Capítulo 22
Capítulo Veintidós
Nicholas
El peso del cuerpo de Eoin sobre el mío hace que la gravedad por fin cobre sentido.
Su boca es exigente, fogosa; sus manos se enredan en mi pelo y tiran de él lo justo como para que una corriente eléctrica descienda por mi columna vertebral. Me pego aún más, buscando el contacto como un desesperado.
—Dios, Nicholas —gruñe contra mi garganta. Su acento es más pronunciado de lo habitual, estira cada sílaba como si la estuviera saboreando.
—No llego a tanto, pero se agradece la comparación —respondo, y noto la vibración de su risa contra mi piel.
—Solo tú puedes ser pretencioso incluso en una situación como esta —se queja. Levanto la mano para tirar de su cabeza y besarlo una vez más.
El beso es puro fuego. Una caída libre sin paracaídas. Ahogarse y respirar, todo al mismo tiempo.
Nunca he deseado a alguien como deseo a Eoin. Es casi aterrador, un ansia descarnada que me devora por dentro. He tenido mi buena dosis de encuentros sexuales, pero la mayor parte de las veces eran intercambios de placer calculados, sin riesgos.
Esto es completamente diferente.
Aquí el riesgo es altísimo. No se trata solo de que nos descubran y las repercusiones que eso tendría para ambos.
Es más profundo.
Mi cuerpo arde en deseo, como si cada terminación nerviosa se hubiera reprogramado para responder a sus caricias. Su boca contra la mía; sus manos contra mi piel como si me estuvieran marcando, dejando una impronta que persistirá mucho después de que desaparezcan las evidencias físicas.
De alguna manera, Eoin va quitando las capas del príncipe, las de su imagen pública, hasta que solo quedo yo, temblando y desbordado de un deseo peligroso.
El beso se convierte en una lucha salvaje por conseguir el control; dientes que chocan y mezcla de salivas, en un intento por consumirnos el uno al otro.
Aquí y ahora nada es diplomático ni refinado.
Se aparta; su amplio pecho sube y baja tan agitado como el mío. O’Connell, el guardaespaldas más profesional de todos, perdiendo el control por mí.
Es la primera vez que sus ojos grises adquieren un tinte de tormenta, como el mar del Norte en plena tempestad.
Y aunque he pasado semanas intentando provocar una reacción en él, ahora que lo he logrado, no me veo capaz de sobrevivir a semejante intensidad.
Decido bajar la vista y recrearme con el hueco de su garganta, allí donde su pulso late con fuerza.
Tiro de su cinturón con una mano mientras que intento con torpeza desabotonarle la camisa con la que me queda libre.
Su pecho es una superficie sólida y un montoncito de vello desciende hasta el vientre. Allí donde no llega el sol su piel es pálida, lo que contrasta con sus antebrazos bronceados, esos que he estado admirando durante semanas.
Un inesperado tatuaje se curva sobre su hombro izquierdo, nudos celtas que se entrelazan formando una franja protectora.
Sobre sus costillas asoma una cicatriz grisácea semicircular que se asemeja a un interrogante.
Debajo, una especie de estrella con varias protuberancias de piel, como si la cicatriz se hubiese producido con violencia y no hubiera sanado como corresponde.
Quiero conocer lo que se esconde detrás de sus lesiones; saber quién lo ha acariciado antes, quién ha logrado ver esta versión vulnerable y sin barreras de Eoin.
Me gustaría saber si alguien más lo ha hecho temblar de esta manera.
Si también su autocontrol se esfumó bajo sus caricias como ahora, cuando al trazar la línea en la que su suave vello desaparece bajo la cinturilla, los músculos de su vientre se contraen bajo mis dedos.
¡Dios bendito!
Mis manos continúan el descenso por su cuerpo.
Analizo cuándo se le corta la respiración, qué provoca la tensión casi imperceptible en su mandíbula.
Tanteo, poniéndolo contra las cuerdas con toda la intención, porque necesito saber hasta dónde puedo tensarlo antes de que su famoso autocontrol se rompa. Deslizo mi entrepierna entre sus piernas y presiono contra su cuerpo en un movimiento deliberado mientras mordisqueo su clavícula.
El sonido ronco que deja escapar suena a victoria. Me da el coraje para colocar la mano entre ambos y masajearle la polla por encima de los pantalones y, así, sentir bajo mi mano la firme evidencia de su deseo.
Saber lo que provoco en el oficial O’Connell es embriagador, excitante.
Lo incito con mis caricias, arrastrando la palma de mi mano lentamente, y sus caderas se mueven hacia adelante en un acto casi reflejo.
—Siempre poniendo a prueba los límites, ¿eh? —Sus labios se curvan en algo que no acaba de ser una sonrisa.
—Es mi superpoder.
—Uno entre muchos, por lo visto.
Maniobro para quitarle el cinturón con dedos temblorosos, y el cuero se desliza entre las presillas con un suave susurro.
Sus manos se unen a las mías para ayudarme en la misión de bajarle los pantalones.
La prenda forma un montículo en el suelo, seguida por su ropa interior.
De pronto, siento el calor de su pecho desnudo, de su piel, y su respiración irregular imita la mía.
Me toma de las muñecas con una mano y las coloca por encima de mi cabeza. Verme restringido envía una descarga de electricidad directa a mi entrepierna.
Con la mano libre, recorre mi costado; el roce es tan ligero que me estremece y me contoneo en busca de más contacto. Aunque se lo ve decidido a tomarse su tiempo, a volverme loco de deseo.
—Eoin —digo, sin importarme que suene a plegaria—. Tócame. Por lo que más quieras.
—Te estoy tocando —responde con un tono exasperantemente mesurado al tiempo que traza círculos sobre mis costillas, mi estómago, en todos los sitios menos donde más lo necesito.
Me remuevo para liberarme, y su respuesta es aumentar la presión en mis muñecas sujetándome con firmeza. Su agarre es delicado pero decidido, un contraste que me nubla los sentidos.
—Paciencia, Alteza Real. —Emite las palabras con suficiente recochineo como para dejar claro que no se dirige al príncipe sino al hombre que se retuerce debajo de él.
—La paciencia nunca ha sido mi fuerte —digo con voz entrecortada en cuanto su boca hace contacto con mi cuello y sus dientes encuentran el punto exacto que me hace ver las estrellas.
—Me he dado cuenta —responde, hosco, contra mi piel—. No te vendrá mal una lección para desarrollarla.
Su boca viaja por mi clavícula, donde succiona la piel que encuentra a su paso, y ahora me contorsiono a un ritmo frenético.
Me revuelvo contra su agarre, no para liberarme, sino para dejarle claro que aún no he claudicado por completo.
Lo comprende, y reajusta el nivel de firmeza lo suficiente para recordarme quién está al mando ahora mismo.
Entregarme por completo a otra persona es embriagador. De mí siempre se espera que me maneje con aplomo y elegancia. Pero en este momento, con el peso de Eoin hundiéndome en el colchón, no hay expectativas. Solo soy el hombre que pierde la razón ante su contacto.
Cuando su boca se traslada a mi pecho para centrarse en mi pezón, me es imposible evitar el gemido que reverbera en lo más profundo de mi garganta. Ríe por lo bajo, y las vibraciones me producen nuevas oleadas de placer que me sacuden de arriba abajo.
—Esto te gusta, ¿eh? —murmura.
—Implorar cumplidos no es digno de ti, Eoin —logro decir, aunque el impacto de mis palabras disminuye considerablemente en el momento en que repite la acción en el otro lado y se me quiebra la voz.
Levanta la cabeza para mirarme a los ojos.
—Dilo de nuevo —pide.
Parpadeo por la sorpresa.
—¿El qué? —pregunto.
—Mi nombre. —Su voz se vuelve más baja, más ronca—. Dilo de nuevo.
Algo cambia en el ambiente, la lucha de poder juguetona se convierte en algo más intenso.
Trago saliva.
—Eoin —repito con suavidad.
Sus ojos se oscurecen aún más, y libera mis muñecas para tomarme de la cara con ambas manos. Me da un beso que difiere de los anteriores, más lento, más profundo, como si estuviera memorizando mi sabor.
Su lengua se entrelaza con la mía con indolencia, mientras su barba incipiente provoca un agradable cosquilleo en mi mandíbula.
Prolonga el beso un poco más antes de apartarse lentamente.
—¿Qué es lo que quieres? —pregunta en voz baja.
—Te quiero a ti dentro de mí. —Mi voz suena áspera, a punto de quebrarse.
Las palabras flotan en el aire por un segundo. Y otro más. Todo su cuerpo se pone rígido, y un músculo de su mandíbula se tensa al tiempo que sus pupilas se dilatan, tanto que sus ojos grises se vuelven casi negros.
No es algo que haya hecho demasiado, pero la idea de tenerlo dentro, de que me haga suyo por completo, consume mis pensamientos desde hace mucho tiempo, más del que estoy dispuesto a admitir.
Si solo tengo una noche con él, quiero la experiencia completa. Sentirlo en todas partes, que esto sea algo real, algo que solo le pertenece a Nicholas, no al príncipe Nicholas Alexander, el segundo en la línea de sucesión al trono.
La necesidad que veo en sus ojos despierta mi lado salvaje. Lo veo perder el control poco a poco, su fachada a punto de resquebrajarse.
Por mí. ¡Por mí!
El regocijo que me produce es inexplicable. Esto es tener poder, no lo que acompaña a un título, a la pompa, sino esto, algo real y feroz.
—Nicholas —susurra, y mi nombre en sus labios suena a rendición y a desafío.
Escuchar la forma en que lo pronuncia es casi una tortura.
Cuestiones prácticas. Tengo que enfocarme en las cuestiones prácticas.
Me deshago de los pantalones y me desplazo para buscar lo que necesito mientras procuro que no se me noten los nervios.
Hago como que la búsqueda de condones y lubricante en un mueble de hotel para un encuentro ilícito con mis guardaespaldas es otra de mis tareas diplomáticas.
La que viene en el manual a continuación de «Las doce formas aceptables de rechazar una propuesta de matrimonio de la nobleza extranjera».
Lo arrojo todo encima de la cama. Eoin me observa respirando en intervalos cortos, y el músculo de su mandíbula trabaja a marchas forzadas.