Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 22 #3
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Capítulo 22 #3

Esparzo besos en su hombro, y su piel sabe a sal y a algo muy de Eoin. Continúo por el cuello y sigo por cualquier pedacito de piel expuesta. Mis dedos se aferran a los músculos de su espalda, que se flexionan y agitan con cada movimiento.

—Nicholas —gime, y suena a plegaria y a blasfemia a la vez.

Joder. He escuchado mi nombre en una infinidad de idiomas, con diversos grados de deferencia y formalidad, pero nunca así, en crudo, sin artificios, despojado de cualquier título o protocolo.

Estoy demasiado cerca, me tambaleo en una cornisa peligrosa, en cualquier momento puedo caer al vacío. Eoin parece darse cuenta, por lo que desliza una mano entre nuestros cuerpos para masturbarme al ritmo de sus embestidas.

Las sensaciones se magnifican. Arqueo mi cuerpo al tiempo que dejo escapar un sonido poco digno pero muy auténtico.

Sus movimientos se vuelven más urgentes, más intensos, y por fin abandona por completo cualquier atisbo de control.

El orgasmo me llega con la fuerza de un tsunami, un placer tan intenso que raya el dolor, y que recorre cada célula de mi cuerpo. Tengo un vago recuerdo de su nombre en mis labios, de mis dedos clavándose en su espalda con fuerza suficiente para dejar marcas.

En la nebulosa de mi propio placer, lo observo caer al precipicio, su rostro desprovisto de cualquier atisbo de mesura. Ahora mismo, nada nos separa: ni títulos, ni obligaciones, ni barreras.

Somos simplemente Eoin y Nicholas.

Nada más, nada menos.

Eoin se desploma sobre el colchón, y somos un enredo de extremidades. Mientras nuestros corazones desaceleran el ritmo de sus latidos, pasa su brazo alrededor de mi cintura.

El calor de ambos cuerpos comienza a enfriarse a medida que nuestra respiración se acompasa. Cada exhalación es como un secreto susurrado sobre piel húmeda.

Siendo alguien tan resolutivo, es casi enternecedor verlo trazar figuras sobre mi piel con incertidumbre. Tras seguir la curva de mis costillas, hace una pausa en el hueco de mi cadera antes de continuar explorando con delicadeza.

Me giro para contemplar el paisaje que forman sus rasgos bajo el resplandor de las luces de la ciudad. Su pelo es un caos por culpa de mis dedos, y tiene los labios hinchados.

La idea de hacerlo una vez para poder concentrarnos en otras cosas ahora mismo me parece un disparate.

Me esperaba intensidad y una pasión arrolladora, y lo hubo. Pero más allá de estas emociones esperadas, hay algo más.

Ternura.

Algo que no entraba en mis planes. Algo que, definitivamente, no necesito.

Un pánico frío e intenso me oprime el pecho.

Daniel.

Su recuerdo me sobreviene con violencia y me hiela la sangre. Siento el dolor acuciante de la traición, y obligo a mi cuerpo a no mostrar una reacción física, a no recular por instinto. Casi puedo escuchar su voz, culta y agradable, haciendo promesas vanas.

Los paralelismos son demasiado evidentes como para ignorarlos: otro hombre que me hizo sentir visto, deseado, especial.

Y aquí estamos una vez más. Me he vuelto a desnudar en más de un sentido ante alguien cuya sola presencia es una amenaza para cada una de las defensas que he construido.

Eoin parece darse cuenta de mi rigidez.

—¿Qué te pasa? —pregunta.

La preocupación en su voz de alguna manera lo empeora todo. Daniel perfeccionó el arte de fingir que yo le importaba, justo hasta el momento en que me hizo añicos el corazón y desapareció de mi vida sin mirar atrás.

Me aparto un poco para dejar algo de distancia entre ambos. Siento el frío del aire acondicionado en la zona que cubría con su calor.

—Nada…, volviendo a la realidad.

Me observa con detenimiento, la preocupación domina su expresión.

—¿Era tu primera vez con un hombre?

Aunque se me hace un nudo en la garganta, me obligo a responder.

—No. —Lo miro brevemente. La forma en que me observa me hace sentir expuesto pero también seguro, una contradicción que no sabría ni cómo empezar a descifrar—. Estuve con otro hombre antes. Prefiero no hablar de él.

Esas últimas palabras salen más bruscas de lo que pretendía.

Una emoción atraviesa su rostro, puede que comprensión o quizás decepción, antes de asentir y responder con un «vale».

Hasta hace un momento, el hecho de que me «viera» me producía placer. Pero ahora esa mirada a la que no se le escapa nada me provoca claustrofobia.

La sensación tan natural de intimidad se ha esfumado. Solo queda una tensión incómoda. Me siento recto en el borde de la cama y me hago con mi ropa interior; antes que nada, necesito esa capa básica de protección. La tela se siente rara sobre mi piel hipersensible.

—Es tarde —digo sin mirarlo a los ojos mientras busco mi camisa—. Mañana es Navidad y tenemos la agenda cargada.

—Nicholas. —Su voz interrumpe el acto de abrocharme los botones de la camisa con dedos algo temblorosos—. No sé qué te habrá pasado…, pero no soy él.

Me quedo paralizado, con el corazón galopando desbocado contra mis costillas.

Es una afirmación simple que, sin embargo, me desestabiliza por completo. Porque tiene razón. Si bien Daniel tenía encanto y labia, en el fondo era superficial.

Eoin es de todo menos superficial.

—No —digo en voz baja, por fin mirándolo a los ojos—. No eres él.

Pero no creo que eso cambie nada.