Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 29
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Capítulo 29

Capítulo Veintinueve

Eoin

Mierda.

Le he hecho daño a Nicholas. Era lo último que quería hacer.

El silencio entre ambos se hace asfixiante en este espacio reducido de la camioneta robada.

—Tengo que comunicarme con Scotland Yard —murmuro.

Vuelvo a arrancar el vehículo, pero por poco tiempo. Enseguida giro por una vía agrícola estrecha y apago el motor detrás de una hilera de pinos que nos protegen de la carretera principal.

—Espera aquí —digo. No me responde, ni siquiera me mira cuando me apeo.

Saco el teléfono seguro de la chaqueta, y me alejo lo suficiente como para que no escuche mientras mantengo el contacto visual a través del cristal delantero. Thornton responde al segundo tono.

—¿O’Connell? ¡Santo Dios! ¿Dónde está? Nos ha llegado información de que hubo un ataque…

—La misión está comprometida —lo interrumpo—. Ataque en Hobbiton, coordinado. Varios enemigos. Sabían con exactitud dónde estaríamos.

—¿Víctimas?

—Desconocido. Blake y Cavendish estaban allí, pero nos separamos. Singh… —Hago una pausa al darme cuenta de que no sé dónde se fue antes de la explosión—. No sé en quién confiar.

—¿Situación?

—Tengo al príncipe. Estamos a unos treinta kilómetros del atentado en una camioneta robada. Necesito un equipo de extracción fiable. No pueden ser locales ni nadie de nuestro equipo de seguridad.

—Es complicado con tan poca antelación —dice con voz tensa—. Nuestros recursos en Nueva Zelanda son limitados. Pierce está de camino. Llegará a Singapur en breve. Lo llamaré cuando esté en el avión para ponerlo al tanto.

—Necesitamos una ubicación y un medio de transporte seguros. Yo solo no puedo garantizar su seguridad por mucho más tiempo.

—En cuanto Pierce aterrice planificaremos la estrategia. Por ahora, deben seguir en movimiento.

—Es lo que haremos.

—Manténgase en contacto.

—Sí, señor.

Al acomodarme en el asiento del conductor percibo su mirada de hielo sobre mí. Sin mediar palabra, arranco la camioneta y vuelvo a la carretera. Esta opresión que me atenaza el pecho nada tiene que ver con la persecución de los terroristas.

Las facciones de Nicholas se han transformado. Ha vuelto a ponerse esa máscara aristocrática de las ceremonias y las recepciones: cordial, distante; imposible de descifrar. Mientras, su vista permanece fija en la ventanilla.

Pero sé qué esconde debajo. Lo he visto abrirse, vulnerable, riendo. He probado la sal sobre su piel. Y ahora, que levante de nuevo las barreras, saber que se está replegando en sí mismo por mi culpa, me produce un vacío en el estómago.

Si tanto daño le he hecho, ¿significa eso que le importo?

¿Que lo nuestro no fue solo por lo estimulante de un romance prohibido?

¿O para demostrar que puede tener aquello que no debe?

Quizás me he convertido en algo más que un tipo de clase baja excitante, que una rebelión contra toda una vida de cumplir con la etiqueta.

La sola posibilidad me constriñe aún más el pecho. ¡Jesús! ¿Y si he jodido algo bonito antes de que pudiera comenzar?

Me gustaría extender la mano hacia el asiento de al lado y tocarlo, obligarlo a que me mire. Pero la mantengo en el volante.

Estamos llegando a las afueras de una ciudad. Leo su nombre en un cartel.

Rotorua.

Creo que es mejor, por el bien de los presentes, no intentar pronunciar ese nombre en voz alta con mi acento irlandés cerrado.

—Tenemos que cambiar de coche —digo.

—Si algo he de reconocer es tu conocimiento excelso de los vehículos de escape. ¿El robo de coches es parte del plan de estudios de Scotland Yard o es una optativa?

Aunque el desdén en su voz es una puñalada en el corazón, también «escucho» lo que subyace tras sus palabras.

Dolor.

En estas últimas semanas me he vuelto un experto en Nicholas Alexander, en percibir los microcambios en su expresión, las sutiles variaciones de su voz. Ahora mismo, debajo de ese sarcasmo hay un dolor lacerante.

Por mi culpa.

Por culpa de mis mentiras necesarias.

No le contesto. Si empiezo un combate verbal con Nicholas en este momento, será como meterme en el cuadrilátero con los ojos vendados para enfrentarme a un campeón. Viene armado con todo su ingenio principesco y una ira justificada.

En cambio, yo no tengo más que principios morales dudosos y remordimientos.

Un destello verde llama mi atención. Es un cartel a un lado de la carretera: «Wai-O-Tapu.

Área termal». Bien. En las atracciones turísticas hay coches de alquiler, es decir, vehículos genéricos con sistemas de seguridad básicos.

Enciendo el intermitente, me salgo de la carretera principal y sigo las indicaciones hasta un estacionamiento amplio enclavado en un paisaje humeante, casi místico.

Unas columnas de vapor se elevan desde la tierra, lo que le da al sitio un aire apocalíptico, igual que mi estado de ánimo en este momento.

Es el lugar perfecto para salir de cacería.

Me dirijo hacia el final del todo, donde las cámaras de seguridad no podrán vigilarnos tan de cerca, justo detrás de una hilera de coches de alquiler. En cuanto me bajo del coche, el tufo me da de pleno: huevos podridos y minerales, el olor de las entrañas de la tierra.

Nicholas sale del coche y arruga la nariz.

—Qué aroma tan… poco agradable —comenta.

—Debe de ser el azufre, por la actividad geotérmica.

—Es casi tan nauseabundo como tus mentiras —responde, como si nada.

Lo ignoro y me concentro en evaluar el aparcamiento para dar con un vehículo de «sustitución». Necesitamos algo que pase desapercibido y con la suficiente gasolina para alejarnos lo máximo posible de la zona.

Un Toyota Corolla de gama media se halla a tres coches de distancia, ubicado justo en el punto muerto de la cámara. No es ni demasiado nuevo ni demasiado viejo, y, a juzgar por el marco de la matrícula, sin personalizar, es posible que sea de alquiler. Poco memorable. Perfecto.

—Espera aquí —musito mientras tiro de la manga de la chaqueta y me cubro la mano.

—¡Maravilloso! —Nicholas me sigue a pesar de mis instrucciones—.

He adquirido un asiento en primera fila para observar un espectáculo criminal.

¿Tomo nota para futuros escándalos de la realeza?

¿Voy preparando un comunicado para cuando nos arresten?

«El príncipe evade a los terroristas y decide embarcarse en una vida de delincuencia».

Le echo una mirada de advertencia antes de revisar los sensores de la alarma. En cuanto me topo con uno, deslizo el codo tapado con la manga por la ventanilla del conductor y aplico presión hasta que cede con un sonido sordo.

—Qué técnica más pulida —comenta Nicholas apoyado sobre un coche cercano—.

Quizás cuando estemos a salvo de secuestros y posibles ejecuciones, me podrías enseñar otros talentos ocultos.

¿Forzar cerraduras? ¿Falsificaciones? Siempre he pensado que el currículo de la realeza debería incluir actividades extra más emocionantes.

La alarma no pita. «¡Gracias por este pequeño milagro, señor!». Me deshago del cristal de la ventanilla, paso la mano para abrir la puerta y entro.

—La rapidez con la que has hecho eso es alarmante. ¿Debería preocuparme la seguridad de las joyas de la Corona?

—Para eso se necesitan otras habilidades —contesto al tiempo que me agacho para maniobrar por detrás de la columna de dirección. La familiar maraña de cables me da la bienvenida como si fuésemos viejos amigos.

—Intenta no electrocutarte, por favor —advierte Nicholas una vez se sube al asiento del copiloto—. No me gustaría tener que explicarles a las autoridades locales qué hago en un vehículo robado junto a un irlandés chamuscado.

El motor enciende con un ruido que me suena a gloria, y lo pongo marcha atrás.

—Tu capacidad para el crimen a pequeña escala es impresionante y, al mismo tiempo, algo perturbadora — continúa mientras conduzco hacia la salida del estacionamiento—. ¿Por eso te eligieron para esta misión? «Enviad a O’Connell, es moralmente flexible y se le dan bien las labores manuales».

Siento un calor que me sube por el cuello a la par que me incorporo en la autopista. He tenido más que suficiente, no puedo tolerarlo más.

—¿Te sientes mejor machacándome? —pregunto—. Si es así, adelante. Puedo soportarlo. Pero que sepas que me doy cuenta de lo que estás haciendo. —Le echo un breve vistazo—. Lo de siempre, utilizar el humor para ocultar tus verdaderos sentimientos.

Sus ojos azules refulgen de furia.

—¡Que te follen! —contesta con vehemencia.

—Eso ya lo hicimos. Y, si la memoria no me falla, fue increíble.

Se queda completamente pálido, excepto por un rubor furioso en la parte superior de sus mejillas. Es igual a uno de esos retratos de nobles que cuelgan de las paredes del palacio.

Precioso. Frío. Intocable.

—No tienes ningún derecho. —Baja la voz a niveles peligrosos—. No tienes derecho a hacer como que me conoces, como que entiendes lo que siento. Menos después de… —Se interrumpe para mirar por la ventanilla con la mandíbula tan apretada que puedo ver un músculo moviéndose bajo la piel.

—No tienes derecho a follarme y psicoanalizarme en la misma semana —acaba, por fin—. Decídete, «detective».

El silencio se extiende entre ambos.

Mantengo los ojos en la carretera; mis nudillos están blancos de aferrarme con fuerza al volante.

Porque tiene razón. Necesito tomar una decisión.

Que no fuera capaz de hacerlo nos ha costado caro.