Capítulo 21 #3
La viva imagen de un hombre a punto de desmoronarse. Lo sé porque estoy igual que él. Vibro con un ansia ingobernable, un deseo desesperado que me quema la sangre, como la mezcla de whisky y pólvora.
Solo puedo hacer una cosa para salvarnos a ambos.
Poso mis labios sobre los suyos.
El beso es diferente al primero. También hay desesperación, pasión, pero es más bien intencionado antes que impulsivo, cargado de decisiones deliberadas antes que de simple adrenalina.
Un suave sonido escapa de su garganta en cuanto me coge de la camisa con fuerza para atraerme hacia él. Luego, enreda sus dedos en mi pelo y profundiza el beso.
Su boca se abre bajo la mía y el sabor de la otra vez, ahora acompañado de champán, invade mis sentidos hasta dejar mi mente en blanco.
No hay cabida para nada más. No hay cabida para ningún pensamiento que no sea este hombre.
Solo él.
Muevo las manos hacia su cintura y clavo los dedos en los músculos bajo su camisa mientras lo empujo hacia la pared más cercana.
En cuanto sus hombros tocan la superficie, gime en mi boca, y el sonido reverbera por todo mi cuerpo. Interrumpo el beso para dejarle otros a lo largo de la mandíbula, por su garganta, y siento en mis labios cómo se le acelera el pulso.
Por fin puedo tocarlo como deseo desde hace tanto tiempo.
Mejor aún, él me devuelve las caricias.
Sus manos se deslizan bajo mi chaqueta hasta llegar a mis hombros, y me la quita. Tras deshacerme de la pistolera, sus dedos tiran de mi camisa hasta que me libera de ella.
Esos ojos de color azul glacial me observan, desafiantes.
—Me dijiste que estaría todo el rato pensando en ti, así que, ahora que estamos aquí, más te vale asegurarte de que la mente no se me disperse.
Joder. No tenía ni idea de lo mucho que me ponen los comentarios afilados. Pero la imagen de Nicholas desaliñado, con la respiración entrecortada, aunque lo bastante alerta como para desafiarme con su lengua viperina, despierta aún más el deseo en mi interior.
Vuelvo a capturar su boca, esta vez con más firmeza, mientras subo una mano hacia su pelo y ladeo su cabeza a mi gusto. Se abandona a mí con un escalofrío, y su cuerpo se arquea contra el mío.
Nos besamos como si hubiésemos venido al mundo solo con ese propósito, como si lo necesitáramos para sobrevivir. Es caótico, desesperado, un beso al que le importan tres cominos los remordimientos del mañana.
Al hacer una pausa para respirar, me mira desorientado, con los labios hinchados.
—¿Te has dispersado? —pregunto con voz ronca.
Sus ojos azules refulgen de pasión.
—De momento, no. Pero la persistencia es importante, te animo a que me sigas convenciendo.
Presiono mis caderas contra las suyas para que perciba lo que provoca en mí. Se queda sin aliento y las pupilas se le dilatan por el deseo una vez más.
—A mí me da que estás muy acostumbrado a camelarte a la gente con esa lengua tan bonita que tienes —gruño al tiempo que le doy un mordisco a su labio inferior—. Pero esta noche la vas a usar para otros fines mejores.
Un escalofrío recorre su cuerpo ante mis palabras.
Me peleo con los botones de su camisa. Necesito acariciarlo, continuar saboreándolo.
Cuando por fin la tela cede y deja al descubierto piel tersa sobre músculos, bajo la boca hasta su clavícula, que me sabe a sal y perfume caro.
Nicholas emite un sonido entrecortado mientras apoya la cabeza contra la pared. Se aferra de mis hombros lo suficiente como para dejar marcas, y sus caderas se rozan contra las mías a un ritmo que amenaza con desquiciarme por completo.
—A la habitación —dice, con un grito ahogado que suena a orden más que a sugerencia.
Lo alzo a modo de respuesta, y mis manos agarran sus muslos con firmeza. Me envuelve con las piernas y suelta una risita, sobresaltado, en cuanto lo traslado por la suite .
—Estoy impresionado. —La altanería de su tono se apaga cuando le mordisqueo la garganta y se le quiebra la voz.
Lo dejo sobre la cama y lo cubro sin romper el contacto. La sensación de tenerlo debajo de mí, el calor de su pecho contra el mío, cómo se queda sin aliento en cuanto me muevo sobre su cuerpo, es… embriagadora.
Adictiva.
Al frotar la entrepierna contra la suya, nuestras pollas se rozan.
—Eoin —dice, sin aliento. Sus dedos se enredan en mi pelo para acercarme de nuevo a su boca y darme otro beso desesperado.
Solo tenemos una noche.
Quiero perderme en él, en su sabor, en las sensaciones que me produce, en los sonidos que emite cuando lo acaricio.
Todos los motivos por los que esto es una pésima idea se esfuman, los acalla el martilleo de mi pulso y la urgencia por hacerlo mío por completo.
Mañana habrá consecuencias. Mañana recordaremos quiénes somos: el príncipe y su guardaespaldas, separados por el deber y la posición. Mañana volveré a ser un matón a sueldo y él volverá a ser el intocable.
Pero esta noche, en esta habitación, con el centelleo de las luces de Auckland tras las ventanas, solo somos Eoin y Nicholas.
Dos tontos que han estado acechándose durante demasiado tiempo y que, por fin, se han rendido ante el deseo.
Por ahora, es suficiente.
Y aunque me vaya al infierno por esto, al menos los buenos recuerdos me acompañarán en el descenso.