Capítulo 30
Capítulo Treinta
Eoin
El Toyota robado huele a ambientador de pino y a café para llevar.
Aprieto el acelerador. Los terroristas nos persiguen. Debo mantener a salvo a Nicholas.
Decido no mirarlo. Quiero darle espacio para que lo procese todo sin necesidad de hacerse el fuerte solo porque yo estoy aquí. Dios sabe que ya tiene bastante gente que lo obliga a ponerse máscaras.
Cuando por fin rompe el silencio, su voz es controlada, intencionada, es el príncipe en pleno dominio de sí mismo.
—En fin, dime, ¿las mentes brillantes de Scotland Yard tienen idea de quiénes son los terroristas que me persiguen? ¿Se sabe qué los ha enfadado tanto como para tomarse la molestia de convertirme en su objetivo?
Dudo, y Nicholas me clava su fría mirada.
—¡Joder, Eoin! No seguirás ocultándome cosas, ¿verdad? Supongo que te das cuenta de que en esta situación es mejor ser francos. ¿O es que necesito una autorización de seguridad de nivel superior? ¿Ofrecer algún favor como miembro de la realeza?
De nuevo tiene razón.
¿Por qué mi instinto natural es el de resguardarlo de todo lo malo, incluso ahora? No es por el protocolo, es algo más profundo, algo instintivo.
Quiero protegerlo de las miserias de este mundo.
Siempre he asumido el rol de cuidador en mi familia. Incluso antes de la lesión, Malachy era el hermanito al que debía proteger porque se metía en problemas por bocazas.
Pero Nicholas quiere que formemos un equipo.
Trabajo mejor en solitario. En parte por eso elegí ser un agente encubierto.
Primero en las fuerzas policiales de Irlanda del Norte, luego en Scotland Yard, me gané la reputación de lobo solitario que consigue buenos resultados.
Los compañeros suponen variables que no puedo controlar.
Me fío de mi instinto, de mi adiestramiento, de mi habilidad para adaptarme sobre la marcha.
Sin nadie con quien coordinar, con quien llegar a acuerdos, a quien proteger, solo debo centrarme en el objetivo de la misión.
Me ha funcionado bien, me ha mantenido con vida en operaciones que supusieron la muerte de hombres más capaces.
Pero ahora, con Nicholas, con este hombre exasperante e imposible… , me encuentro en aprietos.
Por primera vez, tanto la misión como el objetivo se han entrelazado de forma catastrófica e irremediable.
—Aún no se sabe quién está detrás de esto —reconozco—. Este grupo no sigue los patrones habituales de los grupos terroristas.
—¿Cuál es la diferencia?
—No existe una conexión evidente entre los sospechosos que hemos capturado como para que tengan un motivo en común.
—¿Estás seguro de que no se trata de activistas anticoloniales de la zona que intentan desbaratar la gira?
—No. Las nacionalidades son demasiado diversas como para tratarse de terroristas locales.
Creemos que tiene relación con el secuestro de Matheson y Webley.
Alguien intenta hacer daño a las instituciones del Reino Unido.
No comprendemos por qué la han emprendido contigo y no con el príncipe de Gales.
—Qué reflexión tan encantadora. Casi que les tengo que dar las gracias porque en esta ocasión no se han olvidado del príncipe sustituto.
—Dios sabe que, si lograsen secuestrarte, tras una semana de soportar tus gracias nos pagarían ellos a nosotros para que te rescatemos—suelto.
—Me liberarían junto con una disculpa formal, y exigirían el importe del psicólogo por el estrés postraumático que sufren sus hombres —dice Nicholas con una ligera expresión burlona.
Ese atisbo de humor autocrítico solo hace que quiera tocarlo. Logro contenerme porque sé que no es lo que necesita en este momento.
—Entonces, ¿el objetivo es pedir un rescate? Es decir, si no quieren matarme, ¿qué es lo que buscan? —pregunta.
—No tenemos ni idea.
Me mira de soslayo.
—¿No se supone que en Scotland Yard están las mentes más brillantes? ¿O es que han estado muy ocupados enseñando a sus agentes el arte de seducir a nobles?
—Otra pulla más que pienso ignorar —contesto.
—Pues si no vas a participar en mis conversaciones ingeniosas, supongo que tendré que enfocar mi inteligencia en descubrir lo que se le escapa a Scotland Yard.
—Espléndido. Hazme el favor de encontrar al oficial de tu equipo que quiere verte muerto, así me ahorras las molestias.
Hay cierto resentimiento tras mis palabras. No me enorgullece haber fallado en mi misión.
—Intentaré dar lo mejor de mí —responde.
Luego, permanece callado con la mirada fija en algún punto invisible tras el cristal delantero mientras da golpecitos contra su muslo a un ritmo irregular.
Aunque mantengo la vista en la carretera, no puedo evitar mirarlo de reojo cada cierto tiempo y percibir los cambios sutiles en su expresión. Arruga el entrecejo, lo relaja, y vuelta a empezar. Sus dedos elegantes no paran quietos. Al rato, el movimiento se detiene de forma abrupta y se endereza.
—Has dicho que las nacionalidades son diversas. ¿A qué te referías exactamente?
—Del intento de secuestro de Matheson y Webley capturamos a un ruso, un egipcio, un chipriota y un australiano, aunque creemos que el ruso era un mercenario contratado.
En el atentado de Darwin había gente de Malasia, Canadá, Bangladesh y Sudáfrica.
Todos exmilitares o de fuerzas especiales.
Sin antecedentes previos. No logramos encontrar una ideología o una causa en común.
Como respuesta a mis palabras, saca el móvil del bolsillo. Enseguida llevo mi mano a la suya para detenerlo.
—No te metas en Internet. Si aún no se sabe quién es el traidor, puede que tengan acceso a los datos de las autoridades y que determinen nuestra ubicación por triangulación.
Nicholas aparta mi mano de un tirón, como si quemara.
Se queda flotando en el aire tontamente por un segundo antes de que la vuelva a colocar en el volante.
Tras tragar saliva, endereza los hombros.
—Tengo que investigar algo. ¿Podemos comprar un móvil desechable en la siguiente ciudad?
Dudo.
—Es arriesgado. Nos podrían captar las cámaras de seguridad.
—Creo que es un riesgo necesario. Y en caso de que nos tengamos que separar nos vendrá bien otra línea para comunicarnos.
Me da un vuelco el estómago ante la idea de separarme de Nicholas, de tener que dejarlo solo, expuesto.
—¿Me vas a contar qué quieres investigar?
—Menos averigua Dios, y perdona.
—Nicholas —digo en tono de advertencia.
—Ya, ya. Que alguien te oculte información es de lo más frustrante, ¿no?
Nuestras miradas se cruzan por un instante, y la intensidad de sus ojos me recuerda la forma en que me miró anoche.
Me fuerzo a devolver la vista a la carretera.
Analizo las posibles consecuencias de comprar un móvil desechable. Estamos a hora y media de distancia de los secuestradores potenciales y hemos cambiado de vehículo, por lo que me siento un poco más tranquilo.
Debo volver a comunicarme con Scotland Yard; ojalá Thornton tenga novedades sobre el plan de extracción.
A fin de cuentas, tiene razón, los móviles desechables son prácticos. Sobre todo si nos separamos.
Por suerte, creo que estamos llegando a otra ciudad.
Taupō.
El sitio tiene un lago enorme que se extiende en la distancia; al otro lado, tres volcanes acechantes se asoman como unos gigantes durmientes.
Aparcamos en el estacionamiento de la oficina de turismo.
—Tenemos que camuflarnos —digo, a la par que abro el maletero para ver qué nos han dejado nuestros benefactores anónimos.
Me encuentro con un surtido de indumentaria casual típica de turistas que clama al cielo «norteamericano cincuentón de vacaciones».
Le lanzo a Nicholas una gorra sin estrenar que lleva estampada la palabra «Rotorua», una camiseta de un amarillo cegador con un dibujo de un pájaro kiwi, y unas bermudas que distan de estar en su plenitud.
—Tu vestimenta principesca —indico mientras me hago con una camisa hawaiana con dibujos de piñas. Cuando la abotono con la funda de la pistola debajo, noto que me queda demasiado ajustada.
Nicholas sujeta su camiseta con dos dedos, como si le fuese a morder.
—La monarquía ha sobrevivido a plagas, guerras, crisis constitucionales, y vengo yo a enfrentarme a la peor amenaza de todas: ropa de poliéster de turistas.
—Tenemos que pasar desapercibidos.
Se mete en el coche con reticencia y sale unos minutos después. El príncipe aristocrático ha desaparecido. Ante mí se encuentra un turista desgreñado con una camiseta demasiado amplia, y bermudas que ha ajustado con una especie de cinturón trenzado con abalorios de madera.
—Parezco uno de esos que colecciona imanes para la nevera y se pone a debatir con los guías turísticos sobre cuestiones de rigor histórico —comenta al tiempo que se acomoda la gorra de béisbol en su cabello oscuro.
—Estás bien —respondo.
Nicholas me escudriña de arriba abajo y, tras curvar el labio con desagrado, dice:
—De todos los delitos que estamos cometiendo hoy, creo que el delito contra la alta costura es el más terrible de todos.
No puedo evitar un resoplido. Al escucharme, se queda paralizado y abre mucho los ojos, como si mi risa fuese una criatura poco común, en peligro de extinción, que no esperaba encontrarse de repente.
Por un momento nos limitamos a observarnos. Lleva el cuello de la camisa algo torcido, pero resisto la tentación de acomodárselo, de dejar que mis dedos permanezcan sobre su piel como lo hicieron en Auckland. ¡Jesús! ¿Solo ha pasado un día?
—Tenemos que encontrar una tienda donde vendan teléfonos. —Nicholas aparta la mirada.
Trago saliva con fuerza.
—Parece que el centro de la ciudad está por allí. Déjate la visera hacia abajo para que te tape la cara.
El escaparate de la tienda de electrónica está abarrotado de publicidad con ofertas de banda ancha y tarjetas SIM para turistas.
Dudo antes de entrar, porque he notado tres cámaras de seguridad en el local: una encima de la puerta, otra detrás del mostrador, y la última vigilando la pared trasera llena de teléfonos. No queda más remedio.