Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 28
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Capítulo 28

Capítulo Veintiocho

Nicholas

—¿Adónde vamos? —pregunto. Los nudillos de Eoin están blancos de tanto apretar el volante, y parece que masticara vidrio.

—No lo tengo claro —responde.

Esto me da mala espina. Algo no va bien. Y no me refiero al hecho de que un grupo terrorista me haya atacado por segunda vez en una semana.

Aquí se cuece algo más.

Analizo a Eoin, que lleva los ojos de la carretera al retrovisor constantemente.

—Entonces, ¿cómo nos vamos a reunir con los demás?

—No está contemplado —responde, sin más.

Un sudor frío me recorre el cuerpo. Mis dedos se curvan de forma involuntaria y se aferran al asiento de cuero.

—¿Por qué no vamos a reunirnos con los demás? —exijo saber.

—No me fío de los otros miembros del equipo de seguridad.

Mi mente se queda analizando sus palabras durante unos segundos.

—Crees que uno de ellos está implicado. —No es una pregunta, sino una afirmación.

—Sí.

La idea de que uno de mis propios oficiales de seguridad sea un traidor me atenaza el estómago. Siempre estoy rodeado por ellos; saben cada paso que doy. Y si bien su presencia es irritante, y suelo quejarme de los protocolos, jamás he cuestionado su lealtad.

Qué inocente soy. En serio, soy muy muy ingenuo.

Se me vienen a la cabeza los rostros de cada uno de ellos.

—¿De quién sospechas? —pregunto.

—No lo tengo claro. Pero debemos poner la máxima distancia posible para mantenerte a salvo. Pronto cambiaremos de vehículo. Y tendré que establecer una línea segura para llamar a Pierce y que nos envíe un equipo de extracción.

Creo que Eoin habla más para sí mismo que para mí.

—¿Un equipo de extracción? —repito. Las palabras me parecen extranjeras, como si de repente fuese el protagonista de una película de espías—. Lo dices como si estuviésemos detrás de las líneas del enemigo en zona de guerra.

—No es tan descabellado. —Coge una curva cerrada hacia una carretera más angosta en tierra de pastoreo—. Necesitamos gente en la que poder confiar a ciegas, y la lista ahora mismo es más bien corta.

—Entonces, ¿tu plan cuál es, exactamente? ¿Conducir por la Nueva Zelanda rural en un coche robado hasta que aparezca el rescate como si fuese la puta caballería?

Sus ojos se cruzan con los míos por un momento antes de volver a la carretera.

—Sí, eso mismo —contesta.

—Fabuloso. ¿Y si hacemos una pausa para merendar con los hobbits ya que estamos? Por si Gandalf nos ofrece alguna solución mágica.

—Que tu humor siga intacto es una buena señal —dice Eoin.

Echo dardos por los ojos.

—Alguien intenta secuestrarme, dispararme y hacerme explotar por los aires. Por si fuera poco, descubro que uno de los agentes que deben velar por mi vida en realidad intenta deshacerse de mí. Creo que me puedo permitir un poco de sarcasmo.

—Está claro. Pero centra tu energía en estar alerta. Quien sea que está detrás de esto cuenta con recursos e información privilegiada. No se darán por vencidos solo porque hoy hayan fallado.

Me giro para mirar hacia atrás, y casi espero encontrarme con una caravana de coches negros persiguiéndonos.

—¿Quién más estará involucrado? Si alguien del equipo lo está, ¿qué hay de Cavendish? ¿Y la seguridad de palacio?

Su silencio me lo dice todo.

—¡Dios bendito! —suelto, pasándome una mano por el pelo—. ¿En quién puedo confiar?

Despega los ojos de la carretera por un instante para mirarme.

—En mí.

La convicción de su voz es como salir de una estancia fría y toparme de forma inesperada con los rayos del sol. Me aterra lo mucho que necesito creerle.

—¿Cómo sabes que un miembro del equipo de seguridad está implicado? —pregunto.

Tensa un músculo de la mandíbula antes de responder.

—Me colocaron como guardaespaldas con el objetivo de encontrarlo.

—Sus palabras son medidas, precisas—. Según la Inteligencia de Scotland Yard, era posible que alguien cercano a ti le estuviera pasando información al mismo grupo que orquestó el secuestro de Matheson y Webley. Mi misión es identificar al traidor.

Si bien el aire se cuela por las ventanillas de la pick-up , de pronto no hay suficiente.

¿Eoin me está diciendo que sabía desde el principio que alguien del equipo podía estar infiltrado?

—A ver si te he entendido bien. No eres un oficial de seguridad. Eres…, ¿qué? ¿Un detective? ¿Un agente encubierto? —Mi voz registra una calma peligrosa.

—Sí, soy agente encubierto en la MO3, la Unidad de Policía Encubierta de Scotland Yard.

La traición me corroe por dentro.

—Entonces, hoy, cuando se suponía que me estabas diciendo la verdad, te dejaste en el tintero algún que otro detalle relevante. —Mi tono es un témpano de hielo.

Eoin hace una mueca, como si le doliera.

—Lo siento. Quería contártelo, pero no podía poner en peligro la investigación. Cuanta más gente conociera mi verdadera identidad, más grande era el riesgo. Tenía órdenes directas de mantener mi tapadera, a cualquier precio.

Se me oprime el pecho, igual que si alguien me comprimiera las costillas con un tornillo de banco.

Es la misma sensación que tuve hace tres años en la sala de estar de mi madre cuando me enseñó un extracto bancario para demostrar que todo aquello en lo que yo creía era mentira.

El acento es distinto, también las circunstancias, pero el engaño sigue siendo el mismo: alguien en quien confío ha estado interpretando un papel, guardando secretos, tomando decisiones sobre mi vida sin decírmelo y sin mi consentimiento.

Si añadimos la traición de Amelia, empiezo a sospechar que tengo una maldición, que hay algo en mi ADN que atrae a los traidores.

Llevo la mano directa a mi anillo grabado y, mientras lo giro una y mil veces, intento reconciliar todo lo que sabía sobre Eoin con esta nueva imagen, más desagradable.

Por supuesto que es un infiltrado. Estaba claro que la única persona con la que me siento capaz de dejar caer mi máscara tenía que ser la que lleva puesta la más grande de todas.

—O sea, eres lo bastante profesional como para ocultar que en realidad eres un agente encubierto, pero no para abstenerte de follarme. Un dato muy esclarecedor sobre cuáles son tus prioridades.

—Nicholas…

—¿O lo de acostarte conmigo era parte de la coartada? Tus compañeros de equipo jamás sospecharían de tu tapadera si estabas ocupado tirándote al escoltado. ¿Lo de cómo seducir a la realeza para ganarte su confianza te lo enseñaron en Scotland Yard o fue por iniciativa propia?

—Por supuesto que no… —empieza Eoin, pero lo interrumpo.

—Una técnica fascinante. Hacer que el príncipe confíe en ti, que se abra sobre los traumas de su pasado, ¿para qué?, ¿para incluirlo en el informe oficial? «El escoltado muestra vulnerabilidad en relación con su progenitora. Se recomienda explotar esta faceta para recabar más información».

—¡Nicholas! —ruge Eoin. Desvía el vehículo hacia un lado de la carretera y se queda mirándome fijamente, con el pecho agitado.

La vena de su sien late con fuerza mientras que sus ojos grises se han oscurecido imitando una tormenta invernal.

Cuando por fin habla, su acento es más pronunciado que nunca.

—¿Eso piensas? ¿Que jugué contigo? ¿Que…

? Por Dios, Nicholas. —Se pasa la mano por el pelo con vehemencia—.

He arriesgado mi carrera, mi reputación, todo aquello por lo que he trabajado desde que salí de los barrios marginales de Belfast, por ser incapaz de alejarme de ti.

He quebrantado el protocolo cada vez que hemos estado juntos.

Es una falta tan grave que podría perder mi trabajo.

Después de lo que sucedió anoche, a punto estuve de pedir que me reasignaran a otra misión.

Sabía que estaba tan implicado emocionalmente que no había otra solución.

¿De verdad crees que es parte de una puta estrategia?

Tengo los labios entumecidos.

—¿Y por qué no pediste que te reasignaran? —logro preguntar.

—Porque me enteré de que definitivamente hay un infiltrado en el equipo de seguridad, y tenía que mantenerte a salvo.

—Respira hondo al tiempo que se pasa la mano por la cara—.

Tienes todo el derecho a estar enfadado porque te oculté mi verdadera identidad.

Y no te hablé de la misión. Pero no te permito que etiquetes lo que pasó entre nosotros como una mera maniobra táctica.

Quiero creerle. Necesito con desesperación creer que los momentos que pasamos juntos no se debieron a que estaba haciendo su trabajo. Que cuando mira ve al verdadero Nicholas, no una investigación o al príncipe sustituto.

Pero también le creí a Daniel cada una de sus palabras, y ya sabemos cómo me fue.

Noto que me vuelvo a poner la coraza; empieza a invadirme una sensación de adormecimiento familiar.

Es el mecanismo de defensa que me ayudó a sobrellevar el abandono de Daniel esas primeras semanas, después de que me enteré de lo que hizo mi madre.

Es más fácil así: dejar que mi corazón vuelva a rodearse de hielo, levantar paredes que, como un tonto, había comenzado a derribar.

Al menos cuando ya te esperas una traición no te deja boqueando como pez fuera del agua.

Aparto la mirada.

—Ponte en marcha. Me persiguen unos terroristas, ¿recuerdas?