Capítulo 30 #2
—Camina normal, pero ponte en un ángulo donde las cámaras no puedan captar tu cara —ordeno en voz baja—. Tócate la nariz con cierta frecuencia. Eso fastidia el reconocimiento facial. Y no hables.
Al entrar, el aire acondicionado es como un viento del ártico después del calor de afuera.
Elijo dos teléfonos básicos mientras Nicholas se pasea a mi alrededor y estudia unas fundas para móviles con demasiado interés.
Se lleva los dedos a la cara cada cierto tiempo en un gesto que nadie encontraría raro.
Cuando se mueve para permitirle la entrada a un cliente, su hombro roza contra el mío en el estrecho pasillo. Joder, saltan chispas a pesar de las capas de poliéster que llevamos. Aunque se hace a un lado con aparente despreocupación, he captado ese pequeño cambio en su respiración.
La operación dura menos de tres minutos. Por fin le he dado utilidad a ese fajo de billetes en moneda local que siempre llevo en la bota cuando estoy de agente encubierto.
Una vez fuera, nos dirigimos hacia el lago, una especie de parque acuático para piragüistas y practicantes de paddleboard que realizan su actividad cerca de la costa.
En la distancia, unas motos acuáticas dejan estelas de espuma que parecen entretejidas por arañas enfadadas, y unas lanchas remolcan a los que practican esquí acuático.
Hay turistas hasta debajo de las piedras, todos con los móviles en alto como si estuviesen en un maldito concierto.
Excelente. Nada mejor para ocultar a un príncipe a la fuga que una muchedumbre con caras rojas como el tomate con gorras espantosas. Nicholas parece haberse dado cuenta de esto porque relaja la postura en cuanto nos unimos a la masa de gente a orillas del lago.
La ironía es de lo más interesante. Nicholas, que habitualmente no puede dar un paso sin causar un frenesí mediático, ahora se esconde a plena vista. Y todo gracias a que nadie espera ver a un miembro de la realeza con ropa que ni una tienda de segunda mano miraría con buenos ojos.
En cuanto se sienta en un banco y se concentra en su nuevo móvil, yo me paseo por alrededor intentando no llamar la atención y escaneando el sitio por si veo algo sospechoso.
Por lo demás, me obligo a mantener una distancia profesional y me limito a observar cómo desliza los dedos por la pantalla con suma rapidez.
Su rostro se ilumina con el sol de las primeras horas de la tarde, y en él veo inteligencia, concentración y…
, joder, una belleza sin igual. Se dedica a mirar unas fotos con una expresión que no consigo descifrar, quizás resarcimiento, quizás miedo, como alguien que acaba de descubrir que tiene razón, pero que le hubiese encantado equivocarse.
—¿Qué pasa?
—Recuerdo a uno de los terroristas de Hobbiton gritando algo así como haki . El año pasado inauguré un centro de asistencia jurídica para jóvenes en Nairobi y estoy casi seguro de que se llamaba Proyecto Haki.
—¿Y eso por qué es relevante?
—Porque haki significa «justicia» en suajili —responde en voz baja.
Levanta sus ojos de azul intenso, igual al color del lago, antes de continuar buscando información en el móvil.
—¿Te acuerdas de los carteles de los manifestantes en Australia?
Hay una palabra que salía en varios. —Hace zoom en una foto donde sale una pancarta con la leyenda «¡ Makarrata ya!
»—. Al parecer, makarrata significa la unión después de la lucha, un proceso de revelación de la verdad, de resolución de conflictos, y de justicia —dice en voz baja—.
Y en Auckland, había otra palabra que se repetía: tika . Y seguro que…
Tras unos segundos de búsqueda que se me hacen eternos, Nicholas comprueba los resultados con la respiración entrecortada. Luego se queda completamente inmóvil, y su expresión se endurece transformándose en algo a medio camino entre el triunfo y el horror.
— Tika significa «justicia».
Cuando me mira noto un rubor en sus mejillas.
—Scotland Yard creía que eran dos amenazas distintas, ¿no?
Es verdad.
Nos hemos enfocado en investigar la amenaza en la sombra que perseguía a Nicholas desde Gran Bretaña, esa que parece querer atacar a las instituciones británicas por un lado, y el activismo contra la Corona de los aborígenes australianos y neozelandeses por el otro.
Pero ¿y si fueran una sola?
—Las nacionalidades de los involucrados que mencionaste son todas de antiguas colonias. Y como bien sabes, la historia del colonialismo no es precisamente agradable. Se cometieron muchas atrocidades contra la gente de los pueblos originarios.
—Vengo de Irlanda del Norte y soy católico, Nicholas. No tienes que explicármelo. Los irlandeses tenemos muy presente la opresión de los ingleses.
—Sí, imagino que sí. —Sigue manteniendo un tono suave.
—No tiene lógica. Puede que tú seas un blanco para ellos, pero no explica la conexión con el secuestro de Harry Matheson y Toby Webley.
Algo no encaja. Voy de arriba abajo sobre la hierba intentando poner en orden mis pensamientos.
Colonialismo. Justicia.
Harry Matheson y Toby Webley. Dos políticos.
El príncipe Nicholas, miembro de la familia real.
Que él está ligado a las atrocidades del colonialismo, no hay dudas.
Sus antepasados firmaron todos los tratados habidos y por haber para despojar a la gente de los pueblos originarios.
¿Pero cuál es el vínculo con Matheson y Webley?
Más allá de que ambos son políticos y, por tanto, miembros del Gobierno británico.
En todo caso, los políticos de este siglo no tienen responsabilidad directa en el asunto ni se están beneficiando de las injusticias cometidas.
A no ser que se los quiera castigar solo por representar al Gobierno británico.
—¿En algún momento piensas contarme lo que estás pensando o prefieres jugar a las adivinanzas? —pregunta Nicholas.
—Intento establecer el vínculo entre el secuestro de Matheson y Webley y que tú seas un objetivo. Más allá de que tú y ellos representáis a dos instituciones británicas que estuvieron involucradas en el colonialismo.
Nicholas ladea un poco la cabeza y me estudia con esos ojos azules afilados, como si fuera un alumno un poco lerdo.
—Estás pasando por alto la conexión más evidente.
—¿Cuál?
—A ver, el guardaespaldas de Matheson resultó ser un espía, ¿no? Entonces, lo que tienes que pensar es qué nos une a él y a mí.
Frunzo el entrecejo. Sigo sin tenerlo claro.
—Harry Matheson es un miembro de la aristocracia. Renunció al título de conde para poder trabajar en el Parlamento.
Me quedo de piedra.
La aristocracia.
El príncipe Callum es hijo del príncipe Michael y una actriz norteamericana. En cambio, su medio hermano, el príncipe Nicholas, es hijo del príncipe Michael y una duquesa. La madre de Nicholas pertenece a los Preston-Alexander, una de las familias aristocráticas más antiguas de Gran Bretaña.
Tiene sangre azul por ambos lados de su familia.
Nicholas continúa mirándome fijamente.
—¿Quién obtuvo más beneficios de la explotación de las colonias?
La aristocracia británica, ¿no? Oliver me contó hace unas semanas que en el Caribe se formó un movimiento que exige una indemnización para los descendientes de los esclavos.
Al parecer, cuando el Gobierno británico abolió la esclavitud, compensó a los esclavistas, y terminó de pagar esa deuda en 2015.
Pero los esclavos y sus descendientes nunca han recibido nada.
Sus palabras son un balde de agua fría.
¿Acaso no conozco de primera mano la forma en que la aristocracia británica ha explotado a la población de las tierras bajo su control?
Los nobles que se enriquecieron gracias a la sangre de las colonias siguen gozando de la fortuna que amasaron.
Casas de campo que se construyeron con los beneficios de las plantaciones de azúcar, colecciones de arte adquiridas gracias al opio, patrimonios familiares que se remontan a los barcos de esclavos y al robo de diamantes.
Cada libra de sus fideicomisos se basa en el sufrimiento ajeno.
Sus hijos asisten a Eton gracias a un fondo producto de las atrocidades cometidas a nivel histórico, mientras que la mayoría de los descendientes de explotados viven en la pobreza.
Nicholas también se ha puesto de pie, como si necesitara moverse para procesar el peso de lo que acaba de descubrir. No deja de dar vueltas, por lo que su ridícula camiseta se infla y desinfla a su alrededor.
—Un pequeño círculo de ingleses se benefició explotando a millones de personas alrededor del mundo —razona, a lo que respondo con un «sí».
»Y los descendientes de los explotados por el colonialismo —continúa— se han puesto en plan: «Un momento, ¿cómo es que tú, la prole de los que cometieron atrocidades, vives rodeado de lujo mientras que nosotros seguimos pagando las consecuencias por los actos de tus antepasados, vivimos en la pobreza y cargamos con un trauma generacional? ».
—Creo que es un buen resumen, sí —respondo.
—Yo soy la personificación de la aristocracia. Por un lado, desciendo de la familia real y, por el otro, pertenezco a una de las familias nobles más antiguas de Inglaterra.
No le quito la vista de encima.
—Así es —contesto.
Las palabras me salen un poco más ásperas de lo deseado, y es que me siento atrapado entre la evaluación profesional y algo mucho más peligroso.
El hecho de tener que admitir ante mí mismo que, aun sabiendo perfectamente quién es este hombre, todo lo que su linaje representa, lo deseo con cada célula de mi cuerpo.
Sus ojos se oscurecen ante mi tono de voz antes de apartar la mirada.
—Quieren secuestrarme para que el mundo entero atienda al reclamo de justicia. Primero lo intentaron con Harry Matheson, y ahora conmigo. Nada llama más la atención que pedir un rescate por un miembro de la realeza.
—Creo que tienes razón —respondo.
—¡Vaya por Dios! A ver si resulto ser algo más que una cara bonita.
—Tengo que comunicarme con Scotland Yard —digo de forma abrupta.
Si lo que intuye Nicholas es cierto, explicaría muchas cosas.