Capítulo 20
Capítulo Veinte
Nicholas
Nueva Zelanda me recibe con una danza guerrera maorí.
Por suerte he visto los suficientes partidos de rugby internacionales como para reconocer la haka , ese desafío que los aborígenes lanzan a los foráneos a modo de saludo y de advertencia.
En la televisión es impactante. En persona, aterrador.
Los guerreros nos encaran en formación, con movimientos perfectamente sincronizados. Es un lenguaje físico de palmadas sobre muslos fornidos, de fuertes pisadas, de voces que se elevan al ritmo de cánticos guturales que reverberan en mi pecho. Cada movimiento denota hostilidad y poder controlados.
Debo de ser un masoquista, porque miro de reojo a O’Connell para ver su reacción ante lo que estamos viendo.
Sus ojos se encuentran con los míos durante un segundo, y enseguida los desvía. El recuerdo del cuarto de mantenimiento me viene a la cabeza con tanta fuerza que me deja sin aliento. Sus manos aferrando mi camisa, su boca presionando contra la mía con desesperación.
Dios bendito, aún puedo sentir el cosquilleo de su barba incipiente contra mi piel.
El trayecto en avión de esta mañana fue insoportable.
Pasé horas fingiendo que mi cuerpo no vibraba ante su presencia, a pocos metros de mí.
Me entraron ganas de cogerlo por las solapas perfectamente almidonadas y recrear ese choque frenético de bocas y manos, pero esta vez sin la excusa de estar en una situación de vida o muerte.
Quisiera comprobar si el fuego arde con la misma intensidad cuando no se vale del miedo como acelerador.
En cambio, nos acechamos el uno al otro como depredadores cautelosos, y el aire a nuestro alrededor estaba tan cargado que de milagro no se produjo un cortocircuito en el avión.
Su proximidad es tortura y es oxígeno al mismo tiempo.
Comprendo sus motivos para decidir poner distancia profesional. Me encantaría poder hacer lo mismo, pero, a pesar de llevar una vida aprendiendo a reprimir las emociones, me está costando la vida misma.
El desfile oficial de bienvenida se me hace eterno. Apretones de manos con los dignatarios, sonrisas ensayadas para las cámaras que retransmitirán mi imagen para toda la Commonwealth. Durante este tiempo, O’Connell se mantiene lo bastante cerca como para intervenir de ser necesario.
Un puñado de manifestantes se ha congregado en la entrada, unas treinta personas con carteles hechos a mano.
Hay uno de cartón reciclado que me llama la atención en primer lugar: «VUESTRA CORONA, NUESTRA TIERRA», con letras dibujadas con lo que debe de ser pintura para paredes.
Dos mujeres, que podrían pasar por abogadas en su pausa para comer, sujetan otro donde se aprecia este mensaje: «DESCOLONICEMOS AOTEAROA», mientras que una joven maorí levanta una pancarta con un simple «TIKA» en negrita.
A estos manifestantes no se los ve enfadados.
En sus rostros se refleja una emoción más complicada de ignorar que la rabia: decepción, quizás.
O aún peor, la esperanza de que los escuche de verdad.
Como si yo, el príncipe sustituto, en esta gira que realizo con toda mi buena disposición, tuviera peso real para cambiar siglos de opresión sistemática y pudiera hacer algo más que ofrecer frases hechas y unas cuantas fotos.
Para cuando llegamos al hotel, me duele la cara de sonreír, y mi paciencia está bajo mínimos.
Tal como esperaba, la suite presidencial es opulenta: mobiliario en madera local y vistas panorámicas del puerto de Auckland en las que apenas reparo.
—El itinerario de mañana, señor. —James me entrega una carpeta—. Hemos adelantado la visita al centro cultural maorí y añadido seguridad adicional para el recorrido por el puerto.
—Gracias, ve a descansar.
James duda al llegar a la puerta.
—Según el sistema de rotación, el primer turno le toca al oficial O’Connell.
El corazón me da un vuelco poco digno.
—Vale —respondo.
James se retira y, unos instantes más tarde, entra O’Connell y cierra la puerta con un suave clic que resuena en el silencio de la habitación.
Va moviéndose por la suite como un depredador que marca el territorio. Flexiona los músculos al comprobar las puertas que dan al balcón, y se apoya sobre una rodilla para mirar por debajo del mobiliario con una elegancia que desentona con su corpulencia.
Dios bendito, hasta su paranoia me parece atractiva.
—Todo bajo control.
Me dirijo hacia el bar para servirme un whisky . El líquido ambarino se vuelve tornasolado mientras giro el vaso en un intento por armarme de valor.
—¿Quieres uno? —Señalo la botella de cristal.
—Estoy de guardia, señor. —Su voz es controlada, pero noto que aprieta la mandíbula.
—Señor —repito al tiempo que apoyo el vaso con más fuerza de la necesaria—. ¿Después de lo de ayer hemos vuelto al tratamiento de «señor»?
No responde, se limita a mantener su actitud impasible. Aunque un músculo de su mandíbula lo traiciona.
—Ah, vamos a hacer como que no ha pasado nada.
—Me es prácticamente imposible controlar la irritación en mi voz—.
Es por asegurarme de que lo he entendido.
Porque mi formación aristocrática no incluye qué protocolos seguir cuando, en medio de un intento de secuestro, un oficial de seguridad me planta un beso que me deja sin sentido.
Levanta la mirada con rapidez.
—Necesito centrarme en mi trabajo. Creo que mi postura es comprensible —dice con voz grave.
—Claro que sí, estoy totalmente a favor de que te centres en mantenerme con vida. Incluso se podría decir que tengo un enorme interés en esa parte de tu trabajo.
Y allí está. El atisbo de una sonrisa.
Por algún motivo, eso me deja más desarmado que su beso.
—Nicholas —dice, sacando a relucir todo su acento irlandés.
Ni Alteza Real ni príncipe Nicholas ni señor.
Tan solo Nicholas.
—Eoin. —Yo también utilizo su nombre de pila como arma que alude a cierta intimidad, y percibo cómo se asienta entre nosotros, igual que si hubiese lanzado un guante a modo de desafío.
En efecto, sus pupilas se dilatan.
Se mueve hacia mí, despacio y con intención. La distancia entre ambos se acorta, y ahora puedo ver la barba incipiente a lo largo de su mandíbula, y hasta soy capaz de vislumbrar las motas color plateadas de sus ojos.
Levanta la mano para acariciar la magulladura de mi frente. Me quedo paralizado ante el delicado contacto de sus dedos.
—Es un moretón de cuidado —dice.
Me cuesta respirar.
—Sí, bueno, hasta la piel de los príncipes tiene sus limitaciones cuando se trata de propinar cabezazos a terroristas.
—Intento utilizar mi habitual tono sardónico, pero fracaso de forma estrepitosa—.
Y ahora es cuando me das otro sermón sobre lo irresponsable que fui al utilizar la frente como ariete, que debí seguir el protocolo y esconderme detrás de ti como buen príncipe obediente, en vez de intentar hacer algo productivo —digo mientras deja caer la mano.
Su expresión se oscurece.
—Fuiste un imprudente.
Desvío la mirada para evitar la intensidad de la suya. No podría describir con palabras lo que sentí cuando por fin fui algo más que un mero espectador en la toma de decisiones que afecta a mi seguridad.
A pesar del miedo, el momento fue… emocionante. Me hizo sentir vivo.
Esperan que sea un príncipe de porcelana al que envuelven con cuidado para conservarlo sin rasguños, en perfecto estado. Siempre sonriente, saludando desde el interior de mi burbuja protectora mientras los demás corren riesgos.
Pero en el momento en que el atacante vino hacia mí, actué por instinto.
No me acordé del protocolo ni de las formalidades ni de lo que dirían los medios al día siguiente.
Durante esos segundos fui un hombre que luchaba por su vida.
No un símbolo, un repuesto o un sustituto temporal, sino alguien que puede cambiar el resultado de los acontecimientos, no solo limitarse a esperar las consecuencias.
Me abstengo de mencionarlo; en cambio, mi cerebro decide confesar algo que nunca he expresado en voz alta.
—Bueno, durante toda mi vida me han repetido que soy igual a mi padre, así que supongo que es normal que su temeridad salga a la superficie en algún momento. Aunque sus rebeliones eran más del estilo de escarceos poco decorosos con modelos y ligues en discotecas.
Sus ojos no se apartan de los míos.
—Dudo mucho que tu padre le diera un cabezazo a un terrorista. Ese es un tipo de «rebelión aristocrática» que solo te pertenece a ti.
—Voy a añadirlo a mi currículum: «Destrezas especiales: sonreír, saludar con la mano y combatir a cabezazos».
Y ahí está una vez más. La comisura de su boca se curva hacia arriba, y el gris frío de su mirada se transforma en un plateado cálido.
Lo que lo convierte de protector criticón a… algo mucho más peligroso para mí.
Sigue clavándome la mirada cuando añade:
—Te has dejado unas cuantas características fuera en ese currículum: evitador profesional, usa el humor como escudo, es capaz de convencer a todos de que es superficial cuando es todo lo contrario.
Me sobresalto como si me hubiera resbalado subiendo una escalera.
Siento que estoy desnudo escuchando a alguien describir todas las imperfecciones que he intentado ocultar.
Con la salvedad de que, de algún modo, Eoin me hace sentir aceptado antes que expuesto.
Trago visiblemente y desvío la mirada.
—Por lo que veo, has estado analizándome.
—Mi trabajo consiste en quedarme con los detalles —dice, sin más.
—De las posibles amenazas, no de mi perfil psicológico.
—Entender al escoltado ayuda a protegerlo.
La irritación se adueña de mí. Vuelvo a convertirme en un trabajo que cumplir. Otra casilla que marcar en su lista de verificación: conocer las debilidades del protegido, sus miedos, sus tendencias autodestructivas.
Lo miro a los ojos.
—¿Es solo eso? ¿Curiosidad profesional?
Noto un destello de algo febril y peligroso en su mirada.
—Sabes que no.
El aire se vuelve denso.
—¿Qué es, entonces? —pregunto, bajando la voz.
—Un error —me devuelve, pero su cuerpo se aproxima al mío contradiciendo sus palabras—. Una complicación que jamás esperé.
—Se me dan bastante bien las dos cosas: ser un error y una complicación.
Arruga la frente.
—Esto no es broma, Nicholas.
—Lo sé. Créeme que lo sé mejor que nadie.
Estamos tan cerca que nuestros cuerpos se tocarían con tan solo dar un paso. Un pequeño movimiento, y podría averiguar si su sabor es como el del beso frenético que tanto recuerdo.
—No podemos hacer esto —dice con brusquedad, pero no se aparta.
—¿Por el trabajo? ¿O por ser quien soy?
Una emoción complicada le atraviesa el rostro.
—Por ambas cosas. —Da un paso hacia atrás y se pasa la mano por el pelo—. Eres el escoltado que debo proteger. Existen barreras profesionales, cuestiones morales…
—Reglas. —Soy incapaz de contener el tono rencoroso. Siempre reglas, siempre protocolos, siempre expectativas de lo que debo y no debo hacer. A quién puedo desear y a quién no.
—Sí, reglas. Están por algo.
—Nunca se me ha dado demasiado bien seguirlas. —Doy un pasito en su dirección que nos vuelve a acercar, y debo tirar la cabeza un poco hacia atrás para mantener el contacto visual—. Digo, por si no te habías dado cuenta.
Oigo cómo se le corta la respiración.
—Me he dado cuenta, no lo dudes.
Nos quedamos allí, inmóviles, con la mirada puesta el uno en el otro. La tensión se palpa en el ambiente como si estuviese viva, chispeante y peligrosa.
Un golpe seco interrumpe el momento.
—¿Alteza Real? —Es James—. Le pido disculpas, pero acabo de recibir información adicional sobre los cambios en la agenda de mañana.
Eoin se aparta tan rápido que por poco se estrella contra la mesa de centro. Enseguida la máscara de profesionalidad vuelve a su sitio.
Para cuando James entra, carpeta en mano, me hallo de pie al lado de la ventana, y Eoin cerca de la puerta.
James parece captar algo en el ambiente. Se detiene tras dar unos cuantos pasos hacia delante y dice:
—¿Vuelvo más tarde?
—No —responde Eoin antes de que yo lo haga—. Solo estaba llevando a cabo las comprobaciones de seguridad. Estaré fuera si necesita algo, señor.
La puerta se cierra tras su salida, y todo el oxígeno de la habitación desaparece.
James se lanza de inmediato a darme la información.
—El pronóstico para mañana indica posibilidad de tormenta, por lo que deberíamos considerar trasladar la ceremonia dentro en vez de al aire libre. El grupo de avanzada ya está barajando alternativas para…
Asiento cuando toca, pero mi mente está en otro sitio. Ya me podría estar contando que el Parlamento ha decidido abolir la monarquía, y aun así seguiría pensando en el tono de gris exacto de los ojos de Eoin.
Quiero que me toque, que me bese, que me folle. Quiero que toda su atención se centre en mí, verlo cuando por fin se deje llevar, cuando pierda el control.
Nunca he querido nada con tanto ahínco. Nunca he sentido este anhelo de absorber por completo a otra persona y que esa persona haga lo mismo conmigo.
Me da la sensación de que tiene el poder de destrozarme, y que no volvería a ser el mismo cuando él me reconstruyera, pedacito a pedacito.
Este anhelo es más aterrador que cualquier intento de asesinato o de secuestro. Abrirme de esta manera, casi pidiendo a gritos que me vuelvan a hacer pedazos… Porque eso es lo que sucede al permitir que vean tu lado más vulnerable: que acaban dándote donde más te duele.
Gracias a Daniel aprendí la lección con sangre. El adorable Daniel con su discurso poético y alma de contable.
Y ahora estoy frente a otro hombre que ve más allá de la superficie, y aun así quiero mostrarme ante él. Se ve que no aprendo de mis errores garrafales.
—¿Necesita algo más, señor? —pregunta James tras cerrar la carpeta.
—No, nada más.
Se retira, y me quedo a solas con el eco de todo lo que no puedo tener. Apostado al otro lado de la puerta, Eoin mantiene la vigilancia, lo bastante cerca para salvarme la vida, lo suficientemente lejos como para no tocarme.
Me sirvo otro whisky y alzo el vaso burlándome de mi propia estupidez: «Un brindis por desear aquello que acabará destruyéndote».
Soy digno hijo de mi padre.