Capítulo 24
Capítulo Veinticuatro
Nicholas
Para ser una fiesta de Navidad forzada, diría que se ubica en la categoría de «parece mentira, pero no es un horror».
Mi equipo de seguridad ha logrado llegar a ese estado en el que, aunque siguen buscando amenazas, se los ve más relajados que de costumbre.
Blake ha reído dos veces; Cavendish se ha desabrochado el primer botón de la camisa, lo que según sus estándares de decoro equivale a quedarse desnudo; y nadie ha mencionado la palabra «protocolo» en los últimos veinte minutos.
Es un milagro de la Navidad.
La fiesta va llegando a su fin y los invitados intentan ejecutar los pasos de ese baile social llamado «despedida».
Por un lado, no quieren mostrarse ansiosos por irse y quedar como unos desagradecidos y, por el otro, tampoco quieren prolongar su estancia e importunar al anfitrión.
Blake es la primera en despedirse, luego Davis sale por la puerta algo atropellado mientras murmura que volverá en breve para cubrir su turno.
Singh y Malcolm se retiran conversando sobre las rotaciones del equipo de seguridad, y unos minutos después, Cavendish, móvil pegado a la oreja, los imita.
Ahora que solo quedan unas pocas personas, la habitación parece demasiado grande. MacLeod sigue apostada en la ventana saboreando las últimas gotas de su whisky . Eoin decide recoger los platos que quedan, y no puedo evitar seguir sus movimientos, tal como él hace conmigo a diario.
Mi cuerpo aún conserva las huellas de lo vivido: una ligera molestia, leves marcas en la clavícula y en la cadera, y la sensación de haberlo tenido dentro de mí que hace que no pueda dejar de moverme.
Intento canalizar la ansiedad centrándome en recoger los vasos.
—Se me hace muy extraño ver a la realeza ordenando —afirma MacLeod sin enfocarse en nadie en particular—. Es como ver a un unicornio pasar la aspiradora.
—Soy lo bastante competente como para realizar tareas de limpieza básicas —respondo.
—«Competente» es una palabra demasiado fuerte —interviene Eoin—. Si acaso «consciente en un plano teórico de que existe el concepto de limpieza».
Me dedica una media sonrisa nada inocua.
MacLeod apura el whisky y se pone en pie.
—Mañana hay que levantarse temprano. —Nos saluda a ambos con un gesto de cabeza—. Feliz Navidad, señor. —Y luego—: O’Connell.
En cuanto desaparece nos deja en un silencio que se alarga como si contuviésemos el aliento. Un silencio que se asemeja a un entramado donde se entrelazan el eco de nombres susurrados y el frufrú de sábanas.
Me vibra el móvil, lo que rompe la tensión.
La pantalla se ilumina con el nombre de Callum.
Acaba de enviarme una foto de él y de Oliver con un suéter de Navidad a juego.
Deben de haberlo elegido adrede por lo espantoso que es.
Al menos espero que haya sido adrede. Por la expresión de Oliver, creo que no le ha costado dejarse convencer de pasar por semejante humillación.
Le enseño la pantalla a Eoin.
—Mi hermano tiene un don para obligar a Oliver a tragar con cosas que harían que sus antiguos electores se replantearan el voto.
Eoin analiza la foto y comenta:
—El ex primer ministro con un suéter de reno. Nunca imaginé ver algo así.
—El poder de Callum no conoce límites. —Aparto el teléfono.
Siento cierta reticencia a romper el momento. Nunca he visto a Eoin tan relajado, incluso una pequeña sonrisa se asoma en su rostro. Siento una enorme necesidad de retenerlo, de que hablemos sobre nuestros hermanos, sobre suéteres horripilantes o sobre lo que quiera contarme.
—¿Tu hermano y tú tenéis alguna tradición navideña? —pregunto.
Sus dedos se detienen en el vaso que acaba de coger.
—Bebemos. Recordamos a quienes deberían estar con nosotros. —Cuando me mira, reconozco los fantasmas que muestran sus ojos—. Mi madre murió cuando yo tenía doce años. Mi padre la siguió unos años después.
—Lo siento —digo, aunque sé que este tipo de frases hechas no aportan nada.
—Fue hace mucho. —Pero noto en su voz el peso de un sufrimiento que perdura.
La pena no sigue los patrones temporales normales. Sé muy bien que un «hace mucho» puede ser un «parece que fue ayer» al activarse un recuerdo.
Me muevo hacia la ventana y contemplo la ciudad y el puerto que se extienden ante mí. En la distancia, la isla volcánica de Rangitoto.
—Mi padre murió en un accidente de esquí; yo tenía cinco años —digo.
—Lo sé —responde Eoin con voz apagada.
Por supuesto que lo sabe. El mundo entero lo sabe.
La muerte de mi padre se ha analizado al detalle en biografías no autorizadas, y la gente no pierde oportunidad de sacarla a colación en cualquier evento, como si la tragedia fuese un buen tema de conversación.
El príncipe fiestero que presumía de esquiar más rápido que nadie.
Él era así. Empujaba los límites constantemente, hasta que un día no pudo empujarlos más.
—Le encantaba la Navidad. —No sé por qué le cuento esto, pero ahora que me he lanzado, no logro detenerme—. Él siempre convertía todo en una aventura. Un día se descolgó desde el techo de Sandringham vestido de Papá Noel. Los de seguridad estuvieron a punto de dispararle.
Eoin deja escapar un sonido que no sé si indica diversión o compasión.
—Todo el mundo tiene historias de este estilo sobre él. Pero yo apenas lo recuerdo. —La confesión parece salir de una caja fuerte blindada que no recordaba que existía.
Es verdad. De él solo conservo vagos recuerdos. Como el aroma de su perfume, que su risa llenaba cualquier estancia, lo enormes que me parecían sus manos sobre las mías.
—La gente me dice que soy idéntico a él —continúo—. No sé si tienen razón o no. He escuchado tantas versiones diferentes sobre él que no tengo manera de verificar cuáles son verdaderas.
La versión de mi abuela, cuidadosamente suavizada, los recuerdos amargos de mi madre, la colección de titulares de la prensa amarilla. ¿Quién era mi padre? ¿Si soy igual a él, estoy condenado a cometer los mismos errores?
Escucho los suaves pasos de Eoin trasladándose por la alfombra. Por el reflejo de la ventana, lo veo recostarse contra la parte trasera del sofá. Me está dando mi espacio mientras me deja saber que sigue presente.
—La gente se pierde a sí misma intentando estar a la altura de otra persona. —Sigo notando su mirada clavada en mí a través del reflejo—. Sobre todo de alguien que ya no está, y lo único que tenemos es la versión subjetiva de los demás.
Se me escapa todo el aire de los pulmones. Me doy la vuelta para quedarnos frente a frente.
De alguna forma, Eoin ha hecho el resumen perfecto.
Nunca sabré qué pensaría mi padre del hombre en que me he convertido. Ni los consejos que me hubiera dado, si me hubiera dicho que obedeciera las reglas o que las rompiera a lo grande.
Intentar deducir lo que diría o haría basándome en los recuerdos fragmentados de otras personas me saca de quicio. Y es desgastante gestionar este legado tan particular que me dejó.
—Creo que no tienes más opción que ser tú mismo —continúa, y su voz nunca ha mostrado tanta dulzura—. No la versión de ti que le gustaría a tu abuela o a tu madre, ni la que le viene bien a la prensa amarilla. Nicholas a secas.
Nicholas a secas. Como si fuera tan simple. Como si uno pudiera deshacerse de siglos de nobleza y expectativas igual que de una chaqueta que se ha quedado pequeña.
—¿Y si no tengo ni idea de quién es ese? —La pregunta se me escapa antes de poder detenerme.
Eoin ladea la cabeza y me observa con seriedad. Sus dedos tamborilean sobre el respaldo del sofá una vez, y luego los deja quietos.
—Pues lo vas descubriendo con cada decisión que tomas —responde, al fin.
Me quedo anonadado ante la simpleza de sus palabras. Porque tiene razón. A fin de cuentas, somos el resultado de nuestras elecciones.
Me dirijo hacia él, movido por una fuerza invisible.
—¿Eso hiciste tú? —pregunto—. ¿Lidiar con todo lo que sucedió después del accidente de tu hermano decisión a decisión?
Levanta las cejas, como si le sorprendiera que lo recordase.
¿De verdad cree que no etiqueto cada una de sus frases como si fuera un archivista que adora coleccionar manuscritos inusuales? ¿Que no analizo cada una de nuestras conversaciones para encontrar pistas del hombre que se esconde detrás de la máscara de la imperturbabilidad?
Aprieta la mandíbula, veo un músculo tensarse bajo la barba incipiente.
—No tenía alternativa. Cuando el mundo se me vino encima, hice… lo que tenía que hacer.
—Cuidar de tu hermano.
Eoin asiente, se encamina hacia la repisa de la chimenea, coge un objeto decorativo y comienza a darle vueltas sin prestarle atención.
—La vida de Malachy se vio truncada por su lesión. De pequeño era un deslenguado al que solo le interesaban el fútbol y hacer travesuras con sus amigos. Y, de repente, a ese chico tan inquieto le tocó acostumbrarse a una silla de ruedas… —Deja la frase sin acabar.
Me quedo en silencio. Intuyo que necesita contar la historia a su manera.
—Ese día tenía que quedarme con él. —Sus dedos aprietan con fuerza el adorno—. Pero salí con mis amigos. Si hubiera estado en casa…
—Puede que ambos acabaseis con una lesión grave —digo en voz baja—. O algo peor.
Su mandíbula se tensa.
—O puede que lo hubiera rescatado más rápido.
El peso de la culpa flota en el ambiente.
—Entonces te volviste su protector.
—Alguien tenía que hacerlo. —Eoin se encoge de hombros. Apoya el adorno con un cuidado exagerado y se da la vuelta para mirarme—. Aunque mi padre ya tenía problemas con la bebida, después del accidente empeoró y le dio insuficiencia renal. Mis tíos vivían cerca, pero tenían sus propios problemas.
—Tenías una responsabilidad enorme.
—Haces lo que tienes que hacer —repite como si fuese un mantra por el que rige su vida—.
Mal necesitaba fisioterapia, adaptar el piso, y alguien que lidiara con la compañía de seguro y con el casero.
Y yo… —Hace una pausa, quizás para encontrar las palabras adecuadas—. Necesitaba no sentirme como un inútil.