Capítulo 24 #2
Comprendo esa emoción a un nivel profundo. No estar a merced de circunstancias que se escapan a tu control. Encontrar un propósito en tu nueva realidad. Es lo que he estado buscando desde que mi vida cambió de forma radical cuando me convertí en el segundo en la línea de sucesión al trono.
Me invade un agotamiento repentino, por lo que me dejo caer en el sofá.
—¿Aún te sientes culpable? —pregunto—. ¿Por no estar allí en ese momento?
Su mirada es directa de una forma sobrecogedora.
—Todos los días —responde.
Su franqueza me deja a cuadros. No se ha molestado en hacer cálculos de cuánto debería revelar. Ha soltado la verdad sin tapujos ni adornos.
¿Es eso lo que me atrae de Eoin desde que lo conozco? Que es directo, sincero, que va de frente. No adereza las cosas, solo dice la verdad tal cual la siente, con su áspero acento irlandés.
—Me siento culpable de estar aquí, al otro lado del mundo, mientras que él está en Belfast —prosigue.
Vuelve a moverse como para sentarse en la silla que hay enfrente de mí, pero parece pensárselo mejor en el último segundo y elige el sofá.
Aunque no nos tocamos, la distancia entre nosotros dista de ser la adecuada en términos profesionales—.
Me siento culpable de tener una carrera que me aleja de él, a pesar de que insista en que no necesita que lo cuiden.
—¿Es verdad? ¿No lo necesita?
Sus labios se tuercen en una sonrisa complicada.
—En muchos sentidos, no. Es más capaz que cualquier persona.
Ver el orgullo que desprende al hablar de su hermano me hace sentir una punzada de celos.
¿Cómo se sentirá que un hombre tan competente como él esté orgulloso de ti?
—Aun así, me preocupo —continúa. Su mano descansa en el sofá, entre medio de ambos, lo bastante cerca como para tocarla si me lo propusiera—. Es difícil cambiar el hábito de sentirme responsable de alguien.
—Me lo imagino —respondo.
Eoin vuelve a mirarme a los ojos.
—¿Viviste algo similar con tu hermana?
La pregunta me golpea como si hubiese recibido un placaje violento. Amelia. La hermana que se confabuló con los nacionalistas galeses para intentar asesinar a nuestro hermano Callum.
No sé qué verá Eoin en mi expresión, pero arruga el entrecejo.
—Olvídalo. Es algo que no me incumbe.
—No, es que… —Llevo la mano hasta mi anillo y comienzo a darle vueltas—.
Intento no recordarlo demasiado. Porque lo pasé fatal cuando sucedió, no podía quitarme de la cabeza que quizás…
podría haber hecho algo antes de que las cosas llegaran tan lejos.
Y me hace cuestionar si de verdad llegamos a conocer a las personas.
La traición de Amelia me destrozó de una manera visceral, aunque nunca se lo he contado a nadie.
Callum es la única persona que lo comprende, pero para él no fue del todo igual.
Mi hermano se crio lejos de Amelia, al otro lado del océano Atlántico.
Él no estaba ahí cuando ella y yo nos compinchábamos para coger pudines a hurtadillas de la cocina en Balmoral.
Ni las veces que ella me cubría si no volvía a la hora indicada.
Cuando murió nuestro padre, Amelia tenía casi tres años, y yo cinco. Aún recuerdo cómo me apretaba la mano en la escalinata de la capilla de St George. Permanecimos al lado de nuestra madre recibiendo flores y el pésame mientras los fotógrafos nos rodeaban como buitres.
Esa imagen de dos personitas vestidas de negro cogidas de la mano con un edificio de piedra inmenso de fondo se convirtió en la foto modelo que representó el dolor colectivo de toda una nación.
Sin embargo, las cámaras no captaron que, de tanto apretar, Amelia me hizo sangre con sus uñas.
—Era imposible predecir algo semejante —dice.
—¿Tú crees? Crecimos juntos. ¿Cómo no fui capaz de ver lo rastrera que era mi propia hermana? ¿Que estaba tan cegada por la ambición que decidió participar en una conspiración de asesinato contra nuestro hermano?
Eoin mueve la mano y amaga con tocarme, pero se detiene. Luego, se acerca más a mí y nuestras rodillas se quedan a milímetros de distancia.
—Las personas son capaces de esconder sus pensamientos, incluso de sus seres queridos.
—¿Y eso se supone que me debe reconfortar? —Se me escapa una risa amarga—. Más bien reafirma mi teoría de que nunca acabas de conocer a alguien.
—No —responde en voz baja—. Significa que las personas son complicadas. La hermana con la que creciste sigue siendo real. Lo que vino después no borra lo anterior. La gente puede ser muchas cosas a la vez. La mayoría de nosotros lo somos.
—Por lo que veo, hemos vuelto a eso de que las personas «contienen multitudes». Fabuloso. Aunque las «multitudes» de algunos son un poco más homicidas que las de otros. Creo que Whitman no tuvo en cuenta ese pequeño detalle.
Eoin se esfuerza por no sonreír, pero sus ojos lo traicionan al arrugarse por ambos lados. Me inclino hacia él de forma casi inconsciente.
Al parecer, he encontrado mi mayor debilidad: ver a Eoin O’Connell contento.
Y lo deseo.
Sobre todo ahora que sé cómo se siente tenerlo.
Algo en mi expresión ha puesto al descubierto mis pensamientos porque sus ojos se oscurecen. Baja la mirada hasta mis labios un segundo, luego vuelve a mis ojos. Ya no quedan rastros de humor en su rostro, ha sido reemplazado por una emoción más intensa.
El ambiente se transforma, se hace más cargado.
El espacio entre ambos se ha reducido por completo. Debería moverme, volver a poner distancia. Sin embargo, me enfoco en los pequeños detalles: el hilito que cuelga del cuello de su camisa y que sospecho que tironea cuando está frustrado; la forma en que respira por la boca, con aplomo y control.
Permanecemos quietos mientras las palabras que no nos decimos se inflan y expanden como un soufflé gigantesco de deseos reprimidos.
Miro hacia abajo. Nuestras manos están a pocos milímetros.
Yo fui quien afirmó que lo de anoche sería cosa de una vez. Solo para que podamos concentrarnos en otras cuestiones.
Así debería ser.
Si alguien se enterara de lo nuestro, a Eoin le abrirían un expediente, como mínimo. Aunque conservara su trabajo, lo trasladarían a otro equipo. No volvería a verlo.
Y aun así, todo ese razonamiento lógico se esfuma en cuanto mis ojos se cruzan con los suyos. Sus iris color gris tormenta parecen atravesar cada una de mis capas de pulida aristocracia y llegar al yo que se esconde debajo.
—Nicholas. —Mi nombre en su boca suena a algo sagrado. El deje irlandés lo hace único, lo hace mío.
¿Qué quiere de mí? ¿Qué es lo que ve este hombre en el heredero sustituto, en alguien a quien precede la reputación de desayunos con champán y de incidentes diplomáticos?
Se está arriesgando muchísimo. ¿Le excita la idea de ligarse a un príncipe? ¿O es que siente el mismo magnetismo incontrolable hacia mí que siento yo hacia él?
Es como estar atrapado en medio de una contracorriente. Si bien la superficie del agua parece tranquila, mansa, por debajo existe una fuerza ineludible que me empuja hacia algo que acabará por hundirnos a ambos.
Debería levantarme del sofá. Hacer alguna broma. Reestablecer los límites.
¿Y qué hago? Cierro el espacio entre nuestras manos y mis dedos rozan los suyos.
El contacto me produce una descarga eléctrica en el brazo.
Gira la mano con la palma hacia arriba y coge mis dedos entre los suyos. Ese simple gesto de intimidad me roba el aliento.
—Es una idea pésima —digo al tiempo que me quedo mirando nuestras manos entrelazadas sin ninguna intención de quitar la mía.
—La peor de todas —concuerda, pero su pulgar ya ha empezado a acariciar mis nudillos.
Levanta nuestras manos entrelazadas y lleva mi palma a sus labios.
—Nicholas —susurra contra mi piel, y más que oír mi nombre, lo siento.
Cuando se inclina para besarme, el beso es diferente a los anteriores. Más pausado, más profundo, como si quisiera memorizar mi sabor. Con la mano que le queda libre, me coge del mentón mientras me acaricia la mejilla con el pulgar.
Dios bendito, esto va a ser mi perdición. Porque no solo me besa con ansia o con deseo, sino como si yo fuese un tesoro.
Aunque el beso es tierno, mi cuerpo no piensa lo mismo.
Para mi vergüenza, se me pone dura en segundos.
Cuando Eoin me recuesta en el sofá, y una pierna ejerce presión entre las mías, me froto contra él sin ningún pudor.
Necesito esa fricción, necesito comprobar que a él le sucede lo mismo que a mí.
En efecto, su polla también se ha endurecido, y en cuanto vuelvo a restregarme contra él, emite un jadeo dentro de mi boca.
El beso pasa de dulce a apasionado, el fuego entre nosotros ha prendido, y ahora mismo somos un frenesí de manos y respiración entrecortada. Se hace imposible fingir que aún tenemos algo de autocontrol.