Capítulo 27 #2
—Señor —lo llamo tras acercarme a la barra—, creo que es hora de continuar con el tour .
Lee mi expresión al instante, y apoya la pinta sin cuestionamientos.
—Claro. Aunque ya le estaba pillando el truco al trabajo de cantinero. En mi próxima vida, quizás.
Lo guío hacia Blake protegiéndolo de las ventanas con mi cuerpo. La guía turística nos acompaña, confundida por el cambio de planes repentino.
—¿Pasa al…? —comienza.
La explosión la interrumpe a mitad de palabra.
El sonido reverbera en la estructura de madera, y enseguida se oyen gritos exteriores.
—¡Agáchate! —grito mientras empujo a Nicholas detrás de la barra de madera. Blake se agacha en posición defensiva en la puerta con el arma desenfundada.
—¿Qué cojones…? —pregunta Nicholas.
Mi auricular se activa.
—Se confirma explosión, vehículos comprometidos…
Las palabras me aturden más que la explosión. Por mi cabeza pasan mil escenarios, cada uno peor que el anterior. Si nos han dejado sin medios de transporte, estamos atrapados. Está claro que sabían dónde golpear…
Alguien abrió la boca. Alguien del equipo desveló nuestra ubicación, los protocolos, las vías de escape.
Lo que significa que todo mi entrenamiento ahora mismo no sirve de nada.
—¿Salida alternativa? —pregunto a Blake.
—Por la cocina, luego por detrás —responde sin levantar la vista de la puerta—. Pero a partir de la cuesta es todo terreno abierto.
Se me viene a la mente la sesión informativa: El Dragón Verde da a orillas de un lago.
Por detrás, se eleva una cuesta cubierta de hierba.
Arriba del todo, la línea de los árboles.
Al descender, el estacionamiento del personal.
Tendremos que subir la pendiente y exponernos por completo antes de poder bajar hacia los vehículos.
—Es mejor que estar atrapados aquí. —Tomo la decisión al instante—. Blake, coordina con Cavendish. Voy a llevarme al escoltado por la cocina.
Blake duda un microsegundo.
—Según el protocolo estándar, el escoltado debe estar rodeado…
—El protocolo se va a tomar por culo. Alguien acaba de hacer explotar los vehículos de emergencia. —Agarro a Nicholas del brazo—. Nos ponemos en marcha ya.
Todo hay que decirlo: no pierde el tiempo haciendo preguntas o protestando. Me sigue mientras nos desplazamos raudos por la cocina y dejamos atrás a los empleados que, agachados tras oír la explosión, nos miran con los ojos desorbitados.
En la puerta trasera me coloco delante de Nicholas para servir de escudo humano entre él y lo que sea que nos espera fuera.
Veo a través de la ventana la cuesta cubierta de hierba que se extiende hacia arriba.
El sol de verano calienta la superficie amarronada.
No hay donde cubrirnos hasta que alcancemos los árboles de la cima.
—En cuanto salgamos, te quiero siempre detrás de mí —le digo sin girarme—. Hay que llegar a esos árboles de ahí. El estacionamiento está del otro lado.
—Entendido.
Abro la puerta. En cuanto salgo, busco de inmediato las posibles amenazas. El calor de la tarde pega con fuerza tras el fresco del interior.
Comenzamos a subir la cuesta, y coloco mi cuerpo de modo que proteja a Nicholas lo máximo posible.
La hierba seca cruje bajo nuestros pies, y la cuesta es más escarpada de lo que parecía desde abajo.
A cada paso nos exponemos; bajo los rayos del sol, somos el blanco perfecto en contraste con la ladera.
A mitad de camino, se oyen unos gritos.
Joder.
Alguien ha descubierto nuestra retirada.
—Sigue moviéndote —apremio.
Los primeros disparos se oyen en el aire en cuanto nos acercamos a la línea de árboles. Empujo a Nicholas al suelo y cubro mi cuerpo con el suyo mientras las balas se alzan por encima de nuestra cabeza.
—¡ Haki ! —El grito, lleno de rabia, viene desde abajo—. ¡ Haki !
No tengo ni idea de lo que significa, pero no hay tiempo para reflexiones. Los árboles están a diez metros de distancia.
—¡A gatas! —ordeno—. ¡Rápido!
Nos desplazamos con manos y rodillas mientras la hierba seca nos raspa la piel expuesta. Más disparos. Pero son tiros a ciegas, estamos demasiado cerca de la cima, por lo que no tienen un buen ángulo de visión.
Con el corazón en la boca, logramos llegar a la hilera de árboles. Por entre medio de los troncos se vislumbra el descenso hacia el estacionamiento. El camino está salpicado de varias plantas locales.
—Hacia abajo, por el otro lado —ordeno—. Siempre agachado, y usa las plantas para ocultarte.
Nos colamos por entre los árboles y comenzamos el descenso en parte dejándonos resbalar sobre la tierra suelta. Detrás, los perseguidores llegan a la cima, y sus gritos se oyen más de cerca.
Una docena de coches en el aparcamiento se tuestan bajo el sol abrasador de la tarde. Veo un Toyota Hilux oscuro cerca de la salida. Robusto, anodino. Es de conocimiento popular que este tipo de pick-ups son fáciles de arrancar.
—Esa —señalo.
En cuanto acabamos el descenso, corremos por el asfalto, totalmente expuestos.
Uso mi cuerpo para proteger a Nicholas a la par que compruebo las puertas del Hilux. Cerrado, por supuesto. Nunca me lo ponen fácil.
—Quédate agachado —dirijo; luego, le doy un violento codazo a la ventanilla del conductor. El vidrio de seguridad se agrieta y se derrumba. Acto seguido, la alarma comienza a sonar.
Paso la mano por la ventanilla para abrir la puerta y tiro de Nicholas para que entre al coche.
Se desliza hasta el asiento del copiloto, y en cuanto yo entro, examino el arranque.
—¡Eoin! —La advertencia de Nicholas interrumpe mi concentración.
Me giro para ver a uno de los atacantes a mitad de la bajada, arma en mano. Joven, pinta de militar, su rostro acusa determinación. Me contoneo y disparo dos veces, por lo que lo obligo a buscar refugio. Enseguida vuelvo a concentrarme en la tarea contrarreloj de puentear el vehículo.
Los cables están en el sitio que toca. Pelar, retorcer, encender. Cuando el motor cobra vida, se oyen más disparos a un lado de la pick-up . El sonido de las balas que atraviesan el metal es inconfundible, imborrable.
—¡Agáchate! —grito al tiempo que una bala hace añicos el cristal trasero y el vidrio de seguridad se desparrama por todo el asiento.
Pongo el coche en marcha atrás y retrocedo a toda prisa con los neumáticos chirriando contra el asfalto, para luego volver a cambiar la marcha hacia delante.
—Sujétate —advierto antes de acelerar hacia la entrada de mantenimiento.
La puerta revienta por el impacto, y el sonido del metal y la madera al ceder es gratificante. Luego, viro hacia una vía secundaria apretando el acelerador lo máximo que puedo. A pesar de las protestas, el motor aguanta.
Por el retrovisor veo unas figuras que corren hacia los vehículos del aparcamiento. Nos perseguirán, pero llevamos ventaja. Puede que sea suficiente.
O eso espero.
—¿Te han dado? —pregunto, dividiendo mi atención entre Nicholas y la carretera.
—No. —Se pasa la mano por el torso para comprobar—. ¿Y a ti?
—Estoy bien. —Todavía tengo la adrenalina bombeándome por todo el cuerpo, por lo que me tiemblan las manos al intentar aferrarme al volante.
Lo de «bien» es relativo. Pero estamos vivos. Eso es lo que importa.
—¿Cómo sabes puentear un coche?
—Tuve una juventud rebelde. —Giro el volante con brusquedad en la primera esquina. Debo concentrarme en conducir, en las vías de escape, en mantenernos con vida—. Mira en la guantera. ¿Algo útil?
Nicholas rebusca con manos más firmes que las mías.
—Permiso de circulación, linterna, pañuelos desechables. A no ser que sonarnos la nariz nos ayude a escapar, no veo nada que nos dé una ventaja táctica.
A pesar de todo, del miedo, de la adrenalina, de la posibilidad muy real de que estemos en peligro, noto mi semisonrisa. En medio de un intento de secuestro, el ingenio de Nicholas sigue intacto. Es tan «él» que mi pecho se afloja un poquito.
Con un giro brusco, me meto por una carretera más amplia, lo que nos pone a mayor distancia de los perseguidores. El velocímetro indica que he pasado el límite legal, pero es lo último que me preocupa.
El paisaje campestre de Nueva Zelanda es un borrón tras los cristales. Todas esas colinas ondulantes y pintorescas que admiramos de camino aquí ahora son obstáculos que nos impiden ponernos a salvo.
Si es que eso de ponernos a salvo aún es viable.
Hago un inventario mental: un vehículo robado, ningún refuerzo en el que pueda confiar y la Glock en mi cadera con dieciocho cartuchos. Adquirir el permiso diplomático fue una pesadilla, y aun así, con las restricciones de Nueva Zelanda, solo puedo llevar un tercio de la munición.
Dieciocho balas entre nosotros y lo que sea que se nos viene.
He estado en situaciones peores, pero no muchas.
—¿Y los otros? —pregunta Nicholas, y al notar la preocupación en su voz me centro en él—. ¿Blake? ¿Cavendish?
—Si escaparon, se pondrán en contacto con la central. —Me aferro al volante con más ahínco—. Pero ahora mismo no podemos confiar en los protocolos estándar.