Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 26
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Capítulo 26

Capítulo Veintiséis

Nicholas

Tiene sentido que, si viajas a Nueva Zelanda, visites un estadio de rugby . Eden Park se extiende ante mí. Un campo sagrado donde Nueva Zelanda ha matado las ilusiones de tantos equipos internacionales, incluidas las de varios ingleses.

El almuerzo en beneficio de la iniciativa Un Nuevo Comienzo parece ser el superevento de la temporada en Auckland, a juzgar por lo abarrotada que se halla la sala de recepción.

Jugadores en activo y antiguas leyendas se han congregado para recaudar dinero y ayudar a jugadores cuyas carreras se han truncado por una lesión.

Me ajusto los puños, y busco a Eoin con la mirada de forma automática. Se ha posicionado cerca de la entrada con una postura demasiado rígida, incluso para él.

Algo le pasa. Lo noto en la tensión de su mandíbula, en la manera de escanear la estancia una y otra vez, sin detenerse demasiado en ningún punto en concreto. Cada pocos segundos lleva la mano derecha hasta su auricular, un gesto nervioso que no le había notado antes.

Me he vuelto un experto en el lenguaje de Eoin O’Connell sin siquiera percatarme de haberme apuntado al cursillo.

Sé cuál es el ángulo exacto en el que ladea la cabeza cuando escucha algo por el auricular, y la forma en que los rayos del sol impactan sobre el vello de su barba volviéndola de un tono cobrizo brillante.

Su acento irlandés se vuelve más pronunciado cuando está excitado, y…

—Alteza Real —interrumpe mis pensamientos una voz en el momento justo. Las erecciones inapropiadas no van de la mano con las sesiones de fotos de un evento benéfico.

Al girar, me topo con el rostro resplandeciente de la señora Henare, la organizadora del evento.

—No sabe la ilusión que me hace que esté aquí. ¿Le gustaría que le presente a algunos de los jugadores?

—Será un placer. —Jugué al rugby en Eton, así que le guardo un cariño especial a este deporte, si bien como jugador era bastante mediocre.

La señora Henare se hace paso entre la muchedumbre y me lleva hasta dos jugadores que reconozco de inmediato.

Aiden Jones, la exestrella de la selección neozelandesa, un estratega excepcional y una pesadilla para la línea de defensa inglesa durante casi una década.

A su lado, Tyler Bannings, el joven jugador que relevó a Aiden como apertura titular, y que va camino de convertirse en otra leyenda del deporte.

—Le presento a…

—Aiden Jones y Tyler Bannings —acabo por ella al tiempo que extiendo la mano, primero a Tyler—. Ese ensayo contra Inglaterra en la semifinal del Mundial aún atormenta el inconsciente colectivo de mis compatriotas, señor Bannings.

—Bannings-Jones, en realidad —informa Tyler mientras me estrecha la mano—. Juntamos los apellidos cuando nos casamos. Queríamos que los comentaristas de rugby se ganaran el sueldo con el sudor de su frente.

—Felicidades por el matrimonio.

—Gracias —responde Aiden al darme un firme apretón de manos. En la tele siempre se lo ve taciturno y distante, pero cuando observa a su marido noto dulzura en su mirada.

Mientras tanto, su marido me dedica una sonrisa traviesa antes de decir:

—Los ingleses tenéis una relación muy peculiar con los deportes. Inventáis el rugby , netball , críquet, tenis…, y luego os dedicáis a ver cómo otras naciones os ganan.

—Nos gusta pensar que ponemos nuestro granito de arena en el mundo. Aunque creo que nuestros jugadores no se sienten tan caritativos cuando les toca observar la haka .

Aiden y Tyler ríen, y luego la conversación deriva en otras cuestiones, como su rol en la organización benéfica que ayuda a jugadores que han sufrido una lesión.

Intento escuchar con atención y comentar cuando corresponde, pero una parte de mi cerebro no puede evitar vigilar a Eoin.

Se ha posicionado para poder custodiar ambas salidas, pero sin mirarme directamente.

Desde que llegamos hemos hecho contacto visual solo dos veces, y en ambas ocasiones él desvió primero la mirada.

Después de lo de anoche, esta distancia intencional es como una bofetada.

¿Se debe a que Singh estuvo a punto de descubrirnos? ¿Ese desliz lo ha llevado a replantearse… lo que sea que tenemos?

Se me revuelve el estómago de pensarlo, y las burbujas del champán no ayudan.

El resto del almuerzo transcurre en una nebulosa de discursos, subastas y actividades sociales.

Me dedico a hacer lo que mejor me sale: camelarme a los benefactores, posar para las fotos, soltar frases ingeniosas que me harán quedar bien en cuanto se mencionen en los periódicos y en las redes sociales.

Al rato, nos estamos preparando para ir al siguiente evento, una visita al set de filmación de Hobbiton. En cualquier otro momento, hubiera gastado bromas del estilo «¿me puedo quedar el anillo que los gobierna a todos?», pero ahora mismo tengo los nervios crispados.

—El coche está esperándolo, señor. —Eoin se materializa a mi lado mientras me despido de Tyler y Aiden. Su voz es profesional, distante. Muy lejos de aquellos susurros compartidos en la intimidad.

—Gracias, oficial O’Connell. —Le inyecto frialdad a mi voz para imitar su formalidad.

El interior del coche es una bendición tras el abarrotamiento de la recepción.

Me acomodo en el asiento de cuero y observo el paisaje urbano de Auckland desvanecerse en la distancia mientras nos dirigimos al campo, en dirección sur.

Eoin se halla enfrente de mí con la postura rígida y la mirada fija en las vistas exteriores.

La oficial Blake se ha colocado al lado del conductor, por lo que estamos solos en la parte trasera, dividida por una mampara de privacidad. Es lo más cerca que hemos estado el uno del otro en todo el día.

—¿Me haces el favor de explicarme por qué te comportas como si estuviéramos en una novela de John le Carré? —pregunto en voz baja.

Eoin levanta la cabeza rápido, y me mira a los ojos.

—No es nada de lo que deba preocuparse —contesta, al fin.

El silencio se prolonga entre ambos, más tenso que un alambre de púas.

Mis dedos van hacia mi anillo, y lo hago girar en espiral, igual que mis pensamientos.

Ayer estuvimos piel contra piel, sin barreras de por medio. Incluso susurró mi nombre como si fuese una plegaria.

Ahora mismo, parece de piedra; me es imposible leer su rostro.

De repente, pienso en Daniel.

Él era capaz de pasar de la pasión a la distancia en un santiamén. Y también guardaba secretos.

Me giro hacia la ventanilla en un intento por sofocar una incómoda oleada de pánico. No es lo mismo. Eoin no es Daniel. Ambas situaciones son muy diferentes.

¿Verdad?

Por más que intento autoconvencerme, los paralelismos son llamativos.

La repentina distancia emocional después de la intimidad.

La sensación de que sucede algo en la sombra que no se me permite ver.

Daniel era un experto a la hora de hacerme sentir que mis instintos fallaban, que la distancia que yo percibía era producto de mi imaginación.

¿Qué puedo hacer?

Mi instinto me pide a gritos que me aleje.

Si ha decidido ponerse en este plan, lo trataré con la misma frialdad y distancia. Volveré a meterme en el papel del príncipe intocable. Para eso me sobra práctica.

Pero mi corazón traidor no deja de recordar que anoche, en la intimidad, no tuve que actuar. Que bastó con ser Nicholas. Solo de pensar en encasillarme de nuevo en el sofocante rol del príncipe me entran ganas de darle un puñetazo a algo.

A tomar por culo.

—No insultes mi inteligencia, te lo pido por favor. —Me inclino hacia delante con la vista fija en él—. Tú y todo el equipo de seguridad habéis estado en alerta todo el día. Así que vuelvo a preguntar: ¿qué está pasando?

Eoin duda, y noto la guerra que se desata en su mirada.

—Medidas preventivas. Nada de lo que deba preocuparse.

—¿Nada de lo que deba preocuparme? —repito con incredulidad—. ¿Acaso no soy el puto blanco en esta diana? Me parece que tengo todo el derecho a saber si hay amenazas contra mi persona.

—Lo estamos solucionando.

Que desestime mi comentario me produce un escalofrío en el cuerpo que poco tiene que ver con el aire acondicionado del coche.

No me paro a reflexionar, las palabras comienzan a brotar solas.

—No sabes lo que detesto que me ocultes cosas. Me hace recordar… —Dejo la frase sin acabar al darme cuenta de lo que estaba a punto de revelar. Trago saliva antes de continuar—: Me hace recordar a alguien. Y lo último que quiero es que me recuerdes a esa persona.

—¿No quieres que te recuerde a quién? —Me clava la mirada, afilada como una navaja, pero, de algún modo, con un deje de ternura.

Lo que veo en sus ojos traspasa mis defensas, que se desmoronan como torreón que se rinde ante el paso del tiempo tras siglos de existencia.

Nunca nadie me ha mirado así. Como si lo que voy a confesar fuera importante, y no por mi título o por cómo pueda afectar a las relaciones diplomáticas, sino porque es algo significativo para mí.

—A alguien que conocí en la universidad. Fui lo bastante imbécil como para confiar en él y compartir algo más que mis apuntes —digo, por fin—. Tenía muchos secretos. La cosa no acabó bien. —Menuda obviedad he soltado.

Miro hacia la ventanilla y veo las colinas pasar.

—¿Qué sucedió? —Su voz es tensa.

En cuanto vuelvo a mirarlo, su expresión es intensa, como si quisiera ir en su búsqueda y arrancarle la piel a cachos si no le gusta lo que está a punto de escuchar.

Eoin no me traicionaría. Al ver su rostro, en mi fuero interno sé que esto es así. También hace que me dé cuenta de hasta dónde llega mi atracción por él.

Él es una presencia firme que no sabía que necesitaba, alguien que me ancla al presente, que no tiene reparos en decirme las verdades a la cara cuando los demás se sienten intimidados y ni siquiera lo intentan.

—Ah, la clásica historia de amor juvenil. Y le añadimos ocho meses de entregarle el corazón a un tío para que luego lo destruyera por completo.

Me vienen a la mente recuerdos del hermoso rostro de Daniel.

Cuando nos conocimos, él cursaba su último año en Oxford mientras que yo estaba en segundo. Estudiante de Relaciones Internacionales, inteligentísimo, encantador, con ambición. Un alumno perfecto para Oxford.

Fue mi tutor en un trabajo sobre seguridad internacional en el siglo xx , y me tenía embelesado.

Al principio creía que se trataba de una especie de fascinación a nivel académico, porque admiraba su inteligencia y la seguridad con la que se manejaba en las tutorías.

Pero luego me di cuenta de que al corregir mi redacción me quedaba contemplando sus manos.

Pensando en cómo se sentirían contra mi piel.

El día que nuestras rodillas se tocaron por debajo de la mesa durante una sesión de tutoría, la descarga que sentí en todo el cuerpo no fue nada académica.

Todo era aterrador y excitante al mismo tiempo.

No era la primera vez que me sentía atraído por un hombre, pero sí fue la primera vez que no pude achacarlo a una simple admiración por un exterior bonito, y tuve que reconocer la verdad.

—¿Cómo te rompió el corazón? —pregunta Eoin.

—Cuando mi madre se enteró de nuestra relación, no estuvo de acuerdo.

Por supuesto, esto fue antes de lo de Callum, antes de que el público aceptara a un miembro gay en la familia real.

Le pareció que lo más apropiado era sobornar a Daniel para que rompiera conmigo.

—Las palabras me saben amargas a medida que las pronuncio—.

Cincuenta mil libras. Eso es lo que vale el corazón de un príncipe, por lo visto.

Me parece casi un insulto. Uno esperaría al menos seis cifras.

La expresión de Eoin se oscurece.

—¿Y aceptó?

—Aceptó. Con ese dinero se financió el máster que hizo en LSE. Lo último que sé de él es que trabaja en un centro de investigación en Washington.

En su rostro percibo rabia, empatía y algo más que no sabría descifrar.

—No se comportaron bien —dice, por fin, con voz baja y áspera—. Ninguno de los dos.

—Sí, bueno, la vida de la realeza viene acompañada de ciertos riesgos laborales. En este caso, madres traicioneras y novios mercenarios. —Trago visiblemente antes de enarcar una ceja—. Así que, como puedes imaginar, que alguien me oculte información me afecta mucho.

—No es lo mismo —dice Eoin.

—¿Te parece? Prefieres que viva en la ignorancia, tomar tú decisiones que afectan a mi vida sin tener en cuenta mi opinión. ¿Qué es tan diferente?

—Que yo… —Se detiene abruptamente, y aprieta la mandíbula.

—¿Que tú qué? —lo apremio.

Sus ojos color gris tormenta se encuentran con los míos.

—Que yo intento mantenerte con vida, no controlarte. Hay una diferencia.

—Desde mi punto de vista, la diferencia no está tan clara —respondo, aunque mi voz ha perdido un poco de fuelle.

Eoin se pasa una mano por la cara, y de repente tiene aspecto de cansado.

—Hay información de Inteligencia que sugiere que habrá un nuevo atentado —dice, al fin—. Por eso estamos en alerta máxima.

Se me corta la respiración.

—¿Para cuándo, exactamente?

—No lo sabemos. Pero por la cantidad de mensajes podría ser pronto.

El coche pilla un bache, y nos sacudimos. Eoin lleva su mano de forma inconsciente a la funda de su hombro como para comprobar que su arma sigue allí.

—Cualquiera pensaría que informar al objetivo es esencial para su seguridad. Tengo derecho a saberlo.

Levanta la vista para mirarme.

—Sí, lo sé. Lo siento.

Esa simple disculpa me toma por sorpresa.

Daniel nunca se disculpó, ni siquiera cuando lo enfrenté tras lo sucedido. Después de mirarme con ojos calculadores, dijo: «Seamos realistas, Nicholas. ¿Qué creías que iba a pasar? ¿Que tu madre y tu abuela me recibirían en la familia real con los brazos abiertos? Esto tenía fecha de caducidad».

Pero la disculpa de Eoin me parece genuina. Continúa sosteniéndome la mirada.

—Yo no soy él —dice, en voz baja, repitiendo lo que ya dijo una vez—. No guardo secretos con la intención de hacerte daño o de controlarte. Pero entiendo por qué lo ves de esa manera.

Mi pecho se relaja un poco.

—Entonces, ¿qué hay que hacer?

—Seguir los protocolos de seguridad. Y mantenerte a salvo hasta que identifiquemos la amenaza. —Sus manos descansan sobre sus rodillas, y la tensión en sus hombres es palpable—. Prometo mantenerte más informado de ahora en adelante.

Asiento, aunque no estoy del todo satisfecho. De momento, elijo aceptar este arreglo.

—Por si sirve de algo —la voz de Eoin es aún más baja—, tu ex fue un imbécil por aceptar cincuenta mil libras a cambio de dejarte.

A pesar de todo, noto cómo se me curva la comisura de la boca.

—¿Ah, sí? ¿Tú qué precio pondrías, oficial O’Connell?

Cruzamos las miradas.

—Ninguno —dice, simplemente.

Y, ¡Dios me libre!, le creo.