Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 25
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Capítulo 25

Capítulo Veinticinco

Eoin

Cuando todos ya se habían marchado, yo me quedé en la habitación de Nicholas adrede.

Iba a contarle que voy a pedir el traslado, que esta misión está destruyendo todos los principios sobre los que he basado mi carrera.

Me está convirtiendo en el típico imbécil que antepone sus deseos personales a sus obligaciones profesionales.

Comprometo su seguridad con cada mirada, cada caricia, cada momento que fantaseo con su cuerpo en vez de buscar posibles amenazas.

Sin embargo, acabamos conversando en un clima íntimo, como nunca antes lo habíamos hecho. Para rematar, lo empujé contra la pila del baño y lo hice mío como un poseso.

Y ahora mismo no puedo dejar de besarlo. Besos suaves, dulces, con los que me apodero de esa boca preciosa y mordaz. El leve suspiro que emite al besarle el pulso de la garganta me sabe casi a confesión.

Nicholas. Este hombre valiente, temerario, altivo, compasivo, exasperante, inteligente, roto, frágil, intenso.

Todas sus contradicciones, sus «multitudes». Lo deseo entero, tal como es.

No entiendo mi fascinación por alguien cuyo mundo está a años luz del mío. Su vida se rige por siglos de tradición, esa a la que tanto rencor le he guardado siempre.

Es una situación imposible en la que cada momento de alegría viene acompañado de la certeza de que habrá dolor en el futuro.

Y aun así, soy incapaz de alejarme.

Pero sé que debo hacerlo.

Un ruido en la puerta de la suite me hiela la sangre. Es el clic de una tarjeta electrónica seguido de pasos lo bastante sosegados como para pertenecer a algún empleado. Mierda.

Me quedo paralizado, con las manos aún en el rostro de Nicholas, hasta que mi instinto se activa.

Me aparto de él y, mientras maldigo entre dientes, me subo los pantalones como puedo y salgo del baño con el arma a medio sacar. En cuanto me ve, Singh se detiene y, tras observar mi apariencia desaliñada de arriba abajo, entrecierra los ojos.

—¿Qué hace aquí? —pregunta.

—Estaba ayudando al príncipe a recoger lo que quedaba de la fiesta.

—Ya veo. —Su rostro es una máscara de cortesía que no logra disimular del todo el escepticismo que le subyace.

La puerta del baño se abre en el peor momento. Nicholas aparece con media camisa fuera del pantalón y labios aún hinchados por los besos. Aunque se queda de piedra, su adiestramiento aristocrático acude en su rescate, y enseguida asoma en su rostro esa sonrisa ensayada que utiliza como escudo.

—Ah, oficial Singh. Qué bien que haya decidido acompañarnos. El oficial O’Connell me estaba explicando los protocolos de seguridad para recoger residuos al acabar una celebración. Interesantísimo.

Los ojos de Singh absorben el desaliño de Nicholas y mi rostro encendido, y nos dedica una mirada de resignación.

—Debió de ser una charla muy educativa, señor.

—¿Por qué está aquí? —La voz me sale más sosegada de lo esperado—. Pensaba que le tocaba el turno a Davis.

Su expresión se mantiene neutral.

—Davis sufre de una intoxicación alimentaria —informa—. Creo que por culpa de unos mariscos de dudosa procedencia.

Nicholas se adelanta mientras se pasa la mano por su pelo despeinado.

—Dios bendito, no me digas que fueron los langostinos.

Advertí a los trabajadores del hotel de que no era una buena idea servirlos en Navidad.

El calor y los mariscos son unos amantes traicioneros.

—Hace una pausa, y un atisbo de su sonrisa sardónica asoma en la comisura de sus labios—.

Hablando de peligros, ¿le podrías hacer saber a Cavendish que me gustaría revisar los nuevos procedimientos de seguridad?

—Por supuesto, señor. Su seguridad es nuestra mayor preocupación —dice Singh, sin ningún tipo de emoción.

Joder.

—Me tengo que ir. Hay que reorganizar el turno de la noche por el asunto de Davis —dice Singh.

Nicholas me lanza una mirada que no sé cómo interpretar.

—Me voy a la cama —dice—. Las fiestas navideñas y tener que mostrar alegría por obligación me dejan extenuado. —Nos regala esa sonrisa que no le llega a los ojos—. ¿Si os parece bien, caballeros…?

—Por supuesto —contestamos Singh y yo al mismo tiempo, y nuestras voces se superponen de una forma extraña.

Sigo a Singh hasta la puerta muy consciente de que Nicholas nos observa.

—O’Connell —comienza Singh en cuanto salimos al pasillo.

Me preparo para sus acusaciones.

—Ten cuidado —se limita a decir.

Las palabras flotan en el aire. No ha dicho «tienes que acabar con esta locura», «voy a notificarlo», ni ninguna reprimenda para la que estaba preparándome mentalmente. Solo «ten cuidado».

Lo miro con suspicacia.

—¿Qué quiere decir con eso?

Singh me sostiene la mirada, pero su expresión es inescrutable.

—Que todos somos responsables de mantenerlo a salvo. De cualquier amenaza. —Presiona el botón del ascensor—. Incluso de nosotros mismos si es necesario.

El ascensor se abre con un sonido suave y me salva de tener que responder.

Cuando me subo y la puerta se cierra, me quedo en soledad, reflexionando amargamente sobre un secreto que ya no es tal.

Llego a mi habitación en un estado de aturdimiento.

Cierro la puerta y me apoyo sobre ella. Como si de esa manera pudiera alejar las consecuencias que se me vienen encima a la velocidad de un rayo.

Me tiemblan las manos —sufren verdaderos espasmos—, como si tuviera resaca tras emborracharme durante tres días.

Es como si mi cuerpo rechazara físicamente la magnitud de lo que he hecho.

Necesito irme. No en cuanto acabe la gira. Ahora mismo.

He puesto en peligro a Nicholas, a mí, a toda la operación. El juicio se me ha nublado por completo. No puedo fiarme de mí mismo cuando lo tengo cerca, ha quedado más que claro después de lo sucedido esta noche.

Si no puedo fiarme de mí mismo, ¿cómo puedo protegerlo?

Se me oprime el pecho al pensar en la cara que pondrá Nicholas cuando le diga que voy a pedir el traslado inmediato.

Su expresión pasará de la confusión a esa máscara tras la que esconde cualquier cosa que sea demasiado real.

Si para él esto es algo más que una distracción, si siente una milésima parte del caos de emociones complejas que él me produce, que yo me vaya, le dolerá.

Pero Singh lo sabe. O al menos tiene fuertes sospechas. Y si él lo sabe, quizás otras personas también. ¿Cuánto tardará en llegarle los rumores a Cavendish? ¿Y cuánto hasta que se entere Scotland Yard? ¿Hasta que Thornton me llame y me pregunte a bocajarro a qué cojones estoy jugando?

Tengo que enviarle un mensaje a Thornton.

Algo profesional, desapegado, con la suficiente información como para justificar un traslado inmediato sin revelarle el verdadero motivo.

Alegaré que no estoy seguro de poder realizar la investigación de forma eficiente al mismo tiempo que cumplo con mis obligaciones de guardaespaldas.

Técnicamente, no sería una mentira, sino una verdad a medias.

Mañana a esta misma hora estaré viajando a Londres. Una persona distinta se encargará de la misión, alguien que no se desgarra por dentro cada vez que esos ojos azules se cruzan con los suyos.

Pensar que no volveré a verlo, no volveré a tocarlo, no volveré a escuchar la risa auténtica que asoma cuando baja las barreras, me duele más de lo esperado.

Pero estoy haciendo lo correcto. Para él. Para la misión.

Para lo que sea que quede de mi integridad profesional.

Me hago con el teléfono seguro para hablar con Thornton, pero antes de que pueda hacerlo, la pantalla cobra vida con una llamada de Pierce.

Me quedo paralizado y un escalofrío me recorre el cuerpo.

¡Por Dios y la Virgen! Que Pierce me llame en la línea segura sin que esté planificado no augura nada bueno. En absoluto.

La mente me va a mil. ¿Singh se ha puesto en contacto con Londres?

¿Se ha chivado de lo que ha visto? Me imagino la cara de Thornton, su entrecejo aún más fruncido que de costumbre, mientras le cuentan sobre el oficial en el que confió, sobre la forma en que ha comprometido la misión por un ligue con la realeza.

Y el rostro de Pierce cuando se entere de que han pillado al oficial que recomendó haciéndole arrumacos al príncipe que debe proteger.

Que la operación antiterrorista se ha convertido en el servicio de parejas más caro del planeta.

La vergüenza me escuece más que cualquier herida física que haya tenido.

Pero Pierce no utilizaría la línea de emergencia para un asunto disciplinario, incluso uno de esta magnitud. Tiene que ser otra cosa.

Algo peor.

Contesto de inmediato.

—O’Connell.

—Tenemos confirmación. —Baja la voz y, con apremio, añade—: No caben dudas de que hay un agente infiltrado en el equipo de seguridad. Y esperamos otro ataque inminente.

Se me hiela la sangre.

—¿Con cuánta certeza se sabe?

—Tanta que Thornton ha avisado a palacio.

Tenemos información de fuentes confiables.

Y hemos estado monitorizando las comunicaciones desde lo sucedido en Darwin.

Hubo un incremento en el tráfico cifrado en cuanto llegasteis a Auckland, y no hace más que seguir aumentando.

Son patrones similares a los que vimos antes del ataque a la base naval.

—No entiendo. Si tenemos un infiltrado en el equipo de seguridad, ¿por qué no intervino durante el intento de secuestro en Darwin?

—No lo sabemos —contesta Pierce—. Nada de este caso tiene sentido.

Reflexiono sobre la vorágine de Darwin. He visto los vídeos de seguridad infinidad de veces, comprobado cada uno de los movimientos de los miembros del equipo, pero nadie actuó de manera sospechosa.

El único oficial de seguridad que hizo cosas cuestionables ese día fui yo.

—¿No tenemos pistas de quién puede ser? —pregunto. La verdad me sabe a ácido. He estado demasiado distraído con Nicholas y no he hecho bien mi puto trabajo. Mientras yo clasificaba el tono exacto de sus ojos, alguien le ha estado pasando información a los terroristas.

—No, de momento no. Pero estamos cerrando el cerco. No tenemos dudas de que alguien ha estado informando sobre los movimientos del equipo y los planes de emergencia, O’Connell.

Alguien como Singh, que siempre aparece de la nada cuando menos te lo esperas. O como Davis, que, oh, casualidad, se ha enfermado y no ha podido acudir al turno de la noche. Dios, podría ser cualquiera de los oficiales que han jurado proteger a Nicholas.

Me paso los dedos por el pelo.

—Según el Servicio de Inteligencia, es una célula muy organizada —continúa Pierce—. Varios agentes con diferentes habilidades. No se trata de un grupo creado sobre la marcha. Ya lo tenían todo planeado, solo estaban esperando el momento oportuno.

—Y se cree que el momento está por llegar —comento.

—Eso parece. Se está hablando de acortar la gira, de que el príncipe vuelva al Reino Unido donde podemos controlar mejor su seguridad.

Viajo a Nueva Zelanda en el siguiente vuelo disponible.

Por si se necesita mi presencia sobre el terreno.

La RaSP no se puede permitir otra traición de alto calibre por parte de un oficial de seguridad.

De solo pensar en que un terrorista le ponga las manos encima a Nicholas me invade la angustia y debo apoyarme contra la pared. Mi mente evoca imágenes que encuentro abominables, el miedo en sus ojos azules, ese ingenio mordaz silenciado, sus perfectas manos inmovilizadas.

He sido testigo de operaciones de secuestro fallidas, de cuerpos que regresan en pedazos. Entro en pánico y se me nubla la vista al pensar en que Nicholas pueda acabar roto, sangrando, que lo usen como un peón en un juego macabro.

—En cuanto haya novedades, necesito que se me informe de inmediato —logro decir con la voz estrangulada.

—Lo mantendré al tanto de cualquier cambio. Me encargaré de que lo asignen como guardaespaldas personal del príncipe, como PPO 1, por unos días.

—Bien —respondo.

—Y, ¿Eoin?, tiene que ser muy cuidadoso. Hasta que descubramos quién es el topo en el equipo de seguridad, no confíe en nadie.

—Entendido —digo antes de terminar la llamada.

Joder, joder, joder.

Camino como león enjaulado; mis pasos van dejando una huella invisible en la alfombra de la habitación. Cada giro me vuelve a enfrentar a la misma opción imposible.

No puedo irme ahora.

Los motivos por los que debería marcharme siguen siendo los mismos. No tengo la suficiente cabeza fría como para protegerlo. Sintiendo lo que siento, no.

Pero no puedo abandonarlo cuando puede que alguien cercano intente atacarlo.

Vuelvo a comprobar mi arma. Continúo con todos los rituales que me han mantenido con vida durante años de trabajo encubierto con la lacra de Belfast y Londres.

Pienso dirigirme a la habitación de Nicholas poniendo el insomnio como excusa por mi presencia, y vigilar a Singh.

También les diré a Pierce y Thornton que me envíen los vídeos de seguridad directamente a mi teléfono.

Por la mañana, veré la forma de investigar a mis colegas mientras sigo manteniendo mi coartada a la par que trabajo como guardaespaldas personal de Nicholas.

Y todo mientras intento resistir esta atracción constante y enloquecedora que me arrastra hacia el hombre que he jurado proteger.

Debo recordar que Nicholas no es Nicholas: es el escoltado, el protegido, la misión asignada.

Y haré lo que sea necesario para mantenerlo a salvo.