Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

—Al baño —logro decir entre beso y beso. Al parecer, a una pequeña parte de mi cerebro aún le queda un mínimo de prudencia, y recuerda que es por la tarde y que uno de los guardaespaldas está apostado en la puerta.

Eoin no hace preguntas. Se levanta, me coge de la mano, y nos desplazamos hasta el baño. Cierra de un portazo y, acto seguido, me alza y me deposita sobre el lavabo de mármol antes de separar mis piernas con sus manos para colocarse entre ellas.

Su boca está en todos lados: en mis labios, en mi mandíbula, en el punto sensible justo debajo de mi oreja, ese que me tiene arqueándome. Pero lo que me derrite por completo es la forma en que murmura mi nombre, la forma en que sus manos tiemblan ligeramente al tocarme.

Tiro de su camisa con desesperación porque necesito deslizar mis manos por debajo, sentir su piel.

—Dios, Nicholas —gruñe en cuanto mis manos encuentran su cinturón y comienzo a desabrocharlo—. Me he pasado todo el día intentando que no se note lo mucho que quería repetirlo.

—Pues aquí me tienes, haz algo —lo desafío.

Sus ojos se oscurecen y el gris se vuelve casi azabache. Con movimientos rápidos y eficientes, me baja con brusquedad y me gira. Nuestros ojos se encuentran en el espejo. Siento el fuego de su mirada mientras trata de desabrocharme los pantalones con manos poco firmes.

—¿Así, bien? —Su voz es áspera.

—Sí —digo casi sin respirar, empujando hacia atrás al mismo tiempo—. Pero, por lo que más quieras, date prisa.

Rebusca en el bolsillo hasta dar con un paquetito de lubricante y un preservativo. Ver que ha venido preparado hace que me invada una nueva oleada de calor. Lo deseaba tanto como yo.

Se humedece los dedos y comienza a ejercer presión. Aunque sigo sensible por lo de anoche, esa pequeña molestia lo intensifica todo aún más. Me dilata con paciencia, adaptándose a las respuestas de mi cuerpo con una precisión infalible.

No esperaba menos de él. A pesar de mi desesperación, a pesar de que empujo hacia atrás e insisto, mordiéndome los labios, en que puede darme más, mantiene un ritmo torturante. Sus dedos apenas se curvan, y mis muslos empiezan a temblar.

Cuando por fin considera que estoy preparado y me penetra, ambos gruñimos. Cierro los ojos. La sensación de tenerlo dentro, el placer y un leve atisbo de dolor se combinan de forma que me es imposible pensar con coherencia.

Es más que algo físico. Es el estar conectado por completo a otra persona, que esa persona me «vea» y me desee tal cual soy.

—Mírame —me ordena al oído con voz ronca.

Abro los ojos de inmediato y los llevo hacia el espejo. La imagen se me graba a fuego en el cerebro: él, detrás de mí, totalmente vestido excepto por sus pantalones, abiertos; yo, a medio vestir, inclinado sobre la pila, con el rostro encendido de deseo.

Pero lo que me roba el aliento es la expresión en su rostro: franca, sin filtros, sin simulaciones.

Sus embestidas son profundas y certeras, como si quisiera adentrarse lo máximo posible.

También son implacables, y cada una de ellas toca ese punto perfecto. Con una mano me coge de la cadera tan fuerte como para dejar marcas, mientras que desliza la otra bajo mi camisa y la coloca sobre mi pecho, extendida, para sujetarme contra sí.

—Eoin —gimo. Me da vergüenza admitirlo, pero estoy a punto…—. Necesito…

—Lo sé —responde, y así es. Sabe exactamente lo que necesito porque, aunque parezca imposible, me conoce.

Lleva la mano a mi polla para acariciarme al ritmo de sus acometidas, sin embargo, lo que me arroja al precipicio no es el contacto de su áspera mano.

Es la manera en que su frente se apoya y presiona sobre mis omóplatos, la forma estrangulada en que pronuncia mi nombre.

El orgasmo me sobreviene con una violencia igual de sutil que una carga de caballería.

Eoin me sigue unos instantes después; su ritmo flaquea y se adentra más en mí mientras pronuncia mi nombre como una plegaria.

Por unos segundos, permanecemos quietos, respirando con dificultad. Su corazón late desbocado contra mi espalda, al mismo ritmo que el mío.

Luego, con lentitud, con cuidado, sale de mi interior y me da la vuelta. Sus manos acunan mi rostro mientras me deja un beso dulce en los labios, y esa delicadeza no se corresponde en nada con el tempo frenético de hace un momento.

—¿Estás bien? —Me acaricia las mejillas con los pulgares. Percibo preocupación en su mirada, pero también algo más profundo, una ternura que me constriñe la garganta.

—Más que bien —logro decir, y la sonrisa que me da por respuesta es como ver asomar el sol detrás de los nubarrones.

—Feliz Navidad, Nicholas.

Lo miro a los ojos y no puedo evitar pensar que, a pesar de todo, a pesar de estar lejos de casa, del cambio de estación que hace de la Navidad veraniega una experiencia surrealista, de las complejidades políticas de ser un miembro de la realeza en una antigua colonia, creo que es la Navidad más auténtica que he vivido jamás.

Porque con Eoin no tengo que actuar. No hay máscaras ni personajes. Solo yo. De alguna manera, por imposible que parezca, creo que para él eso es suficiente.

Y es el mejor regalo que podría recibir.