Capítulo 23
Capítulo Veintitrés
Eoin
La Navidad en Auckland me ofrece la imagen del príncipe Nicholas colocando puré de patatas en el plato de un hombre sin hogar.
El banco de alimentos de la fundación benéfica Auckland City Mission está atestado de gente, y el ambiente se ha imbuido de una energía festiva particular que parece más desesperante que alegre.
Se escuchan villancicos a través de altavoces metálicos y hay decoraciones de papel ondeando desde el techo.
Con sus gorros de Papá Noel, los voluntarios se esfuerzan por levantar los ánimos, más decaídos que el precio del papel de regalo al finalizar la Navidad.
Y ahí tenemos a Nicholas, el segundo en la línea de sucesión al trono, sirviendo comida junto al resto de voluntarios como si fuese lo más natural del mundo.
—¿Le pongo un poco de salsa? —Sonríe a una anciana cuyos ojos han visto demasiado sufrimiento.
—Sí, gracias, cariño —responde, y parece más interesada en la comida que en el hecho de que se la sirva un miembro de la realeza.
Hago un barrido del sitio por enésima vez para registrar posibles amenazas, vías de escape, movimientos sospechosos. Y aunque mis ojos llevan a cabo su trabajo, mi cabeza sigue transportándome a la noche anterior.
A la sensación de tener a Nicholas debajo de mí; al sabor de su piel; a los sonidos que hizo cuando…
¡Jesús! Estoy jodido.
Lo de ser poco profesional lo estoy elevando a niveles épicos.
Me vienen a la mente las palabras de Pierce: «Lo hemos elegido porque confiamos en su criterio, O’Connell. No nos decepcione».
¿Y qué he hecho para no traicionar la confianza puesta en mí? Follarme al escoltado. Al miembro de la realeza que debo proteger de las amenazas que se ciernen sobre él.
He pasado toda mi carrera intentando forjarme una reputación, que se me conozca por mi integridad, por seguir las reglas a rajatabla incluso cuando lo fácil es no hacerlo.
Todos esos años en que perseveré para que me tomaran en serio, para demostrar que un chico de viviendas protegidas en Limestone Road, Belfast, podía ascender por mérito propio.
Todo el esfuerzo a la mierda en una noche.
Pero vaya noche más espectacular. Es la vara con la que han de medirse todas las demás. Es como esa pinta que te bebes tras años de tragar la mierda aguada que le dan a los turistas.
Ese es mi gran problema. No está en mí arrepentirme.
Me fuerzo a centrar la atención en el presente. Nicholas conversa con una joven madre. Se ha acuclillado para ponerse a la altura de sus hijos mientras les ofrece una ración extra de pudin de Yorkshire.
—Guardad hueco para el postre —recomienda a los niños, boquiabiertos—. Me ha contado un pajarito que más tarde habrá pudin de Navidad. Y según fuentes fiables, es posible que Papá Noel haya dejado algún que otro regalo en una de las salas.
En cuanto alza la vista, me pilla observándolo.
La comisura de sus labios se curva, y me sostiene la mirada unos segundos más de lo necesario.
Siento reptar un calor por el cuello en cuanto los recuerdos de anoche se cuelan en mi mente: sus dedos aferrando mis hombros, la forma en que echó la cabeza hacia atrás de placer, cómo pronunció mi nombre en un susurro al…
Me obligo a apartar la vista y a centrarme en un copo de nieve de papel que cuelga del ventilador de techo.
¡Jesús! ¡Un poquito de autocontrol!
Nicholas se dirige hacia la mesa de los postres tras elegir adrede un trayecto que lo lleva a pasearse frente a mí.
—Te sienta bien el look festivo, oficial O’Connell —murmura al pasar—. Aunque te prefiero con menos ropa, todo sea dicho.
Aprieto tanto la mandíbula que no sé cómo no me he roto un diente.
—Cuidado, señor. —Mantengo mi tono bajo—. Casi seguro que el manual del buen aristócrata no recomienda llevarle la contraria al guardaespaldas.
—Ese manual tampoco ve con buenos ojos que los oficiales de seguridad dejen marcas en sus escoltados.
—Se acaricia la clavícula en un gesto que parece casual, pero que es del todo deliberado.
Me obliga a llevar la vista al sitio exacto donde le dejé una marca—.
Parece que ambos hemos infringido las reglas del manual, oficial O’Connell.
Y desaparece sin más, mientras yo lucho por recobrar la compostura.
¡Será sinvergüenza!
El oficial Singh se pone a mi lado.
—Perímetro despejado —dice—. Aunque tengo mis dudas con el grupito que merodea la entrada este.
Sigo su mirada y veo a tres hombres con chaquetas desgastadas cerca de la puerta. Mi instinto se despierta. Sin embargo, tras observarlos por un rato, llego a la conclusión de que simplemente son hombres cansados, hambrientos, como cualquier ser humano.
—No me dicen nada. Pero vigílalos por si acaso.
Singh asiente y continúa su camino. Lo sigo con la mirada.
¿Será Singh el espía? ¿Le estará pasando información a los que quieren hacerle daño a Nicholas? De solo imaginarlo me recorre un escalofrío.
Haber estado con él, haberlo tenido entre mis brazos, me ha recordado lo vulnerable que es. Su belleza física junto con su carisma y humor lo convierten en alguien casi suprahumano, en un personaje de ficción antes que un hombre real.
Pero sé de primera mano que es de carne y hueso. Que tiene músculos y nervios. Que cualquiera que se lo proponga podría hacerlo añicos con facilidad.
También ahora comprendo que sus rebeliones no son un berrinche de príncipe mimado. Denotan algo más profundo. Lo conozco lo suficiente para saber que la pasividad va en contra de su naturaleza. Las obligaciones reales lo asfixian, lo ahogan.
A Nicholas le gustan los desafíos. ¿En qué medida me verá como un desafío? ¿Como otra forma de rebelarse ante las ataduras de su vida? ¿Como un fruto prohibido excitante?
Quizás eso es lo que más me aterra. No que vaya a encontrar la muerte por perseguir nuevos desafíos, sino haberme vuelto cómplice de su proceso de autodestrucción. Soy como un fósforo que intenta prender en una habitación a rebosar de gasolina.
Lo veo reír ante el comentario de una voluntaria más mayor y tirar la cabeza hacia atrás, lo que deja expuesta su garganta. Me empujo a apartar la mirada.
De algún modo, dentro de mí parecen convivir dos necesidades: la de protegerlo y la de poseerlo.
No tengo claro qué puesto ocupo en la lista de amenazas contra él.
Esa misma tarde, llego a la habitación de Nicholas para asistir a una reunión de seguridad, pero me encuentro con algo inesperado.
No sé bien cómo, pero ha logrado que le traigan a su penthouse un árbol de Navidad de los de verdad. El aroma a pino fresco que desprende no parece encajar con el ambiente playero que se vive a pocos kilómetros de aquí.
Al parecer, haremos como que fuera no hace treinta grados mientras Let it Snow suena por los altavoces.
Nicholas se pasea por la habitación con pantalones chinos oscuros y una camisa de lino color crema que lleva arremangada. Va sin corbata, con el primer botón desabrochado.
—Sé lo duro que es pasar la Navidad lejos de la familia, por eso James me ayudó con este modesto intento de celebración. Es mi forma de agradeceros vuestros esfuerzos —dice.
La manera en que se balancea sobre sus talones lo hace parecer más juvenil, y la comisura de su boca forma una media sonrisa. En cuanto mira a su alrededor y se percata de que la gente parece interesada y no lo escuchan solo por cortesía, sus hombros comienzan a relajarse.
—Pero antes de comenzar con este festejo obligado —continúa—, voy a daros un detalle que os he comprado. Tomadlo como una indemnización por tener que soportar mis repentinos ataques de libre albedrío.
Davis emite un sonido ahogado que podría pasar por risa. La boca de Blake se curva. Hasta Cavendish parece casi humano.
Sobre la mesa yacen varios paquetes envueltos con etiqueta escritas a mano por el propio Nicholas.
Se pasea por el grupo repartiendo los regalos que, si bien son considerados, no llegan a ser demasiado personales.
Cuando le entrega a James una agenda de cuero, lo acompaña con las siguientes palabras: «Por tener que lidiar con mis “desaconsejables desviaciones del protocolo”», y hasta logra arrancarle una sonrisa.
A Cavendish le regala un libro con criptogramas mientras que Blake en cuanto abre su regalo se encuentra con unos parches policiales de todas las ciudades que hemos visitado.
Nicholas se ha percatado de que Blake suele recolectar souvenirs de las fuerzas policiales.
Davis sujeta contra su pecho la camiseta de críquet australiano que ha recibido al tiempo que promete guardarla como un tesoro.
Cuando llega mi turno, noto el instante en que su postura relajada flaquea.
—O’Connell. —El paquete es más pequeño que el de los otros, y está envuelto en papel azul oscuro.
Lo abro. Dentro, se halla una primera edición de Walt Whitman. Se me pone un nudo en la garganta.
—Como mencionó lo de «contener multitudes», me pareció adecuado comprar el original para que pueda seguir regalándome citas literarias.
Ah, joder. Por Dios. No se trata del libro en sí, si bien una primera edición de Whitman no se consigue en las librerías de los aeropuertos. Es el gesto, es haber recordado lo que le dije.
—Walt comprende lo que se siente al desear aquello que no puedes tener —comento bajito—. Supongo que por eso su poesía ha perdurado.
Las palabras, en principio inocentes, se quedan flotando en el aire. Sin embargo, la mueca que me ofrece es mucho más peligrosa.
Luego se recompone, pero no antes de que lo vea quedarse sin respiración por un instante y pasarse la lengua por los labios.
—Excelente. ¿Damos comienzo a la cena navideña? —pregunta James.
La mesa de comidas parece el resultado de un tratado de paz entre la tradición británica y la lógica del hemisferio sur.
La cena de Navidad tradicional británica intenta ganarle espacio a las alternativas razonables de verano: unas patatas asadas junto a una ensalada de patatas, los pudines de Yorkshire custodiando una pavlova .
Ahora entiendo por qué los encargados del catering han optado por ofrecer champán a raudales. Tenían la esperanza de que los invitados olvidaran que servir gravy a treinta grados es prácticamente un crimen contra la humanidad.
MacLeod contempla su plato con una expresión de verdadera angustia antes de decir:
—La Navidad no es así.
—Nadie debería llevar pantalones cortos en Navidad. Es antinatural —añade Singh mientras mira de soslayo las bermudas de Davis.
—Dejad de exagerar. Es comida. Y es verano. Adaptaos —dice Blake al tiempo que se llena el plato.
Nicholas aparece de pronto a mi lado.
—Ya veo que el proceso de aculturación navideña va viento en popa —comenta.
—Va todo lo bien que cabe esperar cuando te dan carne asada en pleno verano —respondo.
—¿Preferías una barbacoa en el puerto?
—Hubiera sido menos cruel para los pudines. —Señalo las piezas con aspecto desinflado—. Tienen pinta de querer bajarse de esta vida.
—Como Cavendish. —Apunta a nuestro jefe de equipo, quien mira su plato como si lo estuviese insultando—. Aunque creo que esa es su expresión habitual.
—Se guarda las emociones para el papeleo y los incumplimientos del protocolo.
—Entonces conmigo debe de sentir una alegría inconmensurable. —Nicholas selecciona un langostino y lo coloca en su plato—. Si le pongo salsa de arándanos a los mariscos, ¿podría provocar un incidente diplomático?
—Solo si te pillan los del ministerio de Relaciones Exteriores.
Sonríe. No es su típica sonrisa pública, sino la real, la que provoca emociones inapropiadas en mi pecho.
—Me preocupa ese talento que tienes para encontrar vacíos legales, O’Connell.
¡Será…! Mantengo una expresión neutral antes de responder.
—Me manejo siempre de forma profesional, señor.
—Profesional. —Saborea la palabra como si se tratase de un vino—. Interesante que hayas elegido ese adjetivo. Yo hubiera optado por algo como «meticuloso».
—Noto cierta propensión a analizar demasiado mi rendimiento. —Me giro para quedarme de frente—. ¿Debería preocuparme que me llegue una valoración negativa?
Sus ojos brillan, peligrosos.
—Todo lo contrario. Tu dedicación… no ha pasado desapercibida. En absoluto.
Por suerte, Blake se ríe fuerte de un comentario de James, lo que rompe el momento de intensidad.
Pero el daño ya está hecho.
Estamos jugando con fuego, enfrente de todos, y lo sabe. Peor aún, lo está disfrutando. Y todavía peor, yo también.
Joder.
No puedo trabajar así. No puedo protegerlo si cuando estoy a su lado soy incapaz de pensar con claridad. Ni encontrar al traidor si estoy batallando contra mis propios deseos.
Mi posición es vulnerable en todos los sentidos.
Y lo último que quiero, ¡lo último!, es poner a Nicholas en peligro.
No puedo seguir aquí. Necesito pedir el traslado, que otra persona se haga cargo, alguien capaz de realizar su trabajo como corresponde.
Mientras lo veo charlar con los demás y, de alguna manera, hacer que se sientan importantes al tiempo que mantiene la suficiente distancia como para permanecer intocable, me enfrento a mi verdad.
No quiero abandonarlo. Ni por un instante.
Y es por eso que debo marcharme.