Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 27
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Capítulo 27

Capítulo Veintisiete

Eoin

Detesto las atracciones turísticas.

Puestos a elegir, me quedo con los callejones de los peores barrios de Belfast o de Londres.

Al menos ahí sabes de dónde te vienen las amenazas.

Pero los sitios con paisajes perfectos como este set de filmación de Hobbiton son una puñetera pesadilla para la seguridad. Envuelta en fantasía tecnicolor.

—¿Los hobbits tienen alguna política particular para las visitas reales?

No me gustaría quebrantar algún antiguo protocolo de los segundos desayunos en la Tierra Media.

O causar un incidente diplomático con los elfos —dice Nicholas mientras seguimos a la guía turística por caminos sinuosos y agujeros hobbits .

Nuestra guía es una «kiwi» vivaracha con un conocimiento enciclopédico sobre Tolkien. Lo acompaña de un talento envidiable para caminar hacia atrás sin tropezarse a pesar de las irregularidades del terreno.

La guía ríe.

—Mientras no se le ocurra rechazar el tentempié de media mañana, no hay problema. Al último noble que lo intentó se lo llevaron detrás de El Dragón Verde para arrojarle setas.

Escaneo al pequeño grupo que tiene el visto bueno para participar de este tour privado. Empleados en su mayoría, y unos pocos vips preautorizados que donaron una cantidad infame de dinero a la caridad. Solo por tener el privilegio de ver a un príncipe fingiendo interés en un set de filmación.

—¿Hay una comunidad de propietarios en Hobbiton? Imagino que el reglamento sobre el color de las puertas y la disposición de los gnomos de jardín debe de ser muy estricto —dice Nicholas arrastrando las palabras.

Nunca deja de sorprenderme. Acabo de confesarle que existe una amenaza terrorista contra él. Aun así, desborda entusiasmo ensayado, y se las apaña para fingir que le encantan las decoraciones del huerto. Y siempre manteniendo una postura perfecta.

Ahora me doy cuenta de que, para él, vivir una vida simulando es aún más problemático de lo que creía.

Tengo atragantado en la garganta lo que me confesó en el coche. Daniel. El novio que cogió el dinero y se las piró, el que le dio a entender que su confianza y su corazón tenían un precio de compraventa, igual que cualquier otra mercancía. Y su propia madre fue la que orquestó semejante traición.

Reflexiono sobre aquel momento en Rosemere Hall. Lo fácil que me dejé conmover por sus lágrimas, como un novato inocente. Con sus artes manipulativas me convenció para que creyera que Nicholas era un desalmado, un desconsiderado. A saber con cuántas personas más lo habrá hecho.

Me invade la vergüenza al recordar esa noche. Lo rápido que juzgué basándome en una actuación sin saber que lo era. El Eoin que presenció esa escena fue el que perdió a su madre. El que no pudo tolerar ver a un hombre tratar a la suya con crueldad. Mi objetividad brilló por su ausencia.

Tan predispuesto estaba a pensar lo peor de él, tan deseoso de confirmar mis prejuicios sobre la monarquía, que caí en las artimañas de su madre sin siquiera cuestionármelo.

Mi madre decía que se puede juzgar a un hombre por cómo trata a su madre. Pero nunca me advirtió de las madres que utilizan el amor de sus hijos como arma contra ellos.

Si añadimos la traición de su hermana, es normal que Nicholas se escude tras el sarcasmo, que sospeche de las intenciones de todo el mundo.

¡Jesús! Lo que siento es tan profundo que ya no puedo salir del pozo.

Tenía claro que ya no podía actuar de forma profesional, y que por eso debía marcharme. Pero mi decisión se vio truncada cuando la evaluación de las amenazas cambió. No puedo abandonarlo ante un enemigo desconocido.

Y ahora, cada hora que paso con él, cada barrera que deja caer, cada secreto que comparte conmigo, me arrastra más y más a las profundidades de algo que me destruirá en cuanto acabe.

Porque acabará.

Los príncipes como Nicholas no se quedan con tíos de barrios marginales, ni siquiera en los cuentos de hadas. Y aunque este parque temático sea la Tierra Media, ni Tolkien hubiera casado a un hobbit con la realeza.

Respiro hondo. Debo centrarme en mi tarea: identificar al espía y neutralizar cualquier amenaza para Nicholas.

Ya me preocuparé de recoger los trozos que queden de Eoin O’Connell cuando la misión acabe. Cuando me toque presentarme en una oficina gris de Londres fingiendo no saber cómo suena su voz al pronunciar mi nombre.

—Y por aquí tenemos —anuncia la guía con aire teatral. Sus palabras me devuelven a la realidad— la residencia de Bilbo y Frodo: Bolsón Cerrado. El agujero hobbit más famoso de toda la Tierra Media.

La puerta verde es fácilmente reconocible, incluso hasta para mí que solo he visto las películas una vez.

—¿Le gustaría echar un vistazo, Alteza? —pregunta la guía.

Nicholas da un paso hacia delante y dice:

—Por supuesto. Pero temo por mi cabeza.

Con mi instinto de protección en alerta máxima, me acerco un poco en cuanto se aproxima a la puerta redonda. Al abrirla, el sitio resulta ser un decorado con el suficiente espacio como para sacar fotos, no un interior como tal.

—No es tan grande como el palacio de Kensington —dice Nicholas tras ojear el sitio—, pero hay que apreciar lo acogedor que es.

—¿Quiere sacarse una foto, señor? —ofrece la guía.

—¿Por qué no? —responde Nicholas de inmediato—. Aunque tengo la sospecha de que nadie me tomaría por un hobbit . Estamos en un rango de estatura muy distinto.

En cuanto se posiciona delante de la icónica puerta verde, vuelvo a analizar mis alrededores.

Singh se ubica en la curva del sendero y sus ojos vigilan el terreno de forma constante.

Blake, más retrasada, cerca el perímetro.

Si bien todo parece en orden, no logro erradicar el hormigueo que me recorre el cuerpo.

—Intentaré no caerme en el agujero. Lo último que necesito es darle munición a la prensa amarilla británica.

Ya imagino los titulares: «Nicholas: historia de una ida y una vuelta…

en ambulancia», «Padecimiento “real” en la Comarca», «La caída de Mordor, versión príncipe Nicholas».

Si es que prácticamente se escriben solos —comenta, lo que provoca una oleada de risitas.

La excursión por el paisaje de ensueño de Hobbiton continúa, con colinas ondulantes y jardines muy pintorescos. Nicholas despliega sus encantos con todos, suelta bromas irónicas comparando su altura con la de los hobbits , y hace preguntas inteligentes sobre el proceso de filmación.

Nadie podría sospechar que hace tan solo una hora me habló de una de sus heridas más profundas.

Mientras que yo…, sigo ocultándole información.

La culpa me corroe por dentro. Aunque le he dicho que existe una amenaza real, no sabe que hay alguien de su equipo de seguridad involucrado en toda esta conspiración. Tampoco sabe que no soy un oficial de seguridad, sino un detective encubierto.

No sabe cuál es mi verdadera identidad.

Después de lo que me contó sobre Daniel, de cómo un ser querido traicionó su confianza de la forma más espantosa, apenas puedo soportar el peso de mi engaño.

—Próxima parada, la taberna El Dragón Verde —anuncia la guía al tiempo que señala una construcción con techo de paja—. El sitio está operativo. Incluso hacemos nuestras propias cervezas artesanales inspiradas en las películas.

Nicholas se pone a mi lado en cuanto nos movemos en dirección a la posada.

—Ya estás de nuevo con ese gesto en la cara.

—¿Qué gesto? —pregunto sin apartar la mirada de lo que nos rodea.

—El que parece que estás calculando mentalmente la trayectoria exacta de cada posible bala, cada cuchillo y cada dardo envenenado a una distancia de cinco kilómetros a la redonda. —Su tono es ligero, pero sus ojos me observan, afilados, cuando llevo la vista hacia él—. Es bastante perturbador.

—Solo hago mi trabajo —respondo.

—Se te da fatal reconfortar a la gente. Lo sabes, ¿no?

A pesar de todo, un lado de mi boca se curva hacia arriba.

—No está contemplado entre mis tareas.

—Qué pena. Cualquiera pensaría que en algún apartado del manual del buen guardaespaldas figura cómo evitar que el escoltado sufra ansiedad por posibles amenazas a su persona.

Al llegar a El Dragón Verde, los del grupo del tour van entrando uno a uno, pero yo me aparto para conversar con Singh, quien ha estado vigilando el perímetro.

—¿Novedades? —pregunto bajito.

Niega con la cabeza.

—Todo correcto. Aunque ha llegado un equipo de mantenimiento, y la visita no estaba programada. Están cerca del estacionamiento. Cavendish lo está investigando.

Algo en su postura hace que se disparen las alarmas. Lo veo demasiado rígido, demasiado formal, y no me mira del todo a los ojos. ¿O me he vuelto un paranoico que ve amenazas en cualquier sitio?

—Mantente alerta —digo, y luego sigo a Nicholas a la posada.

El interior presenta vigas de madera sin pulir y rincones acogedores, una recreación perfecta de la película. A Nicholas se lo llevan detrás de la barra para que aprenda a servir cerveza de hobbit , y el pequeño grupo que lo rodea lo observa encantado.

Cuando levanta la pinta para brindar al aire, nuestras miradas entran en contacto, y esa calidez inconveniente se expande por mi pecho.

Da igual las veces que me repita que esto, lo que sea que tenemos, va a terminar fatal. Mi cuerpo se niega a escuchar.

Escucho un ruido estático en el auricular seguido de la voz de Cavendish.

—Posible complicación en la entrada principal. Tres individuos sin autorización quieren acceder al recinto. Voy a interceptarlos.

Toco el intercomunicador en señal de reconocimiento, y cambio de posición para monitorear desde un mejor ángulo las entradas a la posada. Blake está apostada en la principal, lenguaje corporal casual, ojos en alerta. Singh ha desaparecido, imagino que para darle apoyo a Cavendish.

Algo no cuadra. Ese instinto que me ha mantenido con vida durante años de trabajo como agente encubierto se empeña en enviarme señales de alarma.

Cuando Blake me mira, le hago una señal sutil con la mano. Asiente, y se encamina hacia la salida trasera para cubrir la posición.