Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Cuando recoge la caja de condones me quedo hipnotizado viéndolo sacar uno, abrirlo, y colocárselo. La imagen de Eoin tocándose la polla, preparándose para mí, reaviva la corriente de calor en mi interior.

A continuación, se agacha para ponerse entre mis piernas.

Con los párpados entrecerrados, me dedico a observar la forma en que se moja los labios, con deliberada parsimonia.

La anticipación me atenaza el estómago a cada segundo que pasa, hasta que la tensión es tanta que amenaza con hacerme volar por los aires.

Por fin su boca me engulle, y en cuanto siento su calor húmedo envolviéndome, mi mundo se reduce a este punto de conexión.

Dios bendito. No puedo describir con palabras la sensación de su cálida boca en mi polla. Mi vocabulario, ese que he cultivado a través de años de educación, me abandona del todo; cada succión arranca de mi garganta sonidos incoherentes que horrorizarían a mis profesores de oratoria.

En cuanto humedece un dedo y comienza a prepararme, el cuerpo me vibra de necesidad.

Y cuando curva el dedo y roza ese sitio placentero de mi interior, poco me falta para levitar sobre la cama. Me aferro a las sábanas con desesperación, arrugando el algodón egipcio, al tiempo que el placer se esparce desde ese punto de contacto hacia el resto del cuerpo.

Al parecer, el decoro aristocrático ha quedado a un lado dando paso al deseo desvergonzado.

Eoin me prepara con el mismo nivel de atención al detalle que aplica en los protocolos de seguridad.

Ninguna terminación nerviosa se libra de sus cuidados.

Sus dedos, ásperos pero increíblemente delicados, me dilatan con precisión milimétrica mientras que su boca continúa reverenciando mi polla.

La doble sensación amenaza con fundirme las neuronas.

Cada vez que sus dedos se adentran un poco más, su boca me consume, lo que crea un ritmo que me tiene flexionando la columna como un poseso.

Cuento cada una de mis respiraciones, tal como me enseñaron que debo hacer para contrarrestar la ansiedad de hablar en público, solo que esta vez lo hago para evitar suplicar de forma bochornosa.

El ansia que siento le gana la batalla a cualquier pensamiento racional.

De un movimiento fluido, lo pongo de espaldas contra las almohadas.

La confusión en su mirada se despeja en cuanto me coloco sobre él con las rodillas a cada lado de sus caderas.

—Me toca —murmuro, deslizando mis dedos por los surcos de su pecho.

Sus ojos se oscurecen con deseo renovado, sus manos se aferran a mis muslos, y sus dedos presionan mi piel con la suficiente fuerza como para dejar marcas. Deliro solo de pensar en que me deje su impronta; en que mañana, debajo de mi ropa almidonada, llevaré oculta la evidencia de esta noche.

Me adueño de lo que quiero sin importar el deber o el protocolo.

En cuanto me hundo en él, la sensación es abrumadora.

Siento una plenitud abrasadora que me hace ver estrellas con los ojos cerrados.

Mis dedos se aferran a sus hombros y me quedo paralizado por un momento mientras mi cuerpo se amolda al suyo.

El aliento se escapa de mi boca en forma de gemido y suspiro a la vez.

El Eoin debajo de mí poco tiene que ver con el oficial de seguridad circunspecto que vigila cada uno de mis pasos. Su pelo caoba se arremolina contra la almohada, y esos ojos, siempre en alerta, ahora están entornados, oscurecidos por el deseo.

Sus músculos se flexionan y contraen en un intento por refrenarse de tomar el control. El esfuerzo se hace visible en los tendones de su cuello y en los nudillos, pálidos por agarrarse a mi cadera.

Impongo un ritmo insuficiente, una cadencia lenta, provocativa, que logra arrancarle un gruñido desde lo más profundo de su garganta. Sus dedos me aprietan con más fuerza animándome a que acelere, y le regalo una sonrisa sardónica.

—Paciencia, oficial O’Connell.

Un rubor le sube por el cuello y se expande por sus mejillas.

—Eres un peligro —refunfuña.

Mi risa se transforma en un gemido en cuanto Eoin da un inesperado empellón y cambia el ángulo de nuestros cuerpos.

Siento que corre lava por mis venas. De pronto, las reglas del juego han cambiado, y el control se me escapa de las manos.

Ahora son las sensaciones las que mandan sobre cualquier tipo de estrategia.

Eoin aprovecha la ventaja para guiar mis movimientos con sus manos y establecer un ritmo que enseguida me tiene jadeando.

Las luces de la ciudad se cuelan por la ventana y tiñen su figura de sombras y plata, resaltando las firmes líneas de su cuerpo.

Las gotas de sudor brillan en su piel, y en la mía.

Mis muslos comienzan a temblar. Creo que Eoin se percata de ello, porque revierte nuestras posiciones de un solo movimiento, y me empuja contra la cama sin que nuestra conexión se vea interrumpida.

El mundo gira, y enseguida lo tengo encima de mí, dentro de mí, apoyando sus antebrazos a ambos lados de mi cabeza.

Su rostro a milímetros del mío, su aliento cálido contra mis labios, sus ojos perforándome con la mirada.

Entonces tomo conciencia de algo.

Esto que sucede entre nosotros… No es una cuestión de que Eoin caiga, de que haga a un lado su profesionalidad y admita que me desea. No se trata de ganar una partida.

Ni siquiera es un intento por rebajar la tensión sexual que ha ido creciendo entre nosotros para que podamos concentrarnos en nuestro trabajo.

Aquí lo importante es que por fin alguien me «ve».

Por algún motivo, él ve más allá. Incluso esas partes de mí que intento mantener ocultas por todos los medios, valiéndome de elegancia aristocrática y encanto ensayado.

Él me «ve».

Mientras se mueve en mi interior sin dejar de clavarme la mirada, algo en mí se quiebra, lo que me deja vulnerable y aterrado.

Cada envite envía oleadas de placer por todo mi cuerpo. Siento la calidez de su aliento en mi garganta, y cada palabra susurrada con acento irlandés transforma una obscenidad en poesía.

Las sensaciones físicas se me hacen casi insoportables: mi cuerpo abriéndose, la sensación de plenitud, el roce que despierta cada una de mis terminaciones nerviosas, su peso empujándome contra el colchón.

Lo insto a que se hunda más en mí, a que lo dé todo.