Capítulo 21 #2
—No puede abandonar el salón principal sin informar al equipo de seguridad, señor. —Mi voz suena desapegada, profesional, a pesar de que mi corazón late fuerte contra mis costillas.
Nicholas no se gira.
—¿Es esa tu mayor preocupación, oficial O’Connell? ¿Que no siga el protocolo?
El resentimiento de su tono me pilla desprevenido.
Echo un vistazo a la entrada para confirmar que estamos solos antes de acercarme.
—¿Qué estás haciendo, Nicholas?
Entonces se gira, y la mitad de su rostro permanece en la penumbra mientras la otra mitad se ilumina con el suave resplandor del interior.
—Tengo que cumplir con las expectativas de los que me tachan de «príncipe fiestero».
—¿De eso se trata? ¿De cumplir con las expectativas?
—Como siempre, ¿no? —Se ríe, y el sonido resulta hueco—. El príncipe perfecto. El sustituto encantador. La póliza de seguro de la realeza.
Su voz tiene un componente descarnado que atraviesa todas mis barreras profesionales.
—Parecía que te lo estabas pasando bien con la hija del comisario.
Joder. No he podido evitar que los celos se cuelen en mi voz.
Sus ojos centellean, y algo peligroso, vivo, se asoma en su expresión.
—¿Sí? Entonces, soy mejor actor de lo que pensaba.
—Sin duda, ella ha mostrado interés.
—En mi título, no en mí. —Su boca se transforma en una sonrisa amarga—. Aunque cuando se trata de un ligue pasajero, eso es lo de menos, ¿no?
La forma casual en que lo dice hace crecer un incendio primitivo dentro de mí. El calor se arremolina en la parte baja de mi estómago, una mezcla de ira y deseo, un cóctel que me hace temblar las manos del esfuerzo por mantenerlas pegadas al cuerpo.
—¿Es eso lo que buscas? ¿Un ligue pasajero?
La habilidad que tiene para convertir incluso esto en un juego de estrategia debería irritarme. Sin embargo, es como ver arder el fuego: peligroso, hipnotizante, imposible de apartar la mirada a pesar de saber que vas a quemarte.
Cada uno de sus gestos es calculado, cada mirada, un nuevo movimiento en el tablero de ajedrez de una partida que nunca pedí jugar.
Pero no pienso conceder la derrota.
Se acerca lo bastante como para oler su perfume y ver cómo le late el pulso en el nacimiento de la garganta.
—Es hermosa, inteligente, me tiene ganas. Es la distracción que necesito para… —Se frena y aprieta la mandíbula.
Luego, traga saliva, fuerte, y veo su nuez ascender y descender.
—¿Qué cojones me impide irme con ella y que nos lo pasemos en grande? —continúa, por fin.
Antes de parar a considerarlo, acorto la distancia entre ambos hasta quedar a milímetros.
—Que estarías pensando en mí todo el tiempo —gruño en su oído—. Y eso no es justo para nadie.
Todo el color desaparece de su cara. Se queda mirándome en silencio, perplejo, con los labios ligeramente abiertos.
Por un instante, permanecemos observándonos el uno al otro, paralizados.
Luego Nicholas da un cauteloso paso hacia atrás.
—Tengo que regresar al evento —dice con voz tirante— antes de que alguien note mi ausencia.
—Claro —respondo.
Me pasa por delante y enfila hacia la puerta, aunque se detiene antes de abrirla.
—El coche me recoge dentro de veinte minutos —informa sin girarse—. Creo que esta noche no estás de guardia, pero necesito que te pases por mi suite para que me expliques unas cuestiones de seguridad.
No es una pregunta real. La insinuación flota en el aire.
Tiene razón. No tengo programado el turno de la noche, pero a nadie le parecerá extraño que vaya a su habitación para contestar a los interrogantes que tenga, sobre todo después de lo sucedido en Darwin. Es más, Cavendish casi que me felicitaría por llevar a cabo mi trabajo a conciencia.
La coartada perfecta para hacer algo que poco tiene que ver con debatir sobre posibles amenazas y mucho con la amenaza que somos el uno para el otro.
Me duele la mandíbula de apretarla con tanto ahínco.
Hace demasiado tiempo que no pienso en mí.
Toda mi triste existencia ha estado dominada por protocolos de intervención.
¿Papá bebe hasta reventar? Me vuelvo el hijo responsable.
¿El edificio se desmorona y hiere a Malachy?
Me vuelvo el hermano responsable. Me hago policía para poder pagar las facturas de Malachy y pelear contra el sistema que permitió que algo así sucediera.
Mi vida se mide por los resultados que tiene para los demás. Casos cerrados, criminales atrapados, facturas médicas pagadas.
Me he vuelto un experto en tragarme mis propios deseos. Tanto que ya no recordaba ni lo que era eso.
Hasta que él apareció.
Quizás por eso Nicholas me aterra. Por su culpa quiero cosas que no tienen que ver con las necesidades de otras personas. Hace que quiera ser aventurero, y egoísta, y humano, cuando me he entrenado para olvidarme de todo eso.
Empiezo a darme cuenta de que el fuego que prendimos en el cuarto de mantenimiento no se va a extinguir con buenas intenciones y distancia profesional.
Me desangro en esta lucha continua entre lo que quiero y lo que debo hacer. Cada vez que se acerca, mi autocontrol se quiebra un poco más.
—Entendido —respondo.
Nicholas hace un ligero gesto de asentimiento antes de volver a la recepción.
Me quedo solo en el jardín con el corazón a mil y el cuerpo en tensión.
¿Qué cojones acabo de hacer?
Los siguientes veinte minutos pasan en una nebulosa.
Mantengo mi posición y realizo mis tareas de vigilancia de forma mecánica mientras estoy hiperenfocado en cada uno de sus movimientos.
Nicholas no vuelve a acercarse a la hija del comisario.
Socializa con diferentes dignatarios dedicándoles esa perfecta cortesía aristocrática.
De vez en cuando, sus ojos se cruzan con los míos al otro lado de la estancia.
Siento que cada mirada suya es una caricia física.
Para cuando nos metemos en el coche, la tensión de mi cuerpo es tal que siento que voy a explotar. Nicholas permanece en silencio en el asiento trasero, viendo pasar el manchurrón de las luces de Auckland por la ventanilla.
Ya en el hotel, se dirige a los empleados con su habitual carisma, pero noto la tirantez alrededor de sus ojos, y la rigidez en sus hombros bajo la chaqueta entallada.
En el ascensor solo estamos él y yo. El espacio se siente abrumadoramente reducido, su perfume llena mis pulmones cada vez que respiro. Ninguno de los dos pronuncia palabra.
Cuando las puertas se abren en su planta, Nicholas sale primero y se dirige hacia su habitación midiendo cada uno de sus pasos.
Lo sigo al tiempo que escaneo el pasillo en busca de posibles amenazas, si bien es el turno de MacLeod. La veo apostada fuera de la suite presidencial, en alerta a pesar de lo tarde que es.
—MacLeod —saludo, asintiendo.
—O’Connell. —Se endereza un poco—. Todo tranquilo. Nada que notificar.
Nicholas hace una pausa con la tarjeta magnética en la mano y tras girarse hacia mí, dice:
—O’Connell, siento una ligera intranquilidad por los manifestantes que vimos al retirarnos de la Casa de Gobierno. ¿Me podría dar algún consejo sobre cómo actuar mañana en caso de que se me acerquen demasiado?
Es una petición razonable. MacLeod no se cuestionará por qué Nicholas precisa más detalles de seguridad.
—Por supuesto, señor.
La oficial se hace a un lado para que Nicholas abra la puerta. Lo sigo y cierro con un suave clic.
Nos adentramos en la suite presidencial con vistas espectaculares al puerto de Auckland, donde las luces de la ciudad se reflejan en el agua. No soy capaz de registrar nada.
Me dedico a comprobar la sala de estar, un hábito del que no puedo desprenderme. Nicholas me observa, y apoya su móvil en la mesa de noche con una parsimonia intencionada.
Cuando finalizo el breve circuito, ya se ha quitado la chaqueta y se ubica frente a la ventana, de espaldas a mí.
¡Jesús!, ¿por qué es tan atractivo? Esos hombros que mis manos ya han palpado, la elegante curva de su columna vertebral, la forma en que los pantalones se le amoldan a ese culo perfecto…
—Entonces, ¿quieres saber cómo actuar con los manifestantes? —digo con tono neutral, metiéndome en el papel.
Nicholas se da la vuelta poco a poco. Se ha aflojado la pajarita y la cinta de seda negra le cuelga por el cuello. Lleva el primer botón de la camisa desabrochado, lo que deja a la vista un pedacito de piel. Mis ojos se van allí como si fuese un imán.
Al alzar la vista, su mirada es fría y calculadora.
—Sé que existen barreras profesionales. Cuestiones morales. Reglas. —La última palabra la pronuncia con desdén—. Pero eso no cambia el hecho de que me miras como si fueras un muerto de hambre, y yo un banquete al que no puedes acceder.
El pulso me late desbocado.
—Prínci…
—Estoy harto de fingir que no te deseo.
Esa confesión tan sincera me golpea de pleno.
—Nicholas…
—Creo que es necesario hacerlo una vez, quitarnos esto de encima, porque lo de dar vueltas el uno alrededor del otro es insostenible. —Baja la voz—. Yo no aguanto más, Eoin. ¿Tú sí?
Escuchar mi nombre en sus labios me provoca un hormigueo en la piel, y el calor me sube en oleadas. Permanezco de pie, como si fuese una roca, pero por dentro soy pura dinamita.
El aliento se me queda atascado en la garganta. Con cada respiración, el aire me trae su perfume. Me trae más de él.
—No te pido nada —dice mientras avanza hacia mí—. Soy yo quien te lo ofrezco. Solo por esta noche. Solo esta vez. Sin expectativas.
Está tan cerca que siento su aliento sobrevolar mi piel. Sus ojos se han oscurecido, ahora son de un tono casi azul marino, y el deseo dilata sus pupilas.
Respira con dificultad, entrecortado, mientras retuerce los dedos a los lados en un intento por no perder el control.