viene.

Y con este feliz pensamiento atravesamos el estacionamiento para robar un nuevo vehículo.