Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 21
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Capítulo 21

Capítulo Veintiuno

Eoin

Debería existir un círculo del infierno de Dante dedicado a oficiales de seguridad que se han liado con su protegido.

Entre el segundo círculo, el de la lujuria, y el séptimo, el de la violencia.

Un sitio en el que pasar la eternidad vigilando a tu objetivo mientras ves tu profesionalidad arder y consumirse como un puto papel en una chimenea.

Puede que el salón de baile de la Casa de Gobierno no sea el infierno, pero se le parece.

Los miembros de la élite política y cultural de Nueva Zelanda socializan a la luz de las arañas en la fiesta de Nochebuena.

Sus risas y sus conversaciones generan un apacible runrún que se fusiona con los acordes del cuarteto de cuerdas, en un rincón de la sala.

Un árbol de Navidad inmenso destaca en una esquina.

A alguien se le ha ido la mano con las guirnaldas, y da la sensación de que el árbol esté recubierto de intestinos plateados.

Analizo el recinto desde mi posición cerca de una de las puertas con decoraciones navideñas.

Blake y Singh circulan entre la multitud mientras Malcolm vigila los canales de seguridad en la sala de control.

Davis se halla cerca de la entrada principal con expresión de adolescente impresionado ante su primer baile de secundaria.

Y Nicholas, es decir, el príncipe Nicholas, se dedica a ser el centro de atención en medio del salón cautivando a sus admiradores sin esfuerzo.

Lleva el pelo negro perfectamente arreglado, si bien un rizo rebelde le resbala por la nuca, el único indicio de que sigue siendo humano y no un robot pijo andante.

¡Jesús! ¿Desde cuándo noto rizos rebeldes?

Nadie diría que hace dos días se dio de cabezazos con un terrorista.

Mucho menos, que luego su guardaespaldas lo besó como un poseso.

En el trabajo he besado a tres personas.

En los dos primeros casos, lo hice por necesidad, para mantener la coartada: mujeres que se me insinuaron en situaciones en las que, de haberlas rechazado, se habría descubierto mi tapadera.

La tercera vez fue con el príncipe Nicholas Alexander y no lo hice por necesidad, sino por un deseo intenso y catastrófico.

Dejé que mi cuerpo le ganara la batalla a mi cerebro como un puto imbécil.

Lo que es peor, es un deseo del que no logro deshacerme.

Anoche, con nuestros cuerpos casi rozándose, me preguntó qué era lo nuestro. Le di una respuesta prudente: un error, una complicación, mientras cada célula de mi cuerpo clamaba por estamparlo contra la ventana con vistas al puerto de Auckland y demostrárselo con hechos.

La interrupción de James fue un respiro y una tortura.

Porque soy plenamente consciente de que, si vuelvo a besarlo, no seré capaz de detenerme. Ni por el protocolo ni por profesionalidad. Ni aunque me lo pidiese la mismísima reina.

Me obligo a apartar la mirada de Nicholas, a escanear el perímetro en busca de posibles amenazas en vez de obsesionarme con la forma en que mueve las manos al hablar o cómo el hueco en su garganta destaca por encima del cuello de su camisa.

Cuando mis ojos vuelven por inercia a él, ha cambiado de sitio.

Lo veo conversar con una joven cuyo vestido verde brillante acentúa sus curvas.

Las ondas oscuras y brillantes del cabello de la chica caen sobre su hombro desnudo, y sus labios rojos se curvan en una sonrisa coqueta mientras se inclina hacia Nicholas.

Una sensación de quemazón desagradable me invade por dentro.

La reconozco al instante, aunque no me enorgullece.

Celos.

Es absurdo. Nicholas es mi protegido, no mi amante.

¡Es miembro de la realeza, por Dios! ¡El segundo en la línea de sucesión al trono del Reino Unido!

¿Quién soy yo? Un detective que juega a ser guardaespaldas, alguien que busca traidores a la par que finge no estar pendiente de cada movimiento que realiza su protegido.

No soy un hombre celoso. Nunca me ha importado con quién hablaran mis parejas, quién coqueteara con ellos. Pero ahora mismo me llevaría a rastras a esa pobre mujer, como un maldito cavernícola.

Ríe tras un comentario de Nicholas y coloca la mano sobre su brazo. Él, lejos de apartarse, se inclina un poco más al tiempo que sus labios se curvan en esa sonrisa particular que es puro encanto ensayado y magnetismo aristocrático.

Nunca he deseado a nadie tanto como a él.

Esa idea se cuela dentro de mí con una claridad pasmosa, y el sabor de su beso me vuelve con tanta fuerza que aprieto los dientes para controlarme.

¿Qué cojones veo en él?

Siempre me han atraído los hombres directos, con los pies en la tierra. Los que son transparentes, los que no necesitas adivinar lo que piensan.

Nicholas es el polo opuesto. Su verdadero yo se esconde bajo capas y capas de actuación, palabras refinadas y sonrisas ensayadas.

Nunca antes había sentido esta necesidad de averiguarlo todo de alguien. De desentrañar, de descifrar, de desenredar la madeja hasta llegar al meollo para descubrir quién se oculta tras el envoltorio.

Por lo visto, a él le sucede lo mismo. Pero ¿en qué medida me desea porque represento lo prohibido? Tiene una vena temeraria, lo sé. Tengo claro que vive encerrado en una jaula de protocolos y expectativas. ¿Soy su acto de rebeldía más reciente?

—¿Ve algo interesante, O’Connell?

La voz de Singh me sobresalta. No percibí que se acercara, demasiado preocupado observando a Nicholas y a la mujer de verde.

—Analizo a la muchedumbre.

Singh sigue mi mirada.

—Parece que está disfrutando.

—Es su trabajo. —Las palabras me salen cortantes.

—Es verdad. —El oficial se ajusta el auricular—. Aunque da la sensación de que es un talento natural. No a todos los miembros de la realeza se les da igual de bien.

Ahora es Nicholas quien ríe ante un comentario de la mujer, y el sonido se esparce por el salón. Aprieto los puños a ambos lados del cuerpo.

Singh dirige su mirada hacia mí y de nuevo a Nicholas.

—Es la hija del comisario de la Policía de Auckland. Estudia Derecho en Oxford, según tengo entendido. Ha vuelto por Navidad.

Me mantengo en silencio. No entiendo por qué ha compartido el dato conmigo, y no pienso dejarle ver lo mucho que me importa quién capta la atención de Nicholas.

—Da la sensación de que tú y el príncipe ahora os lleváis mucho mejor —comenta Singh.

Se me seca la boca.

—No te creas. A no ser que por «mejor» te refieras a que vive para exasperarme. —Su expresión no me dice nada.

—Ya —contesta.

Antes de que pueda analizar su respuesta, me distrae un movimiento al otro lado del salón. Nicholas se ha liberado de la mujer y se acerca haciendo gala de su sonrisa ensayada.

—Oficiales —nos saluda—. Espero que estéis disfrutando de la velada. Todo lo que permita el hecho de estar buscando posibles asesinos, claro.

Singh inclina la cabeza como muestra de respeto y dice:

—La seguridad está bajo control, señor.

—Excelente. —Nicholas lleva sus ojos, que brillan desafiantes, hasta los míos—. ¿Y usted, oficial O’Connell? ¿Qué opina de la hospitalidad de los neozelandeses?

—Todo correcto —respondo, cauteloso.

Noto decepción en su rostro antes de que vuelva a colocarse la máscara.

—Bueno, no os entretengo más, que estáis de guardia. Me toca seguir socializando. La hija de un alto cargo siente fascinación por los protocolos reales, y no quisiera decepcionarla.

Se aleja antes de que pueda contestar.

Nicholas vuelve al lado de la mujer de verde y se inclina para susurrarle algo que la hace reír, mientras Singh me mira de reojo.

—Voy a comprobar la puerta trasera —informa.

Al quedarme solo, doy otro repaso al salón intentando que mis ojos no recaigan en Nicholas, aunque, cuando se trata de él, tienen su propio GPS.

Al parecer, hoy ha decidido entretenerse dándole cada vez más alas a la hija del comisario. Tras pasar su mano a milímetros del brazo de la mujer al contarle algo, ella toma el gesto como una invitación para acercarse.

Aprieto tanto la mandíbula que podría romper los dientes.

La parte racional de mi cerebro entiende que se trata de su trabajo.

La parte irracional, sin embargo, está deseando que atraviese el recinto y me interponga entre ambos. Incluso que derrame algo «sin querer» sobre su bonito vestido.

Nicholas mira en mi dirección, me pilla observándolo, y algo cambia en su expresión. Su sonrisa adquiere un aire más severo. Esta vez, cuando se inclina hacia ella, le dice algo que la hace sonrojar.

Por Dios y la Virgen.

Lo hace adrede. Está montando un espectáculo. Para mí.

No sé si tengo ganas de estrangularlo o de arrastrarlo hasta el armario más cercano.

Lo que sí sé es que yo también puedo jugar a este juego.

Desvío la mirada, y escaneo el resto de la sala fingiendo absoluto desinterés. Cuando me permito volver a él, me observa con los ojos ligeramente entornados.

¿Lo hace como represalia, porque anoche le dije que veía detrás de su fachada? ¿Intenta extinguir el fuego de lo que hay entre nosotros antes de acabar quemado?

¿O es su forma de poner a prueba los límites, de tirar de la cuerda para ver hasta dónde aguanta?

Porque eso se le da de lujo. Se topa con algún límite y da vueltas a su alrededor a ver quién parpadea primero.

El duelo entre nosotros se prolonga durante más de una hora. La tensión parece cobrar vida, crecer con cada minuto que pasa, con cada sonrisa que Nicholas le dedica a la mujer, con cada una de las veces que aparto la mirada adrede.

Singh me informa sobre un asunto de seguridad a través del auricular cuando, de repente, Nicholas se aleja de la hija del comisario y se encamina hacia una salida lateral, no la que tiene pautada. Escucho la voz de Blake por el intercomunicador.

—El Cardo se desplaza. Ruta no planificada.

Ya me he puesto en marcha y me abro paso entre la gente. La salida lleva a una pequeña terraza con jardín iluminada con lámparas de exterior.

Solo, de cara a la balaustrada de piedra, parece un puñetero héroe de novela romántica, la figura del aristócrata taciturno bajo la luz de la luna. Solo le falta desabrocharse la camisa y que le dé la brisa.